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Authors: Josh Bazell

Burlando a la parca

BOOK: Burlando a la parca
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Peter Brown es un médico interno residente en el peor hospital de Manhattan. Y también un experto en artes marciales —que no duda en usar en su trabajo—, y un tío forzudo y deslenguado, saludablemente cínico y con verdadero talento para la medicina. Pero hay que decir que Peter no es todo lo que parece y que no parece todo lo que es. Su verdadero nombre, por ejemplo, es Pietro Brnwa, y desde hace ocho años está en el programa de protección de testigos del FBI. Con su nueva identidad ha estudiado medicina, ha cambiado de vida y ahora es el doctor Peter Brown. Pero sigue teniendo un colorido pasado que jamás imaginaríamos en un médico, mayormente rojo sangre y negro muerte, porque Pietro fue un asesino a sueldo de la mafia hasta que el día en que reconoció que matar a otro también mata algo en uno mismo y, además, tiene consecuencias impredecibles. El doctor Brown tiene que atender a Eddy Squillante, un paciente con un cáncer de estómago a quien han dado tres meses de vida. Pero Eddy está firmemente decidido a burlar a la muerte y, además, él también se ha cambiado el nombre: antes era Nicholas LoBrutto, un mafioso que reconoce a Peter y le ofrece un trato: si lo mantiene vivo, Eddy no le delata a sus antiguos jefes de la mafia y, si lo deja morir (o lo mata), sus socios cogen el teléfono y empiezan a hablar...

Josh Bazell

Burlando a la Parca

ePUB v1.2

Roy Batty
17.07.12

Título: Burlando a la Parca

Título original: Beat the Reaper

Autor: Josh Bazell

Año de publicación: 2009

In Memoriam

Stanley Tanz, doctor en medicina

1911-1996

Si Nietzsche tiene razón en que avergonzar a un hombre es matarlo, entonces toda tentativa honrada de autobiografía será un acto de autodestrucción.

Camus

1

De modo que voy camino del trabajo, me paro a ver cómo una paloma se pelea con una rata en la nieve y un gilipollas intenta atracarme. Naturalmente tiene una pistola. Se me acerca por detrás y me la clava en la base del cráneo. Está fría, y en realidad produce una sensación agradable, como de digitopuntura.

—Tranquilo, doctor —me sugiere.

Lo que lo explica todo, al menos. Incluso a las cinco de la mañana, no soy la clase de tío al que se suele atracar. Soy como una estatua de estibador plantada en la Isla de Pascua. Pero el capullo me ve bajo el abrigo los pantalones azules del pijama sanitario y los zuecos de plástico verde perforados, así que piensa que debo de llevar drogas y dinero encima. Y que a lo mejor he hecho alguna especie de juramento de no patearle su culo de tonto del culo por tratar de asaltarme.

Apenas tengo drogas y dinero suficiente para pasar el día. Y el único juramento que he hecho, según recuerdo, es el de no tener
propósito
de hacer daño. Me parece que ya hemos pasado de ese punto.

—Vale —digo, alzando las manos.

La rata y la paloma se han largado. Cobardicas.

Me doy la vuelta, movimiento que me aparta la pistola de la nuca y me deja con la mano derecha levantada por encima del brazo del capullo. Lo agarro del codo y tiro bruscamente hacia arriba, haciendo que sus ligamentos salten como tapones de champán.

Detengámonos un momento a contemplar el prodigio que llamamos codo.

Los dos huesos del brazo, cúbito y radio, se mueven por separado, y también giran. Lo que pueden comprobar poniendo la palma de la mano hacia arriba, posición en la cual el cúbito y el radio se encuentran en paralelo, y volviéndola luego hacia bajo, postura en que se cruzan formando una equis
[1]
. Necesitan, por tanto, un complejo sistema de anclaje en el codo, con los ligamentos envolviendo los diversos extremos óseos en unas tiras rebobinables semejantes a la cinta pegada en el mango de una raqueta de tenis. Es una pena romperlos.

Pero el capullo y yo tenemos un problema más grave ahora mismo. Y es que mientras le machaco el codo con la mano derecha, la izquierda, que no sé cómo se me ha puesto a la altura de la oreja derecha, se precipita ahora hacia su garganta como el filo de una navaja.

Si llega a darle, le aplastará los frágiles anillos de cartílago que le mantiene abierta la tráquea bloqueándole el conducto de aspiración de aire. Cuando intente respirar otra vez, la tráquea se le cerrará a cal y canto como un ano, y sólo le quedarán unos seis minutos para la visita de la Parca. Aunque me estropee el bolígrafo Propulsatil tratando de hacerle una traqueotomía.

De modo que, implorando, rogando y engatusando a mi mano, logro corregir su trayectoria. Subiéndola más allá de la barbilla, e incluso de la boca —lo que habría sido asqueroso— hasta dirigírsela a la nariz.

Que se aplasta como barro mojado. Arcilla húmeda con ramitas dentro. El capullo se desploma en la acera, sin conocimiento.

Me paro para comprobar si estoy tranquilo —lo estoy, sólo un poco incomodado— antes de arrodillarme laboriosamente a su lado. En esta clase de ocupación, como en cualquier otra, probablemente, la planificación y la compostura son más valiosas que la rapidez.

No es que esta situación en concreto requiera mucha organización ni serenidad. Pongo al capullo de costado para que no se asfixie, y le coloco el brazo sano bajo la cabeza a fin de que no se le quede la cara en contacto con la acera helada. Luego me aseguro de que sigue respirando. Y así es, efectivamente, con una burbujeante
joie de vivre
. En la muñeca y el tobillo, además, el pulso es razonablemente firme.

De manera que, como es habitual en estas situaciones, imagino que pregunto al Más Grande —Profesor Marmoset— si puedo retirarme.

Y, como también suelo hacer en estas ocasiones, me figuro la respuesta del Profesor Marmoset:
No
, y
¿Qué harías si fuera tu hermano?

Suspiro. No tengo hermanos. Pero sé adónde quiere ir a parar.

Le pongo la rodilla en el codo jodido y le separo los huesos tanto como parecen aguantar los tendones, dejando luego que vuelvan despacio a su posición de menor resistencia. Eso hace que el gilipollas gruña de dolor en sueños, pero qué más da: le harían lo mismo en Urgencias, sólo que para entonces estaría despierto.

Le registro para ver si lleva móvil. No cae esa breva, claro, y no estoy dispuesto a utilizar el mío. Si tuviera un hermano, ¿querría él que me incordiara la pasma?

Así que incorporo al gilipollas y me lo cargo al hombro. Pesa poco, y apesta como una toalla empapada en orines.

Y, antes de ponerme en pie, recojo su pistola.

El arma es una verdadera mierda. Dos chapas de metal prensado —ni empuñadura, siquiera— y un tambor ligeramente descentrado. Parece un objeto que empezó su vida útil dando la salida en pruebas de atletismo. No deja de ser un alivio, si se piensa en que hay trescientos cincuenta millones de armas cortas en Estados Unidos. Luego veo la brillante punta de las balas y recuerdo lo poco que hace falta para matar a alguien.

Debería tirarla. Retorcer el cañón y arrojarla por una alcantarilla.

En vez de eso, me la guardo en el bolsillo trasero de los pantalones sanitarios.

Las viejas costumbres no se pierden tan fácilmente.

En el ascensor hacia la planta de Medicina Interna sube una visitadora médica, una rubia menuda con un vestido negro de fiesta y un maletín con ruedas. Tiene el pecho liso, y la curvatura de la espalda le realza el culo, de manera que ofrece la figura de una atractiva y esbelta judía pinta. Tiene veintiséis años
[2]
, ha tomado demasiado el sol, y parece que se ha arreglado la nariz aunque no lo ha hecho. Pecosa, no quiero engañarlos. Tiene la dentadura más limpia del hospital.

—Hola —dice campechanamente, como si fuera de Oklahoma—. ¿Nos conocemos?

—No, todavía no —le contesto. Pensando:
Porque eres nueva en esto, de lo contrario no estarías trabajando a estas horas tan cabronas.

—¿Es usted celador? —me pregunta.

—Soy residente de medicina interna.

Un residente es un interno de primer año, con los estudios terminados el curso anterior, normalmente alguien con seis años menos que yo. No sé lo que es un celador. Suena a alguien que trabaja en un manicomio, si es que aún hay manicomios.

—Vaya —contesta la visitadora—. Para ser médico, es usted guapo.

Si por «guapo» quiere decir que tengo aspecto de bruto y estúpido, impresión que según mi experiencia transmito a la mayoría de las mujeres, no le falta razón. La camisa sanitaria que llevo es tan estrecha que se me ven los tatuajes de los hombros.

Serpiente y báculo en el izquierdo, estrella de David en el derecho
[3]
.

—¿Es usted de Oklahoma? —le pregunto.

—Pues sí, de allí soy.

—¿Tiene veintidós años?

—Ojalá. Tengo veinticuatro.

—Se ha tomado dos años de vacaciones.

—Sí, pero qué historia tan aburrida, Dios mío.

—Hasta ahora no va mal. ¿Cómo se llama?

—«St
aaaaa
cey —contesta, acercándose más, con los brazos a la espalda.

Debería decir aquí que el padecer una falta crónica de sueño produce un estado cuya similitud con la borrachera es tan evidente que los hospitales muchas veces parecen gigantescas e interminables fiestas navideñas de oficina. Sólo que en un jolgorio de Navidad el zopenco que tienes al lado no está a punto de cortarte el páncreas en filetes con un instrumento llamado «termocauterio».

Cabría añadir quizá que las visitadoras médicas, de las que en Estados Unidos hay una por cada siete doctores en medicina, cobran por flirtear. O por acostarse directamente con alguno, nunca he estado muy seguro.

—¿En qué empresa trabaja? —le pregunto.

—En Martin-Whiting Aldomed.

—¿Tiene Moxfane?

Moxfane es el medicamento que dan a los pilotos de bombarderos que tienen que despegar de Michigan, bombardear Irak, y hacer el vuelo de regreso sin escalas. Se pueden tragar o utilizarse para que el motor siga en marcha.

—Pues sí, tengo. Pero ¿qué va a darme a cambio?

—¿Qué es lo que quiere?

Se me ha puesto justo debajo de la barbilla.

—¿Que qué
quiero
? Si me pongo a pensarlo, me pondré a soltar el trapo. No me diga que desea verme llorar.

—Es mejor que ir a trabajar.

Hace como que me da un bofetón y se agacha para abrir el maletín. Si lleva ropa interior, no es de ningún tejido que yo conozca.

—De todos modos —explica—, son cosas que tienen que ver con una
carrera
. O con no tener tres compañeras de piso. O con que mis padres no piensen que habría hecho mejor quedándome en Oklahoma. No creo que pueda usted ayudarme en eso.

Se incorpora con un paquete de muestra de Moxfane y un par de Dermagels, los guantes de goma de dieciocho dólares de Martin-Whiting Aldomed.

—Y, mientras —añade—, podría conformarme con enseñarle nuestros nuevos guantes.

—Ya los conozco —le aseguro.

—¿Ha probado alguna vez a besar a alguien poniéndoselos en la boca?

—No.

—Ni yo. Y estoy que me muero de ganas.

Aprieta casualmente con la cadera el botón de parada del ascensor.

—¡Huy! —exclama.

Muerde el puño de un guante para desgarrarlo, y me echo a reír. ¿Saben esa sensación de no estar seguro de si te están acosando o te encuentras en presencia de un ser humano de verdad?

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