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Authors: Megan Maxwell

Deseo concedido (2 page)

BOOK: Deseo concedido
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—Señores, han llegado sir Marcus Nomberg y sir Aston Nierter.

Al escuchar aquellos nombres, a Shelma le dio un vuelco el corazón. Entre tanto, Megan, con una frialdad inusual en ella, contenía su rabia y rogaba tranquilidad a su hermana con la mirada.

—Oh…, qué encantadora visita —rio como una serpiente Margaret, mientras se levantaba junto con su marido para atender a los invitados—. Tomad asiento. Cenaremos todos juntos.

—Lady
Margaret, sir Albert —saludó Marcus—. Pasábamos por aquí, pero no pretendemos molestar.

—Vos nunca molestáis —sonrió la mujer con su falso gesto—. Para nosotros es un honor contar con vuestra agradable compañía.

—Por favor, caballeros —indicó sir Albert—. Estamos encantados con vuestra visita. Compartid nuestra cena.

—Si insistís… —asintió de buen agrado sir Aston—. Yo estaré encantado.

Sir Marcus, un hombre alto, despiadado y estirado, se atusó su ridículo bigote al sentarse junto a Megan. Mientras, sir Aston, entrado en carnes y con su característico olor a rancio, se acomodó al lado de Shelma.

William cruzó una rápida mirada con Megan y salió del salón mientras ella le dedicaba una fría sonrisa a sir Marcus, a pesar del asco que le daba su cara marcada de viruela y sus ojos de ratón.

—Lady
Megan, esta noche estáis especialmente encantadora —dijo Marcus devorándola con la mirada.

«No puedo decir lo mismo de vos», pensó ella mirando a su hermana.

—Gracias, sir Marcus —respondió con una forzada sonrisa.

Megan era una preciosa y joven muchacha que atraía las miradas de los hombres por su escandaloso pelo oscuro y sus ojos negros como la noche.

—Lady
Shelma, vos también estáis preciosa con ese vestido azul —señaló sir Aston rozando con su mano el cabello castaño de la joven, dejándola sin palabras.

—¡Qué galantes sois, caballeros! —afirmó Margaret, mientras William volvía a entrar y con gesto serio indicaba a otro criado que les sirviera caldo.

La cena fue una auténtica humillación. Tanto Megan como Shelma, en diferentes ocasiones, tuvieron que apartar y sujetar las lascivas manos que bajo la mesa, una y otra vez, se posaban sobre sus faldas con intenciones nada inocentes. Agotada por los disimulados forcejeos y con ganas de chillar, Megan se levantó. Tomando a su hermana de la mano, se disculpó con intención de marcharse.

—No seáis antipáticas, niñas —las detuvo Margaret, que tenía muy claro su plan—. Seguro que nuestros invitados desearían dar un paseo por los alrededores.

Con desgana y malhumorada, Megan anduvo hacia la puerta, pero una mano la atrapó por la cintura haciéndola frenar.

—¿Tan cansada estáis? —escuchó la voz pastosa de sir Marcus, mientras notaba cómo los dedos de éste la agarraban con fuerza de la cintura.

—Hoy hemos tenido un día agotador —se disculpó Shelma.

Sujetando con firmeza a las jóvenes, sir Aston y sir Marcus salieron de la luminosa estancia del salón. Sin importarles los gestos contrariados de las doncellas, tras bajar los escalones de la entrada, se desviaron hacia un lateral de la casa. Un lugar oscuro y sombrío. Una vez allí, nada pudieron hacer para continuar juntas. Sir Aston tomó un camino diferente llevándose del brazo a Shelma, mientras Megan bullía de rabia.

—¿A qué se debe ese gesto tan serio? —preguntó sir Marcus.

—Considero que sería más apropiado que los cuatro permaneciéramos juntos —contestó Megan intentando corregir la dirección—. No me parece adecuado quedarnos a solas. No está bien visto.

—Escocesa, existen tantas cosas que no están bien… —rio sir Marcus empujándola contra la pared de la casa y comenzando a manosearla.

—¡¿Qué hacéis?! —gritó enfurecida Megan dándole un fuerte empujón—. ¿Os habéis vuelto loco?

—Loco me tienen tus cabellos, tus ojos —respondió aplastándola contra la pared, mientras intentaba meterle su asquerosa lengua en la boca y sus manos luchaban por subirle el vestido—, tus lozanos pechos, y no veo por qué esperar más tiempo, si finalmente serás para mí.

Asustada y rabiosa, se vio inmovilizada por aquel hombre que le sacaba apenas una cabeza. Notó cómo la mano de él se introducía por su escote para tocar salvajemente sus pechos.

—¡Soltadme, asqueroso patán! —gritó ahogada por la impotencia de verse así y observar en la lejanía que su hermana estaba en la misma tesitura—. O juro que no seré consciente de mis actos.

—Tu fiereza me hace ver que serás ardiente en mi cama, escocesa —no entre dientes al verse manejando la situación—. Una vez que te tenga desnuda en mi lecho, harás todo lo que a mí se me antoje.

—Os lo advertí —bufó levantando una de sus rodillas y dándole con todas sus fuerzas donde sabía que le dolería.

Inmediatamente se vio liberada y a sir Marcus rodando por el suelo aullando de dolor.

—¡No volváis a tocarme en vuestra vida! O no responderé de mis actos —escupió Megan.

En ese momento se escuchó un nuevo aullido. Era sir Aston, quien tras haber recibido un empujón por parte de Shelma había caído al suelo clavándose las espinas de los rosales. Shelma, sin esperar un instante más, se reunió con su hermana. Juntas entraron rápidamente en la casa.

—¿Qué ocurre? —preguntó Margaret, sentada frente a la lujosa chimenea.

—Esos hombres se han propasado con nosotras —gritó Megan echando fuego por los ojos—. ¿Qué es lo que pretendéis hacer? ¿Qué es eso de que seremos para ellos?

—La verdad —sonrió Albert—. A partir de ahora tendréis que ser cariñosas y complacientes con vuestros prometidos.

—¡Ellos no son nuestros prometidos! —chilló Shelma.

—Lo son —sentenció Margaret viendo entrar a aquellos hombres en la habitación con gesto contrariado—. En pocos días, os desposaréis con ellos y nadie lo podrá impedir.

—Me niego a… —comenzó a decir Megan, pero sir Marcus le soltó una bofetada que la hizo caer al suelo.

Al ver aquello, Shelma se abalanzó sobre él, pero sir Aston, rojo de rabia, la asió por el cuello y la tiró también.

—¡Caballeros! —intervino Margaret sin levantarse de su silla—. Entiendo que estas salvajes os hagan perder la cordura, pero, aunque sólo sea por la memoria de mi queridísimo hermano George, esperad a estar desposados para tratarlas como se merecen.

«Sois lo peor», pensó Megan mirando a su tía.

—Será un auténtico placer —gruñó sir Marcus, quien tras un saludo salió de la habitación seguido por sir Aston.

—¡¿Unirnos a estos hombres?! ¿Cómo podéis permitir semejante osadía? —vociferó Megan mientras ayudaba a su hermana a levantarse del suelo.

—He dispuesto con el obispo vuestros enlaces. No se hable más.

—Mis padres no consentirían esta barbaridad —manifestó Megan, tocándose su dolorida mejilla.

—Querida niña —rio con altivez Margaret—, no olvides que ellos ya no están aquí, y la que decide vuestro futuro soy yo. Casar a dos mestizas, en los tiempos que corren, no es nada fácil.

—Vuestra sangre escocesa y salvaje —continuó Albert riendo como una hiena— será derrotada.

—Sois… —balbuceó Megan a punto de abalanzarse sobre su tío.

—Estamos cansadas —interrumpió Shelma obligando a su hermana a mirarla—. Ahora, si nos disculpáis, deseamos retirarnos. Buenas noches.

Sin detenerse, corrieron hacia sus habitaciones encontrándose por el camino con Edelmira, la mujer de William, quien sin pensarlo las abrazó, acunándolas como cientos de veces lo había hecho durante aquellos duros años.

—No podemos continuar aquí —sollozó Shelma.

—Ay, niñas mías —susurró Edelmira—. ¿Qué podríamos hacer para ayudaros?

—No te preocupes, Edel —la tranquilizó Megan abrazándola—. Algo se nos ocurrirá.

Al día siguiente, la mañana amaneció soleada. El cielo era azul cálido, pero el humor de ambas era oscuro y desafiante. Shelma se asustó al ver la mejilla hinchada de Megan. Debían escapar. ¡Sus vidas corrían peligro!

John, que no había dormido la noche anterior preparando el viaje, se horrorizó al verlas en aquella situación. Pero, tras tranquilizarse, les informó que había conseguido la ayuda de dos hombres, y que las esperarían de madrugada en la parte trasera de la casa, junto a la arboleda.

Aquella noche, mientras cenaban con Margaret y Albert, se alegraron de que éstos no tuvieran ganas de charlar, por lo que pronto se retiraron a su habitación.

En la quietud de la noche, Megan fue hasta el cuarto donde dormía su pequeño hermano Zac: un niño de apenas un año, rubio e inquieto. Lo cogió con delicadeza y, tras envolverlo en una capa de piel, salió con todo el cuidado que pudo para no despertarlo. Shelma esperaba en la puerta, vigilando que nadie les escuchase. Bajaron con cuidado las escaleras. Cuando atravesaban la cocina, de pronto una voz las paralizó.

—Os hemos preparado algo para el camino —dijo William saliendo de las sombras junto a Edelmira—. Quiero que sepáis que nunca me olvidaré ni de vos ni de vuestros padres, y siento en el alma no poder ayudaros en nada más.

—¡William, por Dios, no digas nada! —pidió Megan hablando en susurros para no despertar a Zac.

—Ay, niñas mías —sollozó Edelmira con tristeza mientras le daba a Shelma un paquete con queso, pan y leche para Zac—. Os echaré mucho de menos.

—Y nosotras a ti —susurró Shelma acercándose para darle un beso—. Ahora, marchaos. Nadie tiene que saber que nos visteis. No queremos ocasionaros problemas.

Alargando la mano, Megan tomó la de William, quien, con una triste sonrisa, asintió antes de soltarla.

—Que la felicidad sea la dicha de vuestra futura vida —suspiró el anciano mayordomo.

—Gracias, William —le agradeció Megan con una sonrisa en la boca mientras Edelmira la abrazaba.

—Cuidaos, por favor —murmuró el hombre asiendo a su mujer antes de desaparecer entre las sombras.

—¿Quién anda por ahí? —preguntó Margaret, que llevaba una vela encendida en las manos. Al descubrir a las jóvenes, preguntó—: ¿Qué hacéis, insensatas?

Paralizadas con el pequeño Zac en brazos, no supieron qué hacer hasta que William y Edelmira, saliendo de las sombras sin pensárselo, empujaron a Margaret hacia un lado, con tan mala suerte que la vela que ésta llevaba en la mano cayó sobre el cesto de la ropa sucia, prendiendo todo con la rapidez de la pólvora.

—No es momento de pararse a mirar —indicó William—. Corred. Corred y no miréis atrás.

—Pero William… —gritó Megan viendo a Edelmira en el suelo junto a su tía.

—Por favor, marchaos y buscad la felicidad —gritó empujándolas.

La intranquilidad se apoderó de ellas desde el momento en que comenzaron a correr. Pero, a mitad de camino, un grito desgarrador procedente de la garganta de William hizo que Megan se parase en seco y mirase hacia atrás. El fuego se había apoderado de toda la cocina y comenzaba a subir hacia la planta de arriba. Con los ojos encharcados en lágrimas, las hermanas Phillips comprendieron el triste final de aquellos dos ancianos que las habían ayudado. Cuando las manos de John las agarraron y las llevaron hasta la arboleda sin perder tiempo, comenzaron un peligroso y agotador viaje, hasta el hogar de su abuelo, muy lejos de Dunhar.

Capítulo 2

Castillo de Dunstaffnage (Escocia), Agosto de 1314

Habían pasado unos meses desde que, el 24 de junio, Robert de Bruce, liderando el ejército escocés junto a los jefes de los principales clanes de Escocia, había salido victorioso en la batalla de Bannockburn.

En un principio, Robert de Bruce pensó firmar un tratado de paz con el rey inglés, Eduardo II. Pero, tras ver fallida esta opción, los escoceses, aun siendo menor en número que los ingleses, cargaron contra el ejército enemigo y salieron victoriosos.

Nadie olvidaría aquel día en que el rey Eduardo II llegó acompañado por infinidad de caballeros, arqueros, lanceros y algunos escoceses contrarios a las ideas de Robert de Bruce, la gran mayoría del clan McDougall, que no era muy numeroso, pero sí lo suficiente para dañar y crear la discordia entre las gentes de su propio clan. Mientras, el ejército de Robert de Bruce sólo se componía de valientes guerreros bien entrenados, unos cuantos a caballo y cientos de voluntarios sin entrenar, pero con ansias y ganas de luchar.

El primer día de batalla, Henry de Bohun, caballero del rey Eduardo II, creyéndose superior a Robert de Bruce, provocó una lucha lanza en mano al estilo de los torneos. Robert, que no se amilanaba ante nadie, aceptó tal reto exponiendo su vida, pero tras un corto combate Henry de Bohun acabó muerto por un hachazo en la cabeza, mientras Bruce sólo se lamentaba por haber roto el mango de su hacha, ante sus amigos y fieles seguidores Duncan y Niall McRae y Lolach McKenna.

El segundo día, el rey Eduardo II, enloquecido de rabia por la anterior victoria, ordenó al conde de Gloucester cargar contra los salvajes escoceses. Pero de nuevo la suerte estuvo del lado escocés. Robert de Bruce volvió a demostrarle que, aunque sus fuerzas militares eran inferiores en número, tenían mucho más talento. Y ayudado por Duncan y Niall McRae y Lolach McKenna, entre otros, emboscada tras emboscada, empalaron a miles de lanceros ingleses junto al conde de Gloucester.

Desesperados, los ingleses huyeron perseguidos por la infantería escocesa liderada por Axel McDougall, que junto a otros luchó sin piedad hasta conseguir lo que buscaban: la independencia de Escocia.

Tras aquel nuevo desastre y sintiendo que no podrían conseguir amilanar a aquellos valientes escoceses, las tropas inglesas —en buena parte integradas por
highlanders
— ayudaron al rey Eduardo II a huir al galope del campo de batalla. Llegó hasta Duchar, donde tomó un barco que le llevó de vuelta a su amada Inglaterra.

Los meses pasaron, pero los clamores de la batalla continuaban muy vivos. Por los distintos caminos y montañas de Escocia se podía ver a muchos valerosos escoceses regresando a sus hogares, de los que marcharon sintiéndose hijos oprimidos de Inglaterra y a los que volvían siendo hombres libres de Escocia.

En el castillo de Dunstaffnage, propiedad del clan McDougall, tras el regreso del valeroso
laird
Axel McDougall, se estaba preparando una boda. Para Axel no había sido fácil aquella guerra. Tuvo que luchar contra gente de su propio clan y, aunque por ocultos antecedentes familiares la sangre inglesa corriese por sus venas, si algo tenía claro es que era escocés.

Nunca olvidaría el dolor en el pecho que sintió cuando vio los cuerpos de sus primos Lelah y Ewan despedazados en el campo de batalla. Pero, tras la amargura del combate, le aguardaban días de gloria y tranquilidad. Por ello, tras volver de Bannockburn, formalizó su boda con Alana McKenna, una jovencita que años atrás le había robado el corazón.

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