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Authors: Amitav Ghosh

Tags: #Ciencia Ficción

El cromosoma Calcuta (3 page)

BOOK: El cromosoma Calcuta
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Llevaba cuatro años viviendo solo en el cuarto piso. Entonces, unos meses atrás, Maria, la guyanesa de la cafetería, llevó a Tara a Penn Station y la presentó a los demás parroquianos. Tara era menuda y tenía aire de pájaro, con su nariz afilada en forma de pico. Era joven —treinta y tantos, calculó Antar—, bastante más joven que Maria. Enseguida adivinó que era de la India: su relación estaba bastante clara, pues Maria era guyanesa de origen indio, y él sabía que seguía teniendo familia allí.

Las dos mujeres ofrecían un contraste interesante, aunque parecían muy a gusto juntas. Maria era alta, elegante y siempre iba bien vestida, aunque apenas ganaba el salario mínimo. En cambio Tara parecía tan incómoda con ropa occidental que resultaba evidente que acababa de llegar: la primera vez que fue a Penn Station llevaba una blusa blanca y suelta que le llegaba por debajo de las rodillas y unos pantalones oscuros que le ondeaban desmayadamente por encima de los tobillos. Pero en sus modales no había nada de torpe ni de recién llegada. Cuando los presentaron, dirigió a Antar una sonrisa y una firme inclinación de cabeza, sentándose a su lado con toda naturalidad.

—¿Qué está bebiendo? —preguntó, dando un golpecito a su taza.

Él le dijo que bebía té de menta que el dueño de la cafetería hacía especialmente para él, al estilo egipcio.

—¡Estupendo! —repuso ella—. Justo lo que me apetecía. ¿Tendría la amabilidad de decirle si podría servirme una taza a mí también?

Su voz desconcertó a Antar: el tono profundo y refinado, la inesperada corrección de la frase.

Al salir, yendo hacia la puerta que daba a Broadway, Maria le llevó aparte para decirle que Tara estaba buscando apartamento; que acababa de encontrar trabajo y necesitaba un sitio para vivir en Manhattan.

—¿A qué se dedica? —inquirió Antar.

—A cuidar niños —contestó Maria.

—¿Quieres decir que es niñera? —se sorprendió Antar. Tara no le parecía el tipo de persona a quien le gusta ganarse la vida cuidando niños.

—Sí —dijo Maria.

Siguió explicándole que un diplomático kuwaití y su familia se habían traído a Tara al país para que se ocupara de sus hijos. Las cosas no habían salido bien, de modo que buscó otro puesto de niñera, en Greenwich Village. Pero la familia para la que trabajaba no podía ofrecerle sitio para vivir.

Antar asintió con la cabeza. Aunque Maria no lo dijo con todas las palabras, él entendió que el cambio de trabajo había puesto a Tara en situación ilegal y que necesitaba un sitio donde pudiera pagar al contado sin tener que responder a un montón de preguntas.

—Lo siento —dijo, encogiéndose de hombros—. Yo no puedo hacer nada.

—Pero me han dicho que en tu casa hay cantidad de apartamentos vacíos —replicó Maria, enarcando las cejas—. ¿No hay uno libre en tu piso?

Antar se quedó pasmado.

—¿Cómo sabes dónde vivo? —inquirió.

Una de las normas no escritas de la cafetería era que nadie entrara en muchos detalles de la vida de los demás.

—Bueno, es que me han dicho… —contestó Maria con un gesto vago, dejando la frase sin terminar.

Antar se había acostumbrado a tener el cuarto piso para él solo: se resistía a la idea de volver a tener vecinos.

—No sería adecuado para ella —explicó él—. El edificio está en unas condiciones deplorables, y el apartamento lo mismo.

Pero cedió cuando Maria le rogó que enseñara la casa a Tara: pensó que de todas formas le asustaría el barrio.

Pero se equivocaba: a Tara le gustó el apartamento nada más verlo, y se mudó al cabo de un mes. Aún se sorprendía cuando iba a la cocina y veía el resplandor de las luces por el patio. Durante años había tenido las cortinas de la ventana de la cocina corridas porque lo único que había en el patio eran ratas muertas y palomas. Ahora solía rondar por allí más tiempo del necesario.

Antar volvió a echar una mirada a la línea de información horaria.

—¿Ya son las seis menos cuarto? —dijo en voz alta, sin darse cuenta.

Ava se lo confirmó a gritos inmediatamente, anunciando la hora como lo hubiera hecho un sereno de un pueblo egipcio, perfecto en todos los detalles, incluidos los bastonazos en el suelo.

4

La fotografía de la tarjeta de identidad había empezado a cobrar forma cabeza abajo en medio del cuarto de estar. El primer detalle que apareció fue una parte del cabello, cuidadosamente recortado, pero bastante ralo y descolorido: sin duda una cabeza de hombre. Surgieron luego unos ojos negros y brillantes. Se le ocurrió a Antar preguntarse si sería egipcio, quienquiera que fuese: podría haberlo sido, aunque igualmente podía ser indio, paquistaní o sudamericano.

Pero una vez que se dibujaron las mejillas, la nariz y la boca, Antar ya no tuvo duda alguna. Siempre se le había dado bien adivinar el origen de la gente, era algo de lo que se sentía orgulloso, una habilidad que uno adquiría cuando se pasaba la vida trabajando en un organismo mundial. Aquel hombre era indio, de eso estaba seguro.

La imagen había adquirido grandes dimensiones, y tremolaba un poco, como una bandera al viento. Era un rostro lleno, en forma de luna, con las mejillas hinchadas como las de un trompetista y el mentón prominente y agresivo terminado en una perilla pulcramente arreglada. Fue la nariz lo que hizo vacilar a Antar: de boxeador, hundida en el puente. Parecía fuera de lugar en aquella cara redonda, bien alimentada. Y en cierto modo le resultaba conocida.

Se levantó de la silla y dio un paso atrás: resultaba extrañamente desconcertante mirar una imagen plana, bidimensional, en una proyección de tres dimensiones. Se movió a un lado y luego a otro, fijando la mirada en la boca de la imagen. Observó que tenía los labios ligeramente abiertos, como a mitad de una frase. En su memoria empezó a formarse un recuerdo: el de alguien entrevisto en ascensores y pasillos, un hombrecillo rechoncho y barrigudo, siempre impecablemente vestido con trajes de rayas finas, pantalones bien planchados, camisas almidonadas, siempre abotonadas en la muñeca, incluso en los días más calurosos del verano. Y sombrero; siempre llevaba sombrero. Por eso había tardado tanto en reconocerlo. Nunca le había visto el pelo; solía ir con la cabeza cubierta: no era de extrañar, en realidad, con un pelo así.

La imagen se hizo más clara en la mente de Antar: se acordaba de haberlo visto pavoneándose con aire atareado por los pasillos, los zapatos repiqueteando en el mármol, con carpetas encajadas bajo el brazo; recordaba un acento ilocalizable, ni americano ni indio ni nada parecido, y una voz fuerte, vibrante, llenaba ascensores atestados y resonaba por el encerado vestíbulo de Alerta Vital, dejando un rastro de miradas divertidas y un murmullo de preguntas: «¿Quién coño es
ése
?», y «Pero ¿no lo conoces? Es el mismísimo señor…».

Recordó un encuentro, una conversación en algún sitio, años atrás. Pero justo cuando empezaba a delinearse, el recuerdo se disolvía.

El nombre: ésa era la clave. ¿Cómo se llamaba?

Empezó a aparecer, unos segundos después, despacio, letra a letra, y entonces Antar se acordó de pronto. Y corriendo, cuando no tenía delante más que cuatro letras, se precipitó al teclado de Ava y lo escribió, justo con una orden de búsqueda.

Se llamaba L. Murugan.

La primera búsqueda no dio resultado, de modo que Antar envió a Ava a toda prisa a los amplios archivos del Consejo, donde se llevaba el registro de todas las antiguas organizaciones mundiales. Pasaron diez minutos hasta que los sistemas de seguridad le dejaron entrar en el área reservada, pero una vez allí fue cuestión de segundos.

Sonrió cuando apareció antes sus ojos el anticuado documento: un carácter diminuto, la letra árabe
‘ain
, parpadeó en la parte superior de la pantalla, encima del encabezamiento «L. Murugan». Conocía aquel símbolo: él mismo lo había puesto allí. En la oficina habían hecho un fondo común en el que se aceptaban apuestas para ver quién utilizaba más la función de correción ortográfica. Cada uno había concebido su símbolo particular para señalar su trabajo. Él escogió el
‘ain
porque era la primera letra de su nombre, ‘Antar.

Pero el expediente le sorprendió: esperaba algo más extenso, más voluminoso; recordaba haberle incorporado un montón de datos. Lo recorrió rápidamente, yendo derecho al final.

Al llegar a la última línea se recostó en el asiento, frotándose la barbilla. Ahora lo recordaba: lo había escrito él mismo sólo unos años antes.

Sujeto desaparecido desde el 21 de agosto de 1995
, decía,
se le vio por Ultima vez en Calcuta, India
.

5

Al pasar frente a la Catedral de San Pablo en su primer día en Calcuta, el 20 de agosto de 1995, Murugan se vio sorprendido por un aguacero monzónico. Iba camino del Hospital General de la Presidencia, en el Periférico Sur, en busca del monumento a Ronald Ross, el científico británico.

Lo había visto en fotografías y sabía exactamente lo que buscar. Era un arco, construido en la valla que rodeaba el hospital, cerca de donde había estado ubicado el antiguo laboratorio de Ross. Tenía un retrato en bajorrelieve y una inscripción que decía:
En un pequeño laboratorio, a setenta metros al sudeste de esta puerta, el comandante Ronald Ross, del Cuerpo Medico de la India, descubrió en 1898 cómo transmiten los mosquitos la malaria
.

No le quedaba mucho para llegar cuando le sorprendió el chaparrón. Se volvió al sentir las primeras gotas sobre su gorra de béisbol y vio una opaca muralla de lluvia que avanzaba hacia él por la verde extensión del Maidan. Apretó el paso, maldiciéndose a sí mismo por haberse dejado el paraguas en la pensión. Los vendedores ambulantes de bocadillos frente al Museo de Bellas Artes, presurosos por tapar sus cestas con lonas, se detuvieron para mirarlo cuando se cruzó con ellos a paso ligero, con su traje caqui y la gorra verde de béisbol.

Había metido un paraguas en el equipaje, naturalmente, un Cadillac de los paraguas, que se abría pulsando un botón: sabía lo que era Calcuta en aquella época del año. Pero el paraguas seguía en la maleta, en la pensión de la calle Robinson. Estaba tan ansioso por hacer el peregrinaje al monumento de Ross que se le había olvidado sacarlo.

Ahora la lluvia le pisaba los talones. Vio las puertas abiertas del teatro Rabindra Sadan, a poca distancia, y echó a correr. Un microbús pitó estruendosamente a su paso, levantando chorros de agua de un charco y empapándole los pantalones caqui. Sin dejar de correr, Murugan hizo un gesto con el dedo al conductor, que le observaba asomándose por la puerta del vehículo. Se oyó una gran carcajada y el autobús se alejó, lanzando parasoles grises y verdes por el tubo de escape.

Murugan llegó al Rabindra Sadan justo antes de que le alcanzara la lluvia, y subió a saltos la escalinata. El vestíbulo del auditorio estaba brillantemente iluminado y había carteles en las paredes: oyó los rasguños y murmullos de un micrófono en el interior. Era evidente que se estaba celebrando un gran acontecimiento: la gente se apretujaba ante la puerta de la sala, intentando entrar a empujones. Mientras lo observaba, un equipo de televisión pasó a toda prisa con cables y cámaras. Luego las luces se amortiguaron y se encontró solo en el vestíbulo.

Volviéndose, miró por la ventana a la valla del Hospital G. P., a lo lejos, con la esperanza de atisbar el monumento de Ross. Pero entonces se oyeron los altavoces del auditorio, y una voz fina y áspera se puso a declamar. Reclamó a la fuerza su atención, insistiendo con su gravedad amplificada.

—Todas las ciudades tienen sus secretos —empezó a decir la voz—, pero Calcuta, cuya vocación es el exceso, tiene tantos que es más secreta que ninguna. En otras, por paradójico que resulte, los secretos viven al ser contados: insuflan vida en la monotonía de las esquinas y en el tedio de las callejuelas; en la inmundicia que hay tras los edificios sin ventanas y en los suelos ennegrecidos de talleres llenos de grasa. Pero aquí, en nuestra ciudad, donde toda la ley, natural y humana, se mantiene en caprichosa suspensión, lo oculto no necesita palabras que le den vida; como cualquier criatura que habita en un elemento pernicioso, se transforma para hallar sustento justamente donde está más escondido: en este caso, en el silencio.

Sorprendido, Murugan miró a un lado y a otro del vestíbulo, acristalado en la parte delantera. Continuaba vacío. Entonces vio a dos mujeres que subían corriendo la escalinata. Entraron chorreando en el vestíbulo y se quedaron junto a la puerta, quitándose la lluvia del pelo y sacudiéndose la ropa. Una de ellas, de unos veinticinco años, delgada, de nariz aguileña y rostro delicado, vestía un sari lacio, bastante desaliñado; la otra, mayor y más alta, en los comienzos de una juvenil edad madura, de oscura belleza y discreta elegancia, llevaba un sari de algodón negro. Un amplio mechón blanco le recorría el pelo, que le llegaba al hombro.

Mientras cruzaban el vestíbulo, Murugan observó que ambas llevaban identificaciones de prensa prendidas en el sari, a la altura del hombro. Cuando estaba a unos pasos de ellas reconoció un logotipo familiar: ambas tarjetas llevaban el nombre de la revista
Calcutta
.

Murugan sintió una punzada al ver de nuevo la cabecera gótica de la revista: sus padres habían sido fieles suscriptores de
Calcutta
. La visión de aquel título familiar, reproducido en miniatura, creó una inmediata sensación de contacto con las dos mujeres.

Estirando el cuello vio que la más joven se llamaba Urmila Roy; la alta y elegante, Sonali Das.

Murugan dio un paso al frente y se aclaró la garganta.

6

Urmila estaba a punto de hacer una pregunta a Sonali cuando alguien la interrumpió. Se volvió rápidamente, molesta, y frente a ella vio a un hombre extraño, de corta estatura, que carraspeaba. Se le desorbitaron los ojos al fijarse en la gorra verde, la perilla y los pantalones caqui llenos de barro. El hombre dijo algo entonces, muy deprisa. Urmila tardó un momento en comprender que hablaba en inglés: el acento no se parecía a ninguno que hubiera oído hasta entonces.

Con el ceño fruncido lanzó una mirada inquisitiva a Sonali, su compañera, pero no atrajo su atención. Sonali no parecía desconcertada en lo más mínimo por aquel hombre. En realidad, le sonreía.

—Lo siento —dijo—. No le he entendido.

El desconocido señaló con el pulgar por encima del hombro en dirección a la sala.

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