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Authors: Patricia Cornwell

Tags: #novela negra

El cuerpo del delito (6 page)

Resistí hasta primera hora de la tarde en que no pude más y llamé a Marino.

—Precisamente ahora iba a llamarla —me dijo Marino antes de que yo pudiera pronunciar dos palabras—. Estaba a punto de salir. ¿Puede reunirse conmigo en el despacho de Benton dentro de una hora u hora y media?

—¿De qué se trata?

Ni siquiera le había dicho por qué le llamaba.

—He conseguido los informes sobre Beryl. Pensé que le interesará estar presente.

Colgó como siempre hacía sin decir adiós.

A la hora convenida, enfilé la East Grace Street y aparqué en el primer espacio del parquímetro que pude encontrar a una distancia razonable de mi destino. El moderno edificio de diez pisos era como un faro en medio de una deprimente zona de tiendas de baratijas que pretendían ser establecimientos de antigüedades y de pequeños restaurantes típicos cuyos platos «especiales» no eran tales. Los vagabundos caminaban sin rumbo por las cuarteadas aceras.

Tras identificarme en la garita de los guardas del vestíbulo, tomé el ascensor hasta el quinto piso. Al final del pasillo había un puerta de madera sin ninguna indicación. La localización de la oficina de operaciones del FBI de Richmond era uno de los secretos más celosamente guardados de la ciudad, y su presencia era tan discreta como la de sus agentes de paisano. Un joven sentado detrás de un mostrador que se extendía hasta la mitad de la pared del fondo me miró mientras hablaba por teléfono. Cubriendo el teléfono con la mano, arqueó las cejas como preguntándome: «¿En qué puedo servirla?». Le expliqué el motivo de mi visita y me invitó a sentarme.

El vestíbulo era pequeño y decididamente masculino, con el mobiliario tapizado en un sólido cuero azul oscuro y una mesita en la que se amontonaban distintas revistas deportivas. En los paneles de madera de las paredes figuraban una galería de retratos de los antiguos directores del FBI, varias distinciones por servicios y una placa de latón con nombres de agentes muertos en acto de servicio. De vez en cuando, se abría la puerta exterior y entraban unos hombres de elevada estatura vestidos de oscuro y con los ojos protegidos por gafas ahumadas, los cuales no se molestaban en dirigirme una sola mirada tan siquiera.

Benton Wesley podía ser tan prusiano como todos los demás, pero con el tiempo había conseguido ganarse mi respeto. Debajo de su placa del FBI se ocultaba un ser humano de esos que merece la pena conocer. Era rápido y enérgico incluso cuando estaba sentado e iba típicamente vestido con pantalón oscuro y blanca camisa almidonada. Lucía una impecable corbata estrecha a la última moda y en su cinturón llevaba la negra funda para el diez milímetros que casi nunca se ponía cuando estaba en un ambiente cerrado. No le había visto mucho últimamente, pero no había cambiado. Estaba en muy buena forma y era guapo a su manera un tanto dura, con un cabello prematuramente gris plateado que nunca dejaba de sorprenderme.

—Siento que haya tenido que esperar, Kay —me dijo sonriendo.

Su apretón de manos fue tranquilizadoramente firme y estuvo exento de cualquier insinuación machista. El apretón de manos de algunos policías y abogados que yo me sé son unas moles de quince kilos sobre un gatillo de un kilo y medio que casi me rompen los dedos.

—Está aquí Marino —añadió Wesley—. Tenía que repasar unas cuantas cosas con él antes de hablar con usted.

Sostuvo la puerta para que yo pasara y ambos bajamos por un desierto pasillo. Haciéndome pasar a su pequeño despacho, se retiró para ir por el café.

—Anoche conseguimos finalmente que funcionara el ordenador —dijo Marino.

Repantigado cómodamente en su sillón, estaba examinando un revólver del calibre 357 aparentemente por estrenar.

—¿El ordenador? ¿Qué ordenador?

¿Había olvidado mis cigarrillos? No. Otra vez en el fondo del bolso.

—El de jefatura. Se estropea a cada dos por tres. Sea como fuere, al final he conseguido unas copias de los informes del delito. Interesantes. Por lo menos, a mí me lo parecen.

—¿Son los de Beryl?

—Ni más ni menos —Marino depositó el arma sobre el escritorio de Wesley y añadió—: Bonita pieza. El muy bastardo se la ganó como premio en la convención nacional de jefes de policía que se celebró en Tampa la semana pasada. Yo ni siquiera consigo ganar un par de dólares en la lotería.

Mi atención empezó a vagar. El escritorio de Wesley estaba atestado de mensajes telefónicos, informes, cintas de vídeo y gruesos sobres de cartulina que debían de contener detalles y fotografías de los distintos crímenes que las jurisdicciones policiales sometían a su consideración. Detrás de los paneles de cristal de la librería adosada a la pared había varias armas macabras... una espada, una llave inglesa, un fusil improvisado, una lanza africana... trofeos de caza o regalos de protegidos agradecidos. Una anticuada fotografía mostraba a William Webster estrechándole la mano a Wesley sobre el telón de fondo de un helicóptero de la Marina en Quantico. No se veía la menor señal de que Wesley tuviera esposa y tres hijos. Los agentes del FBI, como casi todos los policías, protegen celosamente sus vidas privadas, especialmente cuando se han acercado lo suficiente al mal como para haber sentido su horror. Wesley era un experto en diseño de perfiles de sospechosos. Sabía lo que era examinar fotografías de carnicerías inimaginables y visitar las penitenciarías y ver cara a cara a los Charles Manson y los Ted Budy.

Wesley regresó con dos vasos de Styrofoam de café, uno para Marino y otro para mí. Wesley siempre recordaba que yo bebo el café solo y necesito un cenicero al alcance de la mano.

Marino tomó unas fotocopias de informes policiales que tenía sobre las rodillas y empezó a repasarlas.

—Para empezar —dijo—, sólo hay tres. Tres informes que constan en archivo. El primero de ellos está fechado el once de marzo a las nueve y media de un lunes por la mañana. La víspera, Beryl Madison había marcado el 911 y había pedido la presencia de un oficial en su casa para formularle una denuncia. No es de extrañar que la llamada se considerara de baja prioridad, pues la calle no era conflictiva. El agente uniformado no se presentó hasta la mañana siguiente. Un tal Jim Reed, que lleva cinco años en el departamento —añadió, mirándome.

Sacudí la cabeza. No conocía a Reed.

Marino examinó el informe.

—Reed informó de que la denunciante Beryl Madison estaba muy alterada y había afirmado que la víspera, un domingo por la noche, sobre las ocho y cuarto, había recibido una amenaza telefónica. Una voz que ella identificó como masculina y posiblemente de una persona blanca le dijo lo siguiente: «Apuesto a que me has echado de menos, Beryl. Pero yo siempre te vigilo aunque tú no me veas. Yo te veo. Puedes correr, pero no puedes esconderte». La denunciante añadió que el comunicante dijo haberla visto aquella mañana comprando un periódico delante de un establecimiento Seven-Eleven. El desconocido le describió cómo iba vestida, con «un chándal de color rojo y sin sujetador». Beryl confirmó que se había dirigido en su automóvil al Seven-Eleven de la Avenida Rosemount aproximadamente a las diez de la mañana del domingo vestida en la forma descrita. Aparcó delante del Seven-Eleven y compró un
Washington Post
en la máquina automática sin entrar en la tienda y no vio a nadie por los alrededores. Se preocupó al ver que el comunicante conocía aquellos detalles y dijo que la debía de haber seguido. A la pregunta de si había advertido que alguien la siguiera, contestó que no.

Marino pasó a la segunda página, que era la parte confidencial del informe, y añadió:

—Reed informa de que la señorita Madison se mostró reacia a revelar los detalles concretos de la amenaza hecha por el comunicante. Al final, ante la insistencia del agente, contestó que el comunicante había hecho unos comentarios «obscenos» y había dicho que, cuando se la imaginaba desnuda, sentía deseos de «matarla». Al llegar a este punto, la señorita Madison dijo haber colgado el teléfono.

Marino dejó la fotocopia en el borde del escritorio de Wesley.

—¿Qué consejo le dio el oficial Reed? —pregunté.

—El de siempre —contestó Marino—. Le aconsejó que llevara un registro y que, cada vez que recibiera una llamada, anotara la fecha, la hora y lo que había ocurrido. Le aconsejó también mantener las puertas y las ventanas cerradas e instalar, a ser posible, un sistema de alarma. Y le dijo que, si viera algún vehículo extraño, anotara el número de la matrícula y llamara a la policía.

Recordé lo que Mark me había dicho a propósito de su almuerzo con Beryl en el mes de febrero.

—¿Dijo que esta amenaza del once de marzo había sido la primera?

Fue Wesley quien contestó mientras se inclinaba hacia adelante para tomar el informe.

—Parece ser que no —dijo, pasando la página—. Reed escribió que la denunciante afirmó haber estado recibiendo amenazas desde primeros de año, aunque no lo había notificado a la policía hasta entonces. Al parecer, las llamadas anteriores no eran frecuentes ni tan concretas como la que recibió la noche del domingo, diez de marzo.

—¿Y estaba segura de que las llamadas anteriores las había hecho el mismo hombre? —preguntó Marino.

—Le dijo a Reed que la voz parecía la misma —contestó Wesley—. Un varón blanco de suaves modales y con facilidad de palabra. No era la voz de ningún conocido... o, por lo menos, eso es lo que ella dijo.

Marino añadió, tomando el segundo informe:

—Beryl llamó al número de contacto del oficial Reed un martes a las siete y dieciocho minutos de la tarde. Dijo que necesitaba verle y el oficial se presentó en la casa menos de una hora más tarde, poco después de la ocho. Según el informe, estaba muy alterada y dijo haber recibido otras amenazas poco antes de marcar el número de contacto de Reed. Era la misma voz, la misma persona que la haba llamado otras veces. El mensaje era similar al de la llamada del diez de marzo —Marino empezó a leer el informe, palabra por palabra—: «Sé que me has echado de menos, Beryl. Pronto iré por ti. Sé dónde vives, lo sé todo de ti. Puedes correr, pero no puedes esconderte». Después añadió que sabía que tenía un nuevo automóvil, un Honda de color negro, y que él le había roto la antena la víspera cuando ella lo dejó aparcado en la calzada particular. La denunciante confirmó que la víspera su automóvil estaba aparcado en la calzada y que, al salir aquel martes por la mañana, había observado la rotura de la antena. Aún estaba fijada al vehículo, pero tan doblada y estropeada, que no podía funcionar. El oficial salió a ver el automóvil y comprobó que la antena se encontraba en el estado descrito por el denunciante.

—¿Qué determinación tomó el oficial Reed? —pregunté.

Marino pasó a la segunda página y contestó:

—Le aconsejó que aparcara el vehículo en el garaje. Ella le contestó que nunca utilizaba el garaje y que tenía la intención de convertirlo en despacho. Entonces el oficial le aconsejó que preguntara a sus vecinos si habían visto algún automóvil sospechoso por la zona o a alguna persona en su jardín. Dice en el informe que ella le preguntó por la conveniencia de adquirir un arma.

—¿Eso es todo? —dije—. ¿Qué hay del registro que Reed le había aconsejado llevar? ¿Se dice algo a este respecto?

—No. El oficial anotó lo siguiente en la parte confidencial del informe; «La reacción de la denunciante a los daños producidos en la antena parecía excesiva. Se mostró extremadamente alterada y, en determinado momento, maltrató de palabra al oficial que suscribe». —Marino levantó la vista.— Eso significa que Reed no la creyó y dio a entender que, a lo mejor, ella misma había roto la antena y se había inventado toda esta mierda de las amenazas.

—Dios bendito —musité asqueada.

—Bueno, ¿tiene usted idea de la cantidad de chalados que llaman constantemente contando este tipo de cosas? Las mujeres son muy aficionadas a llamar y a denunciar cortes, arañazos y violaciones. Y muchas se lo inventan. Tienen un tornillo suelto y necesitan llamar la atención...

Yo lo sabía todo sobre las falsas enfermedades y lesiones, sobre los barones de Münchhausen de pacotilla y las inadaptaciones y las manías que inducían a algunas personas a desear e incluso provocarse terribles enfermedades y violencias. No necesitaba que Marino me soltara un sermón.

—Siga —dije—. ¿Qué ocurrió después?

Marino dejó el segundo informe sobre el escritorio de Wesley y empezó a leer el tercero.

—Beryl volvió a llamar a Reed, esta vez el sábado seis de julio a las once de la mañana. El oficial se presentó en su domicilio a las cuatro de la tarde y la denunciante le recibió muy alterada y con hostilidad...

—Me lo imagino —dije—. Se había pasado cinco malditas horas esperándole.

—En esta ocasión... —Marino no me hizo caso y leyó palabra por palabra...—, «la señorita Madison afirmó que el mismo sujeto la había llamado a las once de la mañana y le había comunicado el siguiente mensaje: "¿Me sigues echando de menos? Pronto, Beryl, pronto. Anoche vine por ti. No estabas en casa. ¿Te decoloras el cabello? Espero que no". Al llegar a este punto, la señorita Madison, que es rubia, dijo haber intentado conversar con él. Le suplicó que la dejara en paz y le preguntó quién era y por qué le hacía eso. Dijo que él no contestó y colgó. La señorita Madison confirmó haber salido la víspera en que el comunicante dijo haber pasado por su casa. Cuando el oficial que esto suscribe le preguntó adonde había ido, contestó con evasivas y se limitó a decir que había estado fuera de la ciudad».

—¿Y qué hizo el oficial Reed esta vez para ayudar a la dama en apuros? —pregunté.

Marino se quedó mirándome sin inmutarse.

—Le aconsejó que se comprara un perro y ella dijo que era alérgica a los perros.

Wesley abrió una carpeta.

—Kay, usted lo está viendo retrospectivamente a la luz de un terrible crimen ya cometido. Pero Reed lo estaba viendo desde el otro extremo. Mírelo a través de sus ojos. Una joven que vive sola y se pone histérica. Reed hace todo lo que puede por ella... le facilita incluso su teléfono de contacto. La atiende rápidamente, por lo menos al principio. Pero ella se muestra evasiva cuando él le hace preguntas significativas. No tiene pruebas. Cualquier oficial se hubiera mostrado escéptico.

—Yo sé lo que hubiera pensado en su lugar —terció Marino—. Hubiera sospechado de esta chica que vivía sola y necesitaba que le hicieran caso y sentir que alguien se preocupaba por ella. O, a lo mejor, algún tipo le había hecho daño y ella estaba preparando un escenario para vengarse.

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