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Authors: Francisco J. de Lys

Tags: #Misterio, Intriga

El laberinto de oro

BOOK: El laberinto de oro
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En la noche de Todos los Santos, durante una cena de gala en el Gran Teatro del Liceo, el arquitecto Gabriel Grieg es conminado a saldar una deuda que había contraído con un decrépito anciano. Con profundo estupor constata que el contrato que firmó enmascaraba entre sus cláusulas un delirante pacto con el diablo. Para intentar saldar su deuda, Grieg se aliará con una misteriosa mujer llamada Lorena, empeñada en encontrar una valiosa joya fabricada en oro alquímico y relacionada con los asesinatos cometidos por un monje bibliómano en la Barcelona del siglo XIX.

La novela transcurre en un lapso de cuarenta y tres horas, y se desarrolla en la Barcelona actual, transformada en un gigantesco laberinto. En su fascinante aventura, los dos protagonistas se adentrarán en la ciudad hermética tras los pasos del Mal.

El laberinto de oro oculta entre sus páginas un maravilloso secreto y nos conduce hacia un lugar donde los mitos y la Historia, el plomo y el oro, la vida y la muerte parecen fundirse en un territorio tan ignoto como fascinante.

Francisco J. de Lys

El laberinto de oro

ePUB v1.1

NitoStrad
09.04.12

Autor: Francisco J. de Lys

Título: El laberinto de oro

Fecha de publicación: enero de 2011

A mi hermano Carlos Diego

Prólogo

El banquero veneciano, incluso antes de distinguir la tenue luz de la antorcha que iluminaba el tenebroso callejón, ya percibió en el aire un sulfuroso efluvio que salía como en una nube.

Se decía que aquel olor podía transformar a los mendigos en caballeros y a los desheredados en poderosos señores feudales. Convertir a los siervos en emperadores, y trocar los súbditos en reyes.

La emanación se propagaba en el aire como un hálito irritante, y surgía con fuerza hacia las alturas desde las chimeneas de unos crisoles situados en cada una de aquellas pequeñas casas del singular callejón. Únicamente en ese callejón, pegado a la muralla norte del castillo más grande de Europa, se producía aquella insólita concentración de hornos alquímicos.

El banquero veneciano, con paso premeditadamente lento y semblante emocionado, se iba acercando al lugar que sus ambiciones apuntaban.

Hacía más de una hora que había anochecido, y la luz del día ya sólo era un reciente recuerdo en su mente, tras haber contemplado una maravillosa puesta de sol en aquella mítica ciudad. Había visto cómo las últimas luces del ocaso sumían en tonos anaranjados los tejados de Praga.

Las sombras parecían haber tomado por completo la ciudad, únicamente amenazadas por una brisa veraniega que propagaba la escasa luz de la antorcha que estaba fijada a la torre del castillo que daba al callejón.

Resultaba excitante haber llegado hasta allí para poder contemplar lo que les estaba vetado a tantos inventores, artistas y científicos en todo el mundo. En aquellos tiempos, esos trabajos estaban sometidos a rígidas restricciones, y eran severamente castigados.

Estaban prohibidos en cualquier parte, excepto en aquel lugar en el corazón de la Europa del siglo XVII. Una singularidad que se produjo al estar promovida por uno de los reyes más extraños que había aportado la Historia: el excéntrico monarca Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio, poseedor de un caprichoso carácter. Tenía una extravagante corte en la que pululaban magos, saltimbanquis, bufones, acróbatas y charlatanes incontenibles, y era protector de innumerables prohombres, ya fueran pintores, astrólogos, astrónomos o matemáticos, con los cuales pretendía tener constantemente activo su Gabinete de las Maravillas.

Pero Rodolfo II pasaría a la Historia por una arrobadora obsesión: la alquimia, la transmutación de los metales en oro.

Ese impulso irrefrenable le instigaba, aun a riesgo de vaciar las maltrechas arcas de su Imperio, a conseguir a toda costa lo que hasta entonces tan sólo era una quimera.

El banquero, al llegar a la entrada del callejón, se detuvo y volvió a inspirar con fuerza aquella humareda. Observó, ayudado por una débil luz que surgía de los crisoles situados junto a las ventanas, el interior de aquellas casas sobre las que habían erigido sotabancos y que formaba una masa compacta que se extendía a lo largo del adarve.

Hacia el fondo del callejón, parecía apagarse y volverse a encender en los atanores un brillante color rojizo cuando ante ellos pasaban siluetas que simulaban acometer la más enigmática y eminente labor jamás llevada a cabo por simples mortales.

El banquero se sintió trasladado a una realidad que siempre quiso haber vivido, y le emocionó leer, cincelado en un grueso tablón de madera de roble, el nombre de aquel mítico callejón:

ZLATÁ ULICKA

El Callejón del Oro y de los Alquimistas.

Allí, un selecto grupo de nigromantes trataba de conseguir la quimérica labor de calentar la materia del mercurio o del plomo, hasta sublimarla y transformarla en el
lapis
y posteriormente en el designio principal de sus vidas, el más ansiado de todos los elementos: el oro alquímico.

El banquero conocía perfectamente la oculta mística de la alquimia, sus fundamentos y transcripciones, pero no había hecho un largo viaje desde la luminosa Venecia hasta aquel estrecho y oscuro callejón para regresar con los bolsillos vacíos.

«Esta misma noche acariciaré el oro alquímico —se dijo—. Tendré entre mis manos lo que estos pobres diablos, al igual que otros, buscaron obstinada e infructuosamente. Conseguiré lo que tantos alquimistas, luna tras luna, y generación tras generación desde la noche de los tiempos, no lograron alcanzar.»

Para él, ésta era una certeza basada en el conocimiento racional, que se apartaba del simbolismo gráfico encerrado en los libros herméticos que descifraban los alquimistas, quienes secretamente conversaban entre ellos usando una lengua oscura, y que, según ancestrales tradiciones, era la que se había empleado en el mismísimo Jardín del Edén.

El banquero, con una emoción no exenta de cierta inquietud, entró en uno de aquellos silenciosos laboratorios. Tenía la puerta abierta pero no había nadie dentro, como si su enigmático ocupante hubiese sentido un inminente peligro o quizás hubiera descubierto un hallazgo inesperado.

El intruso no reparó en las estanterías repletas de polvorientos volúmenes y en el cúmulo de objetos que abarrotaban la estancia, como pinzas, tenazas, yunques, alambiques, matraces de cristal en los que hervían fluidos de tonalidades anaranjadas, vasijas de barro de abultadas formas… Se dirigió directamente al horno de fusión alquímica situado junto a la acristalada ventana: el crisol.

Una luz brillaba en su parte inferior, la cámara de combustión, el lugar donde, según el esquema del Cosmos en forma de horno del
Teathrum chemicum britannicum,
ardía el
ignis
como representación de los infiernos y el caos, y la escoria resultante de su combustión simbolizaba el mal: el
Infernalis,
las tinieblas y Satán.

El banquero acercó su mano a la compuerta del horno, pero se limitó a dejarla a escasos centímetros de su superficie sin llegar a tocarla. Lo hizo para calcular su temperatura.

Levantó la cabeza y contempló la pieza más elevada del atanor donde estaba situada la cámara superior, que conectaba directamente con la chimenea y que, según la simbología alquímica, constituía el
Bonum infinitum
de claras referencias celestiales. Pero se fijó especialmente en la parte más importante del atanor, la parte central, dividida en tres compartimentos. En el compartimento superior se llevaba a cabo la destilación, en el del centro se efectuaba la
balnea
o purificación de los matraces y en el inferior, y esencial en el horno alquímico, se encontraba una marmita de hierro para calcinar los metales.

Estas tres partes centrales conformaban el
Bonum finitum,
que simbolizaba el agua, la tierra y, sobre todo, el ser humano, siempre a merced de las pasiones terrenales y constantemente acechado por el Mal.

Al ver el atanor en su totalidad, rodeado de aquellos utensilios del laboratorio alquímico, el banquero cerró los ojos y se sintió por un instante trasladado a otro tiempo. Sintió que su conciencia se expandía.

Volvió a abrir los ojos y, tras mirarse las manos, que aparecían iluminadas por un intenso tono rojizo, abrió la portezuela del horno y las introdujo en su interior.

Sus manos no advertían el fuego ni padecían su calor abrasador. Durante un segundo se sintió como un taumaturgo que comprendía dónde radicaba el error de los alquimistas, y en qué lugar se escondía el obstáculo que les impedía avanzar por un camino repleto de escollos.

Por un momento se sintió como el mismísimo diablo al ver que era inmune a las llamas del infierno. En aquel atanor brillaba un fuego invisible, tenebroso, un falso fuego. Una incandescencia que intensificaba el regocijo de su mente. Era una dádiva que se había concedido a sí mismo por su infatigable búsqueda a lo largo de toda una vida.

Y entonces el banquero veneciano supo que aquél era un momento crucial en su ya dilatada existencia.

De repente, se oyó un tremendo ruido, como si dos objetos metálicos hubiesen chocado violentamente. Vio agitarse el líquido que contenían los matraces, sintió vibrar el suelo bajo sus pies y observó cómo la portezuela del atanor que tenía ante sus ojos empezaba a traquetear.

El hombre creyó, obnubilado por sus propios sentimientos, que se había materializado un sortilegio provocado por sus propias invocaciones.

El suelo vibraba cada vez con más fuerza. El temblor era provocado por tres sacudidas muy intensas, que inmediatamente iban acompañadas de otras cuatro más cortas, pero aún más graves.

Rápidamente, el banquero salió al callejón y sintió cómo la vibración se transformaba en un atronador sonido similar al de mil tambores al unísono, portados por una legión de soldados que se dirigieran a la ciudad para asaltarla sin piedad.

Lo que estaba oyendo en aquel momento eran unos gritos que parecían surgir de la garganta de un gigante ávido de sangre, gritos que hubieran podido atemorizar a los más belicosos y aguerridos soldados de un poderoso ejército medieval.

Se produjo entonces un potente fogonazo de luz muy blanca que iluminó por completo el callejón mientras se seguían oyendo aquellos atroces gritos.

El banquero vio cómo una negra y alargada silueta se dirigía con paso decidido hacia él. Se trataba de una mujer muy alta, rubia, delgada y de facciones refinadas, como una valquiria.

Tendría unos veinticinco años e iba elegantemente vestida con un traje de color blanco estilo masculino, una camisa beige entallada y unos zapatos negros de tacón muy alto. Llevaba un teléfono móvil en una mano y lo que parecía ser un catálogo dorado en la otra.

Mientras el banquero veneciano recorría el callejón y visitaba el interior del laboratorio alquímico, la relaciones públicas se había mantenido a una distancia prudencial para no entorpecer la visita que el ayuntamiento de la ciudad de Praga le había concedido para que recorriese en solitario la recreación histórica del mítico Callejón del Oro y de los Alquimistas, que había podido llevarse a cabo gracias al extraordinario evento que se produciría esa misma noche, y que tendría como protagonista principal al banquero.

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