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Authors: Francisco J. de Lys

Tags: #Misterio, Intriga

El laberinto de oro (30 page)

BOOK: El laberinto de oro
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—Venimos dispuestos a cualquier tipo de trueque que resulte satisfactorio para los tres —dijo Grieg.

Instintivamente, el librero clavó su vista de rapaz nocturna sobre el ejemplar, aunque intentó que sus gestos no lo delataran.

—Veamos, Grieg. Te repito que el tema de los asesinatos de don Germán no es para tomárselo a broma —apuntó el librero—. El caso está trágicamente relacionado con los siete pecados capitales, con el oro alquímico, con la fuente de la eterna juventud y, por si eso no fuera poco, también con el demonio. Es un tema tan grave que incluso en el morboso mundo en que vivimos ha sido silenciado.

Lorena, sin pronunciar palabra, asistía al duelo que el librero mantenía con Grieg. Le pareció que aquel pequeño despacho era la guarida de un viejo oso blanco especializado en ediciones príncipe.

—Centremos el tema, Forné. —Grieg se puso serio—. No estoy interesado en saber quiénes fueron las víctimas de don Germán, ni cuáles fueron los motivos por los que abandonó el convento para convertirse en un asesino. Sólo quiero saber si ese
horarium
era su joya anhelada. El libro que buscaba y por el que cometió los asesinatos.

—Por lo visto, últimamente te van muy bien las cosas —intervino Forné.

—Si me das esa información, estoy dispuesto a entregarte el ejemplar único que he puesto sobre la mesa.

El librero guardó un profundo silencio.

Grieg tomó entre sus manos el pequeño
horarium
y se lo entregó al librero, que puso cara de asombro al comprobar que se trataba del ejemplar que sospechaba, impreso en 1518 y con la marca típica del mercader de libros del siglo XVI Claudio Curnet. Admirado, comprobó que el ejemplar estaba completo y constaba de dieciséis páginas, de las cuales doce eran de texto en página orlada, e impreso en letra minúscula franca. Además, contenía las dos láminas grabadas en cobre y una separata en la cual se hacía constar la posterior destrucción de las planchas del único ejemplar.


Summa omnis philosophia ad beate vivendum refertur.
Toda filosofía persigue el vivir bien —leyó en voz alta el lema impreso en el reverso del libro.


Aliquid aliqua re
—contestó de inmediato Grieg, haciendo constar que su propósito era trocar una cosa por otra.

El librero miró el ejemplar del
horarium
que llevaba por título
Aurum alchimicum barcenonensis
, se levantó y dijo:

—Os enseñaré una cosa. Seguidme.

Se dirigió hacia el fondo del pasillo. Sus pasos crujían en el entarimado de aquella oscura casa. Se detuvo ante un grueso portón, extrajo una llave de su bata y lo abrió.

Empezaron a descender unos empinados escalones y se adentraron en la negrura, con la única luz del cigarrillo del librero. Grieg y Lorena se detuvieron en la oscuridad mientras escuchaban los pasos del librero, esperando, expectantes, la imagen que verían a su alrededor la próxima vez que el librero diera una calada a su cigarrillo.

48

Una profunda calada al cigarrillo iluminó febrilmente lo que parecía ser un larguísimo túnel, completamente forrado de libros en innumerables estanterías a ambos lados del pasadizo.

Grieg y Lorena seguían al librero a corta distancia y en penumbra, admirados ante la cantidad de volúmenes que había almacenados en aquel gigantesco almacén de libros.

—Nunca me había hablado de este lugar —susurró Grieg, al tiempo que le parecía ver una sombra detrás de una de aquellas estanterías.

—Durante el siglo XVI, este pasadizo era conocido como el «pasaje de los contrabandistas» —explicó el librero mientras avanzaba con paso lento por el corredor—. Comunicaba la puerta por la que hemos entrado, donde vivía un reputado aristócrata cuyo nombre prefiero no citar, no sea que su ceniciento esqueleto se revuelva en la tumba…, con una entrada secreta en uno de los pórticos de la muralla, y que estaba situada muy cerca de lo que hoy es la plaza Urquinaona. En el siglo XIX, mi tatarabuelo, también librero, aprovechó un tramo de aquel antiguo corredor para utilizarlo como almacén de libros, hasta que yo lo heredé. Entonces le cambié el nombre, y pasó a llamarse la Biblioteca Fuera del Tiempo.

—¿Y por qué lo llama así? —preguntó Lorena.

El librero, al oír su voz, giró en redondo y tras dar una profunda calada al cigarrillo que le iluminó el rostro, le sonrió compasivamente.

—Aunque el texto de un libro, es decir, las palabras que están impresas sobre el papel, sea siempre el mismo, su sentido y mensaje va cambiando con el devenir de las épocas. Su significado y comprensión va y viene como las olas del océano, dependiendo de los aires, las banderas y los regímenes políticos que soplan fuera de este lugar.

Lorena avanzó tres pasos y se colocó, en silencio, ante la voluminosa sombra del librero.

—Mira todos estos libros… —continuó Forné—. Si te pillaban con cualquiera de ellos en los años cuarenta y tenías la suerte de no ir directamente al paredón, te ibas a la cárcel durante años. Ahora, aunque los regalara, difícilmente los aceptarían, y si así fuera, sus hojas irían a parar a una papelera o formando remolinos cuando sopla el viento. Pero yo vengo de una vieja estirpe de libreros y los conservo porque el negocio de los libros es muy cambiante… Lo que hoy carece de interés, mañana es un tesoro codiciado. Por eso, mientras yo sea su silente guardián, aquí dentro los libros están «fuera del tiempo».

Lorena, pensativa, pasó la mano por el aterciopelado lomo de uno de aquellos libros.

—El guardián de una librería tan gigantesca como ésta —proseguía el librero mientras caminaba— debe ser muy consciente de los vientos que corren. Debe analizar su tiempo y calibrar el peligro que supone salvaguardar los libros… porque al igual que la de don Germán, la cabeza de uno peligra. Hay que saber cuándo es el momento, como si fuera un buen vino que ha dormido convenientemente hasta madurar, de salir de aquí y subir a la vitrina que guardo arriba. Según las épocas… unos libros enmudecen a otros.

El librero se detuvo ante una gran estantería sobre la que se apoyaban dos elevadas escaleras. Grieg vio que la estantería estaba atestada de libros infantiles de los siglos XIX y XX. Ejemplares de
Papitu, La Rialla, Pierrot, Quisquillas
o
Barbarroja
afloraban en aquella estantería bajo recortables y viejas
auques,
que el librero empezó a remover.

El librero sacó de la estantería una carpeta y se la entregó a Grieg, que se sentó en una silla y encendió una pequeña bombilla que colgaba del techo.

Grieg abrió el dossier y apareció un conjunto de amarillentas hojas de periódico en las que figuraban las crónicas de sucesos correspondientes a los crímenes de don Germán, entre docenas de documentos de los juzgados donde se reflejaban las actas del juicio, y la copia civil de la sentencia a muerte de don Germán.

—Forné, esto no vale el
horarium.
Necesito algo mucho más contundente —dijo el arquitecto.

El librero tiró al suelo la colilla y la aplastó. Parecía dudar en tomar una decisión. Grieg, al ver que éste reflexionaba más de lo conveniente, tomó una medida drástica.

—¡Lorena, vámonos! —exclamó mientras recogía el
horarium
—. Forné, siento haberle hecho perder su valioso tiempo. En otra ocasión…

—No te vayas tan deprisa… Entiende que lo que me pides es imposible —aseguró el librero, tratando de disimular la tensión.

—¿Por qué?

—Estáis siendo muy inocentes. Os estáis metiendo en un asunto muy peligroso. Mucho más de lo que podéis imaginar.

—¿Qué tiene que ver la inocencia con todo esto? ¿Es usted un librero o un moralista?

—Para entregaros lo que me pedís, debéis ofrecerme una prueba irrefutable de que estáis siguiendo la pista de don Germán, y no os habéis encontrado casualmente el
horarium.

—¿Y a usted que más le da eso? —preguntó Lorena.

—Aquí el que pone las condiciones soy yo. ¡Sé muy bien lo que me juego! Si no fuera así, jamás habríais bajado hasta aquí —exclamó el librero mostrando una férrea determinación.

Grieg y Lorena se miraron el uno al otro, y sin mediar palabra se pusieron de acuerdo en que debían ceder a las pretensiones del librero.

—Lorena, lo que debemos enseñarle lo tienes en la bolsa. Muéstraselo.

El librero torció el gesto al mostrarle Lorena una calavera partida en dos, además de las llaves que habían encontrado en la Cámara de la Viuda, y que estaban pendidas de una cinta ligada a la tarjeta con el nombre, y la sangre putrefacta, de don Germán.

Por primera vez, el librero bajó la cabeza y guardó silencio.

—¡No sabéis en qué andáis metidos! —exclamó tomando la calavera entre sus manos—. ¡No tenéis ni idea!

En el silencio del túnel únicamente se oía la respiración del librero. Tras meditarlo, arrebató el
horarium
de las manos de Grieg.

—Seguidme.

Marcel Forné se dirigió hacia la mesa y apagó la luz del pasillo. Anduvo hasta una escalera, que subió fatigosamente. Lorena se preguntó qué iba a hacer cuando vio que el librero se despojaba de la bata y la colgaba en una percha junto a una puerta que había al final de la escalera.

Debajo de la bata, el librero lucía un impecable traje azul marino con chaleco y tirantes. Sacó del bolsillo una llave con la que abrió la puerta.

Los tres entraron en un despacho desde el que se veía la fachada lateral del Palau de la Música. Unas empleadas trajinaban entre cajas de cartón y sobres dispuestos para el envío de libros por correo.

—Muy pocos han logrado entrar en el túnel por la puerta de los contrabandistas y salir por esta otra —reveló enigmáticamente, mientras introducía la combinación en una caja fuerte que presidía su despacho—. Sentaos, por favor.

Forné guardó el
horarium
en el interior de la caja fuerte y extrajo una deteriorada caja de latón, que depositó sobre la mesa. Ésta era del siglo XIX y en ella resaltaban unos grandes caracteres:

LE DIABLE PARFUMÉ

«El diablo perfumado.»

—En el interior de esa caja está la pista de la única persona que puede resolveros el enigma que tratáis de averiguar, pero yo no quiero saber nada del tema —explicó el librero—. Ábrela y dime si lo que contiene colma tus expectativas.

Grieg tomó la caja entre sus manos, siempre bajo la atenta mirada de Lorena, y volvió a sentir en el aire la inconfundible presencia del anciano del Teatro del Liceo.

El terror le invadió cuando, tras levantar la tapa, observó el contenido de la caja. Se trataba de una colección de trece fotografías en blanco y negro, tomadas en distintos escenarios de Barcelona, siempre con la misma persona.

«No puede ser, el dibujo de la caja es del siglo XIX», pensó Grieg mientras descubría cómo en una de las fotos aparecía el viejo del Liceo, mucho más joven, con un puro en la mano y luciendo en la solapa una joya muy parecida a «la Piedra» que había visto en la caja de las
auques.
Abrazaba a una bella mujer de profundos ojos y larga cabellera, enfundada en un vestido oscuro y entallado; los dos sonreían a la cámara, en plena Rambla y con el monumento de Colón al fondo.

La fotografía estaba tomada por un fotógrafo callejero de los que usaban trípode y manguitos, y revelaban los negativos al instante.

—Las colma… —respondió Grieg al librero mientras le pasaba la caja a Lorena—. Nos quedamos con la caja de los perfumes y la carpeta.

—¡No se hable más! —concluyó el librero dando una sonora palmada.

Aunque en un principio a Lorena no le satisfizo el contenido de la caja de perfume, cambió de opinión al analizar la tapa de latón. Bajo el nombre de «Le diable parfumé», aparecía serigrafiado un elegante galán, que lucía una extraña joya. Para su asombro, iba vestido del mismo modo que el hombre que aparecía en las fotografías.

49

Los esbeltos edificios de Pla de Palau parecían irradiar toda la gama de grises. Era casi mediodía, y los claroscuros se hacían visibles sobre los abigarrados relieves de la fachada de casa Xifré, uno de los edificios más representativos de la ciudad. Entre cientos de figuras de iconografía hermética, en estos relieves podía verse a Saturno sosteniendo una guadaña y un reloj de sol en una mano; con la otra, acariciaba a un Ouroboros. Junto a él, desde hacía casi dos siglos, un pétreo crisol alquímico recordaba a todos los transeúntes que en la ciudad existían misterios empecinados en no ser restos del pasado.

Lorena y Grieg estaban sentados en un banco frente a las grandes columnas del edificio de la Llotja, mientras Grieg estudiaba la caja de perfumes y una antigua guía de Barcelona.

—Gabriel, sigo sin saber por qué nos hemos detenido precisamente aquí.

—Porque aquí estamos cerca de los tres posibles destinos —contestó Grieg.

El arquitecto observaba la caja de «Le diable parfumé» que contenía las trece fotografías, y donde figuraba la dirección de una perfumería; pero el óxido que se había ido acumulando a lo largo de décadas había provocado que únicamente fueran visibles algunas letras:

ER ADENA

Lorena cogió la desvencijada caja de latón.

—¿De verdad crees que hemos salido ganando intercambiando estas fotografías por el
horarium?

—En la vida hay que ser práctico… —dijo Grieg—. Tienes la fotocopia del
horarium
que hicimos antes de ver al librero, ¿no es así?

—Sí, pero un original siempre es…

—El intercambio ya está hecho. Yo no soy un hombre de negocios y tú, hasta que no se demuestre lo contrario, te propones encontrar la joya del estuche dorado. Lo importante es que seguimos compartiendo intereses comunes.

—¿Qué dirección crees que está anotada entre esa mancha de óxido?

—No lo sé aún, pero tengo una ligera sospecha. Veamos, he comprobado que en Barcelona existen tres calles que llevan en su nombre la palabra «cadena» —musitó Grieg, hojeando la guía de la ciudad—. Una de ellas está muy cerca de aquí, junto a la avenida Icaria, pero yo la descartaría de entrada porque se trata de un pasaje y, si te fijas, están las letras «er», que sin duda pertenecen a la palabra «calle», que como tú muy bien sabes en catalán es
carrer.

—¿Y las otras dos direcciones?

—Una es la calle Cadena y está situada muy cerca de la calle Hospital, pero no creo que se trate de la dirección que figura en la caja.

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