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Authors: Francisco J. de Lys

Tags: #Misterio, Intriga

El laberinto de oro (50 page)

BOOK: El laberinto de oro
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Lorena se dirigió hacia el crisol, y como si no le afectaran las leyes de la física, apoyó la espalda en la ventana de combustión, de la que salía una luz que llenaba la estancia de reverberaciones rojizas, que parecían provenir del mismísimo
ignis,
el fuego abrasador del infierno. La oscura silueta de Lorena se recortaba entre los tonos verdosos de los matraces y las vasijas de cristal. Miró a Gabriel y abrió los brazos, invitándole a que se cobijara entre ellos.

Grieg se acercó y se detuvo a escasos centímetros de ella, como si temiera abrasarse si entraba en contacto con su cuerpo. Después cerró los ojos y se sintió trasladado más allá del tiempo y del espacio, consciente de que la turbadora aventura que se había iniciado en las primeras sombras de la noche de Todos los Santos había engendrado la más maravillosa historia de amor.

Un doloroso placer atravesó su corazón como una ardiente saeta. Su conciencia se expandía de un modo tan incontenible, que no supo si aquella sensación era un premio o un castigo. Quizá por eso, como pidiendo el amparo que buscan las naves en las aguas del puerto durante la tormenta, no tuvo otro remedio que abrazarse a ella.

—Vente conmigo —le susurró ella al oído.

A Grieg no le dio tiempo de contestar, porque en la recreación del laboratorio alquímico acababa de entrar un hombre que se colocó ante Lorena adoptando una respetuosa postura. Iba vestido con un impecable traje azul marino y hablaba con un marcado acento francés.


Madame
Lorena Regina, el señor Auguste Meyer me ha encomendado que, dada su condición de patrocinadora ejecutiva del evento, la acompañe en el coche oficial de la empresa hasta el salón del castillo.

Los tres salieron al callejón y se dirigieron hacia un Rolls Royce de carrocería plateada, con la puerta abierta, frente a la que aguardaba un chófer uniformado.

Lorena se detuvo frente a Grieg, y le miró a los ojos mientras su figura ocultaba parcialmente el cartel que anunciaba un espectáculo, musical-multimedia, que acababa de iniciarse en aquellos precisos momentos y se titulaba
El diablo en el Callejón del Oro.

Hasta sus oídos llegaron los potentes acordes de la canción
Simpathy for the Devil,
de los Rolling Stones. Los ojos de Lorena brillaban intensamente mientras la incendiaria voz de Mick Jagger llegaba hasta ellos, resonando entre los muros de los callejones:
«All the sinners saints… As heads is tails… just call me Lucifer.»

Lorena repitió lo que había pedido a Grieg cuando estaba apoyada en la ventana del crisol, y Grieg sintió un nudo en el pecho y una fuerza irrefrenable que le impulsaba a irse con ella. Pero permaneció inmóvil y en silencio, mientras sentía que la oportunidad que estaba dejando escapar era tentadora como aquella leyenda que aseguraba que en la base del arco iris se esconde un caldero rebosante de monedas de oro.

«Please to meet you… hope you guessed my name… um yeah…»

Lorena continuaba mirando a Grieg sin decir nada, mientras el chófer aguardaba respetuosamente.

«But what's puzzling you… is the nature of my game…»

Finalmente Lorena sonrió y extendió la mano. Gabriel la tomó y la acarició suavemente, con la misma sensación de aquel que acaba de despertar y se toca para ver si todavía está en el sueño.

«Tell me, baby, what's my name…»

Ella se volvió y se dirigió hacia el coche. Grieg la veía alejarse, deseando que el dragón dorado que llevaba grabado en su abrigo pudiera custodiarla con el mismo esmero que con pasión él la vería alejarse.

«Tell me honey, can you guess my name?»

Lorena entró en el coche, y su figura quedó oculta por una nube rojiza que se reflejaba en el cristal tintado.

«Tell you one time, you 're the blame…»

El coche se puso en marcha y Grieg pudo ver cómo desaparecía al introducirse por una estrecha calle. Luego observó el asombroso atardecer de Praga, que iba alargando lentamente las sombras de los edificios y de las torres del castillo hacia el que Lorena se dirigía. Mientras escuchaba la voz de su satánica majestad, comprendió finalmente que las cosas, aunque parezcan mentira, algunas veces no lo son.

«Just call me Lucifer.
» Sólo llámame Lucifer.

Segundo epílogo

Tres años y ciento siete días más tarde

En el centro de la cámara acorazada situada en la zona más inaccesible del banco, volvió a romperse el silencio.

—¿Aquí hay una caja fuerte?

Como en otras ocasiones, la pregunta la había planteado el nuevo director al director general saliente de la institución, mientras el interventor, el cajero y el auditor jefe esperaban en una sala adjunta acompañados de los tres claveros.

Para realizar el relevo institucional y llegar hasta aquella sala, la comitiva había tenido que superar varios controles de seguridad, descender cuarenta y cinco metros en ascensor, superar dos ciclópeas puertas de acero, cruzar un puente retráctil que atravesaba una cueva de piedra y mármol negro, cruzar otra puerta de ocho toneladas de peso y por fin acceder a un fabuloso almacén donde estaban depositados miles de lingotes de oro.

Como en los anteriores relevos, al nuevo director le había sorprendido la presencia de aquella misteriosa caja fuerte precisamente en el lugar más protegido de la cámara acorazada. Aquella caja era conocida entre los claveros como «la camareta oscura».

En aquel momento el director saliente ya había transferido todos los poderes del cargo y sólo le quedaba realizar el trámite final, que consistía en mostrarle al nuevo director el contenido de la caja fuerte. El nuevo director estaba sentado, y sobre la mesa tenía el documento que debía firmar una vez conocido el contenido de la caja. Dicho documento le hacía responsable de su custodia durante el tiempo que desempeñara su cargo, y ya tenía en la mano la llave de la camareta oscura.

El nuevo director miró durante unos segundos el llavero de oro que prendía la llave, y en el que podían contemplarse tres esqueletos humanos. Mantenían la misma postura que Kikazaru, Wazaru y Mizaru, los tres monos sabios y místicos, que alternativamente se tapaban la boca, los ojos y los oídos. Para no hablar, ni ver, ni oír. O quizá, lo cual era mucho más probable, adquirían las tres posturas primarias que, instintivamente, adopta el ser humano cuando se encuentra ante una situación de peligro.

El nuevo director, tras mirar de reojo a su colega, se dirigió lentamente hacia la caja fuerte. Al llegar a ella, introdujo la llave, la hizo girar cuatro veces a la izquierda y empujó con fuerza hacia sí. La puerta se abrió silenciosamente.

Entonces, el director entrante no hizo lo habitual en estos casos, porque ya sabía lo que contenía la caja fuerte. No analizó los centenares de lingotes de un kilo de oro de pureza extrema que llevaban grabados en su superficie un Ouroboros y un Catobeplás. Tampoco analizó los informes donde se documentaba su origen, pues ya lo sabía.

En el siglo XII, en aquel lugar de paso, que en principio fue un albergue de viajeros y acabó convirtiéndose en la capilla Marcús, se detenían durante el año muchos acaudalados propietarios que transportaban valiosos cargamentos de oro. Anhelaban recibir la protección de un santo, a la entrada y a la salida de la ciudad, pero desaparecían misteriosamente con las últimas luces del ocaso. Los caudales de oro robados se iban escondiendo y acumulando en sótanos, y la justicia tenía dificultades en aclarar aquellos execrables sucesos que atrajeron a los miembros de un insólito linaje de actuarios, que se iba renovando cada ciertos años en la persona elegida por el escribano saliente. Un sistema que ya existió en Fráncfort o Florencia y que, mediante maquiavélicos chantajes, acabaron dominando la organización inicial.

El nuevo director general no necesitó que le recordaran eso, también sabía que en su nuevo cargo no debía menospreciar cualquier asunto que estuviera fundamentado en un tema tan inverosímil como los pactos demoníacos, o el pago de sus servicios para hacer partícipe de eternos beneficios que podría generar el oro alquímico.

Todo eso ya lo sabía.

Por esa razón, sus movimientos únicamente iban dirigidos a encontrar dos objetos. Así que, al verlos, emitió un silencioso suspiro, al tiempo que sentía una profunda sensación de alivio.

Se trataba de un pequeño crisol en el que brillaba una sustancia dorada, y de un abultado sobre, cuya presencia significaba para él la salvación, no tan sólo de su aparentemente irreprochable reputación, sino también de su vida, tras haber cometido el error de sentarse a jugar en una funesta partida de cartas que le había acarreado una infausta deuda de juego, únicamente subsanable si acometía una pequeña tarea.

El nuevo director empujó lentamente la gruesa puerta de acero y volvió a cerrarla con llave. Y aparentando que estaba realmente impresionado por lo que allí se escondía, rubricó con pulso firme el documento que le hacía garante del secreto que encerraba la camareta oscura.

Una vez hubo firmado, tomó el llavero de oro entre sus dedos y miró los tres esqueletos…, hasta fijarse en un pequeño detalle que había pasado desapercibido a todos los demás directores generales, incluido el que tenía delante.

Apenas perceptibles, porque estaban plegadas a lo largo de las costillas, vio que una de las tres figuras era ligeramente distinta.

Era un esqueleto humano con dos alas.

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