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Authors: Angela Sommer-Bodenburg

Tags: #Infantil

El pequeño vampiro en peligro (8 page)

BOOK: El pequeño vampiro en peligro
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De todas formas, el ruido que hacían fue una ventaja para Anton: nadie se dio cuenta de cómo rodeaba la capilla y se colocaba tras un resalte del muro. Ahora podía dominar con la vista la parte trasera del cementerio sin que le descubrieran.

Y lo que vio allí le puso los pelos de punta. Una gran excavadora estaba levantando la tierra. Las lápidas y cruces que sacaba las echaba a un montón un bulldozer.

La parte vieja y salvaje del cementerio ¡se había convertido en una obra!

Sólo se habían salvado un par de árboles. Anton reconoció el gran abeto bajo el cual se encontraba el agujero de entrada a la Cripta Schlotterstein.

Y entonces la excavadora fue hacia el abeto, se detuvo, la pala bajó y levantó una piedra plana cubierta de musgo.

¡Era la piedra con la que los vampiros tapaban el agujero de entrada a su cripta! Ahora el pozo estaba allí abierto, accesible para cualquiera...

¡Si Geiermeier y Schnuppermaul descubrían la entrada, los vampiros estarían perdidos!

Anton sintió una opresión en el pecho. Vio a Geiermeier y Schnuppermaul; corrían detrás del bulldozer alegres y excitados como niños pequeños. Pero no se dieron cuenta del pozo..., aún no. Observaron cómo la piedra de musgo aterrizaba al lado de otras piedras.

Por el momento los vampiros estaban seguros..., pero, ¿por cuánto tiempo aún?

Anton apretó los puños con una rabia sorda. ¡Cuando pensaba que los vampiros estaban allí abajo completamente indefensos y no podían mover ni un dedo hasta que no se pusiera el sol!

Schnuppermaul y Geiermeier tenían máquinas y recursos. Los vampiros por el contrario no tenían a nadie..., ¡sólo a él, Anton!

Pero, ¿qué podía hacer él solo contra cuatro hombres adultos, una excavadora y un bulldozer? ¡No podía hacer nada, absolutamente nada!

¿O sí?

De repente los motores se pararon, los conductores se bajaron y en el silencio Anton oyó cómo uno de ellos decía:

—¡Descanso para tomar el café!

Y luego caminaron directamente hacia Anton, que se apretó contra el resalte del muro. Pasaron a su lado sin verle y desaparecieron en el interior de la capilla. Geiermeier y Schnuppermaul les siguieron; ellos tampoco advirtieron la presencia de Anton.

De repente Anton se había quedado solo en el cementerio. Miró hacia el gran abeto y entonces supo cómo podía ayudar a los vampiros.

Echó a correr con el cubo y la pala en la mano.

No tener corazón con los niños

Su primera idea fue simplemente cegar el agujero de entrada. Así Geiermeier y Schnuppermaul nunca lo encontrarían y los vampiros, a pesar de todo, podrían abandonar su cripta..., por la salida de emergencia.

Cuando Anton llegó al pie del agujero de entrada y miró hacia lo profundo comprendió que tardaría horas en cegar el pozo. No, tenía que hacerlo de otra manera...

Se dio la vuelta y vio una raíz de árbol que era tan grande como la abertura. Con algún esfuerzo consiguió meterla un poco dentro del pozo. El agujero que quedaba lo llenó rápidamente con tierra del cementerio... y ya no se veía nada.

Levantó la cabeza orgulloso y aliviado... y se topó con la cara de Geiermeier contraída por la cólera.

—-¿Qué estás buscando tú aquí? —-gritó Geiermeier.

Sus cortos y gruesos dedos se contrajeron convulsivamente como si fuera a lanzarse inmediatamente sobre Anton.

—No... no estoy buscando nada. —Se levantó temblándole las rodillas—. ¡Sólo estoy jugando!

Como demostración le tendió el cubo y la pala.

—¡Oh, qué bonito! —exclamó Schnupperaiaul, que se encontraba al lado de Geiermeier.

—¿Bonito? —le habló en tono imperioso Geiermeier. ¡El muy granuja está fisgoneando por aquí y a ti te parece bonito!

—Es que a mí antes me gustaba tanto jugar en la arena... —se defendió Schnuppermaul.

—¡Jugar en la arena!

Con los ojos echándole chispas Geiermeier miró primero a Anton y luego a Schnuppermaul.

—¿No ves que este granuja es ya demasiado mayor para eso? —Amenazándole avanzó un paso hacia Anton—. ¡Admítelo, tú querías tratar de averiguar algo!

Anton dio un paso atrás. No sólo porque tuviera miedo, sino porque Geiermeier olía terriblemente a ajo.

—No —dijo—. En el cajón de arena de nuestra casa están cambiando hoy la arena.

—¿Cambiando la arena? —Geiermeier le miró sombrío—. ¡¿Me tomas por tonto o qué?!

—No, eso es lo que ahora se hace —terció Schnuppermaul. Con una risita añadió—: Por los pequeños..., ejem..., ¡montóncillos que hacen los perros!

—¡Bah! —exclamó colérico Geiermeier. Luego preguntó en tono desabrido—: ¿Y cómo es que estás jugando precisamente en el cementerio? La paz y el descanso de los difuntos son sagrados para nosotros, ¡sí señor!

—Ah, ¿sí? —dijo Anton.

En ese momento el operario de la excavadora se estaba subiendo a ella.

Entonces Geiermeier cogió súbitamente a Anton de la barbilla y le sujetó.

—¡En! —murmuró y silbó entre dientes—. ¿No nos conocemos ya tú y yo, mozalbete?

—¡No, no! —balbució Anton.

Se quedó casi sin respiración de lo fuerte que era el olor a ajo.

—¡Sí! —dijo Geiermeier en voz baja y enfadada —¡Yo ya te he visto antes por aquí!

—¡Déjale, Hans-Reinrich! —protestó Schnuppermaul—. ¿O es que no tiene corazón con los jóvenes..., digo..., con los niños?

En aquel momento puso en marcha el motor el operario de la excavadora. Una nube de gases les envolvió como una cortina de niebla.

Anton aprovechó aquella oportunidad para escapar. Corrió hacia la salida, montó en la bicicleta y salió a toda prisa de allí.

Un auténtico defensor de la naturaleza

En casa su madre le recibió con un aire de absoluto reproche.

—¿Desde cuándo te vas tú de casa sin decírmelo? —inquirió ella.

Anton contrajo con terquedad la comisura de los labios.

—Desde que tú a mis espaldas llamas por teléfono a los psicólogos.

—¡Pero si es sólo porque estamos preocupados!

—¿Preocupados? También yo tengo preocupaciones —gruñó Anton, y se fue a su habitación.

Ella le siguió.

—¡Anton! ¿No podemos hablar razonablemente de ello?

—¿De qué?

Tal como estaba —con su chaqueta y las botas sucias— se sentó en la cama. Pero su madre, excepcionalmente, no le regañó. Sin duda notaba que a él le pasaba algo. Con un tono extraordinariamente tierno dijo:

—De tus preocupaciones, por ejemplo

A Anton de repente le entró un picor en la garganta. Con voz ronca exclamó:

—Esos malditos devastadores del medio ambiente. ¡Lo destrozan todo!

Apretó los dientes colérico.

—¿Qué es lo que destrozan? —preguntó ella.

—Todo —volvió a decir él, y añadió luego sombrío—. El cementerio.

—¿El cementerio? ¿Es que van a construir allí?

—No. Pero han aplanado la hermosa parte no cuidada. Van a hacer de aquello un parque..., como si no tuviéramos ya suficientes parques estúpidos de ésos.

—Pero si a ti el cementerio te tiene que dar absolutamente igual —dijo ella riéndose.

«¿Igual? ¡Si ella supiera!», pensó Anton..., pero no dijo nada.

Como no quería que le siguieran preguntando se quitó las botas. Con una alegría furibunda observó cómo se formaban montoncitos de arena sobre la alfombra. Naturalmente también su madre vio los montoncitos de arena.

—¡Anton, deja de hacer eso inmediatamente! ¡Tu preciosa alfombra! —exclamó con voz estridente.

—Sí, enseguida —contestó, y tiró hasta que tuvo las dos botas en la mano.

Roja de indignación, la madre se dirigió a la puerta.

—¡Pero serás tú quien quite esa basura! —exclamó ella.

—¿Basura? —dijo Anton amontonando la arena—. ¡Pero si todo esto es Naturaleza! Y tú estás en favor de la conservación de la Naturaleza, ¿o no?

«¡Pamg!», restalló la puerta.

Anton se estiró en la cama y suspiró. Ciertamente había vuelto a conseguir escaparse a las dichosas preguntas de su madre, pero no podía alegrarse de ello del todo. Estaba demasiado preocupado por los vampiros.

¿Qué es lo que harían ahora? ¿Marcharse de allí? ¿Regresarían acaso incluso a Transilvania? Anton notó que las lágrimas se le saltaban a los ojos. Y no podía hacer absolutamente nada..., ¡sólo esperar que Rüdiger, a pesar del peligro en el que estaban inmersos los vampiros, fuera aquella noche a su casa!

¡Ojalá el tiempo hasta entonces pudiera pasar más deprisa!

Cuando fuera empezó por fin a ponerse el sol y Anton estaba ya expectante en la ventana llamaron a la puerta de su habitación.

—¡Anton, la cena está lista!

—No tengo hambre —contestó.

—¿No tienes hambre? —El padre de Anton echó un vistazo al interior de la habitación—. ¿Tampoco si te digo que he hecho ensalada de fruta?

—¿Ensalada de fruta?

Normalmente Anton se chupaba los dedos con la ensalada de fruta, pero hoy seguro que no podría probar bocado.

—En... enseguida voy.

—No tardes mucho —dijo su padre—. ¡Si no, se habrá acabado!

Dicho esto volvió a cerrar la puerta.

—¡Si se acaba, mejor! —gruñó Anton.

Se quedó de pie en la ventana mirando la extraña luz azulada que había fuera. Notó cómo se aceleraban los latidos de su corazón.

Los vampiros estarían ahora saliendo de sus ataúdes, estirándose, bostezando, poniéndose sus capas. Anton se imaginó cómo el primero de ellos iría a abandonar la cripta... y se daría cuenta entonces que la salida estaba bloqueada.

Entonces oyó la voz de su madre:

—¡Anton, te estamos esperando!

De mala gana entró al trote en la cocina.

Desgraciadamente no se habían comido, ni mucho menos, toda la ensalada de frutas: en su sitio había un gran plato lleno hasta el borde.

—-¡Yo nunca me como tanto! —protestó.

—¡La protección del medio ambiente debe de haberte afectado al estómago! —bromeó su padre.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Mamá me ha informado de que te has hecho defensor de la Naturaleza.

—¿Y qué? Eso no está prohibido, ¿no? —gruñó Anton.

Con desgana se metió un trozo de manzana en la boca.

—No, claro que no. Nos alegramos de que estés a favor de la defensa de la Naturaleza. Sólo que..., ¿por qué tiene que ser otra vez precisamente el cementerio?

Anton notó cómo se ponía colorado.

—¡Porque nadie se preocupa de él excepto yo!

—Ah, ¿sí? ¿Tú crees? —contestó su padre—. ¿Quieres oír lo que pone en el periódico? —Sin esperar la respuesta de Anton cogió el periódico y empezó a leer en voz alta—: «
Embellecimiento del cementerio. La parte trasera de nuestro cementerio se va a convertir en un parque. Este es el deseo del guardián del cementerio, Hans-Heinrich Geiermeier, de 59 años.
»

«
A su incansable labor hay que agradecer que en la última sesión de la Comisión de Presupuestos se concedieran cinco mil marcos para embellecer el cementerio.
»

Dejó caer el periódico.

—¿Lo ves? No es cierto, pues, que nadie se ocupe del cementerio.

Volvió a mirar otra vez en el periódico:

—«
...a su incansable labor hay que agradecer...
»

—¡Agradecer! —exclamó Anton soltando un gallo.

—¿Por qué? —dijo su padre—. Sólo puede ser bueno que un trozo de terreno baldío que nadie aprovecha se convierta en un hermoso parque para todos.

—¿Nadie? ¿De dónde sacas tú eso? —dijo excitado Anton.

—¿Sabes tú acaso de alguien? —preguntó divertido su padre.

—-¡Naturalmente! Los vamp... —exclamó Anton, y se interrumpió sobresaltado. ¡No se había descubierto por un pelo! Rápidamente dijo—: Los... turones y... y también otros animales que ahora tendrán que verse desterrados del cementerio.

Su padre se rió.

—¡Realmente eres un auténtico defensor de la Naturaleza!

Pero la madre de Anton se quedó seria.

—Anton iba a decir otra cosa completamente diferente. —Y dirigiéndose a Anton preguntó con acritud—: Tú ibas a decir: ¡los vampiros! ¿No es cierto?

—Yo... —murmuró Anton volviendo a ponerse colorado.

En esta ocasión no se le ocurrió ninguna excusa.

Ella soltó un profundo suspiro.

—¡Gracias a Dios mañana tenemos hora con el psicólogo! ¡Realmente me parece que poco a poco estoy dejando ya de saber latín!

—¿Latín? —gruñó Anton poniéndose de pie—. ¡No sabía yo que allí se pudieran aprender también idiomas!

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