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Authors: Angela Sommer-Bodenburg

Tags: #Infantil

El pequeño vampiro en peligro (9 page)

BOOK: El pequeño vampiro en peligro
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Una rabia tremenda

Aquella noche el pequeño vampiro se hacía esperar. Anton iba una y otra vez a la ventana y miraba ansiosamente a ver si venía..., hasta que, por fin, descubrió una pequeña figura negra que se acercaba volando.

—¡Rüdiger! —dijo aliviado—. Ya pensaba que no venías.

—Tampoco le ha faltado mucho —gruñó el vampiro deslizándose hasta el interior de la habitación—. ¡En nuestra casa se ha venido todo abajo! Imagínate: alguien ha intentado cegar nuestra cripta y tía Dorothee casi se rompe la crisma.

—¿Qué? —exclamó sorprendido Anton.

Rüdiger asintió.

—Nuestro agujero de entrada estaba bloqueado con una raíz de árbol. Tía Dorothee, que fue la primera que iba a salir volando, no la vio y se pegó en la cabeza contra ella.

Anton se tapó la boca con la mano.

—¿Se... pegó contra la raíz del árbol? —Aquella posibilidad ni siquiera se le había ocurrido—. ¿Y se hizo mucho?

Rüdiger se rió irónicamente.

—Bueno... Tiene un chichón, dolor de cabeza..., ¡y una rabia tremenda!

—¿Rabia? ¿Contra quién? —preguntó temblando Anton.

—Naturalmente, contra quien ha metido la raíz en el pozo. —Hizo una pausa antes de añadir en tono confidencial—: ¡Le va a destrozar a mordiscos!

—¿So... sospecháis ya de alguien?

—¡Creemos que ha sido Geiermeier!

—¿Geiermeier?

—Sí. ¿Quién va a haber sido si no?

—Qui... quizá Schnuppermaul —tartamudeó Anton.

—Bah, ése... —Rüdiger hizo un ademán despectivo—. Ese no cogería una raíz de árbol sucia... ¡por miedo a estropear sus cuidadas uñas!

Al oír la palabra «uñas» Anton se miró lleno de aprensión sus propias manos... y se quedó helado: ¡seguía teniendo negra tierra del cementerio debajo de las uñas!

Metió súbitamente las manos en el bolsillo del pantalón. Pero el pequeño vampiro estaba demasiado excitado como para interesarse por las uñas de Anton.

—¿Has estado esta tarde en el cementerio? —preguntó.

Anton asintió.

—Geiermeier casi me atrapa cuando...

Anton se detuvo asustado. A punto había estado de descubrir que había sido él.

—¿Cuando qué? —exclamó impaciente el vampiro.

—Cuando iba a ver el bulldozer

—¡Bulldozer, bulldozer! —le remedó enfadado el vampiro—. Que tienen un bulldozer ya lo sé yo también. ¿No te has enterado de nada más?

—No —dijo Anton—. Sólo de que han aplanado toda la parte trasera del cementerio.

—¡Eso también lo he visto yo! —exclamó irritado el vampiro.

—Y venía en el periódico —se le ocurrió a Anton.

—¿El qué?

—Que a Geiermeier le han dado cinco mil marcos para dejar el cementerio per...

Anton prefería no decir «perfecto» para no poner más colérico aún al vampiro.

Pero antes de que a Anton se le ocurriera una palabra más adecuada vino el vampiro en su ayuda:

—¡Dejar el cementerio perdido, querrás decir!

—¡Exacto! —asintió Anton.

Se hizo una pausa. Se oía el ruido de la televisión procedente de la sala de estar.

—¿Y cómo vais a seguir ahora adelante? —preguntó Anton con voz opaca.

—¿Nosotros? —dijo el vampiro.

Su rostro, pálido como el de un muerto, con los pómulos hundidos y las oscuras ojeras, pareció de repente muy cansado.

—Ya saldremos adelante de alguna manera. Siempre hemos salido adelante de alguna manera —dijo con voz apagada. Tristemente añadió—: ¡No te creas que ésta va a ser la primera vez que nos mudamos los vampiros!

—¿Os vais a mudar? —inquirió asustado Anton.

—¿Tú te crees que vamos a esperar a que la cripta quede completamente cegada?

—¡No! —dijo Anton tragando saliva—. Pero no pensaba que fuera a ser tan pronto...

—Tan pronto tampoco va a ser —repuso el vampiro dirigiéndose a la ventana—. Además, todavía nos queda la salida de emergencia. Y luego hoy se reúne el Consejo de Familia. Después ya veremos.

—¿El Consejo de Familia? ¿También está en él Anna?

—Naturalmente.

—¿Y sus ojos? ¿Los tiene ya bien?

—Sí. Lumpi ha descubierto un remedio mágico para ella.

—¿De veras?

—Sí. Estuvo volando toda la noche, según nos ha contado, buscando y preguntando por todas partes hasta que, finalmente, en casa de un pobre y viejo herbolario encontró el último frasco que quedaba de un antiquísimo remedio milagroso. Se llama lágrimas del diablo o algo parecido.

—¡Así que... en casa de un pobre y viejo herbolario!, ¿eh? —dijo Anton—. ¡Pero lo principal es que haya sido eficaz!

—Ahora tengo que marcharme —declaró el pequeño vampiro—. Quizá necesiten mi ayuda.

—Lástima que yo no pueda ayudaros —opinó Anton.

—Sí que podrías —contestó el vampiro contrayendo sus labios estrechos y exangües. Recorrió con una ávida mirada el cuello de Anton.

—¡No , no me refería a eso! —tartamudeó Anton, a quien se le había puesto la carne de gallina.

—Bueno, pues entonces... —dijo el vampiro, se subió al alféizar de la ventana y extendió los brazos por debajo de la capa.

—¡Vuelve pronto! —le gritó Anton.

El pequeño vampiro no respondió. Salió de allí volando sin un saludo de despedida y sin volverse.

Anton cerró la ventana y empezó a ponerse el pijama. Lo hizo lentamente, de una forma casi mecánica. Pensó en los vampiros lleno de compasión.

¡Qué miserable era su existencia! No era sólo que tuvieran que vivir en eterna oscuridad, sino que eran perseguidos en todas partes. Y cuando por una vez encontraban un sitio tranquilo, no pasaba mucho tiempo hasta que alguien iba y los echaba. Y tenían que temer siempre por sus vidas.

Anton notó cómo le corrían las lágrimas por la cara, pero no se las secó. Se acercó a la ventana y miró afuera en la noche. Allí fuera, en alguna parte, estaba el pequeño vampiro…, ¡quizá en peligro!

Anton oyó pasos que venían del pasillo, luego se abrió la puerta.

—¿Todavía estás despierto? —preguntó sorprendida su madre entrando en la habitación—. ¿Por qué no estás en la cama?... ¡Y tampoco has echado las cortinas! —añadió en tono de reproche.

—No podía dormir —murmuró Anton.

—¿Y por qué no? —inquirió ella.

—Tenía algo en que pensar —dijo Anton frotándose los ojos.

—¡Tenías algo en que pensar, ya, ya! —La voz de ella sonó irritada—. ¡Probablemente has estado pensando en lo que vas a contarle mañana al psicólogo!

Anton le dirigió una hosca mirada por el rabillo del ojo.

—Probablemente —gruñó él.

—iPero no intentes quedarte con él! —le advirtió ella.

—¿Quedarme con él? —murmuró Anton—. ¡Me quedaría mejor con un vampiro! —Y con voz triste y baja añadió—: En caso de que para entonces no se haya marchado ya.

—¿Se va a marchar? —repitió anonadada su madre..., y luego se rió estridentemente—. ¡Ay, Anton, eso sería maravilloso!

—Sí —dijo Anton haciendo rechinar los dientes—. ¡Para ti!

—Para todos nosotros —repuso ella—. Pero eso tú ahora todavía no lo puedes comprender.

Dicho esto se marchó.

—¿Comprenderlo? —dijo Anton, y se echó en su cama sollozando—. No, no puedo comprenderlo. ¡No lo quiero comprender!

En el psicólogo

Cuando Anton encendió adormilado su radio a la mañana siguiente aún pudo oír la última parte de las noticias: «
...completamente inhabitual para esta época del año. Durante la pasada noche las temperaturas descendieron por debajo de los 0 ºC. Como consecuencia de la lluvia congelada las calles están ahora como un espejo. La policía ruega a todos los automovilistas que utilicen los medios de transporte públicos.
»

De repente Anton se encontró completamente despierto. Lluvia congelada, calles como un espejo: ¡aquello le sonaba a música celestial! Pues desde que su madre se chocó contra un árbol en una calzada helada prefería quedarse en casa cuando el suelo estaba helado y resbaladizo.

¿Renunciaría bajo estas circunstancias a la cita con el psicólogo?

Anton se vistió rápidamente y se fue a la cocina. Sus padres estaban sentados a la mesa tomando café. Sonaba música en la pequeña radio que había encima del armario de la cocina.

—¿Habéis oído ya la información sobre el tráfico? —preguntó—. ¡Dicen que las calles están heladas como un espejo!

—Sí. Yo iré al colegio en el autobús —declaró su madre.

A Anton le latió el corazón más deprisa.

—Y..., ¿esta tarde?

Ella se echó a reír secamente.

—¡Tú seguro que te crees que de esta forma te vas a librar de la visita al psicólogo!, ¿eh?

—Bueno... —dijo Anton riéndose disimuladamente con ironía—. Yo lo único que quería era evitar que vuelvas a chocar contra un árbol.

Ella le dirigió una mirada mordaz.

—¡Gracias! Pero iremos en el autobús.

—¿En el autobús? ¿No habías dicho que el psicólogo vive lejísimos?

—¿Y qué? —dijo ella simplemente—. Ya llegaremos de alguna forma.

De alguna forma...: ¡tenía razón! Después de un viaje casi interminable a través de la ciudad cogiendo dos autobuses diferentes y un taxi llegaron ante una casa grande y anticuada en cuya planta baja tenía su consulta el psicólogo.

En la puerta de entrada ponía:

«Jürgen Schwartenfeger
2

Asesoría matrimonial, Terapia infantil»

—Bueno, por lo menos el nombre es gracioso —gruñó Anton.

Se sentía como si fuera al dentista..., sólo que aún peor. Al menos en el dentista ya sabía de antemano qué cosas desagradables le esperaban: empastar..., o que le pusieran una inyección...

Por el contrario en el picoloco...

—¡Deberías haber traído a papá! ---le dijo a su madre.

Estaba pálida y nerviosa..., ¡como si fuera a ella a quien le iban a preguntar!

—¿A papá? ¿Por qué? —preguntó distraída apretando el antiguo timbre de la puerta.

—¡Porque ahí pone asesoría matrimonial! —contestó riéndose irónicamente.

—¡Bah! —exclamó ella indignada.

Se acercaron unos pasos y después les abrió la puerta una mujer gruesa con un moño moreno.

—¡Buenas tardes! —saludó ella sonriendo con tanta amabilidad que Anton olvidó por un momento su aversión por los psicólogos.

—¡Bohnsack! Tenemos hora —dijo la madre de Anton un tanto enérgicamente.

La mujer asintió.

—¡Pasen, por favor! Mi marido les está esperando.

«¿Su marido?», pensó Anton sorprendido y contento. Entonces el señor Schwartenfeger no sería tan repugnante como él se había temido.

El señor Schwartenfeger era alto y muy gordo. En lugar de una bata blanca llevaba un jersey que se abombaba por encima de su estómago y un alisado pantalón de fibra. Tenía bigote y numerosas arruguitas alrededor de los ojos.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó con una voz grave y agradable mirando expectante a Anton.

—Ejem... —murmuró Anton mirando hacia su madre—. ¿No se lo ha dicho mi madre? —intentó excusarse.

El señor Schwartenfeger sonrió.

—Sí. Pero me gustaría que me lo dijeras tú.

—Humm. Sí, bueno, pues yo...

Anton se había preparado interiormente para contestar preguntas..., pero no para contar algo por su cuenta.

—¡Habla de una vez! —exclamó impaciente su madre—. ¡Tú normalmente no tienes pelos en la lengua!

Anton apretó indignado los labios.

—No atosigue a Anton —dijo el señor Schwartenfeger.

«¡Exacto!», corroboró Anton con el pensamiento. Estiró el mentón con petulancia.

—Creo que preferiría hablar a solas con el señor Schwartenfeger —dijo.

Su madre soltó un ruido de indignación y se levantó bruscamente.

—-¡Bien, si molesto...!

—¡Naturalmente que no molesta! —opuso el señor Schwartenfeger—. Pero quizá sea muy provechoso que hable primero con Anton a solas.

—Si usted lo cree...

La madre de Anton salió de la habitación.

El personaje principal

Anton observó con una satisfecha sonrisa irónica cómo se marchaba. Luego cruzó las piernas.

—¡Ha tenido usted una buena idea! —dijo.

—¿Qué?

—¡Mandar fuera a mi madre!

—¡Pero si ha sido idea tuya!

—Bueno... —Anton tuvo que reírse maliciosamente—. Pero yo no hubiera pensado que se lo iba a decir usted así. Ahora seguro que está ofendida.

—No, no lo creo —repuso el señor Schwartenfeger—. Pero aun cuando así fuera... ¡tú eres aquí el personaje principal!

Anton sintió un estremecimiento cálido y placentero. Ser el personaje principal: ¡aquello sonaba muy prometedor!

—¿Y mi madre? —preguntó—. ¿No es un personaje principal?

—Sí..., ¿qué papel representa tu madre? —preguntó a su vez el señor Schwartenfeger.

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