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Authors: Douglas Preston

Tags: #Aventuras, Ciencia Ficción, Intriga, Misterio

Impacto (27 page)

—Creo que fue eso lo que dijo.

—¿Y a ellos cómo se lo iba a hacer pagar, exactamente?

—Una noche, cuando ya llevaba encima algunas copas, me enseñó un disco duro que había sacado de la NPF.

—¿Cómo? ¿Qué había dentro?

—Dijo que lo había robado un amigo suyo profesor, y que se lo había dado a él. En el disco había algo que le iba a hacer famoso y a cambiar el mundo, aunque no me dijo qué era. No hablaba con mucha coherencia.

—¿Y ahora dónde está el disco?

Moto sacudió la cabeza.

—Ni idea. ¿Qué más da? Gamberros… También han matado a su madre… En este mundo de mierda hay demasiados gamberros.

En la punta de la nariz le temblaba una lágrima.

Se oyó una sacudida, y la campanilla de la puerta. Moto se enjuagó rápidamente los ojos, se sonó la nariz y recobró la compostura. Había entrado un hombre con jersey gris de cuello alto, chaqueta de tweed y pantalones caqui de sport, que se sentó en la otra punta de la barra. Abbey aguzó la vista. Era idéntico a su antiguo profesor de cálculo en Princeton.

Moto bajó la cabeza.

—Perdonad —dijo en voz baja—; es que tengo un cliente.

Se alejó a lo largo de la barra. Abbey se volvió hacia Ford.

—Ya estamos otra vez con los rayos gamma.

—Lo que buscaba el asesino al dejar la casa patas arriba era el disco duro.

—Sí, y seguro que es donde están los datos de rayos gamma, en el disco duro.

Ford no contestó. Abbey vio que estaba mirando al hombre que estaba apoyado al final de la barra, el nuevo cliente, quien hablaba con Moto en voz baja.

Después de un rato de conversación, este empezó a levantar la voz y a adoptar un tono lastimero, aunque todavía no hablaba bastante alto como para entender lo que decía. Abbey trató de no hacer caso y reflexionar sobre el problema de los rayos gamma de Marte, pero reparó en que Ford miraba fijamente al cliente, y tuvo curiosidad por saber por qué le interesaba tanto.

—¡No pienso decirte nada, gamberro! —exclamó de pronto Moto.

El desconocido dijo algo en voz baja.

—¡No pienso contestar a tus preguntas! ¡Vete o llamo a la policía! —Moto se sacó del bolsillo un teléfono móvil y empezó a marcar un número.

—¡Estoy marcando el novecientos once!

El hombre le arrancó el móvil de un puñetazo, al tiempo que metía una mano en la chaqueta y sacaba una pistola de grandes dimensiones.

—Pon las manos en la barra —dijo. Cuando Moto las levantó, la pistola pasó a apuntarles a ellos dos.

—Eh, vosotros, que os tengo calados. Arreando para aquí.

Antes de que Abbey pudiera contestar, Ford se levantó de un salto, la hizo bajar del taburete y la echó al suelo, tras la curva de la barra. Inmediatamente después el hombre empezó a disparar, con una especie de zumbido más agudo de lo normal que hizo temblar la barra. ¡Zum! ¡Zum! La pared de cristal de detrás de la barra estalló en fragmentos. Ford arrastró a Abbey por el suelo.

—¡Muévete! ¡Gatea!

¡Zum! Les cayeron encima cristales rotos y bebidas alcohólicas. Abbey oyó de fondo las obscenidades que gritaba Moto, con la palabra «gamberro» en lugar destacado; luego una serie de disparos de otra pistola, mucho más fuertes: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Y otra vez la misma palabra:

—¡Gamberro!

Siguió frenéticamente a Ford hacia el fondo.

¡Zum! ¡Zum! Cayeron más trozos de cristal y botellas, mientras giraban en el aire astillas de madera y trozos de aislante y de tabique. Moto rugió algo en japonés.

¡Zum! ¡Zum! Por encima de Ford y de Abbey, la barra se deshizo en esquirlas de madera, pedazos de metal y trozos de pladur y de aislante.

—¡Volved aquí! —gritó el hombre.

De pronto Moto estaba junto a ellos, inestable, jadeante, salpicando sangre por la boca al toser. Apretando entre sus manos un enorme revólver, se volvió y pegó dos tiros más, sin puntería.

¡Zum, zum!, fue la respuesta. Justo al lado de Abbey se estampó en el suelo una nevera pequeña de bar, con varios agujeros de bala, que despidió una nube de freón condensado; y pegada con cinta aislante a la parte trasera había una cajita delgada de aluminio cepillado, con un logo impreso en el que Abbey solo vio las iniciales NPF.

Lo arrancó casi sin pensar y se lo metió en el cinturón.

—¡Corre! —dijo Ford volviéndose y cogiéndola por el brazo.

Salieron disparados por la puerta, que daba a un pequeño almacén lleno de cajas. Al fondo había otra puerta. Ford la echó abajo. Corrieron a toda velocidad por una escalera estrecha que llevaba a un pasillo del sótano. Después de otro recodo, y de otra escalera —esta vez de subida—, cruzaron un par de puertas metálicas de seguridad y se encontraron en un callejón. Ford, que seguía cogiendo a Abbey por el brazo, la arrastró por la calle hasta una esquina muy transitada. Se detuvieron para respirar.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No lo sé. —Abbey tragó una bocanada de aire, mientras el corazón le galopaba dentro del pecho.

—Estás sangrando.

Ford sacó un pañuelo y se lo pasó por la cara.

—No tiene importancia. Hay que salir de aquí.

Levantó una mano y silbó para llamar a un taxi.

Abbey se sacudió los trozos de cristal del pelo, intentando controlarse. Le temblaban las manos. Era horrible ver cómo mataban a un hombre en tus narices; le recordó otra vez a Worth tirado en la cubierta, con la cabeza reventada sobre un charco de sangre. Se inclinó y vomitó en la acera.

—¡Taxi! —bramó Ford, a la vez que le daba el pañuelo.

Abbey trató de incorporarse, sin aliento, y se pasó el pañuelo por la boca.

—¡Taxi!

—¿No esperamos a la policía?

—Ni por asomo. —Ford paró un taxi, abrió la puerta y la hizo subir a empujones.

—A La Guardia —le ordenó al taxista. —Vaya por Grand hasta Flushing, y no se meta en la autopista.

—Usted mismo, jefe. Serán diez minutos más.

El taxi dio una sacudida y se adentró en el tráfico.

—¿Por qué corremos? —dijo Abbey, casi gritando.

Ford se apoyó en el respaldo, con la cara cubierta de sudor. Le salía sangre por un corte en el puente de la nariz.

—Porque no sabemos quién acaba de intentar matarnos.

—¿A nosotros? ¿Por qué?

Sacudió la cabeza.

—No lo sé. Era un profesional. Si nuestro difunto y valeroso amigo no hubiera tenido aquella pistola detrás de la barra, estaríamos todos muertos. Tengo que llevarte a algún sitio seguro. No debería haberte metido en todo esto.

Abbey sacudió la cabeza, que le palpitaba.

—Esto es una locura. ¿Qué coño está pasando?.

—Alguien busca el disco duro, y a juzgar por lo que ha dicho podría suponer que lo tenemos nosotros.

Abbey metió la mano en la chaqueta y sacó la caja de aluminio, que llevaba colgando una cinta adhesiva.

—Es que lo tenemos. Esto estaba pegado con cinta a la parte de atrás de la nevera.

Ford se quedó mirándola.

—¿Te ha visto cogerlo el que nos disparaba?

—Creo que sí.

—Mierda —dijo en voz baja.

—Mierda.

54

Abbey estaba sentada en la cama deshecha, con las piernas cruzadas y el ordenador portátil delante, conectado con FireWire al misterioso disco duro. Llevaba impresa en un lado la siguiente información:

#785A56H6T 160Tb

CLASIFICADO: NO DUPLICAR

Propiedad de NPF

Instituto Tecnológico de California

Dirección Nacional de Aeronáutica y del Espacio

En el reloj de cinco dólares del motel, atornillado a la mesilla de noche de fórmica para que no lo robasen, brillaban las doce de la noche. Habían llegado al aeropuerto Washington-Dulles a las ocho, y después de una hora en coche por el culo del mundo, en la Virginia suburbana, Ford había encontrado un motel donde consideraba que podía haber cajas fuertes. No era el Watergate; de hecho, a Abbey no le gustaba nada. No había servicio de habitaciones, la habitación olía a tabaco de muchos días y las sábanas se veían sospechosamente sucias. Ford se había registrado sin mostrar ningún documento, y pagando al contado. El recepcionista, un personaje sórdido, les había dirigido miradas insinuantes, y Abbey se imaginaba bastante bien el tipo de ideas asquerosas que le pasaban por la cabeza.

Tras pedirle una pizza, Ford había desaparecido sin querer decirle adonde iba, pero con la promesa de volver antes de que amaneciese. La había dejado con un portátil, el disco duro e instrucciones para acceder al contenido.

Del dicho al hecho había un largo trecho. Abbey llevaba horas intentándolo sin éxito. El disco no era de ninguna marca que reconociese, o que pudiera averiguar por internet; parecía exclusivo, y de muy alta densidad. Ningún disco normal de aquel tamaño podía tener una capacidad de 160 terabytes. Exclusivo de la NPF, y protegido por una contraseña. Había probado todas las posibilidades obvias: «contraseña», «dejameentrar», «qwerty», «12345678» y un sinfín de combinaciones habituales, tomadas de listas de contraseñas comunes que circulaban por la red. Después había pasado a las combinaciones a partir de los nombres y apellidos de Corso, su fecha de nacimiento, el nombre, apellidos y fecha de nacimiento de su madre, varios nombres de calles y sitios cerca de su casa, bares del barrio, nombres de sus equipos del instituto y la universidad, mascotas, principales grupos y canciones de su adolescencia…, en suma, todo lo que pudiera averiguar acerca de él partiendo de su edad y de la información sacada de internet. A partir dé cierto punto, había pensado que seguía la estrategia equivocada. La contraseña tenía que haber sido creada por el misterioso profesor que había robado el disco a la NPF. De aquel hombre no sabía nada, ni siquiera el nombre. ¿Cómo iba a adivinar su contraseña? Y había una posibilidad todavía peor: que aún tuviera una contraseña de la NPF, poco menos que imposible de descifrar.

Se bajó varios programas de internet e intentó un ataque por la fuerza bruta, usando
hashes
y tablas precalculadas, pero fue inútil. Empezaba a parecer imposible. Por lo que estaba viendo, el disco estaba protegido con criptografía de ámbito militar.

De todos modos solicitaba una contraseña, lo cual era buena señal. Tenía que haber otra manera de resolver el problema. Abrió su sexta Coca-Cola Light y la bebió a trago limpio. Después, como sentía la necesidad de más pitanza, buscó en la caja de pizza y arrancó del cartón un último trozo frío y duro. Lo devoró, acompañándolo con más Coca-Cola.

Pensó en sus propias contraseñas, y en cómo las elegía. La mayoría estaban concebidas
in situ
, y solían ser palabras malsonantes mezcladas con los primeros dígitos de
pi
o
e
, dos números que había memorizado in extenso, sin ninguna razón especial, cuando iba a secundaria. Sus preferidas eran M3i1e4r1d5a9 y J2o7d1e8t2e8: simples de recordar, e imposibles de descifrar. Probó con ambas, solo por probar, pero tampoco funcionó.

Entre sorbo y sorbo de Coca-Cola se imaginó el último día del profesor en el trabajo, qué tenía que ser que te echasen diciendo que tuvieras despejada la mesa a las cinco. Estaba bastante cabreado para robar un disco duro con datos secretos. Nada más llegar a casa debía de haber modificado la contraseña del disco para que no pudiera abrirlo nadie de la NPF.

Suspiró y tiró la lata de Coca-Cola a la papelera. La lata rebotó en el borde y rodó por el suelo, manchando una alfombra que ya estaba sucia.

—Mierda —dijo en voz alta.

Lástima no tener un porro para relajarse y ayudar a que su cerebro flotara un poco hasta encontrar la solución.

Retomó el razonamiento anterior. El profesor debía de haber cambiado la contraseña inmediatamente después de llegar a casa. Cerró los ojos, tratando de visualizar la escena: el profesor imaginario llega a algún bungalow de mala muerte del sur de California, con la moqueta manchada y su mujer quejándose en el piso de arriba de que no tuvieran dinero. Se saca el disco duro de los calzoncillos, o de donde se lo haya metido, y lo enchufa al portátil. Está furioso, indignado, sin creerse lo que le ha pasado. No piensa con claridad. Ahora bien, tiene que cambiar la contraseña; eso es básico. Total, que teclea la primera que se le ocurre.

¿Qué le pasaba por la cabeza justo en aquel momento?

Abbey tecleó
alamierdaNPF.
Nada.

Recordó las normas estándar: las buenas contraseñas tienen que consistir como mínimo en ocho caracteres de números y letras mezclados, en minúscula y mayúscula.

Tecleó
alamierdaNPF1.

Bingo.

55

Ford, en su Mercedes de alquiler, bajaba suavemente por las curvas del barrio pijo de Washington situado en torno a la calle Quebec Noroeste, hasta que encontró una casa donde se celebraba una fiesta. Aparcó su coche en la acera, detrás de los otros, y salió, abrochándose la americana. Era una noche calurosa. A ambos lados de las frondosas calles se alineaban elegantes casas neoclásicas, cuyas ventanas desprendían un resplandor amarillo en la oscuridad estival. La casa de la fiesta estaba más iluminada que la mayoría. Al pasar de largo oyó filtrarse notas de jazz en sordina. Caminando sin prisa por la calle, con las manos en los bolsillos de su traje, se encaminó, como un vecino de paseo, hacia Spring Valley Park, una pequeña franja de árboles junto a un arroyo. Una vez en el parque, se metió por un sendero y esperó a tener la certeza de que estaba solo. Entonces se internó rápidamente por entre los árboles, cruzó el arroyo y se acercó al jardín trasero del número 16 de Hillbrook Lane. Faltaba poco para la medianoche, pero tuvo suerte: en el camino de entrada no había más que un coche. Lockwood aún trabajaba. Seguro que estaba teniendo unos días —y unas noches— de mucho ajetreo.

Al rodear la finca no vio ningún indicio de que hubiera vigilancia activa o alguna patrulla. Casi toda la casa estaba a oscuras, salvo un leve resplandor en una de las ventanas más altas: probablemente la esposa, que leía en la cama. Habían dejado encendida la luz del porche. Por suerte, el asesor científico del presidente no era acreedor a la protección de los servicios secretos. Aun así, era posible que hubiera alarmas o sensores de movimiento que encendieran las luces, lo típico de las urbanizaciones, aunque moviéndose con suma lentitud pudo minimizar el riesgo de que se disparase alguna. Logró aproximarse al camino de entrada sin ser detectado.

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