Read La hora de la verdad Online

Authors: Glenn Cooper

Tags: #Intriga, #Policíaco

La hora de la verdad (2 page)

BOOK: La hora de la verdad
12.37Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

—Unos veinte minutos, si alguien no hace un trombo delante de mis narices.

—Mike te espera muy ilusionado.

Nancy soltó un taco por lo bajo.

—Fantástico. ¿Qué le has dicho?

—Pues la verdad.

—Bien hecho. ¿Te ha dicho él lo que quería?

—Killian, Killian, Killian.

Los primeros en responder habían sido los agentes de la oficina de West Palm Beach, y el caso había sido inmediatamente transferido a los cuarteles generales del FBI en Miami y en Washington. Ningún delito llega a tan altas instancias como el secuestro del bebé de un candidato a la presidencia.

—¿Alguna novedad desde anoche?

—Hay un informe en tu bandeja de entrada, pero nada importante.

Nancy cerró la conexión y sintonizó de mala gana la CNN en la radio del coche para escuchar las últimas noticias. Más valía que supiera cómo lo estaban enfocando los medios antes de meterse en la guarida del león.

Mike Curry era el subdirector de la División de Investigación Criminal del FBI, y Nancy, su directora adjunta. Curry estaba a las órdenes del gran jefazo de la División, el subdirector ejecutivo para las Ramas Criminal y Cyber, quien a su vez recibía órdenes del director del FBI en persona. Nancy, que era ya una de las mujeres de más alto rango dentro de la agencia, estaba, por lo tanto, a solo tres escalones de la cúspide de la pirámide. Sin embargo, se ganó una regañina como si fuera una agente especial recién salida de Quantico.

—Por Dios, Nancy, no puedo permitir que llegues tarde, y menos aún en un día de crisis —se quejó Curry.

Todos los días son de crisis, fue lo que pensó ella, pero asintió con la cabeza encajando el golpe.

—Lo siento, Mike. Colegios cerrados por nevada; te lo explico, no es una excusa.

Curry estaba al corriente de cómo se lo organizaban ella y su famoso marido.

—Los medios nos están acribillando —gruñó—. Necesito que prestes toda la atención.

—La tienes.

—Empieza a extenderse la idea de que a Cameron MacDonald se le trata con manga ancha porque estuvo en la agencia.

—Pero no es el caso —dijo ella—. Leí la transcripción del interrogatorio. Nuestros agentes lo acribillaron a preguntas. Ahora mismo están investigando sus datos personales y financieros. Puede que esta misma tarde tengamos más datos.

—Pero no una detención.

—Cuando haya motivos para ello, si llegara a haberlos, Jim Moskowitz se pondrá en contacto con el fiscal de la zona.

—¿Tú qué opinas de Jim? —preguntó Curry.

Moskowitz estaba al mando de la sucursal de Miami.

—Es un buen tipo. Serio y con sentido común.

Curry frunció el entrecejo.

—Cuando oigo «bueno» y «serio» me entra acidez.

Para un caso como el que nos ocupa, lo que quiero oír es «cojonudo» y «fantástico». Por eso vas a ir tú a Florida. Te pongo al mando.

Nancy intentó poner cara de póquer, pero la noticia no le hizo ninguna gracia. Si las cosas iban bien, encontraban al bebé con vida y detenían a quien hubiera que detener, su papel en la investigación quedaría en segundo plano. Pero si las cosas iban mal —y podían ir fatal de muy diversas maneras—, entonces se convertiría en el chivo expiatorio.

—¿Estás seguro, Mike?

—Segurísimo. Ya está arreglado. Es el secuestro más importante en este país desde lo del hijo de Lindberg y lo de Patty Hearst. Killian podría ser el próximo presidente de la nación. Jamás en la historia de las campañas presidenciales ha ocurrido nada semejante. Nos preguntan si se trata de un acto terrorista y el director quiere saber si esto podría ser competencia de la rama de Contraterrorismo. Yo no quiero pasarles un caso como este a esos tipos, ¿entiendes? Por lo que he podido ver, MacDonald está actuando exactamente como lo que es. Ve a Florida, apriétale los tornillos, encuentra a sus cómplices y encuentra al crío, si puede ser con vida. Yo dejo esto en septiembre. Tú o Bruce Benedict vais a ocupar esta butaca a partir de octubre. ¿Quién de los dos se llevará el gato al agua?

2

Nancy se puso a trabajar en ello con la eficiencia que la caracterizaba. De regreso a su oficina utilizó el NetPen para llamar a la mujer que estaba cuidando de Phillip, para conseguir un reactor que la llevara a West Palm y para pedirle a su ayudante que le comunicara con Will. A la vez iba saludando a las personas que dejaba atrás con su rápida zancada. No había cumplido los cuarenta y era unos veinte años más joven que Will. Él siempre le decía que estaba cada vez más guapa según pasaban los años, y aunque ella no era de las que aceptaban de buen grado cumplidos como ese, por dentro se sentía a gusto. Era menuda y estaba en forma gracias al rato que le robaba al almuerzo para ir al gimnasio, y tanto por su bonita cara como por la enorme energía que irradiaba, siempre llamaba la atención.

Mientras pasaba sin detenerse frente a su ayudante, este le dijo que tenía a Will esperando.

Nancy conectó la pantalla de su mesa de trabajo. Will se negaba a comunicarse por videoconferencia, y en vez de su cara se veía un cuadrado negro en el monitor.

—¿Todo bien otra vez por ahí? —preguntó ella.

—El día siguiente a un temporal siempre es precioso, ya lo sabes.

—¿Estás pescando?

—Sí y no.

—Explícate.

—Trato de pescar respuestas.

—¿Se puede saber de qué me hablas, Will?

—Estoy en Palm Beach. Acabo de llegar en avión.

—¿Y a santo de qué, si se puede saber?

—Un antiguo colega mío está en un buen aprieto. Y ya que dispongo de mucho tiempo libre, me he dicho, voy a echarle una mano.

—¿Le conozco?

—Es Cameron MacDonald.

Nancy cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre una mano. Le entraron ganas de matarlo, pero se esforzó por dominarse.

—No digas una sola palabra más.

—¿Por qué?

—Es una investigación en curso, Will. Y resulta que la llevo yo. No puedo permitir que hables con mi principal sospechoso.

—Cam dice que él no ha tenido nada que ver.

—Me da igual lo que diga. Aquí lo importante es que mi marido se está relacionando con un sospechoso: eso me crea un enorme conflicto.

—Para empezar, Nance, yo no tenía ni idea de que tú estuvieras metida en esto, y segundo, ¿qué quieres que haga? El tipo acudió a mí. Nos conocemos de toda la vida.

De la época de Indianápolis.

—Mira, Will. Haz el favor de decirle que no le puedes ayudar. Te pida lo que te pida, le dices que se busque a otro.

Se produjo una de las típicas pausas telefónicas marca Will Piper. Ella casi pudo oír cómo el cerebro de su marido maquinaba una respuesta. Cuando llegó, no pudo ser más predecible.

—Imposible, muñeca, lo siento. Ya le he dicho que iba a echarle una mano y eso es lo que voy a hacer.

Ella soltó un suspiro, notando en el pecho la presión de estar casada con Will.

—Yo te llamaba para pedirte que vinieras unos días a Reston y te ocuparas de Phillip. Salgo dentro de una hora para Palm Beach.

—Vaya, lo siento. Me temo que tendrá que quedarse en casa de algún amigo. ¿No sabes de algunos padres para un caso así?

—Algo se me ocurrirá.

—Phillip aguanta lo que le echen.

—Sí, has conseguido que toda la familia aguantemos lo que nos echen. —Esperó a que él se molestara, pero el enfado no llegó.

—Oye, ¿qué tal si nos hospedamos en el mismo hotel? —propuso Will en cambio, tan alegre.

3

Will fue hasta el distrito financiero de West Palm Beach en el coche que había alquilado. Despreciaba los coches eléctricos y seguía fiel a su viejo Camaro, que tenía siempre a mano en el náutico. Pero con lo caro que iba el combustible, se veía obligado a racionar sus salidas. Los tiempos de salir por ahí a gastar gasolina de alto octanaje habían terminado. Aparcó y encontró la cafetería. El individuo que supuso era Cameron estaba sentado a una mesa del fondo, con una taza en la mano. Will intentó ver la cara más joven que él recordaba, pero los años y los apuros de los últimos días parecían habérsela tragado. Cam le echó un cable.

—Hola, Will.

—Cam. Me alegro de verte.

—No has cambiado nada.

Will se sentó y dijo:

—Tú tampoco.

—Embustero. Peso dieciocho kilos más, parezco un bocadillo de mierda. Pero a ti en cambio se te ve bien.

Estuve pendiente cuando aquello tuyo se vino abajo, hace diez años. Supongo que debería haberte dicho algo, pero pensé que…

—Bah, olvídalo.

—Pensé que ya tendrías gente que te apoyara. La película no la vi. No me interpretes mal, pero opino que eres más guapo que ese actor que hacía de ti.

—Él se lo pasa mejor que yo.

—Sí, eso parece. Pero mira, Will, yo considero que eres un auténtico héroe americano por haber sacado a la luz todo aquello. Quizá no fueron buenas noticias, pero la gente tenía derecho a conocer la existencia de la Biblioteca.

La Biblioteca.

Incluso después de una década de meditación, a Will le seguía pareciendo nada más que eso, una historia fantástica, una ficción. Sin embargo, era real.

Una inmensa biblioteca compuesta de unos setecientos mil volúmenes descubierta por arqueólogos en 1947 bajo las ruinas del antiguo monasterio de Vectis en la isla de Wight, frente a la costa meridional de Inglaterra.

Pero se trataba de unos libros insólitos, únicos en la historia del género humano, escritos de manera metódica y laboriosa a lo largo de cinco siglos por una secta de escribas autistas que se dedicaron a esa única actividad durante su enclaustrada existencia subterránea. Encauzando una desconocida e inexplicable energía superior, trabajaron a la luz de las velas anotando las fechas de nacimiento y defunción de todo hombre, mujer y niño que haya de existir jamás.

Durante cinco siglos, sucesivas generaciones de sabios de ojos verdes y tez pálida se afanaron en el subsuelo del monasterio, protegidos por una orden de monjes… hasta que todo terminó en una orgía de sangre y suicidio. Desaparecida la última generación de sabios, su legado fue un último libro y una fecha final: el 9 de febrero de 2027, acompañada de esta lacónica anotación en latín:
Finis dierum
.

El fin de los días.

Winston Churchill supo ver las implicaciones de aquel hallazgo. Inglaterra, a la sazón recuperándose de los estragos de la guerra, no estaba en condiciones de asumir la responsabilidad logística, financiera y ética de la Biblioteca; Estados Unidos recogió el difícil testigo, y así nació el inmenso complejo subterráneo en el desierto de Groom Lake, en Nevada.

Las supersecretas instalaciones conocidas como Área 51, construidas para alojar la Biblioteca, vieron nacer la más completa operación de inteligencia que haya conocido la humanidad. El hecho de poder establecer una correlación entre fechas de fallecimiento y datos específicos de personas concretas significaba que Estados Unidos partía con ventaja a la hora de predecir grandes acontecimientos —seísmos, tsunamis, guerras, hambrunas—, lo cual permitía a su gobierno y sus fuerzas armadas planificar los recursos y reaccionar con prontitud. Asimismo, la base de datos computarizada podía aportar informaciones sobre personas específicas de importancia nacional. Unos cuantos hombres de dentro supieron que John F. Kennedy iba a morir el 22 de noviembre de 1963. No podían hacer nada al respecto, pero lo sabían.

Todo lo referente a la Biblioteca —incluido el ya inminente fin de los días— habría continuado siendo objeto del máximo de los secretos de no aparecer Will Piper y su pareja, Nancy Lipinski. Él estaba a punto de dejar el FBI; ella estaba justo empezando. Fue un caso de lo más desconcertante. Primero una oleada de asesinatos en serie que no era lo que parecía ser. Luego una peligrosa pista que los condujo al corazón de las operaciones en Área 51. Will y Nancy, los cazadores, acabaron siendo las presas. Y Will,
in extremis
, desesperado por salvar su pellejo y el de sus seres queridos, dio a conocer la existencia de la Biblioteca para gran estupefacción general.

Desde entonces, todo el mundo estaba en la misma onda. La perspectiva de los humanos sobre la vida y la muerte, sobre el libre albedrío y el destino, había cambiado. Todos sabían que el 9 de febrero de 2027 era un día especial —el más especial— en la historia de la humanidad.

El Horizonte se aproximaba.

A Will no le apetecía hablar del pasado, y mucho menos oír a Cam llamarle héroe americano. La simple idea le resultaba ridícula. Pidió un café y fue directo al grano.

Sabía lo que los medios habían divulgado; ahora quería conocer la versión de Cam.

Cam había estado viviendo en los aposentos situados encima del garaje. La finca del senador Killian ocupaba algo menos de una hectárea de terreno muy cuidado entre el mar hasta el Inland Waterway. El precio de la propiedad debía de rondar los treinta millones de dólares. John Killian había hecho las cosas bien toda su vida, matrimonio incluido. Judy, su esposa, pertenecía a una rica familia de Florida, y él no paró mientes en echar mano de su herencia para vivir a todo tren y organizar ostentosas campañas.

Dotado de un físico de actor de cine y una fina inteligencia, era cosa cantada que tarde o temprano utilizaría el Senado como rampa de lanzamiento, y a los cincuenta y dos años decidió echarse al ruedo y optar a la presidencia. Quien ganara estas elecciones sería el presidente del Horizonte, la persona que bien podía llevar a la nación al borde de la incertidumbre hacia el final de su segunda legislatura.

Pero antes Killian tenía que ser nominado, y las primarias abundaban en candidatos factibles. Él no partía como favorito cuando en 2018 tomó la decisión de presentarse, pero las cosas cambiaron al quedar Judy embarazada. Llevaban años intentándolo sin llegar a concebir. De hecho, cuando el ginecólogo les dio la noticia, la primera palabra que le vino a Killian a la mente fue justamente esa: inconcebible. Era inconcebible que sus planes se complicaran porque la mujer que necesitaba a su lado (para ir estrechando manos y conseguir votantes y donantes) estuviera encinta. Killian le dijo a Judy que estaba contento, pero de hecho estaba furioso. La furia le duró lo que sus asesores tardaron en hacerle saber, tras pequeños sondeos, que el embarazo era un punto a favor a la hora de conseguir votos importantes. A partir de ahí, Killian se puso más que contento.

Recién estrenado el año 2020, las encuestas lo situaban en cabeza de la carrera presidencial. Había ganado por los pelos en Iowa y claramente en New Hampshire. La idea de una pareja joven y dinámica ocupando la Casa Blanca y trayendo un bebé al mundo en un momento en que los ánimos estaban por los suelos tenía algo de esperanzador. El bebé, un niño, nació sano. Tras un discreto sondeo para sopesar diversos nombres, Adam resultó vencedor. El país entero aguardaba las primeras fotografías del pequeño Adam. Su carita apareció en
pins
de campaña.

BOOK: La hora de la verdad
12.37Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

The Beach House by Jane Green
A Christmas In Bath by Cheryl Bolen
Rendezvous by Dusty Miller
Sarah Mine by Colton, Riann
Murder in a Hurry by Frances and Richard Lockridge
Cuentos paralelos by Isaac Asimov
Because You Loved Me by M. William Phelps
Stalking Darkness by Lynn Flewelling
Chook Chook by Wai Chim