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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

La mano del Coyote / La ley de los vigilantes (23 page)

BOOK: La mano del Coyote / La ley de los vigilantes
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—Turner correrá tu misma suerte —dijo don César de Echagüe.

La cuerda empezaba ya a apretar la garganta de Parkis Prynn cuando éste comprendió la verdad. Cuando éste supo lo que tantos habían intentado saber; pero ya era demasiado tarde. La cuerda le estaba subiendo hacia el farol, y su garganta ya no podía dejar paso a la verdad. Ya no podía gritar a todos que él, Parkis Prynn, había descubierto, por fin, quién era
El Coyote
.

Ocupado en este inconcebible descubrimiento, Parkis Prynn casi no se dio cuenta de que ya estaba muerto.

*****

La masa de vigilantes avanzaba lenta e implacablemente hacia el «Casino». Llegaba a él por todas las calles, rodeándolo con un muro humano, sobre el cual llameaban infinitas antorchas.

De pronto, frente a aquella riada, aparecieron dos hombres. Muchas voces gritaron:

—¡Es Moorsom! ¡Es el abogado de Turner!

Sonaron varios disparos y las balas silbaron sobre las cabezas y en torno de los dos hombres, hasta que Teresa reconoció a su padre y corrió a él, dejando que manos ansiosas de justicia se apoderaran de Nathaniel Moorsom y lo arrastraran debajo de un balcón, del cual pendió en seguida una cuerda.

Don Agustín no se dio cuenta de nada hasta que su hija musitó:

—¡Pobre muchacho! Tal vez no merece la muerte…

Entonces el viejo comprendió algo de lo que estaba ocurriendo, vio cómo la cuerda que pendía del balcón se había cerrado ya en torno del cuello de Moorsom y, con frenética rabia, se abrió paso hacia los justicieros vigilantes, proclamando la verdad, diciendo a quién debía la vida, logrando hacerse oír por encima de las detonaciones y colocando, al fin, a su hija en brazos del hombre a quien unas horas antes había echado de su casa.

*****

Dentro del «Casino» se agrupaban, temerosos, todos los que tenían la conciencia demasiado sucia para poder entregarse a la justicia de Los Vigilantes. Algunos que habían olvidado lo implacable de la ley de aquellos hombres y habían corrido hacia ellos con las manos en alto, colgaban ya sin vida, de las cuerdas preparadas para ellos.

—Fuiste un loco —dijo Daisy—. Desafiaste a la más poderosa organización de California.

—Aún me queda don Agustín —dijo Turner—. Su vida salvaguardará la mía.

Alguien acudió con la noticia:

—Moorsom lo ha puesto en libertad, jefe.

Turner comprendió que estaba perdido. Había abusado de su poder. Había creído que siempre tendría ante él la limitada fuerza de unas leyes hechas para ser burladas. No imaginó que, herido o muerto Farrell, Los Vigilantes pudieran lanzarse a una de sus implacables expediciones de castigo.

—Por lo menos hay tres mil hombres alrededor de la casa —dijo Daisy.

—Nos matarán —replicó, serenamente, Turner—; pero yo te aseguro que les costará tanto matarnos, que se acordarán durante muchos años de lo que les hizo Roscoe Turner.

—¿Crees que eso es lo mejor? —preguntó Daisy.

—Por lo menos es lo único que se puede hacer —replicó Turner.

Las balas entraban ya en el «Casino» a través de los cristales, destrozando los espejos que adornaban las paredes y haciendo caer una lluvia de cristalitos de Bohemia desde las grandes arañas que pendían del techo.

Desde el interior comenzó a replicarse al fuego de Los Vigilantes. Fueron traídos numerosos Winchester, potentes Sharps, revólveres y pistolas en abundancia, y pronto el «Casino» fue una fortaleza que oponía una barrera de plomo al avance de los sitiadores.

Éstos miraron, al fin, interrogadoramente al jefe enmascarado.

—Los cañones —ordenó
El Coyote
.

La orden corrió de boca en boca. En el cuartel se guardaba una vieja batería de cuatro cañones, reliquia de la Guerra Civil. Unos minutos más tarde, sus férreas ruedas hacían retemblar el pavimento, llevando sus amenazadores ecos hasta los que se encontraban dentro del «Casino».

—¡Cañones! —gritó uno de los crupieres, dejando caer su rifle.

Un escalofrío de espanto corrió por el interior de la casa. Todas las miradas se volvieron hacia Turner, y éste comprendió que todo estaba ya perdido.

Cogiendo un Winchester, ató a él una servilleta y acercándose a una ventana sacó al exterior la señal de rendición.

—Mis hombres se entregarán si prometéis no matarlos —gritó Turner, cuando la blanca bandera impuso silencio a las armas.

—Sal y entrégate, Turner —ordenó
El Coyote
—. Los demás sólo serán expulsados de San Francisco.

—A mí tendréis que venirme a buscar —replicó Turner.

—Como quieras —contestó
El Coyote
—. Si es así, que no salga nadie, porque dispararemos sobre todos aquellos que lo hagan. Sólo si te entregas tú, podrán vivir ellos.

Turner volvióse hacia sus hombres y preguntó con voz tensa:

—¿Qué pensáis hacer?

Nadie tuvo valor para replicar; pero el silencio era harto expresivo. Sólo el miedo les retenía allí; pero ese mismo miedo les impulsaría a lanzarse sobre él en cuanto vieran que sólo así podían salvarse.

—¿Y tú qué dices, Daisy?

La mujer se encogió de hombros.

—Haz lo que te parezca. Algún día hemos de morir. Tal vez sea éste el día que se ha dispuesto.

—Tal vez —asintió Turner—. Algún día hemos de morir. Hoy es un buen día.

Dejó el rifle asomando al exterior su bandera de paz y luego dirigióse hacia la puerta. Antes de abrirla sacó un cigarro y lo encendió con lentas chupadas. Abrió la puerta astillada por los balazos que la habían atravesado. Salió al exterior. El aire olía a pólvora y a brea quemada. Entre el «Casino» y Los Vigilantes había un espacio de terreno vacío. Al final de aquel terreno se levantaba una barricada en torno a la boca de uno de los cañones.

Turner oyó, tras él, los pasos de los que iban saliendo de la casa, con las manos en alto. Los vio pasar a su lado, sin que por ello acelerara o retrasara el caminar. Siguió fumando hasta que varias manos le atenazaron los brazos, llevándole ante el jefe de Los Vigilantes.

—¡Hola, Turner! —saludó el enmascarado.

Roscoe Turner entornó los ojillos a causa del humo que había entrado en ellos.

—¡Hola,
Coyote
!

—Te avisé a tiempo.

—Y yo no te hice caso.

—Por eso vas a morir.

—Ya lo sé.

Turner siguió fumando unos instantes, mientras la cuerda destinada para él era pasada por una viga que salía de una casa en construcción. No pidió por su vida. Sabía que era inútil, que en aquella caza él era el jabalí perseguido y que si se había organizado era, exclusivamente, con el fin de matarle.

—Un momento —pidió, cuando le acercaron el lazo que debía ahogarle—. En seguida estaré.

Dio tres lentas y espaciadas chupadas a su cigarro y por fin lo dejó caer al suelo. Entonces, volviéndose hacia
El Coyote
, dijo:

—Cuando ustedes quieran, señores.

Todas las miradas se centraron en el cuerpo de Turner. Éste quiso reunir sus fuerzas para morir como un valiente, sin ningún estremecimiento; pero cuando la agonía nubló su cerebro, sus miembros, ya liberados, iniciaron los últimos estertores.

Cuando todo hubo terminado, las miradas descendieron de lo alto y muchas buscaron al
Coyote
; pero éste había desaparecido. Su labor había terminado. La ley de Los Vigilantes estaba ya puesta en marcha y no necesitaba la dirección de ningún jefe excepcional. La masa de Vigilantes se lanzó al ataque de los demás garitos. Las llamas subieron muy altas aquella noche en su purificadora labor.

Entre la medianoche y el mediodía siguiente abandonaron la ciudad muchos miles de hombres y mujeres de mal vivir. Eran expulsados por la ley de Los Vigilantes. Y como muchos de ellos pensaron encontrar en Los Ángeles un seguro refugio, se dirigieron hacia allí.

Debido a que sólo viajaba de noche, el vehículo en que iban don César de Echagüe y su esposa fue alcanzado muy pronto por la marea de fugitivos.

—Creo que nos llega mala compañía —dijo don César.

Guadalupe le miró.

—¿Vas a tener que trabajar? —preguntó.

—Creo que sí. Pero ahora estoy tan cansado que me siento sin fuerzas para nada.

—Has tenido que cabalgar mucho para alcanzarme —musitó Lupe.

Y no dijo cuánta había sido su angustia durante las horas que su esposo había dejado de ser don César de Echagüe para convertirse, por unas horas, en el jefe de Los Vigilantes. La esposa del
Coyote
no debía mostrarse débil.

JOSÉ MALLORQUÍ FIGUEROLA, Barcelona, 12 de febrero de 1913 – 7 de noviembre de 1972, escritor español de literatura popular y guionista, padre del también escritor César Mallorquí. El padre del futuro novelista abandonó a su madre, Eulalia Mallorquí Figuerola, poco antes de nacer. El niño fue criado por su abuela Ramona, después pasó a un internado de los Salesianos. Esta niñez le produjo su carácter tímido y soñador. Fue mal estudiante y a los 14 años abandonó el colegio y comenzó a buscarse la vida trabajando. Fue un gran lector de todo cuanto caía en sus manos. A los 18 años una herencia cuantiosa de su madre fallecida le proporcionó un periodo de bienestar y lujo y una vida diletante, practicando toda clase de deportes. En 1933, comienza a trabajar para la Editorial Molino. Aparte de dominar el francés, aprendió con un amigo inglés, lo que le permitió traducir y leer en ambas lenguas en idioma original. Mallorquí se anima a escribir aventuras como las que traduce y publica en «La Novela Deportiva», de Molino (que se publicó en Argentina a partir de 1937), larguísima colección íntegramente escrita por Mallorquí y que constó de 44 novelas, más otras doce en su segunda época, ya en España.

Notas

[1]
Véase
El Coyote en Monterrey
.
<<

[2]
Ginevra Saint Clair es el personaje central de la novela
El exterminio de la Calavera
.
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[3]
El capitán Farrell aparece por primera vez en
La justicia del Coyote
y más tarde en
La otra lucha del Coyote
.
<<

[4]
Véase
La justicia del Coyote
.
<<

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