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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

La mano del Coyote / La ley de los vigilantes (4 page)

BOOK: La mano del Coyote / La ley de los vigilantes
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—Pero al fin todo se resolvió, ¿no?

—Sí. Después de mucho rato de repetirme que yo estaba destinado a la horca, dijo que tal vez se pudiera encontrar una solución. En Los Ángeles se sabía que su secretario se marchaba para regresar de nuevo a Boston, de donde era natural. Por lo tanto, su ausencia y desaparición no sorprendería a nadie. Y en cuanto al dinero, si yo me comprometía a devolverle ciento veinticinco mil dólares, él me perdonaría.

—¿Le cargó un interés del veinticinco por ciento? No es mucho. ¿Qué más?

—Le prometí devolverle el dinero y le firmé un documento declarándome culpable del asesinato de su secretario, asesinato cometido para robar la suma de ciento veinticinco mil dólares. No recuerdo exactamente las cláusulas del documento; pero sé que con él Wade me podía enviar al patíbulo cuando quisiera. En otro documento reconocí haberle robado el dinero y me comprometía a devolverlo dentro de un año.

—¿Por qué firmó eso?

—¿Qué otra cosa podía hacer?

—Sé muchas de las cosas que usted habría podido hacer; pero no se las diré ahora. Lo que está ocurriendo es que usted no pudo recobrar el documento firmado, ¿no?

—Claro. Ni veinte mil dólares habría podido reunir para ese fin.

—Y Wade exige el pago o amenaza con la denuncia, ¿no es así?

—Así es.

—¿Qué fue del cadáver del secretario de Wade?

—El señor Wade me hizo que le ayudase a abrir un hoyo en su jardín. Luego él envolvió el cadáver en una manta y entre los dos lo bajamos al jardín, lo colocamos en el hoyo, echamos alguna tierra encima y luego el señor Wade trasplantó allí un arbolillo y terminó de llenar el agujero. Nadie supondría que en aquel sitio se encuentra enterrado un hombre.

—¿Y el señor Wade enterró en su propio jardín al hombre a quien usted asesinó?

—Sí.

El Coyote
se acarició la barbilla.

—Muy interesante —dijo al cabo de un momento—. Continúe. ¿Qué sucede ahora? Usted no puede pagar el dinero que debe. ¿Qué ha hecho Mathias Wade?

—Me previno que si no le devolvía el dinero descubriría a mi padre toda la verdad. Le pedí un plazo un poco más largo y me lo concedió; pero el mismo día en que me había prometido tener un poco más de paciencia se presentó en mi casa y descubrió a mi padre todo lo ocurrido.

—¿Qué le pidió a su padre?

—Dijo que no iba a pedirle dinero, porque sabía que los Garrido éramos pobres; pero exigió a cambio del documento firmado por mí que mi hermana Lucía se casase con Archie, su hijo.

—¿Está enamorado Archie de Lucía?

—Creo que sí.

—¿Y conoce Archie los medios de que se vale su padre para conseguirle la novia?

—No.

—En resumen, que Mathias Wade tiene en su poder una declaración firmada por usted que le sirve para obligar a don Lucas Garrido a ceder a su hija a un hombre a quien desprecia. Su padre no obligaría a Lucía Garrido a conceder su mano a Archie si no estuviera en juego el buen nombre de los Garrido. Cualquier sacrificio resultará pequeño si por medio de él consigue que su apellido no vaya unido a una condena a muerte por robo y asesinato. Y bien sabe Dios que no debe de ser pequeño el sacrificio de dar a un norteamericano la mano de su hija.

—Para evitar eso he querido matarme. Una vez muerto yo…

—No sea niño —interrumpió
El Coyote
—. No es su vida lo que importa. Es su apellido. Aunque usted estuviera muerto y enterrado el apellido de su familia seguiría viviendo, y su padre realizaría idénticos sacrificios para conservarlo limpio de toda mancha. Con el suicidio no conseguirá más que aumentar la pena de su familia sin reportarles ninguna ayuda. En cambio, si queda vivo podrá luchar por ese apellido que, involuntariamente, ha manchado.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó, animado, José Garrido.

—Sospecho ciertos móviles, pero me faltan pruebas. Vea a su padre y cuéntele lo que pensaba hacer y hubiera hecho de no impedírselo yo.

—¿Quiere que le cuente a mi padre que iba a suicidarme?

—Sí. Quiero que sepa que
El Coyote
se lo ha impedido. Cuéntele los motivos que le impulsaban. Él los comprenderá y le perdonará.

—Tuvimos hoy una escena bastante violenta.

—Ya lo sé. Dígale que creía resolverlo todo matándose, pero que ha comprendido que un hombre debe luchar. Para luchar con más probabilidades de éxito dígale que yo le he aconsejado que le conceda poderes totales, facultándole para administrar los bienes de los Garrido.

—¿Quiere que pida a mi padre que delegue en mí toda su autoridad?

—Eso es, precisamente, lo que quiero. Una vez haya conseguido eso, visite a don César de Echagüe. Él le prestará el dinero que le haga falta y le proporcionará la ayuda del señor Greene, del Gobierno de Washington.

—¿Es amigo suyo el señor Echagüe? —preguntó Garrido.

El Coyote
se echó a reír.

—No, no es amigo mío, y hará usted muy bien no diciéndole que va de mi parte, pues entonces el tonto de César de Echagüe no le prestaría ninguna ayuda.

—Entonces, ¿por qué me aconseja que solicite su auxilio?

—Se lo aconsejo porque César de Echagüe es muy amigo de los Garrido. Los aprecia y los admira y está deseando congraciarse con ellos.

—Está bien, lo haré si mi padre cede.

—Cederá si usted no le dice lo que piensa hacer. Piense que lo importante es que usted se convierta en el jefe de los Garrido. Luego haga caso omiso de las promesas que haya hecho a su padre y siga mis consejos y, sobre todo, no guarde secreto que don César le ayuda.

—¿Debo dejar que todo el mundo se entere de que don César me ayuda?

—Sí. Esa es una parte muy importante del plan.

—¿Es que no quiere que se sepa que usted interviene?

—Podría ser ése el motivo, pero no lo es. Haga lo que le digo y no pregunte. Ahora márchese. Salga de esta habitación y vuelva a su casa, pero antes prométame que no se matará.

—Se lo juro por mi honor. Quiero decir, que no me mataré ahora.

—Ni luego.

—No mientras me quede una esperanza de salir triunfante.

—Muy bien. Adiós, señor Garrido, le prometo que la lucha será reñida y que triunfarán los mejores.

—¿Me acompaña usted?

—No. Me quedo aquí —sonrió
El Coyote
—. Me gusta filtrarme por las paredes.

José Garrido salió lentamente del reservado y al cerrar la puerta vio al
Coyote
que continuaba sentado ante la mesa. Dominado por una viva curiosidad, el joven salió de la habitación y dio dos o tres pasos hacia el fondo del pasillo; luego, cautelosamente, retrocedió y abrió bruscamente la puerta de la habitación.

Un grito de asombro se ahogó en su garganta. La estancia se hallaba vacía, y la única abertura que comunicaba con el exterior era aquella puerta que no había perdido de vista ni un momento.

Registró la habitación, buscando hasta en los lugares más inverosímiles y tuvo que admitir que
El Coyote
se había esfumado, repitiendo, a la inversa, el milagro de su aparición en el aposento.

Bebiendo un poco más de vino, José Garrido salió de la habitación y bajó lentamente hasta la planta baja, en la que vio, conversando, a don César de Echagüe. Éste, al verle, demostró un gran asombro, a la vez que preguntaba:

—¿Qué haces aquí, José?

—Vino a probar un poco de buen vino —explicó Yesares—. Algunas veces también es cliente nuestro.

Mirando fijamente al joven, César de Echagüe declaró:

—Pareces preocupado, muchacho. ¿Qué te ocurre? Esta tarde te vi… Bueno, te vi cuando salías de casa de tu padre. Ibas…

—Ya lo sé —replicó Garrido—. No es necesario que… Perdón. Estoy nervioso. ¿Podría hablarle a solas?

—Con su permiso me retiraré, pues tengo que dar unas órdenes a los cocineros —dijo Yesares.

—Gracias, Ricardo —replicó César.

Y cuando estuvo a solas con Garrido, preguntó:

—¿Qué tienes que decirme?

—Mi familia, don César, está pasando un momento apurado. Mi padre no quiere humillarse a pedir ayuda a los extraños; pero yo creo que el pedirle a usted ayuda no es una humillación para nosotros.

—Claro que no. ¿Qué necesitas?

—Aún no lo sé; pero serán, por lo menos, doscientos mil pesos.

—¿Los quieres ahora? Diré a Ricardo que los consiga. Pero si puedes esperar a mañana, los retirarás tú mismo del banco.

—No corre tanta prisa. Antes quisiera obtener la concesión de poderes de mi padre. Entonces le podría ofrecer algunas garantías.

—No las necesito.

—Pero yo no podría aceptar una cantidad tan importante sin poderle dar, a cambio, una garantía.

—Está bien. Consigue esos poderes y en cuanto los tengas ve a verme. Hasta la vista, José.

—Muchas gracias por todo, don César. No comprendo por qué mi padre le odia tanto.

—Me odiaba. Ya no me odia, aunque hoy me ha echado otra vez de su casa. Adiós.

—¿Sabe quién me ha aconsejado que recurriera a usted?

—¿
El Coyote
? —preguntó, riendo, César. Y como si interpretara equivocadamente el asombro del joven, agregó—: No te asustes, no. Ya sé que no ha sido
El Coyote
. Hace tiempo que me deja tranquilo. Además, él no te hubiese recomendado que acudieras a mí… ¿Quién te aconsejó?

José Garrido tuvo que hacer un esfuerzo para dominarse y, por fin, replicó:

—Mi hermana y otras personas que le conocen y a quien usted no conoce mucho. Adiós, don César. Le estoy muy agradecido.

Capítulo IV: Mathias Wade ve una sombra

En el salón de su casa de la calle de Buenavista, Mathias Wade estaba convirtiendo en humo un largo cigarro. Se hallaba sentado en un blando sillón y frente a él encontrábanse su hermano Edwin y su hijo Archie. Bill Burley, criado de confianza de Mathias, se encontraba también en la estancia, escuchando, con ningún disimulo, la conversación que se sostenía entre los Wade.

—¿De veras has conseguido que Lucía me acepte? —preguntaba, anhelante, Archie.

Edwin Wade, que estaba junto a él, fumando también un largo y grueso cigarro dirigió una despectiva mirada a su sobrino. Edwin era un hombre de acción y sólo sentía desprecio por los que preferían cualquier otra cosa a la acción violenta y directa.

—Sí, te acepta —replicó Mathias Wade, mirando a su hijo, por quien, justo es confesarlo, tampoco sentía gran admiración.

—¿Me ama? —insistió Archie.

—Confórmate con que te acepte —replicó su tío—. Al fin tendrás a la mujer más hermosa de California.

—Pero ella estaba enamorada de Jorge de Alza —recordó Archie.

—Tonteaba con él —replicó su padre—. Sólo tonteaba. No tiene ninguna importancia.

—Creo que José Garrido ha pedido ayuda a cierto potentado de Los Ángeles —intervino en aquel momento William (Bill) Burley, mientras llenaba las copas de licor.

—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó Mathias Wade.

—Don César de Echagüe visitó esta tarde a los Garrido. Habló en la calle con la muchacha y luego entró en la casa. Por el rato que estuvo dentro, es indudable que debió de hablar con don Lucas.

—¿El potentado a quien te referías era don César? —preguntó Edwin Wade.

—Sí, señor. Más tarde, el muchacho, me refiero a José Garrido, fue a la posada del Rey don Carlos y estuvo allí un buen rato. A los pocos momentos de entrar él, llegó don César, que venía directamente de casa del señor Garrido y subió a una habitación. Más tarde reapareció y estuvo hablando con el señor Yesares. Al cabo de otro momento apareció José Garrido y los dos hicieron como si no se hubiesen visto antes.

—Estás muy bien informado, Bill —dijo Archie Wade.

—He de estarlo si quiero ser útil a ustedes.

—¿Es que Lucia no me va a aceptar? —preguntó alarmado, Archie.

—Claro que te aceptará —replicó su tío—. Retírate y deja que nosotros decidamos lo que se debe hacer. Ya es tarde.

Archie, que profesaba hacia su tío un temor tan grande como el odio que contra él sentía, se levantó y salió humildemente del salón.

Edwin le siguió con la mirada, y cuando oyó que sus pasos se habían apagado en la alfombra de la escalera, se volvió hacia su hermano y hacia Bill y preguntó a éste:

—¿Qué importancia crees que puede tener la intervención de César de Echagüe? Es un botarate que no nos causará ninguna molestia.

—Es muy rico —recordó Bill—. Si presta a José el dinero para rescatar los documentos…

—Aunque se lo prestara, José Garrido no podrá rescatarlos —dijo Mathias—. No me asusta esa ayuda.

—¿Ni la del excelentísimo señor Edmonds Greene? —preguntó astutamente Bill Burley.

—¿Qué tiene que ver Greene en esto? —preguntó Mathias.

—Bill ha dado en el blanco —sonrió Edwin—. Greene es todopoderoso en Washington y, además, es cuñado de César de Echagüe.

—¡Oh! —exclamó Mathias—. Lo olvidaba. Si él interviniera y se revisaran los…

—Sería horrible para nosotros —rió Edwin—. Una revisión de sentencias es ahora cosa muy corriente. California se portó muy bien durante la guerra. No se pasó al Sur, como se temía, permaneció fiel a la Unión, aunque padeció bastante con ello; durante cuatro años se reanudó aquí la vida patriarcal española, y fue ese carácter español el que realizó el milagro. Washington está agradecido, quiere reforzar un poco los lazos que le unen a California y… Edmonds Greene es muy peligroso.

—Sólo será peligroso si su cuñado le avisa —sonrió Burley.

—Claro, no debe avisarle —dijo Mathias Wade—. Debemos impedírselo.

—¿Cómo? —preguntó Edwin.

—Un tiro por la espalda, si da donde debe dar, es muy eficaz para hacer callar a los que propenden a hablar demasiado —dijo Burley.

—¿Cuánto quieres por cerrar esa boca? —preguntó Mathias, mirando ansiosamente a su criado.

Edwin intervino violentamente.

—¡Sois unos imbéciles! —gritó—. Nada de eso. No hemos de ser nosotros quienes matemos a César de Echagüe. Existen otros medios. ¿Os acordáis de Rand Ríos?

—¿El mestizo?

—Sí. Rand estuvo una vez al servicio del
Coyote
.

—¡
El Coyote
! —exclamó Mathias, palideciendo—. ¡No lo nombres!… —Y súbitamente, el dueño de la casa lanzó un grito de horror, a la vez que repetía—: ¡
El Coyote
! —y con mano temblorosa señalaba hacia la ventana.

—¿Qué te ocurre? —preguntó bruscamente su hermano—. ¿Es que te ha puesto nervioso el nombre del
Coyote
?

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