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Authors: George R. R. Martin

Tags: #Ciencia ficción, Relato

Los reyes de la arena (5 page)

BOOK: Los reyes de la arena
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Al volver a la casa aplastó varios reyes con cierta satisfacción. Una vez en el interior, se quitó el traje de plástico, descansó para tomar una deliciosa comida y finalmente se tranquilizó. Todo estaba bajo control.

Dos de los vientres pronto habrían muerto, el tercero se hallaba bien localizado, en un lugar donde podría disponer de la criatura en cuanto ésta hubiera prestado sus servicios, y no dudaba que descubriría al cuarto. En cuanto a Cath, todo rastro de su visita había sido eliminado.

Su ensueño fue interrumpido cuando la pantalla de comunicación empezó a brillar de forma intermitente ante sus ojos. Era Jad Rakkis, que llamaba para alardear de dos gusanos caníbales que pensaba exhibir por la noche en los juegos bélicos.

Kress había olvidado la cita, pero se recuperó rápidamente.

—Oh, Jad, perdóname. Olvidé explicártelo. Estaba empezando a cansarme de todo eso y me deshice de los reyes de la arena. Esos asquerosos bichitos… Lo siento, pero no habrá fiesta esta noche.

—¿Y qué voy a hacer con mis gusanos? —Rakkis estaba indignado.

—Ponlos en una cesta de fruta y envíalos a una persona de tu estimación —dijo Kress, y cortó la comunicación.

Se apresuró a llamar a los otros. No podía arriesgarse a que le visitaran ahora, con los reyes vivos e infestando la mansión.

Mientras llamaba a Idi Noreddian, Kress se dio cuenta de un descuido fastidioso. La pantalla empezó a despejarse, indicando que alguien había respondido al otro lado. Kress cortó.

Idi llegó puntual, una hora más tarde. A la mujer le sorprendió que la fiesta hubiera sido anulada, pero se alegró mucho de poder pasar la tarde a solas con Kress. Éste la deleitó con su historia de la reacción de Cath ante la grabación holográfica que ambos habían realizado.

Mientras lo explicaba, Kress se las arregló para averiguar que Cath no había mencionado la jugarreta a nadie. Satisfecho, volvió a llenar de vino los vasos. Pero sólo quedaban unas gotas en la botella.

—Tendré que ir por otra —dijo Kress—. Acompáñame a la bodega y ayúdame a elegir una buena cosecha. Siempre has tenido mejor paladar que yo.

Idi obedeció entusiasmada, pero se detuvo ante las escaleras cuando Kress abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara.

—¿Dónde están las luces? —preguntó ella—. Y ese olor… ¿Qué olor tan raro es éste, Simon?

Al recibir el empujón de Kress, Idi se quedó desconcertada.

Gritó al caer por las escaleras. Kress cerró la puerta y empezó a sellarla con las tablas y martillo neumático que había dejado allí para dicho fin.

Cuando terminaba, oyó los gemidos de Idi.

—¡Estoy herida! —gritó Idi. Simon, ¿qué significa esto?

Prorrumpió en repentinos chillidos, que se convirtieron en alaridos poco después.

Los gritos no cesaron durante varias horas. Kress fue a su sensorio y sintonizó una atrevida comedia para borrar aquel sonido de su mente.

Cuando estuvo seguro que Idi había muerto, Kress voló con el helicóptero de su amiga hacia el norte, rumbo a los volcanes, y se deshizo del aparato. El accesorio de remolque estaba mostrando ser una excelente inversión.

Extraños ruidos, rascaduras, surgían del otro lado de la puerta de la bodega al día siguiente, cuando Kress se disponía a inspeccionar.

Escuchó durante unos instantes angustiosos, preguntándose si Idi habría logrado sobrevivir. ¿Estaría ella escarbando para tratar de salir?

Esto le pareció improbable. Tenía que tratarse de los reyes. A Kress no le gustaron las implicaciones del hecho. Decidió mantener la puerta cerrada, al menos durante un tiempo. Salió al exterior de la casa con una pala, dispuesto a enterrar los vientres en sus mismos castillos.

Las fortalezas estaban mucho más pobladas.

El vidrio volcánico del castillo negro lanzaba destellos y los reyes de la arena ocupaban por completo la fortaleza, reparándola y mejorándola.

La torre más elevada llegaba hasta la cintura de Kress y en ella se encontraba una espantosa caricatura de su rostro. Conforme iba acercándose, los negros abandonaron su trabajo y formaron dos amenazadoras falanges. Kress miró a sus espaldas y vio a otros móviles que cerraban su retirada. Asustado, soltó la pala y echó a correr para salir de la trampa, aplastando a varios móviles con sus botas.

El castillo rojo trepaba por las paredes de la piscina. El vientre se hallaba a salvo en un hoyo, rodeado de arena, hormigón y almenas. Los rojos se arrastraban por todo el fondo de la piscina. Kress observó que estaban metiendo una rata y una lagartija enorme en el castillo. Horrorizado, se apartó del borde de la piscina y notó que algo crujía. Al bajar los ojos vio a tres móviles que trepaban por su pierna. Se los quitó de encima de un manotazo y los aplastó, pero otros se acercaron con rapidez. Eran más grandes de lo que recordaba. Algunos casi del tamaño de su pulgar.

Kress se alejó corriendo.

Cuando se puso a salvo en la casa, su corazón latía con violencia y su respiración era jadeante. Cerró la puerta en cuanto entró y se apresuró a echar la llave. Se suponía que su mansión se hallaba a prueba de plagas. Se encontraría a salvo en ella.

Una bebida fuerte calmó sus nervios. Así que el veneno no les hace nada, pensó. Debía haberlo supuesto. Jala Wo le había advertido que el vientre comía de todo. Tendría que usar el insecticida. Bebió un poco más, se puso el traje de plástico y fijó el recipiente de insecticida a su espalda. Abrió la puerta.

En el exterior, los reyes de la arena estaban aguardando.

Dos ejércitos hicieron frente a Kress, aliados contra la amenaza común.

Más reyes de los que podía haberse imaginado. Los malditos vientres debían estar procreando como ratas. Los móviles se encontraban en todos lados, formaban un mar reptante.

Kress levantó la manguera y accionó el disparador. Una niebla gris cubrió la formación más próxima de los reyes. Movió la mano de un lado a otro.

Donde caía la niebla, los móviles se retorcían violentamente y morían tras repentinos espasmos. Kress sonrió. No eran rivales para él. Los roció describiendo un arco ante él y avanzó confiadamente sobre un revoltijo de cuerpos blancos y negros. Los ejércitos retrocedieron. Kress prosiguió su avance, resuelto a romper la defensa y llegar hasta los vientres.

La retirada de los reyes cesó de repente. Mil móviles se lanzaron hacia Kress.

Pero Kress ya esperaba el contraataque. Mantuvo su posición, extendiendo ante él la espada de niebla en amplios arcos. Los móviles se abalanzaban hacia Kress y morían. Algunos alcanzaron su objetivo, ya que Kress no podía rociar todos los lugares a la vez. Notó que trepaban por sus piernas, sintió las mandíbulas mordiendo inútilmente el plástico reforzado de su traje. Hizo caso omiso al ataque y continuó lanzando insecticida.

Entonces empezó a sentir débiles impactos en la cabeza y espalda.

Kress se estremeció, dio la vuelta y alzó la mirada. La parte delantera de su mansión estaba pululante de reyes de la arena. Negros y rojos, a centenares, se lanzaban contra Kress, caían sobre él como lluvia. Uno de ellos aterrizó en su máscara facial, las mandíbulas arañando sus ojos un terrible instante antes que lograra quitárselo de encima.

Kress levantó más la manguera y roció el aire y la casa hasta que todos los reyes aéreos estuvieron muertos o agonizantes. La niebla descendió sobre él y le hizo toser. Pero continuó lanzándola. No volvió a fijar su atención en el suelo hasta que toda la parte delantera de la casa estuvo limpia.

Los móviles le rodeaban, estaban encima de él. Algunos se arrastraban por su cuerpo, centenares más se apresuraban a imitarlos. La manguera dejó de funcionar. Kress escuchó un agudo siseo y la neblina letal formó una gran nube a la altura de su cuello, cubriéndole, ahogándole, haciendo que sus ojos ardieran y se empañaran. Tanteó a medias la manguera y su mano se apartó cubierta de móviles agonizantes. La manguera estaba cortada, la habían perforado a mordiscos. Kress estaba rodeado por un velo de niebla, cegado. Se tambaleó, gritó y se puso a correr hacia la casa, quitándose móviles del cuerpo al mismo tiempo.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se derrumbó en la alfombra, girando de un lado al otro hasta asegurarse que había aplastado a todos los reyes. El atomizador ya estaba vacío por entonces y siseaba débilmente. Kress se quitó el traje de plástico y se duchó. El agua caliente le escaldó y su piel quedó enrojecida y dolorida, pero sirvió para que la carne dejara de hormiguear.

Se puso la ropa más gruesa que tenía, unos pantalones y una chaqueta de cuero, después de sacudir las prendas nerviosamente.

—Malditos, malditos —murmuró una y otra vez.

Tenía la garganta seca. Tras examinar el recibidor de forma concienzuda para asegurarse que estaba limpio de móviles, se sentó y tomó un trago de licor.

—Malditos —repitió.

Le temblaban las manos al servirse y vertió líquido en la alfombra.

El alcohol le apaciguó, pero no acabó con su miedo. Llenó un segundo vaso y se acercó furtivamente a la ventana. Los reyes de la arena se movían sobre la gruesa hoja de plástico. Kress se estremeció y retrocedió hasta el tablero de su videoteléfono. Tenía que pedir ayuda, pensó enloquecido. Llamaría a las autoridades, los policías vendrían con lanzallamas y…

Kress se detuvo cuando ya había comenzado a llamar y gimió. No podía llamar a la policía. Debería informarles de los blancos que tenía en la bodega y encontrarían los cadáveres. Quizá el vientre hubiera dado cuenta de Cath por entonces, pero no de Idi Noreddian. Kress ni siquiera había desmenuzado el cadáver. Además quedarían los huesos. No, a la policía sólo la llamaría como último recurso.

Se sentó ante el tablero de comunicaciones, con el semblante muy grave. El videoteléfono ocupaba toda la pared. Kress podía contactar desde aquí con cualquier persona de Baldur. Tenía dinero en abundancia y contaba con su astucia. Siempre había estado orgulloso de su astucia. Resolvería el problema de alguna forma. Pensó por un momento en llamar a Wo, pero pronto abandonó la idea. Wo sabía demasiado, haría preguntas y él no confiaba en aquella mujer. No, necesitaba de alguien que hiciera lo que él quisiera sin reparos.

Su enojo fue convirtiéndose lentamente en una sonrisa. Kress tenía contactos. Llamó a un número que no había utilizado durante largo tiempo.

El rostro de una mujer cobró forma en la pantalla: cabello canoso, expresión vacía y nariz larga y en forma de gancho. Su voz fue enérgica y eficiente.

—Simon —dijo—. ¿Cómo van los negocios?

—Perfectamente, Lissandra —contestó Kress—. Tengo un trabajo para ti.

—¿Un traslado? Mi precio ha subido desde la última vez, Simon. Han pasado diez años, después de todo.

—Serás bien pagada —dijo Kress—. Ya sabes que soy generoso. Te necesito para controlar una plaga.

Lissandra sonrió ligeramente.

—No hace falta que uses eufemismos, Simon. La llamada no está controlada.

—No, hablo en serio. Tengo un problema con ciertos insectos. Son peligrosos. Encárgate de ellos. Sin preguntas. ¿Comprendido?

—Comprendido.

—Perfecto. Necesitarás… tres o cuatro ayudantes. Venid con ropa resistente al calor y lanzallamas, o láseres, algo así. Venid a mi casa, ya veréis el problema. Bichos, montones y montones de bichos. En mi jardín y en la vieja piscina encontraréis castillos. Destruidlos, matad todo lo que haya en ellos. Luego llamad a la puerta y os explicaré el resto del trabajo. ¿Puedes venir en seguida?

—Saldremos antes de una hora. —El rostro de Lissandra permaneció impasible.

Lissandra cumplió con su palabra. Se presentó en un modesto helicóptero negro acompañada de tres ayudantes. Kress les observó desde la seguridad que le proporcionaba la ventana del segundo piso.

Los cuatro eran irreconocibles con sus trajes protectores. Dos de los ayudantes llevaban lanzallamas portátiles y el tercero, un cañón láser y explosivos. Lissandra iba con las manos vacías; Kress la reconoció porque daba órdenes.

El helicóptero pasó primero a baja altura, examinando la situación. Los reyes de la arena enloquecieron. Móviles escarlata y ébano corrieron por todas partes, frenéticos. Kress podía ver el castillo del jardín desde su ventajosa posición. La fortaleza tenía la altura de un hombre. Los muros estaban repletos de defensores negros y un flujo constante de móviles se adentraba en sus profundidades.

El helicóptero de Lissandra aterrizó cerca del de Kress y los ayudantes descendieron y prepararon sus armas. Tenían un aspecto inhumano, horrible.

El ejército negro formó entre los ayudantes y el castillo. Los rojos…

Kress notó de repente que no veía a los rojos. Parpadeó. ¿A dónde habían ido?

Lissandra hizo varios gestos y gritó. Los dos lanzallamas fueron extendidos y abrieron fuego sobre los reyes negros. Las armas emitieron un ruido sordo y empezaron a rugir. Largas lenguas de fuego azulado y escarlata brotaron de los lanzallamas. Los móviles negros se contrajeron, consumieron y murieron. Los ayudantes desplazaron las llamas a uno y otro lado produciendo un eficiente fuego cruzado. Fueron avanzando con pasos cuidadosos.

Con el ejército negro abrasado y desintegrado, los móviles huyeron en infinidad de direcciones, unos volviendo hacia el castillo, otros lanzándose contra el enemigo. Ni uno solo alcanzó a los ayudantes que manejaban los lanzallamas. Los hombres de Lissandra demostraban ser grandes profesionales.

Fue entonces cuando uno de ellos tropezó.

O dio la impresión que tropezaba. Kress siguió mirando y vio que el suelo había cedido bajo los pies del individuo. Túneles, pensó, estremeciéndose de miedo. Túneles, pozos, trampas. El hombre del lanzallamas quedó hundido en la arena hasta la cintura y, de repente, la tierra que le rodeaba pareció hacer erupción y se encontró cubierto de reyes escarlatas. Soltó el lanzallamas y comenzó a rascarse el cuerpo.

Sus chillidos fueron horribles.

El compañero del atacado vaciló. Después dio media vuelta y disparó.

Una llamarada engulló al hombre y los reyes de la arena. Los gritos cesaron bruscamente. Satisfecho, el segundo ayudante se volvió hacia el castillo, dio otro paso al frente, reculó cuando su pie se hundió en la tierra y desapareció hasta el tobillo. Trató de sacarlo y retroceder, y en ese momento cedió el suelo que pisaba. Perdió el equilibrio, se tambaleó y cayó. Los móviles surgieron en masa, frenéticos, y cubrieron al individuo mientras éste se retorcía. El lanzallamas carecía de utilidad.

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