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Authors: George R. R. Martin

Tags: #Ciencia ficción, Relato

Los reyes de la arena (8 page)

BOOK: Los reyes de la arena
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Kress tenía sus planes para Wo y Shade. Todo había sido por culpa de ellos, decidió Kress, y pagarían por ello. Lissandra estaba muerta, pero él conocía a otras personas de su misma profesión. Se vengaría. Lo prometió un centenar de veces mientras sudaba y avanzaba con dificultad hacia el este.

Esperaba que fuera el este, al menos. No tenía facilidad para orientarse y dudaba respecto a la dirección en la que habría corrido tras su pánico inicial. Pero después había hecho un esfuerzo por dirigirse hacia el este con mayor exactitud, tal como Wo había sugerido.

Después de correr durante varias horas, sin señal alguna de rescate, Kress comenzó a estar seguro que había calculado mal su dirección.

Transcurrieron varias horas más y el temor le asaltó. ¿Y si Wo y Shade no le localizaban? Moriría allí mismo. Llevaba dos días sin comer, se sentía débil y asustado, su garganta estaba reseca por la falta de agua…

Era imposible proseguir. El sol estaba poniéndose y pronto se hallaría perdido en medio de la oscuridad. ¿Qué sucedía? ¿Acaso los reyes de la arena habrían devorado a Wo y Shade? El miedo le sobrecogió una vez más, llenó todo su cuerpo, agravado por la sed insoportable y un hambre atroz. Pero Kress siguió caminando. Se tambaleó al querer correr y cayó al suelo en dos ocasiones. La segunda vez se arañó la mano en una roca y brotó sangre de la herida. Kress la chupó sin dejar de andar y ni se preocupó ante la posibilidad de una infección.

El sol se hallaba sobre el horizonte, a espaldas de Kress. El ambiente se hizo un poco más fresco, cosa que Kress agradeció. Decidió caminar hasta que no hubiera luz y buscar luego un lugar para pasar la noche.

Seguramente se había alejado lo suficiente de los reyes de la arena como para estar a salvo, y Wo y Shade le encontrarían a la mañana siguiente.

Al llegar a lo alto de una pendiente, distinguió frente a sus ojos el perfil de una casa.

El edificio era bastante grande, aunque no tanto como su mansión.

Representaba un cobijo, la seguridad. Kress gritó y echó a correr hacia la casa. Comida y bebida, tenía que alimentarse, ya estaba saboreando la comida. Notaba las punzadas del hambre. Descendió la colina corriendo, agitando los brazos y gritando a los moradores de la vivienda.

La luz era muy escasa por entonces, pero aún así logró vislumbrar seis niños que jugaban aprovechando el resplandor del crepúsculo.

—¡Eh, vosotros! —chilló—. ¡Ayudadme! ¡Ayudadme!

Los niños vinieron corriendo hacia él.

Kress se detuvo bruscamente.

—No —dijo—. ¡Oh, no! ¡No! ¡No!

Dio media vuelta, resbaló en la arena, se levantó y trató de seguir corriendo. Lo atraparon fácilmente. Eran unos seres pequeños, horribles, de ojos saltones y piel de color naranja oscuro. Kress se debatió, pero fue en vano. Aún siendo pequeñas, aquellas criaturas tenían cuatro brazos y él sólo dos.

Lo llevaron a la casa. Era una construcción deforme, de aspecto triste, formada por arena que se desmoronaba, pero la puerta de entrada era muy amplia, muy oscura, y respiraba. Un detalle terrible, pero Simon Kress no prorrumpió en gritos por eso. Gritó al ver a los otros, los niños anaranjados que salieron arrastrándose del castillo e, impasibles, le contemplaron mientras pasaba a su lado.

Todos tenían una cara idéntica a la suya.

FIN

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