Read Mil días en Venecia Online

Authors: Marlena de Blasi

Tags: #Relato, Romántico

Mil días en Venecia

BOOK: Mil días en Venecia
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Si alguien te dijera que encontrarías el amor en Venecia y que lo dejarías todo por ir a vivir el romance de tu vida a esa ciudad, pensarías que no se trata más que de una broma sacada de la trama de una novela romántica, pero a veces la realidad supera la ficción.
Mil días en Venecia
es la historia real de Marlena de Blasi, una norteamericana que paseando un día por la Piazza de San Marco, enamoró instantáneamente a Fernando quien, un año después, al volverla a ver en una cafetería de Venecia, supo que el destino los estaba uniendo.

Él apenas hablaba inglés, mientras que ella, una
chef
estadounidense divorciada, solo sabía hablar en italiano de cocina. Marlena se consideraba incapaz de intimar y pensaba que su corazón ya no podía volver a sentir amor; sin embargo, pocos meses después de conocer a Fernando, lo dejó todo atrás para trasladarse a Venecia y casarse con «ese desconocido».

Mil días en Venecia
, que presenta algunas recetas incomparables de la propia Marlena, es un libro lleno de la cocina y los sabores de Italia, pero también la encantadora y verídica historia de una mujer que abre su corazón y se enamora no solo de un hombre sino también de una ciudad y una forma distinta de entender la vida.

Marlena Blasi

Mil días
en
Venecia

ePUB v1.1

Enylu/Mística
17.05.12

Título original:
A Thousand Days in Venice: An Unexpected Romance

Marlena Blasi, 2010.

Traductor: Alejandra Devoto

213 páginas

Diseño/retoque portada: Mística

Editor original: Enylu/Mística

Corrección de erratas: Mística, Enylu

ePub base v2.0

Para

la hijita de Walton Amos, Virginia Anderson Amos,

que ha crecido hasta convertirse en una mujer hermosa,

llena de la gracia y el amor de Dios,

y a quien tengo el honor de considerar mi querida amiga,

y

para C. D., Lisa y Erich, mis primeros amores eternos,

y

para el veneciano de ojos color arándano

que supo esperar

P
RÓLOGO

Venecia 1989

Permanezco sentada en mi asiento mucho después de que el tren entre silbando en la estación de destino: Santa Lucia. Me aplico sobre los labios otra capa de rojo rubí, me encasqueto hasta las cejas el sombrero azul de fieltro y trato de alisarme la falda. Pienso por un momento en la mentirilla que le he dicho esta mañana al taxista de Roma, cuando me preguntó:


Ma dove vai in questo giorno così splendido?
¿Adónde vas con este día tan espléndido?

—Tengo una cita en Venecia —le respondí con picardía, sabiendo que le agradaría la idea.

Me observó mientras yo arrastraba mi gruesa maleta negra con su única rueda estropeada hacia la curva de las puertas de la estación, me tiró un beso y gritó:


Porta un mio abbraccio a la bella Venezia
. Dale un abrazo de mi parte a la hermosa Venecia.

¡Hasta los taxistas romanos están enamorados de Venecia! Todo el mundo la adora. Todo el mundo menos yo, que nunca he estado allí, porque siempre me ha resultado indiferente deambular por todos aquellos letargos iridiscentes. Sin embargo, puede que lo que le he dicho al taxista sea verdad, porque, curiosamente, me comporto como una mujer que acude a una cita. Sin embargo, ahora que finalmente estoy aquí, me gustaría poder volver a desdeñar a la anciana bizantina.

Me apeo del tren, en el que ya no queda nadie, arrastro mi maleta por el andén, le doy un puntapié a la rueda malvada para animarla y atravieso a grandes zancadas el tumulto de la estación, entre vendedores que ofrecen taxis acuáticos y hoteles y viajeros sumidos en la angustia de la llegada y la partida. Las puertas están abiertas; salgo a lo alto de una escalinata de peldaños bajos y anchos y me envuelve la luz sonrosada y húmeda. El canal que hay abajo refleja el brillo del agua y no sé dónde posar la mirada. La Venecia mítica es real y se extiende ante mí. Con sombreros de paja y camisetas a rayas, los gondoleros son esculturas de sí mismos, sujetos a la popa de los barcos negros y brillantes, bajo un sol redondo y amarillo. A la izquierda está el puente de los Descalzos y la hermosa fachada de la iglesia de San Simeone Piccolo saluda desde la otra orilla. Toda Venecia está hecha jirones y recosida, pero resulta dolorosamente encantadora y, como una hechicera, me desarma y me deja sin aliento.

Espero el
vaporetto
, el bus acuático, de la línea número 1, y me embarco en una nave que,
pian piano
, se desplaza por el canal y se detiene catorce veces entre la estación y San Zaccaria, cerca de la Piazza San Marco. Dejo la maleta en el gran montón de equipaje sobre la cubierta y me dirijo a la proa, con la esperanza de quedarme en el exterior. Los bancos están ocupados, a excepción de unos centímetros escasos en los que descansa el bolso de una japonesa. Le sonrío, ella retira su Fendi y me dejo llevar por aquella vía increíble en medio del viento fresco. Es extraño pensar ahora que aquel barco se convertiría en mi medio de transporte habitual y aquellas aguas, en mi ruta cotidiana para ir desde casa a comprar lechugas, a buscar un vestido de novia, al dentista o a encender una vela en alguna iglesia milenaria.

A lo largo de la
riva
se tambalean los palacios, las frágiles fachadas bizantinas y góticas, las renacentistas, las barrocas, todas en una hilera melancólica, cada una apoyada en la siguiente. «Así guardan mejor los secretos», se me ocurre. Nos acercamos al Ponte di Rialto, la parada más cercana a mi hotel, pero no estoy dispuesta a desembarcar. Sigo hasta San Zaccaria y me alejo del embarcadero en dirección al
campanile
, el campanario. Espero un momento para oír si repica la Marangona, la más antigua de las campanas de San Marco, la misma que, con su bajo solemne, ha señalado durante quince siglos el principio y el final de la jornada laboral de los artesanos venecianos. Una vez advirtió de la llegada de enemigos, rindió homenaje a un rey que fue de visita y anunció la muerte de un dux. Hay quien dice que suena
motu proprio
y que llegar a Venecia al son de su noble y sensacional repicar demuestra que uno tiene alma veneciana y que la vieja campana lo recuerda de antes. La primera vez que un amigo me contó esta historia, hace años, le pregunté cómo, si en cualquier momento pasaban seiscientas personas, se sabía por quién sonaba la campana. «No te preocupes —me dijo—: Jamás sonará por ti.»

Efectivamente, la Marangona guarda silencio cuando me detengo delante de la torre. No miro la basílica que tengo a mis espaldas. No recorro los pocos metros que me separan de la enorme
piazza
. No estoy preparada. ¿Para qué no estoy preparada? Me digo que, desaliñada y encadenada a una maleta desvencijada, no puedo pasear por lo que se considera el salón más exquisito de la Tierra. Me doy la vuelta, cojo el barco siguiente en dirección a la estación y desembarco en Rialto. ¿Por qué se me sacude el corazón en el pecho? Aunque ahora Venecia me atrae, también desconfío de ella.

C
APÍTULO
1

Signora
, la llaman al teléfono

La pequeña habitación está llena de turistas alemanes, hay unos cuantos ingleses y una o dos mesas de lugareños. Es el 6 de noviembre de 1993. Yo había llegado a Venecia aquella mañana, con dos amigos a la zaga. Converso con ellos en voz baja, mientras bebemos sorbitos de Amarone. El tiempo pasa y la habitación se va vaciando, pero observo que una de las mesas, la más alejada de nosotros, sigue ocupada. Percibo la mirada amable y discreta de uno de los cuatro hombres que están sentados allí. Me encorvo, concentrándome en el vino, y en realidad no lo miro ni una vez. Los hombres no tardan en marcharse y quedamos nosotros tres solos. Al cabo de pocos minutos viene un camarero y dice que hay una llamada telefónica para mí. Todavía no hemos avisado a nadie de nuestra llegada y, por más que alguien supiera que estábamos en Venecia, ¿cómo iba a saber que estábamos comiendo en el Vino Vino? Le digo al camarero que está equivocado.


No, signora
—insiste—.
Il telefono è per Lei
.


Pronto
—digo en el viejo aparato anaranjado de pared, que huele a humo y a colonia masculina.


Pronto
. ¿Puede usted encontrarse conmigo mañana a la misma hora? Es muy importante para mí —dice en italiano una voz grave y pausada que no había oído nunca.

En el breve silencio que se produce a continuación, no sé cómo caigo en la cuenta de que es uno de los hombres que acababan de salir del restaurante. Aunque he comprendido bastante bien lo que ha dicho, soy incapaz de responder en italiano y farfullo una fusión lingüística: «
No, grazie
. Ni siquiera sé quién es usted», mientras pienso que me gusta mucho su voz.

Al día siguiente decidimos volver al Vino Vino, porque nos queda cerca del hotel. No me había acordado del hombre de la voz agradable, pero él está allí, esta vez sin compañía, y veo que se parece muchísimo a Peter Sellers. Nos sonreímos. Me voy a sentar con mis amigos y él, que aparentemente no sabe cómo abordarnos, se vuelve y sale por la puerta. Poco después, el mismo camarero, que ahora se siente parte de algo grandioso, viene hacia mí, me mira y dice:


Signora, il telefono è per Lei
.

A continuación se repite la escena del día anterior.

Voy al teléfono y la hermosa voz habla en un inglés muy estudiado, tal vez pensando que yo no lo había entendido el día anterior por el idioma.

—¿Puede usted encontrarse conmigo mañana a solas?

—Me parece que no —tartamudeo—. Creo que me voy a Nápoles.

—Oh —es todo lo que la hermosa voz es capaz de decir.

—Lo siento —digo y cuelgo el teléfono.

No vamos a Nápoles al día siguiente ni al otro, sino que volvemos a comer al mismo sitio y «Peter Sellers» siempre está allí. Nunca nos decimos ni una palabra frente a frente. Siempre llama por teléfono y yo siempre le digo que no puedo reunirme con él. Al quinto día —es viernes—, nuestro último día completo en Venecia, mis amigos y yo pasamos la mañana en el Florian, planificando el resto de nuestro viaje y bebiendo Prosecco y un chocolate a la taza amargo y espeso con Grand Marnier. En lugar de comer a mediodía, decidimos reservar nuestro apetito para una cena de despedida en el Harry's Bar. Al regresar a pie al hotel, pasamos por el Vino Vino y vemos allí a «Peter Sellers» con la nariz pegada a la ventana, como un niño perdido. Nos detenemos un momento en la
calle
y mi amiga Silvia dice: «¿Por qué no entras y hablas con él? Tiene una cara de lo más adorable. Nos vemos en el hotel».

Me siento junto a la cara dulce con la voz hermosa y bebemos vino. Hablamos muy poco: algo sobre la lluvia —me parece— y por qué no fui a comer aquel día. Me dice que es el gerente de una sucursal cercana de la Banca Commerciale Italiana, que se le hace tarde, porque tiene el único juego de llaves para volver a abrir la caja fuerte para las operaciones de la tarde. Observo que la cara dulce con la hermosa voz tiene unas manos preciosas, que le tiemblan mientras recoge sus cosas para marcharse. Quedamos en encontrarnos aquella tarde a las seis y media, en el mismo lugar. «
Proprio qui
. Aquí mismo», repite una y otra vez.

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