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Authors: Orson Scott Card

Tags: #Fantástico

Calle de Magia (30 page)

BOOK: Calle de Magia
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Y, sin embargo, ésos eran sus sueños. Podía verse a sí mismo en un enorme coliseo, con cientos de miles de personas, blancas y negras, gritando
y
cantando: «¡Danos la Palabra, danos la Palabra!»

Podía oír al presentador hablar por el sistema de altavoces, las palabras rebotando entrecortadas en todas las esquinas del enorme espacio:

—¡En el principio fue la Palabra! ¡Y la Palabra estaba con Dios! ¡Y la Palabra era Dios!

Aplausos ensordecedores. Vítores que barrían el escenario ola tras ola.

—¡Y aquí hoy, en nombre de la Palabra, está la propia Palabra, el reverendo Word Williams!
[
7
]

En el sueño, Word salía al escenario y veía todos los rostros, y en su sueño era capaz de ver a cada individuo, todos a la vez, comprender lo que querían, sentía su necesidad y sabía que podía concederles sus deseos, saciar su hambre, protegerlos de cuanto temían. Si de verdad creían en él, entonces todo era posible, porque con su fe unida a la de ellos, Dios no podía decirles que no.

Abría la boca para hablar...

Y el sueño acababa siempre ahí. Un súbito destello de estar en un coche siguiendo una carretera a lo largo de las paredes de un cañón, y entonces o bien se despertaba o se perdía en algún tonto sueño aleatorio que no podía recordar por la mañana.

Pero el sueño de aquel coliseo, de ese público... Word recordaba cada palabra. Sabía que era real. Lo anhelaba.

Se dispuso a convertirse en el reverendo Word Williams, y cuando renunció al colegio, el único camino que le quedó fue el del catecumenado.

Supo inmediatamente que el reverendo Theo era la opción adecuada. Sus prédicas no eran vacías: sentía el fuego. Más importante: realmente amaba a la gente y la gente lo sabía. Le preocupaba lo que les sucedía. Intentaba ayudarlos en lo referente a sus hijos. Incluso con sus problemas monetarios. A veces incluso rechazaba sus contribuciones por pequeñas que fueran.

—No puedes permitírtelo, hermana Rebecca.

—Oh, pero quiero hacerlo, reverendo Theo.

—Es el tributo de la viuda, hermana Rebecca, y el Señor sabe que lo has dado. Ahora quédatelo como bendición de Jesús a tu familia.

Pero a veces se quedaba con la contribución... y de gente que estaba peor situada que la hermana Rebecca. Cuando Word le preguntaba al respecto, decía:

—Es importante que se sienta parte de la Iglesia. La hermana Rebecca contribuye a menudo y recibe las bendiciones que proceden de ese sacrificio. Pero en el caso de la hermana Willa Mae es la primera vez, y rehusar su dádiva sería negarle un sitio en el Reino de Jesucristo.

Word decidió que el hombre era sabio. Sabio y bueno, y que debería ser como él.

Pero cuando llegaron a los sermones, Word se sintió aterrorizado, porque sabía que iba a fracasar. Los sermones del reverendo Theo eran musicales, rítmicos, apasionados. Por encima de todo, sin embargo, eran personales. Conocía a esa gente, llamaba a cada uno por su nombre desde el pulpito.

—¡No tengáis miedo como tiene miedo la hermana Ollie! ¡Sabéis que escucha un ruido por la noche y cree que es un ladrón que viene a robarle! ¡Oh, hermana Areena, te ríes, pero es porque cualquier ruido que tú oyes esperas que sea uno de tus hombres que vuelve para hacerte otra barriga! Sabes que te queremos, hermana Areena, pero tienes que dejar que Jesús te enseñe a decir no cuando un hombre quiere lo que no tiene derecho a tener. Lo sabes. ¡Y al menos tienes esperanza! Cualquier esperanza es mejor que vivir todo el tiempo en el temor. Puedes irte a dormir un sueño de esperanza, pero el temor te robará el sueño de la cama.

«Volviendo a la hermana Ollie. Te digo, os lo digo a todos, que si tienes miedo de los ladrones, entonces toma todo lo que merezca la pena robar en tu casa y plántalo en la puerta. ¿Me oís? ¡Si valoráis vuestras posesiones tanto que teméis que alguien os las robe, dádselas a Dios y dejad que él guíe a la persona adecuada hasta vuestra puerta! ¡La hermana Ollie no tiene nada que temer, nada! Cuando oye ese ruido por la noche, ¿no sabe que es el Señor? ¡Es el Señor Jesús que viene a ella! ¡Es el consuelo del Señor Jesús que viene a su corazón! ¡Pero no puede entrar porque ella tiene miedo, y el Señor no puede pasar ese cerrojo triple, ese candado, la bóveda del banco del miedo!

Y la hermana Ollie estaba allí llorando porque él conocía su corazón, y la hermana Areena también, y ya toda la congregación las conocía y las amaba de todas formas.

—¡Ya no tendré más miedo, reverendo Theo! —le gritaba la hermana Ollie—. ¡Dejaré a Jesús entrar en mi corazón!

—¡Todavía no he perdido la esperanza! —gritaba la hermana Areena. Y todo el mundo aplaudía y vitoreaba y reía y lloraba y...

¿Y cómo demonios iba Word a tocar sus corazones como lo hacía el reverendo Theo? Tendría suerte si no los dejaba dormidos al instante.

Así que Word ayudaba al reverendo Theo en su ministerio, visitando a gente, tomando notas en las reuniones, acompañándolo a pedir dinero a ministros de iglesias más ricas o a hombres de negocios negros. Word iba aquí y allá por Baldwin Hills, preguntándole a la gente que sabía que tenía dinero si podía ayudar a mantener una pequeña congregación en South Central. Sonreía y asentía cuando ellos, condescendientes, le decían:

—No sabía que ahora estabas con el Señor, Word. Me alegra ver que has encontrado a Jesús.

No lo he hecho, pensaba Word. Todavía no. Pero sí que encontré al diablo, y espero que Jesús no tarde mucho.

Era enérgico. Era delicado. El reverendo Theo contaba cada vez más con él. Y, uno por uno, Word empezó a hablar con los miembros de la Iglesia. Le apreciaban... aunque naturalmente todos le dijeron que aprendiera del reverendo Theo, porque era un auténtico hombre de Dios.

—Para eso estoy aquí—decía Word—, pero el Señor no actúa a través de mí como lo hace a través del reverendo Theo.

—El Señor actúa a través de todos —dijo el reverendo Theo—. Ellos, simplemente, no siempre lo saben.

Pero lo que Word más deseaba aprender no sucedió nunca. A pesar de su amor y su fe, Word no tenía el poder. La gente que estaba enferma le pedía que le impusiera las manos y él lo hacía, pero nadie mejoraba excepto a la manera corriente.

—Así es como funcionan las curaciones —le explicó el reverendo Theo—. Todo al debido tiempo del Señor.

Pero Word había visto otro tipo de curación. Un hombre gravemente herido agarraba la mano de un niño mágico y se levantaba de la cama y la escayola se le caía de la pierna rota y salía caminando con la ropa de antes... por sucia que estuviera; pero cuando el diablo obra milagros, ¿qué se puede esperar sino suciedad?

Ya era hora de predicar. De presentarse ante la congregación. Era la reunión nocturna, para la gente que trabajaba durante el día, así que era un grupo más pequeño. E incluía a un par de hombres, ambos solteros, que intentaban dejar atrás el tráfico de drogas y pecados aun más oscuros. Al principio asustaron un poco a Word, y ellos sabían que estaba asustado, y eso les divertía y ambos le habían dicho en distintas ocasiones, no me tengas miedo, la única persona a la que hago daño hoy en día es a mí mismo. Pero ¿qué podía decirles Word? Se había criado de manera privilegiada, rodeado de literatura y amor y de las comodidades de la vida.

Pero no de la fe. A pesar de todo lo que había tenido, Word nunca supo que la magia era posible en el mundo. Pero estos hombres sí que lo sabían. Contaban con ello.

El reverendo Theo lo presentó: les recordó que ése era su primer sermón y que debían ser tan amables con Word como la primera congregación del reverendo Theo lo había sido con él. Word agradeció lo que dijo, pero también lo lamentó un poco, porque esperaba que el reverendo Theo creyera que iba a hacer un buen trabajo. Pero ¿por qué iba a hacerlo? ¿Por qué debería nadie creer en él?

Word se agarró a los dos lados del pulpito y apretó las rodillas y miró a la gente que conocía bien y amaba y le preocupaba y le aterraba al mismo tiempo.

—¿Por qué os estoy hablando? —dijo—. ¿Qué tengo que deciros? Vosotros lo sabéis todo sobre el dolor y el sufrimiento. Yo no sé nada. Vosotros sabéis de sacrificio. Yo no sé nada.

Había empezado de forma cándida. Pero estaba alcanzando la cadencia de un predicador y sentía su música, y tuvo un fugaz pensamiento: ¿Esto es todo? ¿Es así de fácil?

Y en ese momento todo se secó.

—Hermanos y hermanas, ni siquiera sé lo que es la humildad. En este mismo momento estaba pensando: es más fácil de lo que creía. Pero no es fácil. Sólo es fácil si Jesús está en tu corazón, y yo no sé si ha estado alguna vez en mi corazón. ¡Sé que he visto al Señor en el corazón del reverendo Theo! Sé que he visto al Señor en tu corazón, hermano Eddie. ¡He visto a Jesús en tu rostro, hermana Antoinette! Así que os pido a todos los que conocéis bien al Señor que recéis por mí. Que Jesús entre en mi corazón, para que pueda saber lo que vosotros sabéis sobre el Señor.

Word guardó silencio. Había preparado un sermón pero no sabía cómo llegar hasta él desde donde estaba. ¿Por qué había empezado de aquella forma? ¿Por qué se había salido por la tangente?

La hermana Antoinette habló desde la congregación.

—Señor Jesús, oye la plegaria de tu siervo, el hermano Word, y hazle saber que ya estás en su corazón.

—Amén —dijo en voz alta el hermano Eddie—. ¡Amén a esa plegaria, Señor Jesús!

Y entonces, mientras un murmuro de amenes se extendía por toda la congregación, Word sintió algo sorprendente. Era como si alguien hubiera tendido una mano hacia su cuerpo, justo a través de su nuca y por su espina dorsal hasta su corazón. Se llenó de fuego. Los latidos de su corazón se convirtieron en un martilleo.

—¡Oh, Señor! —exclamó—. ¡Dame las palabras que necesitan oír!

Y las palabras vinieron.

Era como si Word estuviera escuchando a otra persona hablar a través de su boca. Sólo que, en vez de avisos y consejos de la Biblia, se oyó hacer promesas específicas.

—Hermana
Cookie
Simonds, el Señor te curará de tu problema femenino. Ve al médico y él te dirá que no es cáncer. Pero yo te digo que sí era cáncer y que el Señor se lo ha llevado. Hermano Eddie, vuelve a llamar a tu hijo. Esta noche, no importa si es tarde, vuelve a telefonearle y te prometo que esta vez el Señor ablandará su corazón y te escuchará, cada palabra que digas, y te perdonará y te dejará ser el padre que deberías haber sido siempre. Y hermana Missy, ve a casa con tu pequeña Shanice ahora mismo, levántate de tu silla, porque está a punto de atragantarse y tu hija está viendo la televisión y no la escucha. ¡Vete a casa y métele el dedo en la garganta al bebé y sálvale la vida!

Missy Dole se levantó de la silla como si hubiera tenido un resorte y corrió hacia la puerta, y todos se miraron con asombro, pero Word no había terminado todavía. La mano todavía sostenía su corazón, las ideas e imágenes seguían fluyendo en su cerebro. Ignoró la mano del reverendo Theo en su codo y siguió prometiendo y profetizando hasta que nombró a todas las personas de la congregación esa noche y a un par que ni siquiera estaban presentes aunque solían estarlo, y estaba a punto de terminar, porque sin duda no había más que decir, cuando Missy Dole entró con la bebé Shanice en brazos. Llorando, corrió hacia el estrado y colocó a la niña ante pulpito y exclamó:

—¡Este bebé pertenece a Jesús! ¡Se estaba ahogando y poniéndose azul cuando llegué, y le metí el dedo en la garganta como dijiste y con la uña saqué una uva, había una uva entera en su garganta quitándole el aire, y yo la rompí y la saqué con la uña y mi bebé respiró! ¡Habría vuelto a casa de la iglesia y habría encontrado a mi niña muerta!

Word supo que no había nada que decir después de eso. Así que abrió la boca y cantó. Un himno común y corriente, pero le puso nueva letra, mencionando a la bebé Shanice y a la hermana Missy y el poder curativo de Dios. Las palabras encajaron perfectamente con la música y Word vagamente advirtió que, mientras cantaba la nueva letra, también lo hacía la congregación. Se ponían de pie y cantaban, meciéndose de un lado a otro, muchos de ellos con las manos levantadas, y cantaban con él las mismas nuevas palabras, sin vacilación, como si el poder de Dios pusiera esas nuevas palabras en boca de todos a la vez.

Y entonces la canción terminó. La sala se llenó de llantos y risas y murmullos de amén, aleluya, alabado sea Dios.

Entonces Word sintió la mano del reverendo Theo en el hombro y se apartó del pulpito y se sentó y, aturdido, vio cómo el reverendo decía una corta oración y los enviaba a casa.

—Recordad los milagros que habéis visto esta noche —dijo—. El Señor ha respondido a muchas plegarias en esta santa casa.

Pasó una hora antes de que se marcharan todos. Word sentía como si el brazo estuviera a punto de caérsele del hombro, tantas veces le estrecharon la mano, felicitándolo por un hermoso sermón, dándole las gracias por sus promesas. Algunos de ellos lo miraban con fe perfecta. Otros tenían algunas dudas. Pero todos tenían un aire de asombro. Sabían que habían visto algo espectacular y que había venido de Dios por medio de Word Williams.

Cuando todos se marcharon y el reverendo Theo estaba echando la llave a la puerta, empezó a hablar suavemente con Word.

—No cuentes con que vaya a ser así cada vez —dijo.

—Reverendo Theo, no puedo creer que haya sucedido
esta vez.

—Soy un hombre perverso —dijo el reverendo—. Dudé del poder de Dios. Me concedía todas las oraciones que le pedía, pero dudaba. Toqué tu brazo para intentar que te sentaras. Iba a decirte, Word, muchacho, no puedes prometerles estas cosas. Les romperá el corazón cuando no se cumplan. Pero entonces Missy Dole volvió y... Júrame en el sagrado nombre de Jesús que esto procede de Dios.

—Reverendo Theo, no lo sé, pero si salvó la vida de Shanice, ¿de quién si no podría venir sino de Dios? El mundo está lleno de mal, pero me han dado el poder para combatirlo. Sólo un poquito, pero poder igualmente. Poder para el bien. Para combatir el poder del mal.

—Pero podría ser sólo esta vez. Como bendición especial esta noche. ¿Me comprendes? No pierdas la fe si no vuelve a suceder.

Word tan sólo sacudió la cabeza y sonrió.

—Reverendo Theo, ¿no lo comprende? Podría abrir la boca ahora mismo y sucedería de nuevo. —Tendió la mano y agarró al reverendo por el hombro—. Le prometo ahora mismo que el Señor ha oído su oración y se llevará la perversión de su corazón y devolverá su deseo hacia su esposa y el deseo de su esposa hacia usted.

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