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Authors: Elizabeth Kostova

Tags: #Histórico, Romántico

El rapto del cisne

BOOK: El rapto del cisne
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Cuando Robert Oliver, un renombrado pintor, intenta destruir un cuadro exhibido en la Galería Nacional de Arte, la única explicación que ofrece de su brutal acto, antes de caer en un silencio insondable, es tan enigmática como incompleta: “Lo hice por ella”.

¿Pero quién es ella? El psiquiatra Andrew Marlow, convencido de que es capaz de hacer hablar hasta a una piedra, no consigue sacarle nada a su misterioso paciente. Impulsado por una curiosidad profesional que poco a poco va convirtiéndose en una irresistible obsesión, Marlow se embarca en una incesante búsqueda de respuestas que lo lleva a investigar a las mujeres de la vida de Oliver y a internarse en los perturbados paisajes de la mente del pintor.

Hasta que el encuentro de unas cartas de amor de más de un siglo de antigüedad le hace descubrir una historia oculta de dramáticas traiciones y pasiones secretas que había tenido lugar en la Francia de finales del siglo XIX, una tragedia en el núcleo del impresionismo francés que tal vez contenga la clave del misterio de Oliver.

Elizabeth Kostova

El rapto del cisne

ePUB v1.3

Noonesun
03.11.11

Agradecimientos (por orden de aparación) a Piolín.39, Mística

Título original:
The Swan Thieves

Elizabeth Kostova, 2009.

Traductor: Marta Torent López de Lamadrid

Diseño/retoque portada:

Editor original: Noonesun (v1.0)

ePub base v2.0

Para mi madre,

la bonne mère.

Os costaría creer lo difícil que es colocar

una figura sola en un lienzo,

concentrar toda la atención

en esta única y universal figura,

y seguirla manteniendo viva y real.

ÉDOUARD M
ANET, 1880.

En las afueras de la aldea los restos de un fuego apagado ennegrecen la nieve medio derretida. Junto a ellos hay un cesto que, tras meses a la intemperie, ha adquirido el color de la ceniza. Hay bancos para que los ancianos puedan calentarse las manos, pero ahora hace frío incluso para eso, el anochecer está al caer y todo es demasiado lúgubre. Esto no es París. El aire huele a humo y a cielo nocturno; un ámbar desesperado desciende para ocultarse tras el bosque, casi una puesta de sol. La oscuridad se extiende tan deprisa que alguien ya ha encendido un farol en la ventana de la casa más próxima a la fogata abandonada. Es enero o febrero, o quizás un marzo riguroso de 1895 (el año quedará anotado con toscos números negros en las sombras de una esquina). Los tejados de la aldea son de pizarra, manchados por la nieve que se derrite y resbala a montones. Algunos de los caminos están flanqueados por tapias, otros llevan al campo y a los huertos fangosos. Las puertas de las casas están cerradas, el olor a comida asciende por las chimeneas.

Únicamente una persona se mueve en toda esta desolación: una mujer con ropa de viaje gruesa que camina por un sendero en dirección al último grupo de viviendas. Alguien ha encendido allí un farol, también, y se inclina sobre la llama, una silueta humana aunque borrosa tras la distante ventana. La mujer del camino avanza con dignidad y no lleva el mandil andrajoso ni los zuecos de madera habituales en la aldea. Su capa y su larga falda contrastan con la nieve violeta. Su capucha está ribeteada de piel y lo oculta todo menos la curva blanca de su mejilla. En la orilla de su vestido hay un galón con motivos geométricos de color azul claro. Se aleja andando con un fardo en sus brazos, algo firmemente envuelto, como para protegerlo del frío. Los árboles sostienen sus ramas ateridas hacia el cielo, enmarcando el camino. Alguien se ha dejado una tela roja en el banco que hay frente a la casa situada al final del sendero; un chal, tal vez, o un pequeño mantel, el único punto de color vivo. La mujer protege su fardo con los brazos, con sus manos enguantadas, y deja el centro de la aldea a sus espaldas lo más deprisa que puede. Sus botas golpetean contra un trozo de hielo del camino. Su aliento surge pálido en contraste con la creciente oscuridad. Avanza encogida, encorvada, recelosa, con prisas. ¿Abandona la aldea o se dirige presurosa a una de las casas del fondo?

Ni siquiera la persona que la observa conoce la respuesta, ni le importa. Ha estado trabajando en el lienzo prácticamente toda la tarde, pintando las tapias que flanquean los caminos, y los árboles desnudos, bosquejando el sendero, a la espera de los diez minutos de atardecer invernal. La mujer es una intrusa, pero él la incluye en el cuadro también, rápidamente, fijándose en los detalles de su atuendo, aprovechando la luz mortecina para pincelar el contorno de su capucha, el modo en que ella se dobla para mantener el calor u ocultar su fardo. Sea quien sea la mujer, es una sorpresa maravillosa. El toque que faltaba, el movimiento que necesitaba para llenar ese tramo central de camino nevado con hoyos de fango. Hace ya tiempo que él se ha recluido, ahora trabaja únicamente tras su ventana (es un anciano y le duelen las extremidades si pinta al aire libre con frío durante poco más de un cuarto de hora), de modo que sólo puede imaginarse la respiración agitada de la mujer, sus pisadas en el camino, el crujido de la nieve bajo el afilado tacón de sus botas. Está envejeciendo, está enfermo, pero durante un instante desea que ella se vuelva y lo mire de frente. Se imagina su pelo moreno y suave, sus labios escarlata, sus ojos grandes y desconfiados.

Pero ella no se vuelve, y él descubre que se alegra. La necesita tal como está, necesita que se aleje por el túnel nevado de su lienzo, necesita el contorno recto de su espalda y su pesada falda de elegante galón, su brazo acunando el objeto envuelto. Es una mujer de carne y hueso y tiene prisa, pero ahora ha sido también plasmada para siempre. Ha quedado inmovilizada en su prisa. Es una mujer de carne y hueso, y ahora es un cuadro.

1

Marlow

Recibí la llamada acerca de Robert Oliver en abril de 1999, menos de una semana después de que éste hubiera blandido un cuchillo en la sala que contenía la colección del siglo XIX de la Galería Nacional de Arte. Era martes, una de esas mañanas con un tiempo espantoso que se dan a veces en la zona de Washington en mitad de una primavera florida e incluso calurosa; una mañana de granizo destructivo y cielos encapotados, de truenos que retumbaban en el aire repentinamente gélido. También se cumplía, por casualidad, una semana exacta después de la matanza del instituto de Columbine, en Littleton (Colorado). Yo seguía obsesionado con este suceso, como me imagino que habría hecho cualquier psiquiatra del país. Mi consulta se me antojaba repleta de adolescentes que escondían escopetas recortadas y un diabólico resentimiento. ¿Cómo habíamos podido fallarles a ellos y, sobre todo, a sus víctimas inocentes? Aquella mañana tenía la sensación de que el riguroso clima y la melancolía del país se mezclaban.

Cuando sonó mi teléfono, la voz que oí al otro extremo de la línea era la de un amigo y colega, el doctor John Garcia. John es una persona magnífica (y un magnífico psiquiatra) con el que fui a la escuela tiempo atrás y que de vez en cuando me lleva a comer a un restaurante de su elección, donde casi nunca me deja pagar. Tramita admisiones en urgencias y atiende a los pacientes ingresados en uno de los hospitales más grandes de Washington y, al igual que yo, también tiene una consulta privada.

John me estaba contando que quería pasarme a un paciente, ponerlo a mi cuidado, y percibí la impaciencia en su voz:

—Este tipo podría ser un caso difícil. No sé qué te parecerá, pero preferiría que estuviera a tu cuidado en Goldengrove. Por lo visto es un artista de éxito. La semana pasada lo detuvieron y luego nos lo trajeron. No habla mucho y por aquí no le caemos muy bien. Se llama Robert Oliver.

—He oído hablar de él, pero la verdad es que no conozco su obra —confesé—.

—Pinta paisajes y retratos; creo que salió en la portada de la revista ARTnews hará un par de años.

—¿Qué hizo para que lo detuvieran? —Me volví hacia la ventana y me quedé contemplando el granizo que, como gravilla blanca de la más cara, caía sobre el césped del jardín cerrado de la parte de atrás y sobre una magnolia maltrecha. La hierba ya estaba muy verde y durante un segundo lo cubrió todo un sol tenue, al que siguió una fuerte granizada.

—Intentó atacar un cuadro de la Galería Nacional. Con un cuchillo.

—¿Un cuadro? ¿No a una persona?

—Bueno, por lo visto en ese momento no había nadie más en la sala, pero apareció un vigilante y lo vio abalanzarse sobre un cuadro.

—¿Opuso resistencia? —Observé el granizo sembrado sobre la incipente hierba.

—Sí. Al final tiró el cuchillo al suelo, pero entonces agarró al vigilante y lo zarandeó con enorme violencia. Es un hombre corpulento. De pronto se detuvo y, por alguna razón, dejó que lo sacaran de allí, sin más. El museo está intentando decidir si presenta o no cargos por agresión. Creo que lo dejarán correr, pero el tipo se la jugó.

Volví a contemplar el jardín de atrás.

—Los cuadros de la Galería Nacional son de propiedad federal, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué clase de cuchillo era?

—Una simple navaja. Nada del otro mundo, pero podría haber hecho mucho daño. Estaba muy excitado, creía cumplir una misión heroica, y luego en comisaría se derrumbó, dijo que llevaba días sin dormir, incluso lloró un poco. Lo trajeron a urgencias psiquiátricas y lo ingresé.

Podía oír a John esperando mi respuesta.

—¿Cuántos años tiene el tipo éste?

—Es joven, bueno, tiene 43 años, pero ahora mismo me parece que eso es ser joven, ¿sabes?

Lo sabía, y me reí. A ambos nos había impresionado cumplir los cincuenta tan sólo dos años antes, y lo disimulamos celebrándolo con varios amigos que estaban en nuestra misma situación.

—También llevaba encima un par de cosas más: un bloc de dibujo y un fajo de cartas antiguas. No ha querido dejar que nadie las toque.

—¿Y qué quieres que haga por él? —Me sorprendí a mí mismo apoyado en la mesa de despacho para descansar; la larga mañana tocaba a su fin, y yo tenía hambre.

—Que te lo quedes, nada más —dijo John.

Pero en nuestra profesión la cautela es un hábito muy arraigado.

—¿Por qué? ¿Intentas darme quebraderos de cabeza?

—¡Venga, vamos! —Podía oír a John sonriendo—. Nunca te he visto rechazar a un paciente, doctor Dedicación, y éste seguro que merecerá la pena.

—¿Me lo pasas porque pinto?

John titubeó sólo un momento.

—Francamente, sí. No pretendo entender a los artistas, pero creo que con este tipo conectarás. Ya te he dicho que no habla mucho, y cuando digo que no habla mucho me refiero a que quizá le habré sacado tres frases. Creo que, a pesar de los medicamentos que hemos empezado a administrarle, está entrando en depresión. Además, manifiesta ira y tiene períodos de agitación. Me preocupa.

Contemplé el árbol, el césped verde esmeralda, el granizo esparcido por encima que empezaba a derretirse, otra vez el árbol. Quedaba algo a la izquierda de la ventana, y la oscuridad del día prestaba a sus brotes malva y blanco una luminosidad que no tenían cuando brillaba el sol.

—¿Qué le estáis dando?

John enumeró la lista: un estabilizador anímico, un ansiolítico y un antidepresivo, todos ellos en dosis considerables. Cogí un boli y un bloc de mi mesa.

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