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Authors: Jonathan Littell

Tags: #Histórico

Las benévolas

BOOK: Las benévolas
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Maximilien Aue es Doctor en derecho, casado, con hijos discreto y calmado. Desde un lugar tranquilo de Francia y después de 30 años, se decide a contar su pasado. No porque sienta necesidad alguna de justificación, simplemente quiere contar la historia tal y como él la vivió. Porque Maximilien era oficial de las SS. Jonathan Littlel nos hace revivir los horrores de la Segunda Gerra Mundial desde el lado de los verdugos, al mismo tiempo da cuenta de una vida como pocas veces se ha hecho: Las benévolas es la epopeya de un ser arrastrado por su propio recorrido y por la Historia.

Jonathan Littell

Las Benévolas

ePUB v1.1

OhCaN
22.12.11

Título original: Les Bienveillantes

© 2006, Jonathan Littell

© de la traducción: 2007, María Teresa Gallego Urrutia

© de esta edición: 2007, RBA Libros, S.A.

Santa Perpetua, 12 08012 Barcelona

[email protected] / www.rbalibros.com

Primera edición: octubre Z007

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Ref.: OAFIZ40

ISBN: 978-84-8966Z-5Z-0

Depósito legal: B-44.103-Z007

Composición: David Anglés

Impreso por Cayfosa-Quebecor (Barcelona)

Para los muertos

TOCATA

Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros; ya veréis como no es algo ajeno a vosotros. No creáis que estoy intentando convenceros de nada; bien pensado, allá vosotros con vuestras opiniones. Si he resuelto escribir, después de tantos años, es para poner las cosas en su sitio, y no para vosotros. Nos pasamos tiempo y tiempo en este mundo arrastrándonos como orugas, a la espera de la mariposa espléndida y diáfana que llevamos dentro. Y, luego, el tiempo pasa, la ninfosis no llega, seguimos siendo larvas: comprobación desalentadora; ¿cómo manejarla? Por supuesto que siempre queda la opción del suicidio. Pero, a decir verdad, el suicido no me tienta gran cosa. Es evidente que he pensado mucho en él; y si no me quedase más remedio que recurrir a ello, así es como lo haría: me colocaría una granada pegada al corazón y me iría en una rápida explosión de gozo. Una granada pequeña y redonda a la que quitaría el pasador primorosamente antes de soltar la cuchara, sonriéndole al ruidito metálico del resorte, el último que iba a oír aparte del latido del corazón en los oídos. Y, luego, la dicha por fin, y las paredes de mi despacho adornadas con piltrafas. Que las quiten las mujeres de la limpieza, para eso les pagan, lo siento por ellas. Pero, como he dicho ya, el suicidio no me tienta. No sé a qué se debe, por lo demás; un antiguo resabio de ética filosófica quizá, que me mueve a decir que, bien pensado, no estamos en la tierra para andar jugando. ¿Para qué entonces? No tengo ni idea; para durar, seguramente, para matar el tiempo antes de que nos mate. Y, en tal caso, como forma de emplear los ratos perdidos, escribir es una ocupación tan buena como otra cualquiera. Y no es que tenga yo muchos ratos que perder, soy hombre ocupado; tengo eso que llaman una familia, un trabajo, responsabilidades; así que todo eso lleva tiempo y no deja mucho para contar recuerdos. Tanto más que lo que se dice tener recuerdos, los tengo, e incluso en cantidad considerable. Soy una auténtica fábrica de recuerdos. Creo que me he pasado la vida manufacturándome recuerdos, aunque ahora más bien me pagan por manufacturar encajes. En realidad, también podría no ha ber escrito. Bien pensado, no es una obligación. Desde que se acabó la guerra, he sido un hombre discreto; gracias a Dios, nunca he necesitado, como mis ex colegas, escribir mis memorias para justificarme, porque no tengo nada que justificar; ni tampoco tengo intenciones lucrativas, porque me gano la vida bastante bien con lo que hago. Una vez, estaba en Alemania en viaje de negocios, charlando con el director de una casa importante de ropa interior a quien quería venderle encajes. Venía recomendado por amigos de antes; así que, sin preguntarnos nada, los dos sabíamos a qué atenernos. Después de la conversación, que, por lo demás, transcurrió de forma muy positiva, se levantó para sacar un libro de sus estanterías y me lo regaló. Se trataba de las memorias póstumas de Hans Frank, el gobernador general de Polonia; se llamaba
Ante el cadalso.
«Me escribió su viuda -me explicó mi interlocutor-. Ha publicado a costa suya el manuscrito que su marido redactó después del juicio y vende el libro para atender a las necesidades de sus hijos. ¿Se da cuenta? ¿Tener que llegar a eso? La viuda del gobernador general. Le encargué veinte ejemplares, para regalarlos. También les indiqué a todos mis jefes de departamento que comprasen uno. La viuda mandó una carta de agradecimiento enternecedora. ¿Usted lo conoció?» Le aseguré que no, pero que leería el libro con el mayor interés. En realidad sí que coincidí una vez, muy brevemente con él; a lo mejor os lo cuento más adelante, si tengo ánimo o paciencia. Pero ahora, no vendría a cuento hablar de esto. Por lo demás, el libro era malísimo, lioso, quejica, envuelto en una curiosa hipocresía religiosa. Es posible que estas notas mías sean también liosas y malas, pero haré cuanto pueda por ser siempre claro: puedo aseguraros que, por lo menos, no habrá en ellas ni pizca de contrición. No estoy arrepentido de nada; hice el trabajo que tenía que hacer, y ya está; en cuanto a mis asuntos familiares, que a lo mejor cuento también, sólo me importan a mí y, en lo referido a lo demás, hacia el final, es muy posible que me haya excedido, pero es que estaba ya un tanto fuera de mis casillas, flaqueaba y, encima, a mi alrededor el mundo entero se venía abajo; admitid que no fui el único que perdió la cabeza. Además yo no escribo para mantener a mi viuda y a mis hijos; soy totalmente capaz de atender a sus necesidades. No; si me he decidido por fin a escribir no cabe duda de que es para pasar el rato y también, es posible, para aclarar uno o dos puntos confusos, para vosotros, quizá, y para mí mismo. Creo además que me vendrá bien. Cierto es que soy de humor tirando a cetrino. Debe de ser por el estreñimiento. Problema lamentable y doloroso, y reciente, por lo demás; antes me ocurría más bien lo contrario. Durante mucho tiempo, tuve que pasarme la vida en el retrete, tres y cuatro veces al día; ahora, ir una vez por semana me parecería maravilloso. No me queda más remedio que andarme con irrigaciones, sistema de lo más desagradable, pero eficaz. Disculpadme si os hablo de detalles tan escabrosos: uno tiene derecho a quejarse de vez en cuando. Y, además, si os resulta molesto casi mejor que no paséis de aquí. No soy Hans Frank y no me ando con remilgos. Quiero ser muy concreto, dentro de lo que esté en mi mano. Pese a mis fallos, que han sido muchos, no he dejado de ser de esos que opinan que las únicas cosas indispensables para la existencia humana son respirar, comer, beber, defecar y buscar la verdad. El resto es facultativo. Hace algún tiempo, mi mujer trajo a casa un gato negro, pensando sin duda que me iba a complacer. Por supuesto que no me había pedido opinión. Debía de sospechar que me habría negado en redondo; era más seguro el hecho consumado. Y, con el gato ya instalado en casa, no había vuelta atrás, los nietos llorarían, etcétera. Y eso que el gato era de lo más desagradable. Cuando intentaba acariciarlo, para darle muestras de buena voluntad, se largaba y se sentaba en el alféizar de la ventana, mirándome de hito en hito con los ojos amarillos; si pretendía cogerlo en brazos, me arañaba; en cambio, de noche se me hacía un ovillo encima del pecho, un bulto asfixiante, y, en mis sueños, me parecía que me estaban ahogando bajo un montón de piedras. Con los recuerdos me sucedió algo por el estilo. La primera vez que decidí ponerlos porescrito, pedí un permiso. Seguramente fue una equivocación. Y, sin embargo, el asunto estaba bien encarrilado: había comprado y leído una cantidad considerable de libros sobre el tema para refrescarme la memoria; me había hecho cuadros organizativos y elaborado cronologías detalladas; y así con todo. Pero, al estar de permiso, de repente tuve tiempo y me puse a pensar. Además era otoño, una asquerosa lluvia gris estaba dejando pelados los árboles; me hundí poco a poco en la angustia. Me di cuenta de que pensar no es bueno.

Debería haberlo sospechado. Mis colegas me tienen por hombre tranquilo, ponderado, que piensa las cosas. Tranquilo, desde luego; pero, durante el día, muchas veces, la cabeza me retumba con un ruido sordo, como un horno crematorio. Hablo, debato, tomo decisiones, como todo el mundo; pero en la barra del bar, ante mi copa de coñac, me imagino que un hombre entra con una escopeta de caza y abre fuego; en el cine o en el teatro, pienso en una granada con el pasador quitado que va rodando bajo las filas de butacas; en la plaza, un día de fiesta, veo cómo estalla un vehículo atiborrado de explosivos, la algazara de la tarde convertida en carnicería, la sangre que corre entre los adoquines, los grumos de carne pegados a las paredes o entrando de golpe por la ventana para caer en los platos de la cena del domingo; oigo los gritos, los gemidos de las personas con los miembros arrancados, como las patas que le arranca a un insecto un niño curioso; el alelamiento de los supervivientes, un silencio raro, como pegado a los tímpanos, el comienzo de un miedo largo. ¿Tranquilo? Sí, sigo tranquilo pase lo que pase, no dejo que se me note nada, me quedo tranquilo, impasible, como las fachadas de muchas de las ciudades devastadas; como los viejecitos en los bancos de los parques, con sus bastones y sus medallas; como los rostros a flor de agua de los ahogados a quienes nunca se encuentra. Sería totalmente incapaz de salir de esa tranquilidad terrible, aunque lo quisiera. No soy de los que montan un número a la primera de cambio; sé comportarme. Pero también me pesa. Lo peor no tiene por qué ser las imágenes que acabo de describir; hace mucho que me obsesionan fantasías de ésas, desde la infancia seguramente; en cualquier caso, desde mucho antes de que yo también me encontrase en pleno matadero. En ese sentido, la guerra no fue sino una confirmación y me acostumbré a esos nimios guiones, me los tomo como un comentario pertinente a la vanidad de las cosas. No; lo que resultó penoso, agobiante, fue dedicarme sólo a pensar. Consideradlo: ¿en qué pensáis en el transcurso de un día? En muy pocas cosas, de hecho. Sería facilísimo clasificar de forma razonada vuestros pensamientos habituales: pensamientos prácticos, o automáticos, planificación de gestos y de tiempo (por ejemplo: poner a hervir el agua del café antes de lavarse los dientes, pero meter las tostadas en el tostador después, porque tardan menos en hacerse); preocupaciones del trabajo; incertidumbres financieras; problemas domésticos; ensueños sexuales. Os ahorraré los detalles. Durante la cena, le miras la cara a tu mujer, que va envejeciendo, mucho menos sugestiva que la de tu amante, pero con mucho más estilo en todos los aspectos; qué le vamos a hacer, es la vida; así que habláis de la última crisis ministerial. En realidad, os importa un carajo la última crisis ministerial, pero de algo hay que hablar. Si dejáis de lado ese tipo de pensamientos, estaréis de acuerdo conmigo en que ya no queda mucho que digamos. Por supuesto que hay momentos diferentes. De forma inesperada, entre dos anuncios de detergente, un tango de antes de la guerra,
La Violeta
pongo por caso; y hete aquí que resucitan el chapoteo nocturno del río, los farolillos del merendero, el leve olor a sudor en la piel de una mujer jubilosa; a la entrada de un parque, el rostro sonriente de un niño nos devuelve el de nuestro hijo un segundo antes de que eche a andar; por la calle, un rayo de sol atraviesa las nubes e ilumina las hojas anchas, el tronco blanquecino de un plátano y, de pronto, nos acordamos de nuestra infancia, del patio de recreo del colegio donde jugábamos a la guerra, vociferando de pavor y de dicha. Acabamos de tener un pensamiento humano. Pero ocurre muy de tarde en tarde.

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