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Authors: Jack London

El hijo del lobo (2 page)

BOOK: El hijo del lobo
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Porque deberás voltear el rostro hacia donde el sol de primavera está deseoso de hundirse en la tierra, y viajar a las tierras de caza de este gran jefe. Allí tú deberás hacer grandes presentes, y Thling-Tinneh, que es mi hijo, será como un padre para ti. En su tienda hay una mujer soltera en la cual yo he soplado el aliento de la vida para ti. A esta mujer habrás de tomar por esposa".

—¡Oh, jefe, así habló el gran Cuervo; por ello, yo deposito muchos presentes a tus pies; y por ello vengo a tomar tu hija!

El hombre viejo atrajo las pieles en torno a él con cruda conciencia de su realeza, pero se demoró en responder mientras un hombre más joven entraba en silencio, entregaba un rápido mensaje de comparecer ante el Consejo, y se fue.

—¡Oh, Hombre Blanco a quien hemos nombrado Matador del Alce, también conocido como el Lobo, y el Hijo del Lobo! Sabemos que vienes de una raza poderosa; estamos orgullosos de tenerte como huésped de nuestro
potlach
; pero el rey salmón no se empareja con el perro-salmón, ni el Cuervo con el Lobo.

—¡No es así! —gritó Mackenzie—. He encontrado a hijas del Cuervo en tierras del Lobo: la mujer india de Mortimer, la de Tregido, la de Barnaby, que vino dos deshielos atrás, y he oído de otras aunque mis ojos no las advirtieron.

—Hijo, tus palabras son verdaderas, pero esos eran malos apareamientos, como el del agua con la arena, como el de los copos de nieve con el sol. ¿Encontraste a Mason y a su mujer india? ¿No? Él vino hace diez deshielos, el primero de los Lobos. Y con él había un hombre poderoso, alto y erguido como un retoño de álamo; fuerte como el oso de cara pelada; con un corazón como la luna llena de verano, y...

—¡Oh! —interrumpió Mackenzie, reconociendo al bien conocido personaje de las tierras del Norte—: ¡Malamute Kid!

—El mismo: un hombre poderoso. ¿Pero tú viste acaso a la mujer india? Ella era hermana carnal de Zarinska.

—No, jefe, pero he oído: Mason, y lejos, muy lejos hacia el Norte, un árbol pícea, pesado por los años, aplastó su vida bajo su tronco. Pero su amor era grande, y tenía mucho oro. Con esto, y con su pequeño, ella viajó incontables noches hacia el sol del mediodía de invierno, y allí vive ella todavía: no más helada mordiente, no nieve, no el sol de la medianoche de verano, no la noche en el mediodía de invierno...

Un segundo mensajero interrumpió con imperiosos llamamientos del Consejo. Mackenzie captó en una rápida mirada las formas oscilantes frente a la hoguera del Consejo, oyó las profundas voces debajo de los hombros en rítmicos cantos, y supo que el chamán estaba avivando el enojo de su gente. El tiempo presionaba. Se volvió hacia el jefe.

—¡Oye! Yo quiero a tu pequeña. ¡Y mira! Aquí hay tabaco, té, muchas tazas de azúcar, mantas calientes, pañuelos, todos grandes y buenos; y aquí, un rifle alineado, con muchas balas y mucho poder.

—No —replicó el hombre viejo, luchando contra la considerable riqueza esparcida delante de él—. Aun así, ahora mi pueblo está reunido. Mi pueblo no querrá este matrimonio.

—Pero tú eres el jefe.

—Sin embargo, mis hombres jóvenes se enfurecen porque los Lobos han tomado a las muchachas solteras, y ellos no pueden casarse.

—¡Escúchame, oh Thling-Tinneh! Antes de que la noche haya dado paso al día, el Lobo hará que sus perros miren hacia las Montañas del Este, y se pondrá en camino a la región del Yukón. Y Zarinska abrirá el camino a sus perros.

—Y antes de que la noche haya alcanzado la mitad de su curso, pueden mis jóvenes arrojar a los perros la carne del Lobo, y sus huesos ser esparcidos en la nieve hasta que la primavera los desnude.

Era la amenaza, y la contra-amenaza. La bronceada tez de Mackenzie se oscureció. Alzó su voz. La vieja india, quien hasta ahora había permanecido sentada como espectadora impasible, hizo el ademán de deslizarse lentamente a su lado hacia la puerta. La canción de los hombres se interrumpió repentinamente, y hubo una algarabía de muchas voces cuando él empujó con rudeza a la vieja mujer, haciéndola girar hacia su lecho de pieles.

—¡De nuevo les grito: escuchen! ¡Oh, Thling-Tinneh! El Lobo muere con los dientes firmemente cerrados, pero con él se dormirán diez de tus hombres más fuertes, hombres que son necesarios, pues la caza no ha hecho sino comenzar y la pesca no estará lejana por muchas lunas. Y, de nuevo: ¿en beneficio de qué yo debería morir? Yo conozco las costumbres de tu pueblo; tu parte de mi riqueza será muy pequeña. Concédeme a tu niña, y esa riqueza será toda tuya. Y más aún, mis hermanos vendrán, y ellos son muchos, y sus fauces nunca están satisfechas; y las hijas del Cuervo criarán niños en las tiendas del Lobo. Mi pueblo es más grande que tu pueblo. Es el destino. Concédemela, y toda esta riqueza será tuya.

Los mocasines hacían crujir la nieve. Mackenzie tumbó su rifle para amartillarlo, y dejó los Colts gemelos en su cinto.

—¡Concédemela, oh jefe!

—Y todavía mi pueblo dirá que no.

—Concédela, y la riqueza es tuya. Entonces yo negociaré después con tu pueblo.

—El Lobo tendrá una respuesta. Yo tomaré estos presentes, pero quería advertirle.

Mackenzie pasó sobre las mercancías, cuidando trabar el gatillo del rifle y coronando el trato con un caleidoscópico pañuelo de seda para la cabeza. El chamán y media docena de jóvenes guerreros entraron, pero él salió de la tienda pasando entre ellos y empujándolos descaradamente con los hombros.

—¡Empaca! —fue su lacónico saludo a Zarinska mientras pasaba frente a su tienda apurándose por amarrar los perros a los arneses. Pocos minutos más tarde se encaminaba con paso majestuoso y a la cabeza de su equipo hasta el Consejo indio, la mujer a su lado. Tomó su lugar en el extremo superior de la figura oblonga, al lado del jefe. Ubicó a Zarinska a su izquierda, un paso más atrás: el sitio apropiado. Además, las cosas estaban maduras para cualquier maldad, y había necesidad de guardar sus espaldas.

A ambos lados los hombres se acuclillaban junto al fuego, elevando sus voces en un canto folklórico del ayer olvidado. Pleno de cadencias interrumpidas y extrañas, el canto no era hermoso. La palabra "horrible" lo describiría inadecuadamente. En el extremo inferior danzaba una decena de mujeres bajo la mirada del chamán, con severos reproches hacia todos aquellos que no se abandonaran por completo al éxtasis del ritual. Escondidas a medias en sus pesadas masas de pelo negro, despeinado y cayéndoles hasta las cinturas, las mujeres se mecían lentamente hacia adelante y hacia atrás, sus formas ondeando en un ritmo siempre cambiante.

Era una escena misteriosa, un anacronismo. En el Sur, el siglo diecinueve estaba devanando los pocos años que restaban para su última década; aquí florecía el hombre primitivo, una sombra trasplantada de los habitantes de las cavernas prehistóricas, un fragmento olvidado del Mundo Antiguo. Los perros-lobo de color leonado estaban sentados entre sus amos de pieles decoradas o luchaban por un espacio, la luz de la hoguera arrojada hacia atrás desde las pupilas rojas y los colmillos goteantes. La arboleda, envuelta en un sudario fantasmal, dormía despreocupada. El Silencio Blanco, concentrado por el momento en el bosque escarchado, semejaba un constante crujido interior; las estrellas bailaban a grandes saltos, como es su costumbre en la época de la Gran Helada, mientras los Espíritus del Polo arrastraban sus togas gloriosas a través de los cielos.

"Cogote" Mackenzie captó vagamente la grandeza salvaje del escenario, cuando sus ojos recorrieron ambos lados orlados con pieles, en busca de rostros desaparecidos. Durante un momento los ojos descansaron en un recién nacido, sorbiendo del pecho desnudo de su madre. Hacía más de diez grados bajo cero: pensó en las tiernas mujeres de su propia raza y sonrió con una mueca torva. Sin embargo, era de las entrañas de una de esas tiernas mujeres que él había surgido con una herencia de reinado, una herencia que le dio a él y a los suyos el dominio sobre la tierra y el mar, sobre los animales y los pueblos de todas las regiones. Solo y sin ayuda contra cien rivales, ceñido por el invierno del Ártico, alejado de los suyos, sintió el impulso de su herencia, el deseo de posesión, el salvaje amor al peligro, el estremecimiento de la batalla, el poder para conquistar o morir.

Los cantos y danzas cesaron y el chamán se encendió en ruda elocuencia. A través de las sinuosidades de su vasta mitología, trabajó astutamente sobre la credulidad de su pueblo. El pleito era duro. Oponiéndole los principios creativos personificados en el Cuervo, estigmatizó a Mackenzie como el Lobo, el principio de pelea y destrucción. No se trataba solo del combate de estas fuerzas espirituales, sino que los hombres luchaban, cada uno por su tótem. Ellos eran los hijos del Cuervo, el portador del fuego de Prometeo; Mackenzie era el hijo del Lobo, o —en otras palabras— el Diablo. Para ellos, otorgar una tregua en esta guerra perpetua, casar a sus hijas con el archienemigo, era traición y blasfemia del máximo rango. Ninguna frase era demasiado severa, ninguna representación demasiado vil, para marcar a fuego a Mackenzie como un intruso que recurre a métodos furtivos y un emisario de Satán. Había un rugido salvaje y contenido en los pechos de sus oyentes en tanto él retomaba el ritmo de su perorata.

—¡Sí, mis hermanos, el Cuervo es todo poder! ¿No trajo él el fuego nacido del Cielo para que pudiéramos calentarnos? ¿No arrancó de sus agujeros al Sol, la Luna y las estrellas, para que pudiéramos verlos? ¿No nos enseñó que deberíamos combatir a los Espíritus del Hambre y la Helada? Pero ahora el Cuervo está enojado con sus hijos, y estos son solo un puñado, y él no los ayudará. Porque se han olvidado de él, y han hecho cosas malvadas, y pisado rutas equivocadas y llevado a sus enemigos a sus tiendas para sentarse en torno a sus fuegos. Y el Cuervo está lleno de tristeza por la perversidad de sus hijos; pero cuando ellos se alcen de nuevo y le demuestren que han vuelto, él abandonará la oscuridad para auxiliarlos. ¡Oh, hermanos! El Portador del Fuego ha susurrado sus mensajes a este chamán, los mismos que ustedes oirán. ¡Dejen que los jóvenes lleven a las jóvenes a sus tiendas; déjenlos volar a la garganta del Lobo; que jamás muera su enemistad! ¡Entonces, sus mujeres se volverán fructíferas y se multiplicarán en un pueblo poderoso! ¡Y el Cuervo liderará a las grandes tribus de sus padres, y de los padres de sus padres, desde las regiones que se extienden afuera del Norte; y ellas golpearán y harán retroceder a los Lobos hasta que estén como los últimos fuegos del campamento; y volverán a gobernar nuevamente sobre toda la tierra! Este es el mensaje del Cuervo.

Esta prefiguración de la venida del Mesías arrancó un ronco clamor de los sticks mientras saltaban sobre sus pies. Mackenzie desprendió los pulgares de sus mitones, y esperó. Había un clamor reclamando al Zorro, que no cesó hasta que uno de los hombres jóvenes se adelantó para hablar.

—¡Hermanos! El chamán ha hablado con sabiduría. Los Lobos han tomado nuestras mujeres, y nuestros hombres se quedaron sin hijos. Nos hemos reducido a un puñado. Los Lobos han tomado nuestras cálidas pieles y nos han dado por ellas espíritus diabólicos que habitan en botellas, y ropas que no vienen del castor o del lince, sino que están hechas con hierbas. Y no son calientes, y nuestros hombres mueren por enfermedades extrañas. Yo, el Zorro, no he tomado a mujer alguna por esposa; ¿y por qué? Dos han sido las muchachas solteras que me agradaban y después mudadas a los campos del Lobo. Incluso ahora he dejado de aprovechar pieles del castor, del alce, del caribú, con las que debería ganar el favor en los ojos de Thling-Tinneh, para poder tomar por esposa a su hija Zarinska. Incluso ahora los zapatos de nieve de Zarinska están amarrados a sus pies, listos para abrir la ruta a los perros del Lobo. Pero no hablo por mí solamente. Como me ha ocurrido a mí, así también al Oso. Él también habría sido, de buena gana, el padre de los hijos de ella, y para eso ha curado muchas pieles. Yo hablo por todos los jóvenes que no conocen esposas. Los Lobos siempre están hambrientos. Siempre asesinan para tomar la carne elegida. A los Cuervos son dejadas las sobras.

—Aquí está Gugkla —gritó, señalando brutalmente a una de las mujeres, una muchacha tullida—. Sus piernas están dobladas como las costillas de una canoa de abedul. Ella no puede juntar leña ni acarrear la carne de los cazadores. ¿La eligieron acaso los Lobos?

—¡Ah, ah! —vociferaron los hombres de la tribu.

—Está Moyri, cuyos ojos fueron cruzados por el Espíritu del Mal. Hasta los bebés se atemorizan cuando la contemplan, y se dice que Cara-Vacía le marca el camino. ¿Fue elegida?

De nuevo estalló el cruel aplauso.

—Y está Pischet. Ella no oye mis palabras. Nunca ha oído el sonido del parloteo, la voz de su esposo, el balbuceo de su pequeño. Ella vive en el Silencio Blanco. ¿Ella les importó algo a los Lobos? ¡No! La de ellos es la elección del crimen; nuestras son las sobras. ¡Hermanos, esto no será más así! Nunca más los Lobos se introducirán furtivamente en nuestros campamentos. La hora ha llegado.

Una gran aurora de fuego, la aurora boreal, púrpura, verde y amarilla, se disparó a través del cenit, colmando el vacío de horizonte a horizonte. Con la cabeza echada hacia atrás, y los brazos extendidos, él se balanceó hasta alcanzar el clímax.

—¡Miren! ¡Los espíritus de nuestros padres han resucitado y grandes hazañas están poniéndose en marcha esta noche!

Retrocedió a su lugar, y otro hombre joven con aire algo tímido se adelantó, empujado por sus camaradas. Alzándose una cabeza entera por encima de ellos, su ancho tórax desafió desnudo a la escarcha mientras se columpiaba tentativamente sobre un pie y el otro. Las palabras vacilaban sobre su lengua, estaba inquieto. Su cara se veía horrible, porque en una ocasión la mitad de ella había sido arrancada por algún golpe feroz. Finalmente, se golpeó el pecho con sus puños apretados haciéndolo sonar como un tambor; y su voz retumbó hacia el frente, como hace la rompiente surgiendo de una caverna oceánica.

—¡Yo soy el Oso, la Punta-de-Plata y el Hijo de la Punta-de-Plata! Cuando mi voz era todavía como la de una muchacha, yo maté al lince, al alce y al caribú; cuando silbaba como los glotones en su escondrijo, atravesé las montañas del Sur y vencí a tres de los Ríos Blancos; cuando mi voz se volvió como el rugido del Chinook
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, encontré a la Cara-Vacía en un oso pardo, pero no me marcó el camino.

En este punto hizo una pausa, su mano barriendo significativamente sus espantosas cicatrices.

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