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Authors: Laura Gallego García

La Maldición del Maestro

BOOK: La Maldición del Maestro
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Es la segunda parte de El Valle de los Lobos, y se desarrolla varios años después. Dana es la Señora de la Torre y no ha podido olvidar a Kai. Fenris, el elfo, se encarga de traer nuevos alumnos a la escuela. Así, en el primer capítulo rescata a la joven Salamandra de ser quemada en la hoguera, por bruja, y la lleva a la Torre. Allí, Salamandra conoce a los otros estudiantes: Jonás, Conrado, Morderek y la altiva Nawin, princesa de los elfos. Pero pronto empiezan los problemas: la primera regla de una Escuela de Alta Hechicería consiste en que ningún aprendiz debe rebelarse contra su Maestro o, de lo contrario, su maldición le perseguirá para siempre. Eso es lo que Dana y Fenris hicieron hace muchos años, y ahora deberán afrontar las consecuencias…

Laura Gallego García

La Maldición del Maestro

ePUB v1.1

JerGeoKos
01.02.12

DEDICATORIA DE LA AUTORA

Tras El Valle de los Lobos, mi libro más personal, muchas personas que lo leyeron me animaron con su entusiasmo por la historia de Dana y Kai a escribir una segunda entrega de sus aventuras. Este libro está dedicado a todos ellos, especialmente y con todo cariño a Andrés, por su apoyo y sus consejos; a mi hermano Sergio (tuve que reescribir este libro casi entero debido a la crítica aplastante que me hizo del primer borrador, pero no me arrepiento); a Nuria, que fue la primera en leer El Valle de los Lobos; a Arancha (y, por supuesto, sus hermanas Isabel y María José), a Beatriz; a Sol—Miriam y sus sobrinas, Eva y María; a mi editora, Marinella; y a muchos chicos y chicas que he conocido en algunos colegios e institutos por los que he pasado, y que me han hablado en muy buenos términos de Fenris (los chicos) y de Kai (las chicas). A todos vosotros, espero que os guste esta nueva novela.

Cada ser humano tiene,

dentro de sí,

algo mucho más importante

que él mismo:

su Don.

Paulo Coelho, Brida

I. ORDALÍA

Muchacha había sabido que estaba condenada mucho antes de que la sacaran del húmedo y apestoso calabozo en que la habían confinado, mucho antes de que la subieran, maniatada, al carro que recorrería las calles de la ciudad hasta la plaza mayor, mucho antes de que la amarraran al poste y encendieran la pira.

Lo había sabido al mirar a los ojos a los miembros del tribunal. Ellos no habían pronunciado palabra, pero ella había leído el odio, el miedo y el desprecio en su mirada.

Había pasado toda la noche pensando en ello, haciéndose a la idea de que iba a morir y, por eso, cuando los guardias acudieron a buscarla al amanecer, ella los recibió con orgullo y frialdad, sin un ápice de miedo en sus ojos. Era inocente, no había hecho nada malo, y estaba siendo víctima de una injusticia. Lo gritaría por el camino, lo gritaría sobre la carreta, durante el vergonzoso paseo hasta la plaza, lo gritaría en lo alto de la pira hasta que las llamas ahogaran su voz.

Sin embargo, no le resultó fácil encontrar valor para proclamar su inocencia cuando el carro salió de la prisión y la multitud la recibió con gritos, insultos, amenazas y una lluvia de huevos y hortalizas.

Inspiró hondo mientras los tomates impactaban en su cuerpo.

—¡¡¡Soy inocente!!! —chilló, pero no pudo añadir nada más; como si hubiese dicho una blasfemia, la multitud rugió aún más y le lanzaron más verduras.

La muchacha sintió que las lágrimas le abrasaban los ojos, pero parpadeó varias veces para retenerlas; su orgullo le impedía llorar ante aquellas personas hipócritas que la habían querido y apreciado (o, al menos, habían fingido que lo hacían, se dijo amargamente) hasta apenas unos días antes.

Alzó la barbilla con valentía en medio de la lluvia de hortalizas e insultos. Su pelo, rojo como el fuego, iluminado por el sol naciente, parecía una ardiente corona en torno a su semblante pálido, que, sin embargo, mostraba una mueca de desprecio. «Gentuza», pensó. Esquivó un huevo. Lo único que lamentaba era que la privaran de una muerte digna. Ser inmolada en la hoguera era bastante épico, pero, en su opinión, los tomates sobraban.

Sacudió la cabeza, confundida, y por un momento asomó a sus ojos un atisbo de miedo. ¿En qué estoy pensando? —se dijo, obligándose a sí misma a recuperar algo de cordura. ¡Voy a morir, me van a quemar en la hoguera! La perspectiva, vista con sensatez, era aterradora, así que decidió que era mejor el orgullo, y volvió a levantar la cabeza, bien alta.

No era fácil conservar la dignidad en tales circunstancias, pero ella se las arregló bastante bien. Con todo, el paseo se le hizo eterno, y casi agradeció que la subieran a lo alto de la pira. Entonces, la multitud dejó de lanzarle cosas, aunque no se callaron. «Que griten»,—pensó, resentida. «Que griten hasta destrozarse la garganta».

Apenas oyó las palabras del alguacil:

—Muchacha, aún puedes salvar tu alma. Confiesa tu pecado.

Ella esbozó una sonrisa escéptica.

—¿Pecado? —repitió.

—¡¡Bruja!! —chilló una mujer en primera fila.

—Soy inocente —repuso la joven con calma.

—Si eres inocente, no tendrás nada que temer: el fuego no podrá dañarte —dijo el alguacil.

Ella dejó escapar una risa amarga.

—Si yo fuera una bruja, el fuego no podría dañarme —rectificó, —y tampoco estaría aquí ahora. Haría rato que habría salido volando sobre mi escoba.

Los razonamientos no entraban en la lógica de aquel hombre.

—¿Confiesas tu pecado, hija mía? —insistió.

—Confieso, sí —dijo ella, y miró a su alrededor. —¡Confieso que os odio a todos, porque vais a condenar a una chica inocente! ¡Ese es mi pecado!

Hubo un breve silencio, pero entonces alguien gritó:

—¡Bruja!

Y todos corearon:

—¡Bruja! ¡Muerte a la bruja!

La chica vio la tea ardiendo acercarse a la paja de la pira.

—¡Soy inocente! —gritó —¡Y mi muerte caerá sobre vuestras conciencias como una losa, y os perseguirá eternamente!

—¡No! —gritó una vieja —¡Nos ha echado una maldición!

La muchedumbre retrocedió unos pasos, murmurando aterrorizada. La muchacha no pretendía lanzar una maldición (no habría sabido cómo hacerlo), pero la gente había tomado sus palabras por tal.

Los ejecutores no se entretuvieron más, y lanzaron la antorcha ardiendo al montón de paja, que prendió rápidamente. Luego, se echaron hacia atrás, con una sonrisa de alivio y satisfacción en sus labios.

—Cuidado, bruja —le advirtió el alguacil, antes de recular él también.

Una llamarada se alzó súbitamente frente a la joven condenada, que miró a su alrededor. El fuego la rodeaba y se acercaba a ella inexorablemente. Cerró los ojos y respiró hondo, pero el humo la hizo toser. El calor se hacía insoportable. Abrió los ojos otra vez para mirar a la muchedumbre que contemplaba el espectáculo de su ejecución, pero no eran más que manchas borrosas tras las llamas.

Tosió de nuevo, sintiéndose desfallecer. El calor abrasaba su piel, y el humo, sus pulmones.

—No... soy... una bruja—musitó.

Le pareció de pronto que la gente dejaba de gritar y murmuraba, pero no podía estar segura y, de todas formas, ahora ya daba igual.

Alguien chilló:

—¡El diablo!

Y la chica abrió los ojos. Entre las llamas vio una alta figura vestida de rojo que se movía con elegancia y seguridad. Se dijo que su mente comenzaba a desvariar, sobre todo cuando el desconocido subió a la pira como si nada, atravesó el fuego y se colocó junto a ella, que apenas podía respirar ya. Estaba desfallecida, pero, aun así, pudo preguntar a aquel producto de su imaginación:

—¿Quién eres?

—Alguien que ha venido a rescatarte —dijo él, sacando un cuchillo.

La chica lanzó una exclamación de miedo, pero el extraño se limitó a inclinarse hacia ella para cortar sus ataduras.

La multitud murmuraba aterrorizada sin atreverse a dar un paso hacia ellos, pero la joven ya no les prestaba atención. Observó, como en un sueño, cómo las llamas lamían los pies de su salvador, sin llegar a prender en su túnica.

—Estoy muerta, ¿verdad?

El otro no respondió.

La gente gritaba ahora, señalándolos, pero seguía sin acercarse a ellos. La muchacha sintió que las llamas alcanzaban su vestido, sintió que mordían su piel, y gritó de dolor.

El desconocido se inclinó un poco y pronunció una palabra en un idioma extraño. Entonces las llamas del vestido de la condenada se apagaron de súbito, y el fuego retrocedió un tanto.

—Estoy muerta —repitió ella, —y tú eres el diablo.

El individuo de rojo se rió. Su risa era cantarina y musical, la muchacha lo captó con claridad, a pesar del crepitar de las llamas, y se preguntó si el diablo podía reír así. Alzó la cabeza para mirar al desconocido. Era muy alto, y tenía el pelo de color de cobre.

—¿Has venido a llevarme contigo?

El desconocido acabó su trabajo. Las ataduras cayeron al suelo. Estaba libre.

Su salvador se volvió hacia ella, y la chica vio que no era un ser humano: tenía las orejas puntiagudas, los rasgos finos y delicados y unos enormes ojos almendrados con pupilas que parecían de cristal coloreado.

El respondió por fin a la pregunta.

—Sí —dijo solamente.

Las llamas se alzaron más alto, y ella gritó:

—¡Pues sácame de aquí, sácame de aquí!

Pero el extraño ser de la túnica roja simplemente sonrió.

—Puedes salir tú sola.

—¿Qué estás diciendo? ¡Me abrasaré!

—No lo harás.

La chica lo miró dubitativamente.

—Confía en mí —dijo él.

Ella consideró que no tenía nada que perder. Alzó la cabeza y avanzó un paso, introduciéndose en las llamas.

Cerró los ojos mientras sentía el fuego rodeando su cuerpo, el humo abrasando sus pulmones...

Otro paso más.

Abrió los ojos y vio frente a sí a la multitud, que ahora ya no tenía aliento para insultarla. La miraban todos con la boca abierta y los ojos desorbitados de miedo y asombro.

Miró a su salvador. Él sonrió.

—Eres libre, muchacha —dijo.

Ella se desmayó.

Cuando abrió los ojos le costó recordar lo que había pasado, pero se sintió desconcertada, porque no estaba ya en la celda de la prisión. Sobre ella había un cielo azul por el que se paseaban algunas nubes solitarias que parecían copos de algodón. «Me muevo», pensó; y entonces percibió el sonido de los cascos de un caballo y el crujido de las ruedas de un carro. Escuchó con atención. Se oían también voces, dos voces masculinas. Una pertenecía a un chico joven, y la otra era... una voz melódica y musical.

Se incorporó un poco y miró a su alrededor.

Estaba en una carreta, sí, una carreta que avanzaba por un camino que discurría entre campos de cereales. Había dos personas sentadas en la parte delantera del carro, de espaldas a ella. Una era un muchacho, quizá de su edad, tal vez uno o dos años mayor que ella. El otro era el extraño de la túnica roja, que la había rescatado del fuego.

No pudo reprimir una exclamación al recordarlo, y los dos se volvieron.

—¡Vaya, ya has despertado! —comentó el chico; debía de tener unos quince años, era moreno y mostraba una sonrisa cálida y agradable. —¿Cómo te encuentras?

El otro se levantó para pasar a la parte trasera de la carreta, y ella lo miró con cierta aprensión. Era tan raro como le había parecido al principio, y la muchacha retrocedió un poco cuando vio que se acercaba. Su salvador fijó en ella sus extraños ojos gatunos y sonrió.

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