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Authors: Nicola Fantini

Tags: #Intriga

La secta de las catacumbas

BOOK: La secta de las catacumbas
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En 1772, Heinrich Füssli, un joven artista suizo deseoso de visitar los misteriosos subterráneos de Roma, se adentra en ellos acompañado por un guía que dice conocer los oscuros laberintos. Se cuenta que en estas catacumbas viven mendigos, delincuentes y gitanos, que salen del subsuelo para realizar sus crímenes y luego desaparecer de nuevo en busca de refugio. Esta fabulosa corte ha constituido una auténtica secta que obedece las órdenes de una misteriosa mujer sin piedad. ¿Sobrevivirá Füssli a la peor de las pesadillas posibles?

Nicola Fantini

La secta de las catacumbas

ePUB v1.1

NitoStrad
24.09.12

Título original:
La setta delle catacombe

Autor: Nicola Fantini

Primera edición:marzo 2010

Traducción: María Prior Venegas

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

PRIMERA PARTE

Dadle algo al pobre Tom. El Maligno le ha llevado por fuego y por llama, por vado y remolino, por ciénaga y pantano. Le ha puesto cuchillos debajo de la almohada, sogas en la galería y veneno al lado de la sopa. Le ha vuelto soberbio de hacerle trotar en caballo bayo sobre puentes de cuatro pulgadas persiguiendo a su sombra cual si fuera una traidora…

W. SHAKESPEARE,
El Rey Lear

I. HABÍA SOÑADO CON UN SINIESTRO TOCADOR

Roma, enero de 1772

A
QUELLA NOCHE HABÍA SOÑADO CON UN SINIESTRO tocador de señoras, de puertas chirriantes y carcomidas. Una pesadilla verdaderamente extraña. Desde que había llegado a Italia, el joven Heinrich Füssli no conseguía acostumbrarse a la falta de edredones de plumas, y solía dormir muy mal; y por si eso fuera poco, esa misma semana un fuerte viento de tramontana había provocado un frío inusual en Roma.

Una voz de advertencia de Antonino lo apartó de sus pensamientos: el guía se ponía en camino y torcía a la izquierda por un terreno embarrado y resbaladizo, resultado aún de la nevada de la semana anterior. Sobre la vía Nomentana se concentraban densos nubarrones, y en algunas casas se distinguían ya las velas encendidas, a pesar de que todavía era de día.

—Seguro que vuelve a llover —dijo Antonino, girándose por un instante hacia su cliente. El joven Heinrich lo miró sorprendido, no tanto por lo que decía, sino porque durante casi una hora de camino por los callejones desiertos extramuros de la ciudad no había intercambiado ni una sola palabra con él.

—Menos mal que os habéis puesto las botas, señor —precisó Antonino—, porque aquí, en cuanto llueve, muchas galerías se llenan de agua.

Y casi como una confirmación de sus palabras, comenzaron a caer enormes goterones. Heinrich se ciñó la capa, calándose el tricornio en la cabeza. Hubiera querido preguntarle a Antonino si faltaba mucho todavía, pero en el rostro del guía vislumbró esa pétrea expresión que tan bien conocía.

«Traed unas botas cómodas, un rollo de cuerda y unas velas.» Era la única frase que la noche anterior había conseguido arrancar de sus labios. Nada más.

Le había costado mucho esfuerzo ganarse la confianza de aquel romano. Antonino era casi un adolescente, pero por lo poco que Heinrich había conseguido saber, también todo un experto en descensos por los subterráneos de Roma, y probablemente el mejor guía que hubiera podido encontrar. Le había dado su nombre el dueño de la hostería de la Foglietta, en el Trastévere. Heinrich se encontraba ansioso y, al mismo tiempo, encandilado con aquella excursión por el universo pintoresco y vacío de unas galerías —llamadas inadecuadamente
catacumbas
— excavadas a lo largo de los siglos con objeto de extraer piedra caliza y otros materiales de construcción para los edificios de la ciudad. Había proyectado aquella excursión porque le parecía que el tiempo en Roma transcurría con excesiva lentitud y, tras el atracón de museos de los primeros días, se había cansado de antigüedades y de los típicos encuentros con los visitantes extranjeros. Deseaba una verdadera aventura romana y confiaba en disfrutar de algo fuera de lo común. Por eso había hecho circular el rumor de que era un apasionado de las ruinas, de que buscaba algo verdaderamente curioso para pintar y de que estaba dispuesto a pagar por la molestia, como se solía decir en Roma. Había sido precisamente entonces cuando alguien le habló de la
terra ignota
que se extendía por los subterráneos de la ciudad, el
non plus ultra
de las exploraciones, algo que para la sensibilidad artística del joven Heinrich podía esconder más de una sorpresa. Así pues, no había desaprovechado la oportunidad cuando Antonino se presentó ante él la noche anterior.

Empezaron a descender con ayuda de una cuerda y un torno por un agujero estrecho y casi invisible, cercano a una casetilla desierta con las paredes cubiertas de hiedra y situada a las puertas de la ciudad.

—Desde aquí se puede acceder siempre —le explicó Antonino mientras le abría camino—. También hay otras zonas de la ciudad desde las que se puede bajar, pero a menudo los guardias descubren las entradas y obstruyen el paso con barricadas o incluso con muros que construyen en unas horas. Pensad, señor, que en la Gran Confraternidad hay personas que se dedican sólo a esto: a abrir las galerías cerradas por la Guardia Pontificia.

¿La Gran Confraternidad? Aquella sorprendente denominación impresionó a Heinrich, al que le habría gustado formular varias preguntas al respecto, pero se encontraba muy ocupado en caminar agachado, pendiente de no hacerse daño en la cabeza, porque la galería era muy baja. Y así, durante unas treinta brazas: las paredes de piedra caliza respiraban agua y las botas se adentraban en el fango, tal y como Antonino había predicho. Sin embargo poco a poco el techo era cada vez más alto, hasta que los dos se encontraron en una encrucijada, una especie de vestíbulo del que partían diferentes galerías secundarias y una escalera que bajaba a niveles inferiores.

—Debe resultar fácil desorientarse aquí dentro —dijo Heinrich, pero no obtuvo respuesta de su guía, concentrado en los preparativos. De hecho, Antonino encendió una vela y se metió otras dos en el bolsillo.

—Las catacumbas no son para todos —le explicó al final, mirando a su cliente con severidad. A Heinrich le pareció que quería invitarle a recapacitar sobre sus propios miedos y la posibilidad de dar marcha atrás. En aquel preciso instante, de la oscuridad de un nicho salió un tipo escuálido con expresión famélica y una daga colgándole de la cintura. Saludó con un gesto a Antonino y se ocultó de nuevo en la sombra—. Es un hombre de la Gran Confraternidad —susurró el guía, y sin más explicaciones se dirigió en dirección opuesta.

El principio del recorrido por las galerías parecía concebido precisamente para desanimar a los dubitativos: el agua en algunas zonas llegaba hasta las rodillas, el techo no subía más de una braza sobre sus cabezas, y las encrucijadas se repetían casi sin solución de continuidad. Se adentraron por caminos oscuros, rozando a veces numerosas cisternas de agua tan profunda que en ella flotaban y se mecían barcas de verdad, como las que se veían en el Tíber. Con las velas iluminaban los nichos en los que se encontraban restos de huesos amarillentos. Cruzaron un amplio grupo de cuevas con el suelo cubierto de basura acumulada en grandes montones y un grotesco desorden: fragmentos de estatuas antiguas, sillas desvencijadas, sombreros, orinales, libros, cuadros, ollas, vajillas…

Durante todo el trayecto, más allá de los montones de basura, Heinrich tuvo la impresión de atisbar siluetas humanas que se movían con cautela, como si alguien siguiera con interés su recorrido por el subsuelo romano. Pero quizás era su excitada fantasía la que creaba miles de imágenes inquietantes por aquellos pasillos sin fin. Probablemente se debía a aquel extraño silencio, roto únicamente por el murmullo del agua y algunos susurros furtivos. El joven Heinrich no alcanzaba a distinguir si se trataba de ratas o de sigilosos seres humanos.

Tampoco hubiese podido calcular cuánto tiempo había pasado cuando por fin llegaron a un amplio recinto, cuyo techo se elevaba a una altura de cuatro hombres, calculándolo así a simple vista. A Heinrich aquel lugar le recordaba uno de los grandes mausoleos circulares que había visitado en la vía Apia Antigua, porque en las paredes de piedra caliza se abrían nichos con estatuas y capiteles corintios. ¿Se encontraba quizás dentro de una antigua tumba subterránea? De todos modos, sospechaba en algún sitio debían existir aberturas al exterior, a juzgar por los débiles rayos de luz que atravesaban la penumbra. Sin embargo, los ojos de Heinrich todavía no estaban preparados para discernir el poblado que allí se levantaba: chozas de madera y escombros habitados por una tribu de sombras que vestían como espantapájaros, y cuyas cabezas, pegadas las unas a las otras en un denso susurro, seguían atentamente los movimientos de los recién llegados.

Antonino se detuvo delante de una siniestra chabola, construida a partir de los restos del armazón de un antiguo guardarropa o tocador de señoras con las puertas enmarcadas entre columnas, que los franceses llaman
boudoir
. Heinrich se sobresaltó y recordó la extraña pesadilla que no le había dejado dormir la noche anterior: «¿Qué demonios me está pasando?». Una parte del gran tocador la habían destinado a sala de estar y allí, junto a un brasero encendido, estaba sentado un viejo vestido con una librea celeste, que en sus mejores tiempos debió ser suntuosa, pero que ahora aparecía hecha jirones y se abombaba evidenciando la abultada barriga de su propietario. Observándolo a cierta distancia y en la penumbra de la caverna, a Heinrich le pareció que el viejo tenía la vista nublada y la mandíbula flácida. El joven extranjero echó una ojeada hacia la otra puerta, que también permanecía abierta, y en cuyo interior habían colocado un jergón de harapos y paja.

Mientras tanto Antonino se había acercado al viejo y hablaba con él en voz baja. Fue entonces cuando Heinrich advirtió, en un lateral del tocador, una gran hacha apoyada en la pared y un par de ratones decapitados. Inmediatamente notó que el miedo le recorría el espinazo, intuyendo el peligro y lamentando al mismo tiempo que su curiosidad lo hubiera conducido hasta aquel sitio. Experimentó un cierto malestar que le hizo volverse hacia donde se abría la boca del túnel por el que habían llegado. Sintió ganas de huir, pero no tenía ni idea de cómo rehacer el camino, y sin Antonino estaba seguro de que no lo conseguiría.

El guía se giró hacia Heinrich:

—El viejo Tomaso quiere conoceros —y lo empujó hasta la puertecita abierta del
boudoir.

—Adelante, señor, acercaos —en ese momento el viejo tosió, apoyando sus huesudas manos sobre las rodillas—. Os sentiréis muy cansado de tanto caminar, porque los señores como vos están acostumbrados a moverse en carroza… —y mientras hablaba hizo el gesto de desempolvar un taburete cojo que se hallaba a su derecha. El extranjero no deseaba sentarse por nada del mundo en aquel chisme, pero de todos modos tomó asiento por el miedo incomprensible de parecer maleducado. Sólo entonces advirtió que el viejo tenía las cuencas de los ojos vacías: estaba ciego.

—Así que sois alemán… —dijo el viejo sin dejar de toser.

—Suizo, de Zúrich. Para serviros.

—¡Ah! Mejor, mucho mejor suizo que alemán.
¿
Y sois católico?

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