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Authors: Agatha Christie

Tags: #policiaco, #Intriga

Peligro Inminente

 

Poirot y Hastings conocen durante sus vacaciones a la señorita Buckley, una hermosa joven cuya vida dista de ser corriente. Primero, un accidente en el que los frenos de su coche fallaron en una peligrosa curva y del que se salvó por muy poco. Después, una gigantesca piedra que casi la aplasta. Finalmente, una pintura al óleo que se desprende de la pared de su habitación y está a punto de matarla en la cama. Las sospechas sobre lo fortuito de tales accidentes se disipa en la mente de Poirot tras ver un agujero de bala en el sombrero de la señorita Buckley. Así, Poirot se enfrentará a los misterios de un asesinato que no ha sido cometido.

Agatha Christie

Peligro inminente

ePUB v1.0

Ormi
10.10.11

Título original:
Peril At End House

Traducción: E.M.

Agatha Christie, 1932

Edición 1982 - Editorial Molino - 239 páginas

ISBN: 8427201540

Guía del Lector

En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra:

BUCKLEYS
, Esa: Bellísima y despreocupada muchacha, propietaria de una magnífica residencia campestre.

BUCKLEYS
, Files: Pastor protestante, padre de Maggie Buckleys.

BUCKLEYS
, Maggie: Prima de Esa en grado lejano.

CROFT
, Berto

Australiano, inquilino de una casita vecina a la mansión de Esa, de la cual es también propietaria.

CROFT
, Milly: Inválida esposa del anterior.

CHALLENGER
, George
:
Comandante de la marina inglesa y enamorado apasionadamente de Esa Buckleys.

EDITH
: Doncella de los Croft.

GRAHAM: 
Medico de Esa.

HASTINGS
, Harold

Capitán, aficionado al detectivismo y asiduo colaborador de Poirot.

HOOD: 
Empleado de un sanatorio.

JAPP:
Inspector de Policía de Scotland Yard.

LAZARUS
, Jim

Conocido anticuario londinense, muy amigo de Frica Rice.

MAC ALLISTER: 
Médico de enfermedades nerviosas y tío del comandante Challenger.

MOLT: 
Dueño de un garaje y taller mecánico.

POIROT
, Hércules

Famoso detective, protagonista de esta novela.

RICE
, Frica

Joven y hermosa señora, separada de su esposo e íntima amiga de Esa.

SETON
, Michael

Piloto aviador, prometido de Esa.

VYSE
, Charles

Prestigioso abogado y primo de los Buckleys.

WESTON: 
Coronel de la policía del condado

WHITFIELD: 
Abogado de la familia Seton.

WILSON
, Helen

Sirvienta de Esa y esposa de William.

WILSON
, William

Jardinero de la citada señora.

Capítulo I
-
El Hotel Majestic

En mi opinión no hay puerto de mar al sur de Inglaterra más atractivo que Saint Loo, y comprendo el entusiasmo de sus huéspedes estivales, que lo llaman la reina de las playas. Recuerda por muchos conceptos la Riviera. La costa de Cornwall rivaliza en belleza con la Costa Azul.

Así que hube expuesto ese pensamiento al amigo Hércules Poirot, me respondió éste:

—No es muy original su afirmación, querido, pues la leímos anoche en el coche-restaurante, en la cartulina de la minuta.

—¿Y por eso no le parece tal vez justificada?

Hércules sonreía para sí mismo, absorto en sus propias reflexiones. Tuve que repetir la pregunta.

—Dispénseme, Hastings; estaba pensando en otra cosa, y precisamente en ese lugar de que usted hablaba.

—¿En la Corniche?

—Sí. Pensaba en el último invierno que pasé allí y en los acontecimientos que sucedieron.

Recordé. Se había cometido un asesinato en el tren directo del Mediterráneo, y Poirot, con su acostumbrada e infalible perspicacia, consiguió desenredar las enmarañadas complicaciones de aquel caso criminal.

—¡Ah! —suspiré—. ¡Cuánto me hubiera gustado estar con usted entonces!

—También hubiera querido yo tenerle a usted cerca, porque su experiencia me hubiese valido bastante.

Le miré de reojo, pues por larga experiencia desconfío de los cumplidos de Poirot. Pero esta vez parecía realmente hablar en serio. ¿Y por qué no? ¿Quién podría preciarse de conocer mejor que yo sus métodos?

—Sentía sobre todo la falta de su férvida fantasía, amigo Hastings. —y añadió, casi hablando consigo mismo—: Siempre se necesita alguna pequeña ayuda. Sin embargo, cuando intento aclarar una duda exponiéndosela a George, me veo obligado a reconocer la completa falta de imaginación de mi criado, y eso que es bastante listo.

A decir verdad no me pareció muy genial la observación.

Pregunté a mi amigo si no le venían ganas de volver a la actividad de otros tiempos. Su actual vida pausada...

—Me viene como un guante —me replicó al momento—. Tenderse al sol es la más agradable de las ocupaciones. Y además, descender voluntariamente del pedestal, cuando se ha llegado ya a la cumbre de

la notoriedad, ¿puede darse algo mejor? En todas partes se habla de mi como del grande, del único, del incomparable Hércules Poirot. Nadie ha superado mi valor, nadie lo ha tenido igual, nadie lo tendrá nunca. El resultado conseguido no ha sido del todo malo, y me contento con él; yo soy modesto.

¿Modesto? En ese caso hubiera adoptado yo cualquier otra palabra. El egotismo de mi amigo no se había debilitado seguramente con el transcurso de los años. Se apoyó contra el respaldo de la silla atusándose el bigote, y parecía un gatito ronroneando.

Estábamos sentados en una de las terrazas del Majestic, que era el principal hotel de Saint Loo. Y a ese hotel pertenece el terreno en que surge un espolón rocoso, elevado sobre el mar. A nuestros pies, verdeaban las palmeras de su jardín. La superficie del agua era de un azul oscuro, el cielo muy claro, el sol tenía ese resplandor de agosto que no siempre, ni siquiera a menudo, concede a Inglaterra. Sentíamos en torno nuestro un alegre zumbido de abejas. El conjunto era ideal.

Llegados la víspera por la noche, aquélla era para nosotros la primera mañana de una proyectada estancia de ocho días. Y para que esa temporadita fuera perfecta, bastaría que no variasen las condiciones atmosféricas imperantes entonces.

Recogí un periódico que había en el suelo y empecé a leer las noticias del día: la situación política, enojosa, pero poco interesante. La China en desorden; un gran robo cometido en la City. Volví la página en busca de alguna columna que me llamase la atención y al punto comenté en voz alta:

—Es curiosa esa epidemia de psitacosis, en Leeds.

—Sí, muy curiosa.

—Parece que ha habido otros dos casos mortales.

—¡Lástima!

—Y no se tienen noticias de Seton, ese que quiere dar la vuelta aérea al mundo. Son muy atrevidos nuestros jóvenes aviadores. Del
Albatros
dicen que es un hidroplano de construcción perfecta. ¡Con tal que sea verdad! ¡Con tal que no se haya matado!... Aún hay esperanza: podría darse el caso de un aterrizaje en alguna isla del Pacífico. En cuestión de política, me parece que se molesta demasiado al ministro del Interior.

—Es verdad —interrumpió Poirot—. Y ese pobre hombre debe de verse apurado de veras, puesto que busca apoyo donde nunca se creería.

Le miré. Con ligera sonrisa, Hércules sacó del bolsillo la correspondencia llegada por la mañana, recogida y bien envuelta en un paquetito atado con una goma. Tomó de allí una carta y me la alargó. Después de leerla, exclamé algo excitado:

—Puede usted estar orgulloso, me parece.

—¿Lo cree usted así?

—¡Un ministro entusiasta de su habilidad!

—Y con razón —dijo tranquilamente Poirot, sin mirarme de frente.

—Le suplica a usted que investigue; se lo pide como un favor personal.

—Sí, pero no hace falta repetirme sus frases. Ya comprenderá usted que las he leído.

—¡Qué lástima! —exclamé suspirando—. ¡Ya se acabaron nuestras vacaciones!

—¡No, hombre, no; tenga usted calma! No hay que renunciar a nuestra feliz holganza.

—Si el ministro dice que la cosa es urgente...

—Tal vez lo sea y tal vez no. Los políticos, en general, se excitan fácilmente. En las sesiones de la Cámara, en París, he llegado a ver...

—El caso es que hemos de prepararnos para marchar. Ya se nos ha hecho tarde para el rápido de Londres, que sale de aquí a las doce. El próximo tren...

—Le repito que tenga calma, Hastings. Usted se pone nervioso en seguida. No nos iremos a Londres hoy ni tampoco mañana.

—Pero ¿esa llamada...?

—No me conmueve. Yo no pertenezco a la Policía inglesa. Se me pide que aclare un suceso enmarañado, se me pide como detective particular y yo me niego.

—¿Se niega?

—Sí. Respondo en tono muy cortés, presento mis excusas, expreso mi profundo sentimiento por la respuesta que me imponen las circunstancias... Y explico mi voluntad de retirarme, por creerme ya hombre acabado.

—¡Pero no lo es! —exclamé.

Poirot me golpeó amablemente la rodilla con una mano.

—Es la voz del corazón de un buen amigo. Y dice bien. La sustancia gris funciona aún admirablemente; todavía tengo la inteligencia capaz de claridad, de orden, de método. Pero el que ha resuelto descansar, no vuelve de su decisión. Yo no soy un divo de teatro para despedirme veinte veces del público. Además, quiero dejar generosamente el puesto a los jóvenes. ¿Quién sabe si éstos no han de llevar a cabo brillantes operaciones? Mucho lo dudo, pero puedo equivocarme. Sea como fuere, siempre sabrán lo bastante para limpiar de estorbos el Ministerio.

—¿Y el homenaje que rinde a su valor?

—No me deja ni frío ni caliente. El ministro del Interior, con muy buen sentido, sabe que si pudiera asegurarse mis servicios, vería allanársele todos los obstáculos. Pero ese buen hombre llega tarde. No está de suerte. Hércules Poirot se dedica al descanso.

Le miré asombrado, deplorando su obstinación. Aunque ya segura y grande su fama, hubiérase, sin embargo, acrecentado por la feliz solución de la trama en que se hallaba metido el ministro del Interior. Por lo demás, era realmente admirable la firmeza de mi célebre amigo. Se me ocurrió decirle sonriendo:

—Debería darle a usted miedo expresarse con tanto énfasis. No tiente a los dioses.

—A todos les sería imposible hacer desistir a Hércules Poirot de una decisión que haya tomado.

—¿Imposible? ¿De veras?

—Tiene usted razón, Hastings; no debería ser categórico en mis afirmaciones. Así, pues, diré que si cerca de mí alguien disparase una bala contra la pared, a la altura de mi cabeza, querría investigar y moverme hasta comprender la causa de lo sucedido. Por más que digamos, siempre seguiremos siendo míseras criaturas humanas.

Y precisamente en aquel momento cayó junto a nosotros en la terraza una piedrecita, por lo cual me hizo reír la hipótesis que imaginaba mi amigo. Vi que Hércules se inclinaba para recoger el guijarro al tiempo que seguía diciendo:

—Sí, somos criaturas humanas. Y si nos echamos a dormir, puede darse el caso de que alguien venga a despertarnos.

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