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Authors: Julio Verne

Tags: #Aventuras

Cinco semanas en globo

BOOK: Cinco semanas en globo
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Año de publicación:
1863

Sinopsis:
Primera obra del ciclo que el propio Julio Verne tituló «Viajes extraordinarios». Cinco semanas en globo reúne ya la mayor parte de los elementos que han hecho de su autor un clásico indicutible. Con todo, por encima de la trama que atrapa al lector desde las primeras páginas, del vigor poético y sombólico que por momentos lo conecta con las principales corrientes literarias de su siglo, en la presente novela se aspira, indeleble, el aroma de la aventura, del descubrimiento de lo exótico y lo desconocido, de los espacios inexplorados donde la sorpresa aún es posible.

Julio Verne

Cinco semanas en globo

ePUB v2.0

akilino
31.07.12

Título original:
Cinq semaines en ballon. Voyages de découvertes en Afrique par trois anglais. Rédigé sur les notes du docteur Fergusson

Julio Verne, 1863.

Editor: akilino

ePub base v2.0

CAPITULO I

El día 14 de enero de 1862 había asistido un numeroso auditorio a la sesión de la Real Sociedad Geográfica de Londres, plaza de Waterloo, 3. El presidente, sir Francis M… comunicaba a sus ilustres colegas un hecho importante en un discurso frecuentemente interrumpido por los aplausos.

Aquella notable muestra de elocuencia finalizaba con unas cuantas frases rimbombantes en las que el patriotismo manaba a borbotones: «Inglaterra ha marchado siempre a la cabeza de las naciones (ya se sabe que las naciones marchan universalmente a la cabeza unas de otras) por la intrepidez con que sus viajeros acometen descubrimientos geográficos. (Numerosas muestras de aprobación). El doctor Samuel Fergusson, uno de sus gloriosos hijos, no faltará a su origen. (Por doquier. ¡No! ¡No!). Su tentativa, si la corona el éxito (gritos de: ¡La coronará!), enlazará, completándolas, las nociones dispersas de la cartografía africana (vehemente aprobación), y si fracasa (gritos de: ¡Imposible! ¡Imposible!), quedará consignada en la Historia como una de las más atrevidas concepciones del talento humano. (Entusiasmo frenético)».

—¡Hurra! ¡Hurra! —aclamó la asamblea, electrizada por tan conmovedoras palabras.

—¡Hurra por el intrépido Fergusson! —exclamó uno de los oyentes más expansivos.

Resonaron entusiastas gritos. El nombre de Fergusson salió de todas las bocas, y fundados motivos tenemos para creer que ganó mucho pasando por gaznates ingleses. El salón de sesiones se estremeció. Allí se hallaba, sin embargo, un sinfín de intrépidos viajeros, envejecidos y fatigados, a los que su temperamento inquieto había llevado a recorrer las cinco partes del mundo. Todos ellos, en mayor o menor medida, habían escapado física o moralmente a los naufragios, los incendios, los tomahawk de los indios, los rompecabezas de los salvajes, los horrores del suplicio o los estómagos de la Polinesia. Pero nada pudo contener los latidos de sus corazones durante el discurso de sir Francis M… y la Real Sociedad Geográfica de Londres, sin duda, no recuerda otro triunfo oratorio tan completo.

Pero en Inglaterra el entusiasmo no se reduce a vanas palabras. Acuña moneda con más rapidez aun que los volantes de la Royal Mint. Se abrió, antes de levantarse la sesión, una suscripción a favor del doctor Fergusson que alcanzó la suma de dos mil quinientas libras. La importancia de la cantidad recaudada guardaba proporción con la importancia de la empresa.

Uno de los miembros de la sociedad interpeló al presidente para saber si el doctor Fergusson sería presentado oficialmente.

—El doctor está a disposición de la asamblea —respondió sir Francis M…

—¡Que entre! ¡Que entre! —gritaron todos—. Bueno es que veamos con nuestros propios ojos a un hombre de tan extraordinaria audacia.

—Acaso tan increíble proposición —dijo un viejo comodoro apoplético— no tenga más objeto que embaucarnos.

—¿Y si el doctor Fergusson no existiera? —preguntó una voz maliciosa.

—Tendríamos que inventarlo —respondió un miembro bromista de aquella grave sociedad.

—Hagan pasar al doctor Fergusson —dijo sencillamente sir Francis M…

Y el doctor entró entre estrepitosos aplausos, sin conmoverse lo más mínimo.

Era un hombre de unos cuarenta años, de estatura y constitución normales; el subido color de su semblante ponía en evidencia un temperamento sanguíneo; su expresión era fría, y en sus facciones, que nada tenían de particular, sobresalía una nariz asaz voluminosa, a guisa de bauprés, como para caracterizar al hombre predestinado a los descubrimientos; sus ojos, de mirada muy apacible y más inteligente que audaz, otorgaban un gran encanto a su fisonomía; sus brazos eran largos y sus pies se apoyaban en el suelo con el aplomo propio de los grandes andarines.

Toda la persona del doctor respiraba una gravedad tranquila, que no permitía ni remotamente acariciar la idea de que pudiese ser instrumento de la más insignificante farsa.

Así es que los hurras y los aplausos no cesaron hasta que, con un ademán amable, el doctor Fergusson pidió un poco de silencio. A continuación se acercó al sillón dispuesto expresamente para él y desde allí, en pie, dirigiendo a los presentes una mirada enérgica, levantó hacia el cielo el índice de la mano derecha, abrió la boca y pronunció esta sola palabra:

—¡Excelsior!

¡No! ¡Ni una interpelación inesperada de los señores Dright y Cobden, ni una demanda de fondos extraordinarios por parte de lord Palmerston para fortificar los peñascos de Inglaterra, habían obtenido nunca un éxito tan completo! El discurso de sir Francis M… había quedado atrás, muy atrás. El doctor se manifestaba a la vez sublime, grande, sobrio y circunspecto; había pronunciado la palabra adecuada a la situación: «¡Excelsior!».

El viejo comodoro, completamente adherido a aquel hombre extraordinario, reclamó la inserción «íntegra» del discurso de Samuel Fergusson en los Proceedings of the Royal Geographical Society of London.

¿Quién era, pues, aquel doctor, y cuál la empresa que iba a acometer? El padre del joven Fergusson, denodado capitán de la Marina inglesa, había asociado a su hijo, desde su más tierna edad, a los peligros y aventuras de su profesión. Aquel digno niño, que no pareció haber conocido nunca el miedo, anunció muy pronto un talento despejado, una inteligencia de investigador, una afición notable a los trabajos científicos; mostraba, además, una habilidad poco común para salir de cualquier atolladero; no se apuró nunca por nada de este mundo, ni siquiera a la hora de servirse por vez primera en la comida del tenedor, cosa en la que los niños no suelen sobresalir. Su imaginación se inflamó muy pronto con la lectura de las empresas audaces y de las exploraciones marítimas. Siguió con pasión los descubrimientos que señalaron la primera parte del siglo XIX y soñó con la gloria de los Mungo-Park, de los Bruce, de los Caillié, de los Levaillant, e incluso un poco, según creo, con la de Selrik, el Robinsón Crusoe, que no le parecía inferior. ¡Cuántas horas bien ocupadas pasó con él en la isla de Juan Fernández! Aprobó con frecuencia las ideas del marinero abandonado; discutió algunas veces sus planes y sus proyectos. Él habría procedido de otro modo, tal vez mejor; en cualquier caso, igual de bien. Pero, desde luego, jamás habría dejado aquella isla de bienaventuranza, donde era tan feliz como un rey sin súbditos… No, ni siquiera en el caso de que le hubieran nombrado primer lord del Almirantazgo.

Dejo a la consideración del lector si semejantes tendencias se desarrollaron durante su aventurera juventud lanzada a los cuatro vientos. Su padre, hombre instruido, no dejaba de consolidar aquella perspicaz inteligencia con estudios continuados de hidrografía, física y mecánica, acompañados de algunas nociones de botánica, medicina y astronomía.

A la muerte del digno capitán, Samuel Fergusson tenía veintidós años de edad y había dado ya la vuelta al mundo. Ingresó en el cuerpo de ingenieros bengalíes y se distinguió en varias acciones; pero la existencia de soldado no le convenía, dada su escasa inclinación a mandar y menos aún a obedecer. Dimitió y, ya cazando, ya herborizando, remontó hacia el norte de la península india y la atravesó desde Calcuta a Surate. Un simple paseo de aficionado. Desde Surate le vemos pasar a Australia, y tomar parte, en 1845, en la expedición del capitán Sturt, encargado de descubrir ese mar Caspio que se supone existe en el centro de Nueva Holanda. En 1850, Samuel Fergusson regresó a Inglaterra y, más dominado que nunca por la fiebre de los descubrimientos, acompañó hasta 1853 al capitán Mac Clure en la expedición que costeó el continente americano desde el estrecho de Behring hasta el cabo de Farewel. A pesar de todas las fatigas, y bajo todos los climas, Fergusson resistía maravillosamente. Se hallaba a sus anchas en medio de las mayores privaciones. Era el perfecto viajero, cuyo estómago se reduce o se dilata a voluntad, cuyas piernas se estiran o se encogen según la improvisada cama, y que se duerme a cualquier hora del día y despierta a cualquier hora de la noche.

Nada menos asombroso por consiguiente, que hallar a nuestro infatigable viajero visitando desde 1855 hasta 1857 todo el oeste del Tíbet en compañía de los hermanos Schtagintweit, para traernos de aquella exploración observaciones etnográficas de lo más curioso. Durante aquellos viajes, Samuel Fergusson fue el corresponsal más activo e interesante del Daily Telegraph, ese periódico que cuesta un penique y cuya tirada, que asciende a ciento cuarenta mil ejemplares diarios, apenas logra abastecer a sus millones de lectores.

Así pues, el doctor era hombre bien conocido, pese a no pertenecer a ninguna institución científica, ni a las Reales Sociedades Geográficas de Londres, París, Berlín, Viena o San Petersburgo, ni al Club de los Viajeros, ni siquiera a la Royal Politechnic Institution, donde su amigo, el estadista Kokburn, metía mucho ruido. Un día Kokburn le propuso, para darle gusto, resolver el siguiente problema: dado el número de millas recorridas por el doctor alrededor del mundo, ¿cuántas millas más ha andado su cabeza que sus pies, teniendo en cuenta la diferencia de los radios? O bien, conociendo el número de millas recorridas por los pies y por la cabeza del doctor, calcular su estatura con toda exactitud. Pero Fergusson continuaba manteniéndose alejado de las sociedades científicas, pues era feligrés militante, no parlante; le parecía emplear mejor el tiempo investigando que discutiendo, y prefería un descubrimiento a cien discursos.

Cuéntase que un inglés se trasladó a Ginebra con intención de visitar el lago. Le metieron en un carruaje antiguo en el que los asientos estaban de lado, como en los ómnibus, y a él le tocó por casualidad estar sentado de espaldas al lago. El carruaje realizó pacíficamente su viaje circular y nuestro inglés, aunque ni una sola vez volvió la cabeza, regresó a Londres perdidamente enamorado del lago de Ginebra.

El doctor Fergusson, por su parte, durante sus viajes se había vuelto más de una vez, y de tal modo que había visto mucho. No hacía más que obedecer a su naturaleza, y tenemos más de un motivo valedero para creer que era algo fatalista, aunque de un fatalismo muy ortodoxo, pues contaba consigo mismo y hasta con la Providencia; se sentía más bien empujado a los viajes que atraído por ellos y recorría el mundo a la manera de una locomotora, la cual no se dirige, sino que es dirigida por el camino.

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