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Authors: Louise Cooper

Tags: #Fantastico

Infierno

BOOK: Infierno
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Siete demonios, siete seres maléficos, arrojarán otra vez a la humanidad a la tenebrosa historia de su propia necedad, a menos que sea destruidos. Y Anghara, hija-de-Kalig, ya no es Anghara. Ahora su nombre es Índigo —el color del luto— y su hogar es el mundo entero porque ha perdido todo derecho sobre el reino en el que nació. En éste gobierna otro señor y la leyenda de la Torre de los Pesares ha dejado de existir por expreso deseo de la Madre Tierra, que ordenó que todo recuerdo de la caída de la Torre se borrase de la memoria de las gentes. Es por eso que el nuevo rey pide a sus bardos que compongan tristes baladas sobre las fiebres que acabaron con las vidas de la antigua dinastía de Kalig, sin sospechar que un miembro de ella sigue con vida.

Pero Carn Caille le está vedado a Índigo y en su lugar se dirige hacia el norte, hacia una región donde unos amenazadores fuegos volcánicos hierven lentamente en las profundidades de la tierra, y donde espera encontrar al primero de los demonios al que debe someter. Índigo, sin poder envejecer ni morir y guiada tan sólo por la piedra-imán, regalo de la Madre Tierra, inicia su búsqueda con una única amiga que ni siquiera es humana —la loba Grimya— y con una enemiga que seguirá sus pasos dondequiera que vaya, ya que forma parte de ella misma pues ha sido creada a partir de lo más tenebroso de su propia alma: su Némesis, el octavo demonio.

Louise Cooper

Infierno

Índigo II

ePUB v1.0

Molothrus
28.01.12

Título original: Inferno (Book 2 of Indigo)

© 1988 by Louise Cooper

© Editorial Timun Mas, S.A., 1989

Para la presente versión y edición en lengua castellana

ISBN: 84-7722-415-3 (Obra completa)

ISBN: 84-7722-417-1 (Libro 2)

Bailamos sobre un volcán.

Narcisse Achille Salvandy,

1795-1856

Para Gary, quien consigue que

el baile merezca la pena.

PRÓLOGO

E
n una solitaria y yerma extensión de tundra, allí donde los límites de un pequeño reino se encuentran con las enormes murallas heladas de los glaciares meridionales, las ruinas de una torre solitaria arrojan su perversa sombra sobre la llanura. La Torre de los Pesares —no tiene ningún otro título—fue la obra de un personaje cuyo nombre quedó olvidado hace muchísimo tiempo, ya que, según cuenta la antigua historia barda, la suya fue una época antiquísima, anterior incluso a aquella en la que los que ahora vivimos bajo el sol y el firmamento empezamos a contar el tiempo.

En aquella época remota, la estupidez y la codicia de la humanidad condujeron este mundo al borde de la ruina. Al fin, la misma Naturaleza se alzó contra ella, y la Madre Tierra descargó su venganza sobre los hijos que habían traicionado su confianza. Pero durante la sombría noche de su desquite, la torre permaneció incólume. Y cuando todo hubo terminado, y una humanidad más sabia levantó la cabeza de entre los restos de su propio desatino para iniciar la vida de nuevo en un mundo purificado y sin mácula, la torre se convirtió en un símbolo de esperanza, ya que entre sus muros estaban encerrados por fin los demonios que el hombre había creado.

Así pues, durante siglos la Torre de los Pesares se alzó solitaria sobre la llanura, y ningún hombre ni mujer se atrevió a volver la cabeza hacia ella, por temor a la antigua maldición contenida en su interior. Y así hubiera continuado, de no haber sido por la imprudencia de la temeraria hija de un rey.

Su título era en aquel entonces princesa Anghara hija-de-Kalig; pero ahora ha perdido el derecho a ese nombre y a su herencia. El motivo es que violó una ley que había perdurado desde los albores de la historia de su pueblo, al quebrantar la santidad de aquella antiquísima torre en un intento por descubrir su secreto.

Oh, sí; la princesa consiguió lo que deseaba y descubrió el secreto. Pero, al soltarse sus cadenas, la Torre de los Pesares se partió en dos y la antigua maldición de la humanidad surgió profiriendo alaridos de entre las tinieblas para aferrarse de nuevo al mundo y al espíritu de Anghara hija-de-Kalig.

En aquella lóbrega noche en que la maldición volvió a despertarse, Anghara perdió su casa y su hogar, su familia y su amor, frente a aquel siniestro poder. Y con la llegada del nuevo amanecer tomó sobre sus jóvenes hombros el peso que ahora la atormenta día y noche, dormida y despierta. La Madre Tierra ha decretado que, para reparar su crimen, la muchacha debe buscar y eliminar a los siete demonios que cayeron, entre carcajadas obscenas, sobre el mundo cuando la Torre de los Pesares se derrumbó.

Siete demonios; siete seres maléficos que, a menos que se los destruya, arrojarán a la humanidad de nuevo a la tenebrosa historia de su propia estupidez. Anghara ya no es Anghara. Su nombre ahora es índigo —el color del luto— y su hogar es el mundo entero, ya que ha perdido todo derecho sobre la casa en la que nació.

índigo no puede morir. Ni tampoco puede envejecer o cambiar, pues mientras su búsqueda permanezca incompleta está condenada a la inmortalidad. Tiene una amiga que no es humana. Y tiene una enemiga que seguirá sus pasos dondequiera que vaya, ya que forma parte de ella misma y ha sido creada a partir de las profundidades más tenebrosas de su propia alma. El octavo demonio es su Némesis.

Han transcurrido cinco años desde que índigo contemplara por última vez las viejas piedras de Carn Caille, la fortaleza de los reyes de las Islas Meridionales y su antiguo hogar. Ahora gobierna allí un nuevo señor, y la leyenda de la Torre de los Pesares ha dejado de existir; la Madre Tierra ordenó que todo recuerdo de la caída de la torre, así como el conocimiento de su auténtico propósito, quedase borrado de la memoria de la gente. Es por ello que el rey Ryen pide a sus bardos que compongan tristes baladas sobre las fiebres que acabaron con las vidas de la antigua dinastía de Kalig. Y las llora como es justo y propio que haga, sin sospechar que un miembro de esa vieja dinastía sigue con vida.

Pero Carn Caille le está prohibido a índigo. En su lugar ha vuelto el rostro hacia el norte, hacia, las calurosas tierras centrales del enorme continente occidental, en busca del primero de los demonios: la primera de sus pruebas. Guiada tan sólo por la piedra-imán, regalo de la Madre Tierra, índigo viaja y busca.

Y allí donde la conduzcan sus vagabundeos, Némesis la sigue siempre de cerca...

1

E
l árido calor de la noche dificultaba el sueño de la loba
Grimya.
Estaba tumbada al abrigo de un saliente de roca, el hocico sobre las patas delanteras, la cola se agitaba, de vez en cuando, incómoda; miraba ladera abajo, más allá de las matas de arbustos raquíticos y mal alimentados, hacia la vacía y polvorienta carretera y el lento río, que discurría algo más lejos. Había visto salir la luna, llena y distorsionada, con la forma y el color de una naranja ensangrentada en la reluciente atmósfera, y había observado cómo avanzaba por el firmamento, entre un diluvio de estrellas desconocidas, hasta quedar inmóvil en el aire, un ojo feroz y hostil, sobre su cabeza. Entre las rocosas grietas, pequeños reptiles se movían perezosa e intermitentemente, como si la luna molestara sus sueños.
Grimya
estaba hambrienta, pero la lasitud podía más que el deseo de caza. Cerró los ojos intentando pensar en lluvia, en nieve, en los verdes prados y los fríos e impetuosos torrentes de su país. Pero el tiempo y la distancia se interponían entre ella y sus recuerdos: los bosques del País de los Caballos estaban demasiado lejos y, desde hacía demasiado tiempo, se hallaban perdidos entre recuerdos para siempre vagos y nebulosos del lejano sur.

El poni bayo, que permanecía sujeto a un matorral a pocos metros de allí, sacudió la cola, al tiempo que arañaba la piedra con uno de los cascos, y la loba abrió los ojos de nuevo. No había ningún motivo de alarma; el poni dormitaba, con la cabeza gacha, y el movimiento no había sido más que un reflejo.
Grimya
lanzó un cavernoso bostezo. Luego, como si la inquietase algún oscuro instinto, volvió la cabeza para mirar por encima del hombro a la figura que se encontraba a sus espaldas, acurrucada sobre una gastada manta.

La joven dormía con la cabeza apoyada en la silla del poni. Sus largos cabellos, que mostraban mechones de un cálido tono castaño entre el predominante tono gris, quedaban apartados de su rostro, y la vacilante luz de la luna le confería, momentáneamente, un aspecto plácido. Las arrugas, producto de la tensión nerviosa, quedaban borradas; el rictus de la boca aparecía relajado y el eco de una inocencia y una belleza perdidas parecía brillar en los contornos de sus mejillas y mandíbula. Pero aquella tranquilidad era una ilusión, que, en cuestión de segundos, se hizo añicos cuando los labios de la muchacha temblaron y la vieja sombra regresó a su rostro. Una mano se crispó de forma inconsciente y se cerró con fuerza; luego volvió a abrirse y se extendió hacia afuera como si quisiera tomar y retener los dedos de un compañero invisible. No encontró nada, y mientras la mano retrocedía de nuevo dejó escapar un gemido, como si sintiera un gran dolor.

Perdida en otro mundo aún más cruel, custodiada bajo la calurosa luna por su única amiga, índigo soñaba.

¿Cuánto tiempo ha transcurrido, índigo, antes llamada Anghara?

—Cinco años... —El suspiro se elevó como aire gélido y se perdió en la nada.

Cinco años, criatura. Cinco años desde que tu delito colocó esta carga sobre tus hombros. Has andado mucho desde esos días perdidos en el tiempo.

Vio los rostros, en aquel instante, igual que los había visto tantas veces con anterioridad, moviéndose en lenta procesión en los ojos de su mente. Kalig, rey de las Islas Meridionales, su padre. Imogen, la reina, su madre. Su hermano Kirra, que habría sido rey cuando le hubiera llegado el momento. Y también otros: guerreros, cazadores, sirvientes, todos los que habían muerto junto a su señor en Carn Caille. Una triste procesión de fantasmas.

Y entonces, como ya sabía que iba a suceder, apareció otra figura: los oscuros ojos atormentados, los negros cabellos lacios por el sudor, la energía de su cuerpo destrozada y retorcida por el dolor. Sintió un nudo en su interior e intentó gritar contra aquella visión y desviar la mirada. Pero no pudo. E involuntariamente sus labios formaron un nombre.

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