La fábrica de hombres y otros relatos

 

Los cuentos de Oskar Panizza, deudores de la tradición romántica alemana, siguen la estela de su admirado E.T.A. Hoffmann y del omnipresente Edgar Allan Poe. Suponen una de las contribuciones más admirables que hayan dado las letras germánicas a la literatura fantástica. Dotado de un finísimo sentido del humor —tendente a lo sarcástico—, un marcado acento anticlerical y un excelso domino de la psique humana, sus historias son agudas, divertidas e inquietantes. Panizza juega con el lector narrando siempre en primera persona (como Poe, Maupassant o Hoffmann), insertando elementos “ambiguos” o “alucinatorios” en la percepción del protagonista que conducen irremisiblemente a la escisión de lo real. La locura es el fantasma de una condena interior, un espanto del que no es posible huir. Asistimos a una pugna permanente entre el mundo íntimo (lleno de colorido) y el universo social (gris), tal como refleja en
Fritz Corsés
. Panizza se muestra siempre crítico con la decadencia moral del hombre, idea que expone en relatos como el impactante
La posada de la Trinidad
(una especie de versión corta de
El concilio del amor
) o su anticipatorio
La fábrica de hombres
, que además de una honda reflexión ética, supone su incursión en el campo de la ciencia ficción.

Oskar Panizza

La fábrica de hombres

y otros relatos

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chungalitos
16.07.11

Oskar Panizza

Oskar Panizza (1853-1921) es un caso curioso de la historia de las letras germánicas. Aunque era médico psiquiatra y se dedicó a esta profesión durante algunos años, su vocación por la literatura fue determinante en su vida, ya que por la aparición de
El concilio del Amor
en octubre de 1894 fue procesado y condenado a un año de prisión, a pesar de padecer una enfermedad grave en las piernas. En esta obra dramática aparece en escena un Dios decrépito, una Virgen María lasciva y un Jesucristo lánguido y tísico que deciden castigar a la humanidad mandándole la sífilis, al enterarse de la vida tan desenfrenada que llevaba el Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y su corte a finales del siglo V. Este drama se incluye en una tendencia literaria puramente satírica que desarrolla el autor en esa época. A partir de ese momento sufrirá la persecución policial y familiar hasta límites intolerables. A finales del siglo es expulsado de Zurich, donde había editado la mayoría de sus libros, y marcha a París. Allí vivirá de forma penosa, aislado y en sus condiciones económicas precarias. La represión policial y familiar que no cesó en ningún momento consiguieron que en 1906, desprovisto de recursos, regresara a Alemania para entregarse a las autoridades, éstas, con el beneplácito de los familiares, lo declararon incapaz por transtornos mentales. Oskar Panizza pasó el resto de sus días en diversos hospitales psiquiátricos en los que siguió escribiendo, su último seudónimo fue «Pazjent» (paciente).

Su escritura es muy particular y esta particularidad se manifiesta en la sintaxis, semántica, ortografía y puntuación. Sigue un esquema lingüístico personal, asistemático, que se aparta en todo momento de la norma. Los cuentos que conforman esta selección tienen una fuerte carga satírica y crítica, fundamentalmente hacia el catolicismo dogmático de la Baviera de la época. También poseen una dimensión fantástica, aunque su manera de exposición sugiere en ocasiones explicaciones racionales que terminan creando una cierta «realidad» de lo sobrenatural; esta ambigüedad será alimentada hasta el final de las narraciones de modo que el lector tenga que sacar sus propias conclusiones.

La fábrica de hombres

A menudo me siento totalmente confundido. Los hombres que me rodean palidecen hasta convertirse en sombras, que como muñecas baratas se tambalean de un lado para otro, y un nuevo género humano de colores, convocado por mi imaginación, asciende desde el suelo mirándome con ojos aterrorizados.

TIECK

Quien ha viajado mucho a pie adquiere poco a poco tanta experiencia en apreciar el curso del sol, así como las distancias en el mapa, que sabe exactamente cuándo tiene que salir de un sitio para llegar a salvo, antes del anochecer, al pueblo o a la ciudad que ha escogido para pasar la noche. No le ocurrió así al autor de este relato unos años atrás, cuando hacía poco tiempo que había empuñado el bastón de caminante y una tarde se vio sorprendido por la caída de la noche, y, sin poder consultar un mapa o la brújula, llevaba dos horas andando mecánicamente por la carretera, desamparado, cansado, hambriento, solitario y sin rumbo. Estaba en la parte oriental de Alemania central y ya no sabía ciertamente en qué provincia, o cerca de qué gran ciudad me encontraba, lo cual no tiene la más mínima importancia para apreciar la siguiente comedia.

Después de haber llegado a la conclusión de que pararse no conducía a ninguna parte y de que la humedad del suelo impedía dormir al aire libre, decidí seguir caminando sin parar, aunque fuera toda la noche, conservando mis fuerzas en lo posible. Dada la densidad de población en Alemania, tenía que encontrarme tarde o temprano con algún lugar habitado. Mi perseverancia fue coronada por el éxito, es decir, encontré lo que buscaba: un sitio para dormir. Si semejante albergue podía llamarse un éxito, o si habría sido preferible que el autor pasara la noche en el charco más sucio de la carretera, que lo juzgue el amable lector al término de este relato, ya que sólo los acontecimientos fatales de esa única noche serán el objeto de las páginas siguientes.

Era más o menos un poco antes de las doce de la noche cuando, caminando con la cabeza inclinada hacia el suelo, de repente vi aparecer ante mí un enorme edificio negro, a pocos pasos de la carretera. Éste parecía, en la medida en que la oscuridad permitía observar, muy sólido y compuesto de inmensas piedras labradas, tenía varios pisos y disponía de diversas construcciones anejas, cobertizos para herramientas y material, salas con máquinas, chimeneas; total, una instalación evidentemente industrial, de grandes dimensiones. No vi ninguna luz; a pesar de ello, estaba firmemente decidido a anunciarme; un camino de gravilla fina conducía de la carretera a la entrada. Bellos jardines, a izquierda y derecha, revelaban cierta posición económica del dueño así como su sentido artístico y amor a la naturaleza. Llamé. Un sonido chirriante y agudo recorrió toda la casa, cuyos pasillos y corredores debían de ser enormes según se podía deducir por el eco. «¡Esto va a armar un buen alboroto!», pensé. Pero para mi gran sorpresa, enseguida oí unos pasos muy cerca de mí; se abrió una puerta, sonó un llavero, y un momento después se abrió el pesado portón de la entrada pintado de marrón y apareció ante mis ojos un hombrecito pequeño, oscuro, con cara amable y bien afeitada, y me preguntó con un gesto mudo qué deseaba.

—Perdone que le moleste tan tarde, a estas horas de la noche dije ¿pero qué clase de casa es ésta?

—Una fábrica de hombres.

Ahora pido al lector, antes de seguir adelante, que nada, ninguna pregunta, respuesta u observación, aunque fuera la más descabellada, le detenga en su lectura hasta el final de esta historia. Oímos, vemos o leemos a menudo en la vida muchas cosas extrañas, como parece dar a entender la respuesta de más arriba, sin salir por ello corriendo o cerrar el libro de un golpe. Lo más importante es no perder la cabeza, dejar reposar los hechos y luego intentar comprenderlos. Me gustaría observar respecto a esta cuestión que, cuando en un sustantivo compuesto una palabra sirve para determinar o explicar la otra, esta última funciona como un sujeto, mientras que la primera se expresa de la mejor manera por una oración relativa. Ya que no tenía motivos para suponer que en esta extraña casa reinasen reglas gramaticales distintas de las del resto de Alemania, entendí por «Fábrica de hombres» una fábrica en la que se fabrican hombres. Y esto era correcto. Y ahora no quiero seguir interrumpiendo el curso del relato. Me quedé sin habla y como fulminado ante el pequeño hombrecito, casi incapaz de concebir un pensamiento, y mucho menos de pronunciar unas palabras apropiadas, hasta que el amable viejo, que no estaba en absoluto furioso por mi vacilación, me invitó con un gesto de la mano a entrar. Entonces penetré en el pasillo. Reuniendo todas mis fuerzas, conseguí mirarle a los ojos y observar muy cortésmente:

—¿Habla usted metafóricamente? ¡Usted no quiere decir con ello que fabrica hombres!

—Sí, hacemos hombres.

—¿Usted fabrica hombres? ¿Qué significa esto? —exclamé entonces extremadamente excitado.

Pero en secreto me vino la idea de que había algo anormal en el hombre o en la casa. El viejo no parecía darse cuenta o fijarse en mi asombro, sino que dijo, señalando una puerta de cristal a donde habíamos llegado entretanto siguiendo nuestro camino:

—Por favor, ¿quiere entrar usted ahí?

—¡Hombres! —exclamé—. No se puede tomar al pie de la letra, es una metáfora, una figura retórica, es imposible que usted quiera hacer hombres como se hace pan.

—Efectivamente —exclamó el viejecito casi con alegría y sin la menor muestra de irritación, con un tono parecido al de un vigilante de museo cuando dice: «Sí, el cuadro famoso por el que pregunta lo tenemos aquí»—; de hecho, acepto su comparación: hacemos hombres como se hace pan.

Habíamos llegado a un corredor con anchas baldosas; en los miradores que daban al patio, había dispuestas grandes escupideras de madera, llenas de serrín blando, como copos de nieve. Se podía deducir que de día pasaba mucha gente por aquí: en todo estaba impreso el carácter de la sabiduría y la explotación racional; las paredes estaban recién blanqueadas con una pintura sencilla, pero hecha con esmero.

Miré otra vez al hombre: parecía tan racional, diligente y benévolo; su edad y su mesura parecían excluir toda tendencia a lo fantástico o a las bromas estúpidas. Me rasqué la oreja para ver si había un filtro que deformase las palabras y su significado. «Hombres», me dije a mí mismo.

—¿Usted hace hombres? —dije luego en voz alta—; pero, ¿para qué? ¿Con qué fin? De acuerdo, usted los hace, pero ¿para qué hacer hombres si nacen diariamente cientos de hombres sin ningún coste? ¿De qué tipo son sus hombres? ¿Cómo ha llegado usted a una idea tan monstruosa? ¿Quién es usted? ¿Es usted hombre extravagante que se ha quedado en la Edad Media y cavila sobre los teoremas mágicos de un Doctor Fausto que la Edad Moderna ha olvidado hace tiempo? ¿Adónde he venido a parar? ¿He andado demasiado hacia el Este y he llegado a un laboratorio mágico oriental? ¿O estoy en un manicomio occidental? ¡Hable! ¡Repita su respuesta! ¿Qué clase de casa es ésta?

Mi acompañante no parecía desconcertado lo más mínimo por el aluvión de mis preguntas agitadas; miraba con tranquilidad hacia el suelo, como si inspeccionara la exactitud del trabajo del solador; una actitud indiferente que me ponía más nervioso y receloso. Luego me dijo con cierto comedimiento:

—Usted hace muchas preguntas seguidas. Voy a intentar responder a ellas empezando por la última, pero desde ahora le advierto que viendo y observando usted podrá durante la visita comprender y conocer mucho más de lo que yo pueda explicarle y usted preguntar. Le repito: ¡esta casa es una fábrica!

—¿Y usted fabrica...? —añadí casi jadeando.

—Hombres.

Hombres, hombres, dice el viejo con tranquilidad imperturbable. Me sumí en una profunda melancolía, y mi compañero era lo bastante complaciente como para no molestarme. Las miles de preguntas que encadena una expresión como «fábrica de hombres» cuando se le echa a uno encima en medio del camino, cruzaban atropelladamente por mi cabeza, porque la lengua no podía dominarlas con suficiente rapidez. Hombres, me decía a mí mismo, ¡vale! La idea no es mala, pero ¿para qué fabricarlos, y con qué medios? Mi acompañante me cogió suavemente por el brazo para entrar en la primera sala.

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