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Authors: I. Biggi

Tags: #Intriga, #Policíaco

La fórmula Stradivarius (10 page)

La cacería del nazi fugado había comenzado gracias a la información facilitada por uno de los múltiples colaboradores de Wiesenthal. Se trataba de un antiguo preso de los campos de exterminio que de niño había visto morir a toda su familia en la cámara de gas. El hombre había facilitado la pista de una mujer a la que había reconocido como la antigua amante de un jerarca nazi. Siguiendo los consejos de Simon el hombre la había seducido, convirtiéndola en su propia amante. No tardó en sonsacarle dónde se escondía el criminal, obteniendo incluso una fotografía en la que aparecía el nazi vestido con uno de esos abrigos largos de cuero negro tan característicos en uno de los campos de exterminio.

La mujer también le explicó que el antiguo SS había escapado de los juicios de Nuremberg, celebrados por los aliados al final de la guerra, huyendo a Italia, donde había estado trabajando de granjero antes de cruzar el océano y trasladarse a Argentina. Allí trabajaba de mecánico en una fábrica de Mercedes-Benz, bajo el nombre de Ricardo Clement.

Tras meses de preparación Malkin, Menasés y el resto del equipo consiguieron atrapar en Buenos Aires a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, responsable directo del asesinato de millones de personas, encargado de la llamada «solución final del problema judío».

Eichmann, alias Ricardo Clement, acababa de bajarse del autobús de vuelta del trabajo cuando fue interceptado. Malkin, que apenas balbuceaba algunas palabras de español, permitió que fuera Menasés quien se dirigiera al fugitivo. Sin darle tiempo a reaccionar, el alemán fue introducido a la fuerza en un coche que apareció en ese momento y conducido a un lugar seguro, ante la estupefacción de los transeúntes.

Diez días después y tras ser severamente interrogado, lo subieron drogado a un avión comercial, donde sus secuestradores hicieron las veces de auxiliares de vuelo, para vigilarlo. El destino del avión era Jerusalén, donde fue juzgado públicamente, encontrado culpable de crímenes contra la Humanidad y ahorcado dos años después.

Aquél fue su mejor y uno de sus últimos trabajos para el Centro de Documentación Judía. Al cumplir los treinta y siete, Menasés se dio cuenta de que aquella lucha, en la que nadie más que ellos creía, lo estaba destruyendo. Simon trató de convencerlo para que siguiera, pero Menasés no hizo caso, abandonó Austria y se instaló de nuevo en Rzeszów, su ciudad natal, de la que apenas guardaba recuerdos.

No fue sencillo poder entrar en la Polonia que resurgía bajo el control ruso. Convulsa y desorientada, su patria miraba con sospecha a los que trataban de establecerse en ella.

La fortuna, hasta entonces esquiva, quiso que el por entonces primer secretario del Partido Comunista, virtual gobernante de Polonia, Wladyslaw Gomulka, fuese un antiguo compañero de andanzas en el movimiento comunista anterior a la Gran Guerra del padre de Menasés, y lo recibiera con los brazos abiertos, llegando a ofrecerle un destacado puesto en la administración.

Menasés, escarmentado con la política, rechazó el ofrecimiento y trató de pasar lo más desapercibido posible. Seis años permaneció allí, dedicado al estudio y a ejercer como rabino en una pequeña sinagoga, tratando de olvidar los horrores conocidos en los campos de exterminio, la guerra y la posguerra.

Incluso se reencontró con su querida Leah, una buena mujer con la que se casó, a la que había conocido en uno de los campos de concentración. Leah había sido una magnífica superviviente mientras estuvo recluida, pero de vuelta a su tierra no logró adaptarse a los nuevos tiempos y se fue marchitando hasta dejar de nuevo solo a Menasés.

Sin embargo, la suerte le volvió una vez más la espalda. Las malas condiciones de vida provocaron el descontento popular y comenzaron las protestas contra el gobierno. El partido de Gomulka, debilitado, encontró una respuesta recurrente al problema y lanzó una campaña antisemita para reprimir la disidencia. Cientos de judíos fueron cesados de cargos en la administración, el Partido, la universidad y los periódicos, y se vieron obligados a abandonar Polonia.

Temeroso por el resurgir de viejos demonios que creía enterrados, Menasés se apresuró a abandonar su patria, en la que nada era como había conocido en su infancia, y poner rumbo a un Israel exultante y agradecido con el antiguo ayudante de Wiesenthal, que el año anterior había librado y ganado la Guerra de los Seis Días.

Ahogado por la falta de paz espiritual y hastiado por la naturaleza del hombre, recién cumplidos los cuarenta y tres se instaló en Jerusalén, ciudad que nunca había abandonado desde entonces y donde por fin creyó encontrar el descanso que necesitaba.

En su habitación del hotel, Etzel se desnudó delante del espejo de cuerpo entero que tenía el enorme cuarto de baño. Acercando el rostro al cristal se extrajo las lentillas y las arrojó por el inodoro.

El estuche, al que había retirado el papel de regalo y vuelto a envolver como si se tratara de un paquete de mensajería, descansaba sobre el sofá del dormitorio, a la espera de que se pusiera en contacto con su cliente para convenir cuándo y cómo se haría la entrega.

El contacto se establecería por internet, mediante un sistema previamente convenido, medio más seguro que el móvil. Por supuesto, el encuentro personal estaba descartado.

Al recibir el encargo, Etzel se limitaba a tomar nota, solicitar la información que precisaba para llevarlo a cabo, estudiar la viabilidad del mismo, cumplirlo y después, si había algo que entregar, lo dejaba en una consigna. Cuando desde el banco suizo donde guardaba celosamente su fortuna le daban aviso de que el pago había sido ingresado, facilitaba el lugar donde se hallaba la misma, el número de ésta y la clave para abrirla. En esta ocasión sería la consigna de un aeropuerto.

Con los brazos apoyados sobre el lavabo soportando el peso del cuerpo, dejó colgar la cabeza con los ojos cerrados aguardando a que la sensación de mareo pasase.

No era la primera vez que le sucedía. Cada vez que terminaba un trabajo sufría el mismo mal. Le dolían todos los músculos, de la cabeza a los pies. Una especie de espesa nube le adormecía el cerebro, anulando su capacidad de concentración, como si llevara varios días sin dormir. Los reflejos se volvían lentos y los movimientos, pesados.

Etzel había descubierto que los síntomas eran más severos y persistentes cuanto más violento era el trabajo. Y éste lo había sido mucho. El maldito griego le había obligado a emplearse a fondo.

Y no es que Etzel no hubiera disfrutado. Pero había resultado peligroso. Al principio tenía la situación controlada. Tras acceder a la mansión, una vez anuladas las alarmas y matar a la enfermera, el viejo no tenía escapatoria y Etzel disponía de toda la noche para arrancarle lo que deseaba saber.

Había torturado a suficientes personas para conocer cuál era la frontera del aguante humano, así que cuando, tras dos horas de implacable tormento, el griego seguía jurando con la voz rota por el dolor que el estuche no lo tenía él y que estaba en Suiza, terminó por creerlo.

Tras la llamada al cliente y mientras éste comprobaba lo que decía el griego, Etzel había esperado pacientemente, asegurándose de que su víctima no muriera. Su fría calma desapareció al serle confirmado que el viejo había mentido. Entonces había perdido el control.

Ni la rápida confesión del indefenso viejo había logrado detener la desquiciada orgía de martirio prolongada más allá del límite humano. Etzel tardó mucho en darse cuenta de que su víctima llevaba rato muerta. Aun así le costó esfuerzo dominarse. Por suerte, todavía quedaba margen para borrar las huellas que hubiese podido dejar en su desenfreno y marcharse. Pero tenía que reconocer que casi había echado todo a perder, primero por el riesgo de haber podido matar al griego antes de obtener la información y después por prescindir de toda precaución, al no controlar sus actos.

Bajo el fuerte chorro de la ducha, dejaba que el agua, muy caliente, lo golpeara en el rostro y cayera por la cabeza, llevándose el tinte del cabello. Del televisor del dormitorio le llegaban unos ruidos que no podía discernir. Al cabo de media hora, sin fuerzas para enjabonarse y con la piel roja, escaldada, hizo un gran esfuerzo para cerrar el grifo y salir de la bañera. La nube cada vez se espesaba más y volvía los movimientos más lentos y desmañados. Envolviéndose en un albornoz del hotel y con el agua tintada cayéndole en churretones, salió del baño, que, por el vapor, más parecía una sauna, tomó el mando a distancia del televisor y se dejó caer sobre la cama.

Pulsando los botones de forma aleatoria, fue cambiando de canal con tal rapidez que le resultaba casi imposible apreciar la programación de cada uno. Tres películas, una de ellas antigua, de vaqueros, dos programas de prensa rosa, otros dos de estúpidos concursos, un canal de deportes, el de la CNN y tres series.

Dejó una de las series sin prestarle caso. En ella una muchacha andaba de noche por una carretera muy oscura. Iba llorando y continuamente miraba hacia atrás, como si esperase que algo apareciera a sus espaldas.

La cámara recogió de frente un par de tropiezos de la protagonista, una mala actriz. A lo lejos empezaron a distinguirse dos puntos de luz que se iban haciendo cada vez más grandes. La muchacha también se percató y comenzó a hacer gestos para atraer la atención del conductor.

El plano cambió. Ahora captaba sólo las dos luces acercándose, mientras la banda sonora se hacía más siniestra. Para Etzel resultaban hipnóticas aquellas luces que ocupaban la pantalla. Las luces de un vehículo, más y más grandes a cada instante que pasaba.

Etzel miraba fijamente aquellas luces que se le echaban encima. Sólo que ahora no era de noche. El sol se estaba poniendo pero aún había suficiente luz para permitirle percibir la furgoneta blanca que, chirriando las ruedas por la presión del conductor sobre el freno, trataba de no atropellarle. Etzel tenía ocho años y estaba en mitad de la calzada. Las luces parecían dos soles que ocupaban todo su campo visual. Etzel cerró los ojos.

Cuando los abrió, no eran dos sino una única luz. Más blanca y potente. Poco a poco fue dándose cuenta de que se encontraba en una sala amplia, en una cama. Encima, la cara de un desconocido, que le iluminaba primero un ojo y después el otro con una fina linterna. El desconocido le llamaba por su nombre y le preguntaba qué tal se encontraba. En ese momento había caído en la cuenta de que le dolía terriblemente la cabeza y que apenas podía moverla, le pesaba como si la tuviera rellena de plomo.

A partir de aquel día nada volvió a ser lo mismo en su vida. Tras la larga convalecencia, en que demostró un estoicismo que más que alegrar preocupó a los médicos, éstos llegaron a la conclusión de que ya podía irse a casa. Los huesos de la pierna rota habían soldado perfectamente. Pero a nadie se le escapó que la mirada infantil había cambiado. De alegre, brillante y curiosa, a fría, calculadora y desapasionada.

Los médicos no supieron decir a los padres si la recuperaría. En lo que sí coincidieron fue en advertirles de que debería seguir un control periódico para ver cómo evolucionaba la pequeña lesión cerebral sufrida. Una vena estaba colapsada y, por el momento, no se podía operar.

Con los años olvidaron que una vez su personalidad había sido completamente diferente y se habituaron a la nueva. Una personalidad reservada y esquiva, que asustaba a la ya desquiciada madre.

A los quince años mató a un compañero arrojándolo desde la azotea tan sólo porque éste trató de meterle mano. Observó desapasionadamente cómo la sangre fluía por debajo de la cabeza del muerto. Sus sentimientos no fueron distintos de cuando había matado gatos o perros.

Por aquellos días estudiaban en clase de Historia las correrías de un gobernante huno, el pueblo nómada de origen asiático que se abalanzó desde las estepas del Caspio sobre el Imperio romano. Tal gobernante, que captó inmediatamente su atención, fue conocido como Atila, El Azote de Dios, en gran parte de Europa, y entre los alemanes se le llamó Etzel.

Adoptó el nombre y se olvidó del suyo. Continuó experimentando con animales. Cada vez disfrutaba más con la agonía y muerte ajenas, disfrute que se veía empañado por las jaquecas y la sensación de desmoronamiento físico posterior.

En la televisión acababa de empezar una película porno. Etzel, con los ojos hinchados y semicerrados, cogió el mando a distancia para subir el volumen. Una voluptuosa joven, precariamente vestida, el pelo recogido en un pequeño moño y unas anticuadas gafas de miope, realizaba una entrevista de trabajo. El entrevistador, un corpulento hombre de perilla y coleta, por lo menos quince años mayor que ella, le hacía unas tontas y equívocas preguntas a las que la chica contestaba con ingenuas respuestas.

Etzel, sobre la cama y sin dar importancia a los estragos que el agua sucia del tinte estaba causando en la almohada, observó cómo el entrevistador se levantaba, daba la vuelta a su escritorio colocándose detrás de la chica y, con mano experta, la introducía en su entreabierto escote. Ésta dio un pequeño respingo y fingió mostrarse vergonzosa. A través del vestido se veía que la mano del hombre apretaba con fuerza un potente pecho, haciendo gemir a la chica, mientras que con la otra deshacía el recatado moño, soltando la larga melena que ella se ocupó de airear con unos movimientos de cuello.

En la pantalla, el presunto entrevistador, después de sobar sin ningún pudor los generosos pechos de la chica, obligó a ésta a colocarse de rodillas sobre la silla de oficina en la que estaba sentada, apoyando los brazos en el respaldo. De su prominente bragueta extrajo una verga de buen calibre y la colocó ante el rostro de la joven, que se la metió en la boca. Con movimientos precisos y enérgicos, se puso a la tarea, deteniéndose única y brevemente cuando la mano que el hombre tenía puesta en su nuca la forzaba a introducírsela entera.

La pesada e insensible mano de Etzel aceleró la marcha iniciada bajo el albornoz mientras su mente trataba de despejarse lo suficiente para continuar viendo la película, que en ese momento mostraba cómo el actor giraba sobre su eje la silla, de tal manera que el trasero de la chica se le ofrecía.

En un profundo sopor, Etzel alcanzó el clímax ante el espasmo de dolor de ella cuando el hombre, después de levantar el breve vuelo de la falda y apartar el tanga de encaje, apuntaba sin ningún miramiento la punta de su verga hacia la chica y, de un solo empujón, la hundía en ella.

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