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Authors: I. Biggi

Tags: #Intriga, #Policíaco

La fórmula Stradivarius (3 page)

Este descubrimiento era de vital importancia para el proyecto. Precisamente por ese motivo había elegido el cardenal a Antonio. La exactitud en las frecuencias era la clave que separaba el éxito del fracaso y en eso nadie se podía comparar con él.

Fueron diez años de duro esfuerzo, estudio, experimentos y fracasos. Diez largos años en los que nacieron obras de arte de su taller, a pesar de que todavía no había alcanzado su techo creativo, que no lograban contentar a su creador, pues no alcanzaban la perfección necesaria. Diez años en los que la tarea se convirtió en una obsesión que lo apartó de su familia, pese a aumentarla con cuatro hijos más, y de sus escasos amigos. Diez años en los que no volvió a saber nada del cardenal que, sumido sin duda en las luchas intestinas de la Curia, parecía haberse olvidado del encargo.

Por fin, en 1690, a los cuarenta y seis años de edad, Antonio pudo terminar el primer instrumento que cumplía los requisitos del encargo, un magnífico violonchelo al que llamó
Ianuarius
, en honor al dios romano Jano, protector de los comienzos de todas las actividades, a las que concedía buenos finales.

Ocho años más tarde Francesca, de la que se había ido alejando, murió de fiebres, dejándolo solo a cargo de sus seis hijos. En parte asustado por la soledad, no tardó en paliarla casándose con Antonia Maria Zambelli, guapa mujer con la que tuvo otros cinco hijos.

Ahora Antonia yacía también en la Iglesia de San Domenico tras meses de agónica lucha contra la enfermedad. Ante los ojos de Antonio su mujer había ido perdiendo apetito y peso. La fiebre ardía en su cuerpo, dejándola postrada y robándole toda la vitalidad. Por las noches arreciaba su angustia, entre el dolor en el pecho, los esputos sanguinolentos y la horrible tos. A la mañana siguiente Antonia amanecía empapada de sudor y cada vez más débil, hasta que una de ellas simplemente no despertó.

Antonio era consciente de que pronto se reuniría con ella. El fantasma de la muerte acechaba por la cabecera de su cama desde hacía semanas, jugando con él. No le importaba. La hercúlea tarea que le había sido confiada estaba concluida, tras toda una vida y un millar de instrumentos salidos de sus manos.

Pero ahora que había terminado la obra, tenía un grave problema: ¿Qué hacer con ella? El dominico había fallecido sin dejar dicho qué se debía hacer. Nadie conocía la magnitud del proyecto salvo Antonio. ¿Debía llevarse el secreto a la tumba o legarlo a uno de sus hijos por si alguien lo reclamaba? En ese caso, ¿a quién?

Esto se preguntaba Antonio mientras, absorto, miraba el fuego encendido para caldear el taller y secar el barniz de los instrumentos.

Aquella tarde, había despachado pronto a sus ayudantes y a Francesco y Omobono, los únicos de sus once hijos que habían querido seguir los pasos de su padre y a los que Antonio consideraba, con amargura, faltos de destreza. No había hecho falta excusa alguna. En el taller sus órdenes no se cuestionaban, por extrañas que pudieran parecer, así que, en cuanto los mandó marchar, recogieron las herramientas de los bancos de trabajo, barrieron de virutas y aserrín el local, colgaron sus guardapolvos y delantales azules, y se fueron alegres de poder disfrutar del resto de la tarde.

Antonio cerró con llave el taller. De un armario que nadie tenía permiso para tocar sacó el magnífico violín. Tras pasarle una gamuza lo encordó y afinó. Finalmente llegaba el gran momento.

Conteniendo la respiración, empuñó el arco hecho con crines de caballos blancos rusos y suavemente lo frotó sobre las cuerdas. El sonido límpido y majestuoso brotó en el acto. Tras un breve descanso para armarse de valor, Antonio atacó de nuevo con el arco, siguiendo una escala que se sabía de memoria. Su fatigado corazón aumentó la cadencia por la emoción. Embriagado, el anciano seguía tocando una y otra vez.

¡Sí! Por fin lo había conseguido. Dejando el violín en las rodillas se le escaparon unas lágrimas. El encargo estaba concluido. Pasando una huesuda mano por el puente del instrumento, que, ajeno a la emoción descansaba a la espera de que sus cuerdas fueran acariciadas de nuevo, Antonio rezó una oración.

Con la tarea terminada el anciano sentía una vertiginosa mezcla de emociones contrapuestas. Alivio por haber sido capaz de cumplir la colosal tarea. Tristeza por saber que, alcanzada la meta, no habría nada más. Orgullo al constatar su maestría para ejecutar lo imposible. Curiosidad y a la vez temor ante las consecuencias que tendría su logro. Dudas al no saber qué hacer con sus conocimientos, ni con el fruto del encargo.

Mientras estos pensamientos corrían por su cabeza, acariciaba, con unas manos marcadas por las venas, los huesos y cientos de cicatrices de toda una vida de trabajo, la cubierta de una manoseada Biblia. En ella guardaba sus más preciados secretos. La técnica con que barnizaba, conocimientos sobre el tratamiento, cepillado y manejo de las distintas maderas. La humedad, temperatura y secado necesarios en cada fase de la creación…

Pero también guardaba algo mucho más preciado. Con una tinta invisible, a base de una solución de cloruro de cobalto, Antonio dejaba grabados los acordes secretos, la fórmula facilitada por el cardenal que habría de usarse para hablar con Dios. Y, ahora, también la manera de identificar los doce instrumentos perfectos que podían encadenar dicha fórmula.

Entre tanto el viejo
luthier
reflexionaba, fuera caían copos de nieve. Aún no había llegado el invierno en toda su crudeza pero, a pesar de eso, nadie se aventuraba por las calles a esas horas, a no ser algún mendigo sin hogar.

Poco a poco, hipnotizado por la danza de las llamas, el maestro fue cayendo en el sopor. En el hogar, el fuego, descuidado, empezó a dejar entrar el frío y las sombras. Ajeno a todo, el violín permanecía inmutable en su trono de madera, despidiendo los últimos brillos de su barniz dorado oscuro con tintes rojizos que tanto gustaban a su creador.

A la mañana siguiente cuando los hijos de Antonio fueron a abrir el taller no se sorprendieron de que el hogar humeara, ni de encontrar a su padre sentado en su banqueta frente a los rescoldos, con el cuerpo apoyado sobre un banco. A pesar de la edad del anciano no era raro que se quedara en el taller, amparado por la oscuridad y el silencio, y que se quedara dormido como en esa ocasión. Sólo cuando Omobono, el menor de los dos, quiso tapar a su padre con una manta, se percató del ceniciento tono de la piel del viejo.

Antonio descansaba ya el sueño de los justos, con un gesto plácido en el rostro. Entre sus manos aún sostenía la ajada Biblia que a sus hijos jamás les estuvo permitido tocar, depositaria de sus grandes secretos. Mientras Omobono iba en busca del cura, Francesco le retiró con suavidad el libro, ignorante del legado que ocultaba, y lo dejó sobre el banco de trabajo. Tampoco reparó en el desconocido instrumento, perfecto en su construcción y acabado, que descansaba en un rincón.

Dos días después se oficiaron los funerales por el genial
luthier
, que fue enterrado al lado de Francesca y Antonia. Justo antes de cerrar el ataúd y clavetearlo, Omobono colocó de nuevo la Biblia paterna en manos de Antonius Stradivarius.

RUBÉN (
HIJO DE LA PROVIDENCIA
)

En el instante presente se encuentra el secreto del pasado y del futuro
.

De la Cábala

MADRID. NOVIEMBRE DE 2003

E
l inspector Pablo Herrero se asomó fuera de su despacho. Con disimulo miró a los lados. En la comisaría el ajetreo era menor de lo habitual. Los agentes que trabajaban en horario de oficina, de lunes a viernes, hacían lo posible por ir terminando sus tareas antes de irse a casa. Herrero aspiraba a poder hacer lo mismo.

Acompañando la puerta con la mano para evitar hacer ruido y llamar la atención más de lo imprescindible, Herrero se alejó por el largo pasillo, bajó los tres pisos hasta la entreplanta, dejó atrás la máquina del café, donde dos ociosas oficinistas se reían de alguna tontería dicha por un joven agente, y vio la salida.

Sin permitir que la euforia lo embargara, avanzó hacia la puerta de cristal a través de la cual se veía ya la calle.

—¡Inspector!, inspector Herrero —gritó a sus espaldas una voz que se acercaba por el pasillo.

Herrero se detuvo a un metro de la libertad y cerró los ojos con resignación. Su huida del trabajo se había visto truncada por un solícito agente que no parecía tener motivos para pensar que el inspector Herrero tenía casa propia y no vivía en la comisaría.

—Suerte que lo cojo, inspector —dijo el agente uniformado, sin hacer caso del gesto de fastidio de su superior—. Pregunta el comisario por usted. Ha llamado a su despacho, pero usted ya había salido y me ha pedido que mirase por si aún permanecía en el edificio.

Mientras recogía su mesa, Herrero había oído el irritante timbre del teléfono. Por supuesto, no se le había pasado por la cabeza descolgar.

Lamentablemente el comisario Eusebio Martín había sido más rápido que él. El comisario era un tipo generoso con el tiempo de sus subordinados, pero extremadamente celoso del suyo. Seguro que hacía ya un buen rato que había abandonado la faena.

—Realmente es una suerte que me haya encontrado —repuso sardónico Herrero—. ¿Le ha explicado el comisario qué es lo que quiere?

—No, no me lo ha dicho. Simplemente me ha ordenado que lo buscara. Que se trataba de algo de la máxima importancia.

El inspector miró con desesperación el techo del pasillo. Por lo general cualquier tema, por insignificante que fuese, gozaba de la clasificación de máxima importancia para su superior.

—¿Está el comisario en su despacho? —preguntó con sorna Herrero.

—No, ya se ha marchado para casa —repuso el agente sin dar señales de haber captado la ironía—. Tengo la llamada de su móvil retenida. Si le parece se la paso a su despacho.

Herrero subió por la escalera las tres plantas lo más despacio que pudo, tomándose un respiro entre una y otra para coger un poco de aire. Con metro setenta y cinco de estatura, y noventa y dos kilos de peso la última vez que se subió a una báscula, Herrero estaba un poco relleno y no en plena forma física, algo que se la traía al pairo. Como casi todos los hombres había descuidado su aspecto casi desde el día en que se casó. En esto también coincidía con su mujer, a la que no se podría confundir con una sirena como las que adornaban las taquillas de los vestuarios masculinos en la planta baja, mostrando sus intimidades.

Finalmente llegó hasta su despacho. En el teléfono una lucecita roja indicaba que, al otro lado de la línea, alguien aguardaba a que el aparato fuera descolgado y, o poco conocía Herrero a su jefe, o la espera no estaba siendo paciente. Con calma dejó su anacrónico sombrero de ala blanda en el perchero, un regalo de su mujer años atrás que le acentuaba, al decir de sus compañeros, el parecido con el policía de la película
El exorcista
, colgó el abrigo largo y ligeramente ajado, y con un resoplido se sentó en la torturada silla de plástico amarillo, que prefería a las dotadas de ruedas y palanquitas, anatómicas e inestables, proporcionadas por la jefatura.

—¡Hombre! —dijo una voz maltratada por el tabaco y la ingesta de café hirviendo al otro lado del aparato cuando el inspector se decidió a descolgar—. No se ha dado usted mucha prisa en atender mi llamada.

—Lo siento comisario —contestó Herrero, y sin mucha esperanza añadió—: Salía ya cuando me llegó su recado.

—Me alegro de que aún estuviera por ahí. Si no, hubiese resultado un engorro tener que esperar a que llegara a su casa para trasmitirle el mensaje y habría hecho el viaje en balde. Porque imagino que se le habrá olvidado llevarse el móvil, ¿no?

Ahora era el comisario quien lanzaba las puyas. Herrero, por norma, se dejaba el teléfono en cualquier sitio, con la secreta esperanza, nunca cumplida, de que se perdiera.

—No señor —contestó—. Lo había cogido, pero me temo que anda bajo de batería…

—Sí, claro. Es igual. A lo que íbamos. Se ha producido un asesinato en las afueras de la ciudad, al norte, no muy lejos de Barajas, en una mansión llamada Hybris. El muerto era un tipo de muchísimo dinero, como todos los que viven por allí, pero al parecer además de pasta tenía cierta amistad con un diputado. Me han pedido que destine a mis mejores hombres a este caso. Como comprenderá, me he acordado de usted.

¿
Y de quién, si no
? pensó Herrero sin tratar de dar vida a sus pensamientos. De todos los inspectores jefe en nómina de la comisaría, dos estaban de baja, uno de permiso por paternidad, otro llevaba de excedencia un año y su puesto no había sido cubierto. Así sólo quedaban dos: el propio Herrero y un gañán llamado Eulogio Belmonte, estúpido hasta decir basta, al mando de la brigada de delincuencia organizada, del que tanto sus compañeros como los jefes se hacían cruces tratando de imaginar cómo había logrado aprobar los exámenes, no sólo de ascenso a inspector jefe, sino de oposición para entrar en el cuerpo.

—Cuánto honor me hace, señor. Espero no defraudarlo…

—No se pase, Herrero. Imagino que esperaba poder irse a casa temprano y pasar con la familia el fin de semana, pero este caso es de la máxima importancia.

Herrero separó el auricular de su oreja, fastidiado por la insistencia de cómo debía tratarse el caso por parte de su superior.

En realidad el problema no era suyo y el comisario lo sabía. Herrero, como inspector jefe de homicidios, no tenía por qué desplazarse más allá de su oficina. Para eso estaban los inspectores, pero el que estaba de guardia ese fin de semana era José Estévez, un inepto cincuentón hijo de un antiguo comisario que Herrero había tratado, sin ningún éxito, de quitarse de encima y que, por supuesto, el comisario no quería que se ocupara del caso.

Cuando Estévez se enterara de que no lo habían llamado a él, fingiría enfadarse el muy trepa, pero en realidad estaría encantado de que no se pudiera comprobar, una vez más, su ineptitud.

Herrero, mosqueado por ver rotos sus planes y porque el comisario prescindiera del mismo parásito que se negaba a apartar de su grupo, a punto estuvo de argumentar que abandonar el puesto a las cinco, cuando su horario de los viernes era hasta las tres, no suponía irse a casa temprano tal y como había insinuado el comisario.

—… quiero que se acerque personalmente a esa mansión. Los de la policía científica ya se encuentran allí haciendo su trabajo, póngase en contacto con ellos. En cuanto tenga algo, llámeme que estaré esperando. En el gabinete de presidencia del Gobierno están impacientes. Para variar, trate de darme algo que ofrecerles… ¿sigue usted ahí?

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