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Authors: Curzio Malaparte

Tags: #Histórico, #Bélico

La piel

 

«Two dollars the boys, three dollars the girls!»
es el espeluznante grito de las madres que venden a sus propios hijos en las calles a los soldados. Nápoles, al final de la segunda guerra mundial, tras el desembarco de las tropas norteamericanas, es el escenario de la más célebre novela de
Curzio Malaparte
. Un Malaparte visionario que, en las páginas de
La piel
describe lo que ve, pero a la vez la realidad que se oculta bajo las apariencias, una realidad compleja, histórica, que aflora y se desborda en escenas dignas de Brueghel. Una cena servida por un general americano, en la que se degusta un guiso de sirena, pescado y carne de mujer, pelucas vaginales rubias fabricadas por las napolitanas para complacer a los soldados negros a los que no les gustan las putas morenas... Y al fondo, el Vesubio, la bahía de Nápoles, la Historia y la guerra. Y unos americanos amables y generosos a los que los italianos les parecen repugnantes, cobardes por haber apoyado a Mussolini. Y tras los pasos de esas tropas de liberación en una Italia hambrienta, La piel conduce al lector de Nápoles a Roma y Florencia en un alucinante decorado de Apocalipsis. Piedad, grandeza, vergüenza, abyección, ternura, orgullo o menosprecio afloran en las páginas de un libro magistral que presentamos, como en su momento Kaputt, en una nueva traducción a partir de la versión definitiva del autor.

Curzio Malaparte

La piel

ePUB v1.0

Wilku
10.01.13

Título original:
La pelle

Curzio Malaparte, 1949.

Traducción: M. Bosch Barrett

Editor original: Wilku (v1.0)

ePub base v2.1

A la afectuosa memoria

del coronel Henry H. Cumming,

de la Universidad de Virginia,

y a todos los valientes, buenos, honestos

soldados americanos,

mis compañeros de armas de 1943 a 1945,

muertos inútilmente

por la libertad de Europa.

Si respetan los templos y los dioses de los vencidos,

los vencedores se salvarán

(
Esquilo,
Agamenón
)

Ce qui m'intéresse

n'est pas toujours ce qui m'importe

(
Paul Valéry
)

Capítulo primero
La peste

Eran los días de la «peste» de Nápoles. Todas las tardes, a las cinco, después de media hora de
punchingball
y una ducha caliente en el campo de deportes de la Peninsular Base Section, el coronel Jack Hamilton y yo bajábamos a pie hacia San Fernando, abriéndonos paso a codazos entre la muchedumbre que, del alba a la hora de la queda, se arremolinaba alborotando en Via Toledo.

Jack y yo nos encontrábamos limpios, lavados y bien nutridos, en medio de aquella terrible muchedumbre de napolitanos escuálidos, sucios, hambrientos y vestidos de harapos, a quienes los grupos de soldados de los ejércitos liberadores, compuestos por individuos de todas las razas de la tierra, injuriaban en todas las lenguas y dialectos del mundo. El honor de ser liberado antes que a otro le correspondió en suerte al pueblo napolitano; y para festejar un tan merecido premio, mis pobres napolitanos, después de tres años de hambre, epidemias y feroces bombardeos, habían aceptado de todo corazón, por piedad hacia la patria, la codiciada y envidiada gloria de recitar el papel de un pueblo vencido, de cantar, palmotear y saltar de alegría entre las ruinas de sus casas destruidas, de hacer ondear banderas extranjeras enemigas hasta el día anterior, y arrojar por las ventanas flores sobre los vencedores.

Pero, pese al universal y sincero entusiasmo, no había en toda Nápoles un solo napolitano que se sintiese vencido. No sabría decir cómo pudo nacer ese extraño sentimiento en el corazón del pueblo. No cabía la menor duda de que Italia, y por consiguiente Nápoles, había perdido la guerra. Es indudablemente más difícil perder una guerra que ganarla. Para ganar una guerra todo el mundo sirve, pero no todo el mundo es capaz de perderla. Sin embargo, no basta perder una guerra para sentirse un pueblo vencido. Esto era, sin duda alguna, una grave falta de tacto. Pero, ¿podían acaso los aliados pretender liberar a los pueblos y obligarlos al propio tiempo a sentirse vencidos? O libres o vencidos. Sería injusto culpar al pueblo napolitano de que no se sintiese ni libre ni vencido.

Mientras caminaba al lado del coronel Hamilton, me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme inglés. Los uniformes del Cuerpo Italiano de Liberación eran viejos uniformes ingleses de color kaki, cedidos por el Mando Británico al mariscal Badoglio, y teñidos – acaso para ocultar las manchas, de sangre y los agujeros de las balas – de un verde oscuro, color de lagarto. Eran, en una palabra, uniformes de los que se había despojado a los soldados británicos caídos en El Alamein y en Tobruk. En mi guerrera se veían tres agujeros de proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Incluso mis zapatos habían sido quitados al cadáver de un soldado inglés. La primera vez que me los puse noté algo que se me clavaba en la planta del pie. Pensé, de momento, que hubiese quedado algún huesecillo del muerto incrustado en la suela. Era un clavo. Hubiera sido mejor, quizá, que hubiese quedado un huesecillo del muerto; me hubiese sido más fácil quitarlo. No había nada que decir; para nosotros había acabado bien aquella estúpida guerra. No podía ciertamente haber acabado mejor. Nuestro amor propio de soldado vencido estaba a salvo; ahora combatíamos al lado de los aliados para ganar juntos su guerra después de haber perdido la nuestra, y era, por consiguiente, natural que fuésemos vestidos con los uniformes de los soldados aliados matados por nosotros.

Cuando finalmente conseguí arrancar el clavo y ponerme los zapatos, la compañía cuyo mando debía asumir hacía ya rato que estaba reunida en el patio del cuartel. El cuartel era un antiguo convento de las cercanías de Torretta, detrás de Margellina, obstruido por los siglos y los bombardeos. El patio, en forma de claustro, estaba circundado por tres lados por un pórtico sostenido por delgadas columnas de piedra caliza gris, y por el otro por un alto muro amarillo cubierto de manchas de moho y grandes lápidas de mármol, en las cuales, bajo grandes cruces negras, había grabadas largas columnas de nombres. El convento había sido, durante alguna epidemia de cólera, un lazareto, y aquéllos eran los nombres de los que habían muerto del cólera. Sobre el muro se veía escrito con grandes letras negras:
Requiescat in Pace.

El coronel Palese había querido presentarme él mismo a mis soldados, con una de esas simples ceremonias que tan arraigadas están en el corazón de los viejos militares. Era un hombre alto, delgado, con el cabello enteramente blanco. Me estrechó la mano en silencio y sonrió suspirando tristemente. Los soldados (casi todos ellos muy jóvenes, que se habían batido bien contra los aliados en África y en Sicilia, y por este motivo los aliados los habían elegido para formar el primer núcleo del Cuerpo Italiano de liberación) estaban alineados en medio del patio, delante de nosotros y me miraban fijamente. También ellos iban vestidos con los uniformes de los soldados ingleses caídos en Tobruk y El Alamein, y sus zapatos eran zapatos de muerto. Tenían el rostro pálido y demacrado, los ojos blancos y vagos, como hechos de una sustancia blanca y opaca. Me pareció que se fijaban en mí sin parpadear.

El coronel Palese hizo un movimiento con la cabeza; el sargento gritó: «¡Compañía, firmes!» La mirada de los soldados pasó sobre mí con una intensidad dolorosa, como la mirada de un gato montes. Sus miembros se pusieron rígidos, como si se hubiesen disparado bajo la orden. Las manos que estrechaban los fusiles eran blancas, exangües; la piel, floja, pendía en la punta de los dedos como la piel de un guante demasiado grande.

El coronel Palese tomó la palabra y dijo:

–Os presento a vuestro capitán…

Y mientras hablaba, yo miraba aquellos soldados italianos vestidos con uniformes arrancados a los cadáveres ingleses, aquellas manos exangües, aquellos labios pálidos y aquellos ojos vagos. Aquí y allá, sobre el pecho, sobre el vientre, sobre las piernas se veían sobre sus uniformes grandes y negras manchas de sangre. De repente me di cuenta con horror de que aquellos soldados estaban muertos. Despedían un tenue olor de ropa enmohecida, de cuero podrido, de carne secada al sol. Miré al coronel Palese; también él estaba muerto. La voz que brotaba de sus labios era húmeda, fría, viscosa; parecía ese horrible rumor que brota de la boca de un muerto si se le apoya la mano sobre el vientre.

–Mande descanso -dijo al sargento el coronel Palese cuando hubo terminado su breve discurso.

–¡Compañía, descanso! – gritó el sargento.

Los soldados se apoyaron sobre el pie izquierdo en una actitud de abandono y desmadejamiento y me miraron ahora fijamente con una mirada más dulce y humana.

–Y ahora -dijo el coronel Palese- vuestro nuevo capitán os hablará brevemente.

Yo abrí la boca y de mis labios salieron unos sonidos horrendos; eran palabras sordas, hinchadas y flojas. Dije:

–Somos los voluntarios de la Libertad, los soldados de la nueva Italia. Debemos luchar contra los alemanes, echarlos de nuestra casa, rechazarlos más allá de nuestras fronteras. Los ojos de todos los italianos están fijos sobre nosotros; debemos levantar de nuevo la bandera caída en el fango; ser el ejemplo de todos en medio de tanta vergüenza, mostrarnos dignos de la hora que ha sonado, de la tarea que la Patria nos confía.

Cuando hube terminado de hablar, el coronel dijo a los soldados:

–Ahora uno de vosotros repetirá lo que ha dicho el capitán. Quiero estar seguro de que habéis comprendido. Tú -dijo indicando un soldado-, repite lo que ha dicho vuestro capitán.

El soldado me miró; tenía los labios delgados y sin vida de los muertos. Con un horrendo tono de voz, dijo:

–Debemos mostrarnos dignos de la vergüenza de Italia.

El coronel Palese se acercó a mí y me dijo en voz baja:

–Han comprendido.

Y se alejó en silencio. Bajo su sobaco izquierdo, una gran mancha se extendía sobre el paño del uniforme.

Yo miraba aquella mancha de sangre negra extenderse lentamente; seguía con los ojos a aquel viejo coronel italiano vestido con el uniforme de un soldado inglés muerto, y el nombre de Italia me apestaba en la boca como un trozo de carne podrida.


This bastard people!
-decía entre dientes el coronel Hamilton, abriéndose paso entre la muchedumbre.

–¿Por qué dices eso, Jack?

Llegados a la altura del Augusteo nos metíamos de repente, cada día, por la Via Santa Brígida, donde la multitud era menos espesa, y nos deteníamos un instante para tomar aliento.


This bastard people
-repetía Jack, componiéndose el uniforme arrugado por los apretujones de la muchedumbre.

–No digas eso, Jack,
don't say that.


Why not? This bastard, dirty people.

–¡Oh, Jack! También yo soy un bastardo, también yo soy un puerco italiano. Pero me siento orgulloso de ser un cerdo italiano. No es culpa nuestra no haber nacido en América. Estoy seguro de que seríamos un
bastard dirty people
aunque hubiésemos nacido en América.
Don't you think so,
Jack?

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