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Authors: William Goldman

Tags: #Aventuras

La princesa prometida

BOOK: La princesa prometida
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La bella Buttercup jura amor eterno a Westley, que parte en busca de fortuna y es asesinado por unos piratas. La doncella, obligada, se promete al príncipe Humperdinck de Florin, un bellaco al cual sólo le interesa la caza. El mejor esgrimista, el hombre más inteligente y el más fuerte del mundo son contratados por los enemigos de Florin para raptar a Buttercup. En la huida, sufren la incansable persecución de un encapuchado que los retará uno a uno en su propio terreno.

En
La princesa prometida
, William Goldman ha reunido todos los elementos clásicos de los grandes relatos ambientados en un mundo de fantasía medieval, imprimiéndoles su fino sentido del humor. Sus personajes representan a todos los héroes y villanos de nuestros cuentos de infancia y rinden un brillante homenaje a la novela de aventuras.

La presente edición se completa con los primeros capítulos que el autor escribió para continuar esta novela, una de las más emblemáticas de todos los tiempos.

William Goldman

La princesa prometida

ePUB v1.3

Perseo
10.06.12

Título original:
The Princess Bride

William Goldman, 1973

Traducción: Celia Filipetto Isicato

Diseño/retoque portada: Perseo

Editor original: Perseo (v1.0 a v1.3)

Muchas gracias a albertilico por los mapas.

ePub base v2.0

INTRODUCCIÓN
del autor a la 25 edición original

Sigue siendo el libro que más me gusta de todos.

Y ahora más que nunca desearía haberlo escrito yo. A veces me gusta fantasear que lo hice, que me inventé a Fezzik (mi personaje favorito), que mi imaginación hubiera evocado el engaño de la iocaína y la consiguiente batalla de los ingenios y los muertos.

Lástima, fue Morgenstern quien lo inventó todo y yo debo conformarme con el hecho de que al menos mi resumen (aunque fui aniquilado por todos los expertos florineses en 1973: las críticas en revistas especializadas me envilecieron; en toda mi carrera como escritor, tan sólo
Boys and Girls Together
ha recibido peores diatribas) acercara a Morgenstern a un público estadounidense más amplio.

¿Existe algo más intenso que los recuerdos de infancia? Nada, al menos para mí. Todavía tengo un sueño recurrente de mi pobre, triste padre, leyéndome el libro en voz alta… aunque en el sueño ni era pobre ni estaba triste. Había tenido una vida maravillosa, la vida que merecía por su honradez, y mientras leía su inglés, tan alejado de la realidad, sonaba espléndido. Y él era feliz. Y mi madre estaba tan orgullosa…

Pero la película es el motivo por el cual volvemos a estar juntos. Dudo que mis editores se hubieran lanzado a hacer esta edición si la película no se hubiese rodado. Si estás leyendo estas líneas me apuesto dólares contra donuts a que has visto la película. Cuando llegó a la gran pantalla tuvo un éxito moderado, pero el boca a oreja la recuperó cuando salió en formato vídeo. Si tienes hijos, probablemente la habrás visto con ellos. Robin Wright, en el papel protagonista, empezó su carrera cinematográfica como Buttercup y estoy seguro de que todos nos volvimos a enamorar de ella en
Forrest Gump
. (Personalmente, creo que ella es la razón de que ocurriera este fenómeno. Era tan encantadora y cariñosa que te hacía suplicar interiormente que el pobre bobo de Tom Hanks acabara viviendo felizmente con alguien así.)

A la mayoría nos gustan las aventuras de cine. Quizá antiguamente, cuando Broadway era lo que más se llevaba, a la gente le gustaban las obras teatrales, pero creo que eso ya no ocurre. Y apuesto a que nadie le pide a Julia Louis-Dreyfus que cuente los entresijos del rodaje del episodio número 87 de
Seinfeld
. ¿Y las historias de los novelistas? ¿Podéis imaginaros arrinconando a Dostoievski para suplicarle que cuente anécdotas divertidas de la redacción de
El idiota
?

De todos modos, hay algunos recuerdos cinematográficos relativos a
La princesa prometida
que pensé que probablemente no conocéis.

Me había alejado un tiempo de la redacción de mi guión de
Las poseídas de Stepford
para sintetizar el libro de Morgenstern. Y entonces, alguien en la Fox se enteró del proyecto, se hizo con una copia manuscrita del libro, le gustó y se interesó por hacer una película basada en él. Estamos hablando de principios de 1973. Ese «alguien» de la Fox era el llamado
Greenligbt Guy
(citado de ahora en adelante como GG).

En revistas como
Premiere, Entertainment Weekly
y
Vanity Fair
puedes encontrar listas inacabables de «Las cien figuras más poderosas» en un estudio cinematográfico. Todos esos idiotas tienen títulos: vicepresidente encargado de tal, director ejecutivo encargado de cual, etcétera.

Lo cierto es que son todos unos pelotas.

Hay una sola persona por estudio que tenga algo parecido al poder y ésta es el GG. Verás, el GG es quien puede hacer que una película se haga realidad. Él (o ella) es quien suelta los cincuenta millones de dólares… si tu peli está destinada al festival de Sundance. Triplica esa suma si se trata de una peli de efectos especiales.

Bueno, el caso es que al GG de la Fox le gustó
La princesa prometida
.

Problema: no estaba seguro de que se tratara de una película, de modo que hicimos un trato peculiar: ellos comprarían el libro, pero no comprarían el guión a menos que decidieran sacar el proyecto adelante. En otras palabras, los dos conservábamos nuestra mitad del pastel. De modo que, aunque estaba cansado porque justo había finalizado el resumen, seguí trabajando lleno de energía y me puse a escribir el guión inmediatamente después.

Mi estupendísimo agente, Evarts Ziegler, vino a la ciudad. Ziegler fue la persona que orquestó el contrato de
Dos hombres y un destino
, el cual, junto a
The Temple of Gold
, mi primera novela, me cambió la vida como lo que más. Fuimos a almorzar a Lutéce, charlamos, nos gustamos y nos despedimos; yo me marché a mi oficina del Upper East Side, en un edificio que tenía piscina. Por aquel entonces solía nadar cada día, puesto que tenía problemas con la espalda y la natación me aliviaba el dolor. Y me dirigía a la piscina cuando me di cuenta de ello: no quería nadar.

No quería hacer nada más que llegar pronto a casa. Porque estaba temblando terriblemente. Llegué a casa, me metí en la cama y los temblores se habían convertido en fuego. Helen, mi esposa, una súper estrella de la psiquiatría, llegó del trabajo, me echó una mirada y me llevó directamente al New York Hospital.

Me visitaron todo tipo de médicos; todos sabían que había algo grave, pero nadie tenía ni idea de qué podía ser.

Me desperté a las cuatro de la madrugada. Y entonces supe de qué se trataba. De alguna manera, la terrible neumonía que había estado a punto de matarme cuando tenía diez años —la principal razón por la cual mi padre me leía
La princesa prometida
era ayudarme a hacer más llevaderos aquellos primeros días tan angustiosos posteriores a mi estancia en el hospital— había vuelto a completar su misión.

<>Y justo entonces, en ese hospital (y, sí, estoy convencido de que eso os va a sonar a locura), mientras despertaba en pleno delirio, de algún modo supe que, si iba a vivir, tenía que volver a aquel lugar en el que estuve de niño. Y empecé a gritar a la enfermera de noche… porque, de alguna manera, mi vida y
La princesa prometida
estaban unidas para siempre.

La enfermera entró en la habitación y le dije que me leyera el Morgenstern.

—¿El qué, señor Goldman? —dijo.

—Empiece por el Zoo de la Muerte —le dije. Luego añadí:

—No, no, olvídese de esto; empiece por los Acantilados de la Locura.

Se acercó a mirarme, asintió y me dijo:

—Oh, vale, es exactamente por donde voy a empezar, pero me dejé el Morgenstern olvidado en mi despacho; voy a ir a buscarlo.

Lo siguiente que supe es que entraba Helen. Acompañada de unos cuantos médicos más.

—Fui a tu despacho. Creo que cogí las páginas que querías. Y bien, ¿qué es lo que quieres que te lea?

—No quiero que tú me leas nada. Helen, a ti nunca te gustó este libro, tú no quieres leerme, lo haces sólo para seguirme la corriente. Y, además, no hay ningún papel para ti.

—Podría hacer de Buttercup…

—¡Venga ya, si tiene veintiún años!

—¿Es un guión de cine? —intervino entonces un médico muy guapo—. Yo siempre quise ser actor de cine.

—Será usted el hombre de negro —le dije. Luego señalé al doctor alto que había junto a la puerta—. Y usted inténtelo con Fezzik.

Fue así como oí el guión por primera vez. Esos médicos y mi ingeniosa mujer esforzándose por interpretarlo en medio de la noche mientras yo me helaba y sudaba y la fiebre me hervía por dentro.

Al cabo de poco me desmayé. Y recuerdo haber pensado justo antes que el doctor alto no lo hacía nada mal y que Helen, aunque era un error de casting, era una buena Buttercup, así que daba igual si el médico guapo resultaba rígido: yo iba a sobrevivir.

Bueno, éste fue el comienzo de la vida del guión cinematográfico.

El GG de la Fox lo mandó a Richard Lester, a Londres (Lester había dirigido, entre otras,
Qué noche la de aquel día
, la primera espléndida película de los Beatles), nos reunimos, trabajamos y solucionamos problemas. El GG estaba encantado. Éramos un equipo lleno de empuje.

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