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Authors: Alexander Lernet Holenia

Las Dos Sicilias

BOOK: Las Dos Sicilias
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Viena, 1925. Hace siete años que reina la paz. Únicamente un puñado de oficiales del regimiento Las dos Sicilias, que luchó del lado del desintegrado Imperio Austro-Húngaro, ha sobrevivido. Durante una velada de la alta sociedad vienesa, mientras el coronel del regimiento mantiene una inquietante charla con un misterioso personaje, la hija del primero se deja cortejar por uno de los oficiales que, al término de la recepción, aparecerá asesinado. A partir de este episodio, la novela narra la suerte que correrán los restantes miembros del regimiento, que tendrán que enfrentarse a la progresiva aniquilación de sus compañeros mientras tratan de resolver el caso del asesinato. Al final sólo quedarán dos.

Pero
Las dos Sicilias
es mucho más que una novela de intriga. Ésta crece a medida que avanza la lectura, pero, además, temas como el del doble, el azar "ordenado", la muerte como destino original o el fin del mundo, señalan la profundidad y la magistral construcción de esta narración mayúscula. La grandeza de esta novela imprescindible estriba en la manera en que el escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976) muestra las distintas actitudes de los personajes ante la muerte, en el lirismo exquisito con que describe el misterio de la Viena de los años veinte, en la apasionante concepción del mundo y del destino, la del autor, que recuerda en gran medida al mejor Borges.

Alexander Lernet-Holenia

Las dos Sicilias

ePUB v1.0

chungalitos
17.12.11

Título original:
Beide Sizilien

Editorial Espasa Calpe, 2003

Primera edición Original: 1942

Traducción: Alberto Luis Bixio

ISBN: 84-670-0462-2

N
OTA DEL EDITOR

Considerado uno de los escritores más importantes de la literatura austríaca del siglo
XX
, Alexander Lernet-Holenia nació en Viena en 1897. Participó activamente como oficial en las dos guerras mundiales y fue uno de los últimos representantes de la vieja Austria y de los valores representados por el Imperio Austro-Húngaro, si bien su lucidez y su agudo análisis de la realidad hicieron que en su concepción del mundo se incorporaran los cambios y las nuevas corrientes de pensamiento que comenzaban a conformar la nueva Europa. Viajó por todo el mundo, especialmente por Sudamérica, pero desde muy temprano mostró un especial talento para la escritura. A lo largo de su vida escribió un gran número de obras, muchas concebidas exclusivamente para ganarse la vida, y otras literariamente serias. Contemporáneo de Von Horváth o Leo Perutz, Lernet-Holenia fue dramaturgo, poeta, escritor de relatos y novelista y obtuvo varios premios literarios de importancia, entre ellos el Premio Kleist en 1926, que le hizo famoso y lanzó su carrera literaria. A pesar de que consideraba que su obra poética era su mayor logro, entre sus obras en prosa se encuentran algunas de las cimas más altas de la literatura austríaca del siglo
XX
, como
El estandarte
(1934),
El barón Bagge
(1936),
Marte en Aries
(1941),
Las dos Sicilias
(1942) y
El conde Luna
(1955). Murió en la ciudad de St. Wolfgang (Austria) en 1976.

Lo cierto es que la lectura de
Las dos Sicilias
debería ser suficiente para situar a este autor entre los más grandes del siglo pasado: estamos ante una novela que se lee con suma facilidad, como un relato de aventuras en el que, tras la fachada del primer plano y a medida que se desarrollan las peripecias de la historia, se profundiza más y más en las asombrosas perspectivas de un dominio secreto. La trama de la novela transcurre en Viena en el año 1925. Place siete años que reina la paz tras el final de la Primera Guerra Mundial. Únicamente un puñado de oficiales del regimiento Las dos Sicilias, que luchó del lado del desintegrado Imperio Austro-Húngaro, ha sobrevivido. Durante una velada de la alta sociedad vienesa, mientras el coronel del regimiento, Rochonville, mantiene una inquietante charla con un misterioso personaje acerca del destino de los soldados en tiempos de paz, su hija, Gabrielle Rochonville, se deja cortejar por uno de los oficiales del regimiento que, al término de la recepción, aparecerá asesinado. A partir de este episodio, la novela narra la suerte que correrán los restantes miembros del regimiento, que tendrán que enfrentarse a la progresiva aniquilación de sus compañeros mientras tratan en vano de resolver el caso de asesinato. Paralelamente a esta trama policial se desarrolla la historia de un personaje —el capitán Gasparinetti— cuyo destino se cruza intermitentemente con el de los oficiales del regimiento. Se trata de un hombre que, en realidad, son tres personas distintas cuyas identidades han sido intercambiadas en diferentes momentos de sus vidas por azar, elemento presente de manera obsesiva en toda la novela. En efecto, la resolución de la trama está directamente relacionada con la idea de un azar «ordenado» que obliga a los soldados a cumplir su destino original, que no es otro que la muerte. La grandeza de la novela estriba en la manera en que el autor describe las diferentes actitudes de los protagonistas ante la muerte y en la apasionante concepción del mundo y del destino que se desarrolla y que recuerda en gran medida al mejor Borges. Alexander Lernet-Holenia nos conduce a través de los meandros de la novela policial hacia el dominio central del misterio que preside todo destino humano; el tema del doble, utilizado como eje central de las peripecias de la novela, constituye, además, una dramática manifestación de un enigma mucho más vasto y profundo. En definitiva, el lector tiene en sus manos una novela de intriga apasionante, escrita con un lirismo exquisito, que ahonda en los misterios más profundos de la identidad del individuo y de la realidad que le rodea.

Las dos Sicilias
es una obra prácticamente desconocida en nuestro país de un autor escasamente difundido a pesar de su indudable calidad literaria. Para la presente edición en la colección Línea de sombra hemos partido de la traducción que Alberto Luis Bixio realizó en 1955 para la desaparecida editorial argentina Ediciones La Isla. Hemos efectuado modificaciones y actualizaciones de la traducción con el fin de acercarla al lector actual y confiamos en que el resultado sea el deseado por todos aquellos lectores dispuestos a dejarse atrapar por la mejor literatura de misterio.

E
NGELSHAUSEN

1

De pie junto a la ventana, el coronel del regimiento Las dos Sicilias contemplaba las palomas que revoloteaban sobre la plaza. Las aves picoteaban buscando grano y, de cuando en cuando, se elevaban en el aire que llenaban con su batir de alas.

Eran palomas de todas clases; las había de color pardo, de un verde tornasolado, y blancas con patas purpúreas.

El coronel vivía en las inmediaciones de la antigua universidad. En aquel barrio se conservaban aún gran cantidad de casas e iglesias de estilo barroco, maravillosas construcciones, en nada inferiores ni siquiera a los mismos sueños, surgidos del mar, de un Palladio o un Sansovino, en cuyas cornisas y capiteles de columnas anidaban las palomas.

Filas de agujas y puntas de hierro, como pequeñas balaustradas, rodeaban los bordes superiores de las cornisas. Aparentemente, esas agujas y puntas debían impedir que cayera a la calle el estiércol de las palomas que, sin embargo, caía y ensuciaba las fachadas.

Al coronel le parecía que, en general, las palomas eran animales sucios. Se decía que estaban llenas de piojos. Además, se las consideraba como agentes portadores de enfermedades terribles y contagiosas.

No obstante, las palomas simbolizaban la paz.

Hacía ya siete años que reinaba la paz. Corría el año 1925 y la paz era total. Pero el coronel en modo alguno creía que fuera una paz verdadera. Aunque parecía enteramente imposible que pudiera volver a transformarse en guerra, en el fondo aquella paz era menos real que nunca. Los corazones habían quedado inquietos y, cuando la gente hablaba de paz, no se refería al presente en el que vivía, sino a la época anterior a la guerra. Y si volvía a estallar otra, ésta no sería una nueva guerra, sino que continuaría siendo la misma de antes.

El coronel se llamaba Rochonville. Hacía ya mucho tiempo que no existía el regimiento Las dos Sicilias, que se había disuelto; sus miembros se dispersaron en los numerosos países en que quedó quebrado el imperio, y ya nadie sabía dónde se encontraban. Es verdad que el propio Rochonville mantenía aún ciertas relaciones con algunos de sus hombres, relaciones debidas más a la casualidad que a una voluntad deliberada y, a decir verdad, sobre todo, a que aquellos militares vivían en la misma ciudad que él; eran cinco oficiales y un cabo de caballería. Eso era todo cuanto le quedaba de su antiguo regimiento. Entre los demás y esos siete hombres se había infiltrado ya el olvido que también se iba introduciendo entre los siete miembros del grupo.

Con todo, en un momento en que hacía tiempo que el regimiento no existía, se produjeron ciertos acontecimientos que determinaron al coronel, a sus cinco oficiales y al suboficial a comportarse como si aquél aún existiera y a sacrificarse, incluso a morir los unos por los otros, como si a sus espaldas tuvieran las filas armadas de los numerosos soldados que en otra época les habían obedecido.

Comenzaba a anochecer y las palomas volvían a los nidos de las cornisas para dormir. Se oyó el doblar de la campana de una iglesia. Los sonidos se difundían en el aire como ondas de bronce. El coronel permaneció todavía un rato observando la plaza, que se llenaba de suaves sombras; luego cerró la ventana, atravesó su habitación, abrió un armario, sacó un frac y se dispuso a vestirse.

Todavía era temprano: apenas las seis de la tarde. Pero el coronel había adquirido la costumbre de entretenerse con las cosas más tiempo de lo necesario, en lo cual bien pudiera ser que estuviera acertado, porque tal vez estimamos de manera demasiado superficial el tiempo que debemos dedicar a las cosas.

En realidad, quizá, éstas nos exijan incomparablemente más tiempo del que creemos.

Rochonville se vistió con esmero, no porque concediera especial importancia a su aspecto, sino porque, como su mente divagaba, sus movimientos eran lentos. El frac que se puso era de corte anticuado, aunque las solapas de la chaqueta y el chaleco estaban hechos de una tela tan fina que ya no se fabricaba. Pero, en cambio, los pantalones le quedaban demasiado estrechos. Habría tenido que mandarse hacer un traje nuevo. Sólo que los medios del coronel no alcanzaban para permitirle semejante gasto.

El chaleco estaba ya algo amarillento. El coronel lo cerró con los cuatro botones de granate almandino y luego se calzó los zapatos de cuero de becerro que el largo y asiduo cuidado que él mismo les dispensaba hacía brillar como si fueran charolados.

En el ejército estaba prohibido el calzado de charol.

Después de ponerse el sobretodo y el sombrero, el coronel abrió una caja en la que se veían innumerables guantes de gamuza blanca, pues en el ejército también estaba prohibida la cabritilla.

El coronel eligió un par de guantes, volvió a colocar la caja en la cómoda de donde la había sacado y cerró el cajón. Permaneció todavía algunos minutos en su cuarto. Por fin se acercó al interruptor, apagó la luz y abandonó la habitación.

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