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Authors: Alexander Lernet Holenia

Las Dos Sicilias (8 page)

BOOK: Las Dos Sicilias
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—Pero, ¿quién nos da el derecho de emprender algo que, evidentemente, tendría como consecuencia que el criminal escapara a la policía?

—¿Por qué? —preguntó Lukavski.

—Porque en el mismo momento en que el asesino se entere de que se sabe quién es, la policía ya no podrá encontrarlo.

—No tiene por qué saberlo.

—Entonces, ¿cómo piensas llevar a cabo tu plan? En efecto (suponiendo que, de alguna manera, supieras a quién dirigirte), lo único que podrías hacer es acercarte al hombre y decirle: «Desaparezca usted, querido amigo, porque no queremos que su asunto se ventile públicamente». ¿O es que conoces otro camino?

—Sí —dijo Lukavski.

—¿Cuál?

Después de un momento de vacilación, Lukavski se inclinó hacia sus amigos. Estaba a punto de decir algo, y ya había abierto la boca cuando volvió su mujer. Esta advirtió enseguida que había vuelto demasiado pronto y quiso retirarse. Pero Lukavski, después de lanzar una breve mirada a Silverstolpe, se volvió hacia ella y, sorprendentemente, le dijo:

—¡Quédate! Sólo tengo que hablar unas pocas palabras con Fonseca. Mientras tanto, entretendrás a Silverstolpe o, lo que es mejor aún, cúrale esa mano. Tiene en ella algo parecido a una herida. Podrías vendársela.

—Pero si no vale la pena —replicó Silverstolpe.

Con todo, el mayor ya había cogido del brazo a Fonseca y le conducía fuera de la habitación. Cuando, diez minutos después, los dos hombres volvieron a presentarse, Silverstolpe tenía una pequeña venda en el dedo y contaba a su enfermera historias referentes a su cocinero de campaña, que había sido jefe de cocina del Grand Hotel.

2

Fonseca había hecho ya su visita a los Rochonville, cierto es que hacía algún tiempo, y luego se había encontrado con ellos en casa de conocidos comunes. Si el joven volvía a visitar ahora al coronel, la cosa no podía menos que chocar, sobre todo porque Fonseca no tenía ningún motivo para justificar una segunda visita.

De todos modos se decidió, por lo menos, a pasearse por la calle del coronel. Hizo esto la mañana del día siguiente de haber estado en casa de Lukavski. Al llegar a la plaza vio al coronel, de pie, asomado a su ventana. Según su costumbre, el coronel contemplaba la plaza por la que iban y venían las palomas. No pareció advertir la presencia de Fonseca o, por lo menos, no dio señales de haberlo reconocido. Tal vez ni siquiera miraba la plaza ni las palomas; tal vez ni siquiera veía lo que estaba contemplando, sino que sencillamente, apoyado en el balcón, mantenía la mirada clavada en el vacío.

Fonseca se puso a caminar entre las palomas que picoteaban aquí y allá, aunque no se veía ningún grano en las piedras del pavimento; y sólo cuando parecía que el joven estaba a punto de aplastarlas con el pie, las palomas se apartaban de él con vivos aleteos.

Al llegar a la esquina, Fonseca se detuvo y miró nuevamente hacia la casa del coronel. Este continuaba inmóvil, apostado en la ventana, contemplando la plaza.

En la antigua universidad, una mujer limpiaba las ventanas. Había abierto una de las hojas y cantaba: «Piensa en las horas...». Los campanarios de las iglesias dieron las once y media. Unas pocas personas andaban por la calle y sus pasos resonaban en el aire. Frente a una de las casas, vendían verduras frescas. En el suelo se veían algunas hojas dispersas de lechuga. La fachada de una casa acababa de ser reparada. Era una casa de estilo barroco, cuyos muros se elevaban como una delicada roca de claras cavernas.

Esperando poder encontrar a Gabrielle Rochonville por las calles del centro de la ciudad, Fonseca recorrió la Kärntnerstrasse y el Graben, pero no la vio por ninguna parte. Desde luego que después de los últimos acontecimientos lo más probable era que a esa hora Gabrielle no se dejara ver por la calle. Fonseca se dio cuenta luego de que a la muchacha no podía gustarle mostrarse entre la gente que por allí se paseaba.

Recorrió sin embargo las calles a paso lento hasta la una, deteniéndose de cuando en cuando y conversando con los conocidos que se cruzaba. Alrededor de las tres ya se encontraba de nuevo en los alrededores de la casa del coronel. Pero allí tuvo que volver a esperar largo rato, hasta cerca de las cinco de la tarde. Las paredes de la torre adquirían ya colores vespertinos; algunas nubes superpuestas, suavemente grises, con bordes de color de frambuesa, como las habría pintado Watteau, apenas se movían en el cielo. Las sombras comenzaban ya a invadir la plaza; pero la aureola, que se mostraba entre las torres de la iglesia de los jesuitas, resplandecía aún como una explosión de oro. De cuando en cuando alguna persona atravesaba la plaza. Hacía fresco; los tardíos días de primavera acababan de emerger de las tinieblas de un interminable invierno ceniciento como surge de las olas oscuras, resplandeciente, la figura de la popa de un barco azotado por las aguas. Las palomas retornaban a las cornisas.

Paseándose arriba y abajo, Fonseca ya había fumado muchos cigarrillos cuando, de pronto, vio al coronel que salía de su casa. El coronel no advirtió la presencia de Fonseca y se dirigió hacia el Ring. Miraba frente a sí, con expresión un tanto rígida. Incluso los movimientos que hacía al andar, no desprovistos, desde luego, de nobleza, eran un poco rígidos.

Gabrielle apareció en la puerta diez minutos después. Se dirigía al centro de la ciudad.

Fonseca se apresuró a tomar por la Bäckerstrasse inferior, hasta llegar al Lugeck, y luego, adoptando un paso lento, volvió a bajar por la Bäckerstrasse superior, en la cual, casi enseguida, se encontró con Gabrielle.

—Pero, ¡qué casualidad encontrarnos aquí! —exclamó el joven deteniéndose.

Gabrielle sonrió por un instante. Luego frunció el ceño, ya fuera porque ésta era su expresión habitual, ya fuera porque no le resultaba agradable encontrar a una persona conocida. Al menos Fonseca pensó que aquel encuentro no agradaba a Gabrielle. Sin embargo, no hizo el menor intento de continuar andando, sino que preguntó a la joven cómo estaba. Evidentemente la pregunta no le pareció digna de respuesta; en todo caso, no dio ninguna. Mantenía los ojos abiertos fijos en el joven, ojos pardos que, no obstante, en las sombras del ala del sombrero, parecían casi negros. La tez, muy suave, no daba sin embargo la impresión de una pureza sin defectos. El color del pelo, a la luz vespertina, parecía poco natural. Fonseca le dijo que había hablado con el coronel en el entierro del pobre Engelshausen y, como ella tampoco respondiera nada a esto, el joven le preguntó, sin más ni más, adónde iba.

Gabrielle le dijo que iba a hacer algunas compras, y él le preguntó si podía acompañarla.

—¿No tiene otra cosa que hacer? —preguntó la joven.

—No —respondió Fonseca—, absolutamente nada.

Gabrielle ya no opuso resistencia y Fonseca la acompañó. En la Rotenturmstrasse, Gabrielle entró en un negocio de medias en el que permaneció casi una media hora. Luego entró en una mercería, en la que se quedó hablando con la vendedora hasta que la tienda cerró sus puertas.

Mientras tanto Fonseca aguardaba y pensaba: ¿adónde había tenido intención de ir verdaderamente la muchacha?

Cuando volvieron a encontrarse en la calle, los faroles ya estaban encendidos. Gabrielle dijo que volvería a su casa, pero Fonseca estaba persuadido de que, si así lo hacía, era sólo para volver a salir sola.

—Pero déme usted el placer —dijo Fonseca— de acompañarme a la confitería de Demel. Ahora ya no puede hacer ninguna compra, y no quisiera despedirme de usted, puesto que acabamos de encontrarnos.

—Pero si ya hace una hora que lo retengo —declaró la muchacha.

—Es que toda esa hora se la pasó usted hablando con la vendedora y no conmigo.

—No quisiera ir a la confitería de Demel —dijo Gabrielle.

—¿Por qué no?

—Por culpa de toda esta historia.

—Entonces, hágame usted un poco de compañía en alguna otra parte.

La joven vaciló un instante, pero por último consintió. Fonseca sospechaba que la muchacha dudaba de poder desembarazarse de él, o que estaba persuadida de que la seguiría en el caso de que se separaran en la calle.

Fonseca propuso que entraran en un café del Lugeck.

—No creo que encontremos allí conocidos —dijo—. ¿Le preguntaron muchas cosas sobre la historia de Engelshausen?

—No he hablado con nadie del asunto.

—¿Y qué piensa su padre de todo esto?

—Creí que ya habían hablado ustedes del asunto en el sepelio.

—Lukavski —dijo Fonseca— nos contó ayer que había mantenido una conversación con el comisario encargado de investigar el caso. Es un cierto Gordon. ¿Lo conoce?

—¿Es el mismo que estaba en la casa de los Flesse?

—No. ¿De manera que su padre no le contó nada?

Gabrielle no respondió. Ya habían recorrido el breve trecho que los separaba del café, y Fonseca, tras un momento de vacilación, abrió la puerta. Entraron. La sala estaba casi colmada. Se sentaron a una mesa. La luz era blanca con destellos azules, como la luz de gas; en al aire se veían flotar densas nubes de humo de cigarrillos y bajo esa luz el rostro de Gabrielle resplandecía blanco como la nieve.

Sin quitarse los guantes de color castaño, la joven había puesto sus manos sobre el bolso que mantenía apoyado en el regazo.

—Excúseme usted —dijo Fonseca—, éste me parece un lugar detestable, pero tan a menudo se nos ha reprochado el que hasta ahora hayamos vivido en un mundo irreal, que no siempre podemos estar persuadidos de que valga la pena vivir en el mundo real.

—Dígame usted —preguntó la joven—, ¿qué clase de hombre es exactamente?

—¿Quién?

—El comisario.

Mientras tanto, se había acercado un mozo y los dos jóvenes pidieron lo que iban a tomar.

—No conozco al comisario —dijo Fonseca—; pero, según las manifestaciones de Lukavski, parece un hombre inteligente. Además, tiene una cualidad común con usted.

—¿Sí? ¿Cuál?

—No dice nada o sólo muy poco. Dígame, ¿conoció usted bien a Engelshausen? Yo mismo no mantuve relaciones con él. Nunca estuvo en el regimiento y sólo llegué a conocerlo aquí, en Viena. Pero aun así nos vimos muy pocas veces. ¿Le parecía a usted un hombre entretenido?

La joven se le quedó mirando como si con su expresión quisiera preguntarle qué entendía él por hombre entretenido.

—No —dijo por fin—, no era entretenido.

Por lo demás, la palabra le parecía ridícula. En efecto, luego agregó:

—Encuentro que las llamadas gentes entretenidas son muy aburridas.

—Sin embargo, lo veía usted a menudo, ¿no es así? ¿Qué es lo que considera usted entretenido? O, mejor dicho, ¿con qué clase de gente prefiere usted tratar?

—¡Dios mío! —murmuró la joven—. ¡Cuántas preguntas!

Fonseca se echó a reír.

—Pensé —dijo la muchacha— que usted únicamente quería saber si yo me había interesado por Engelshausen. ¿O no es así? ¿Por qué entonces me pregunta primero qué es lo que considero entretenido?

—Es que no puedo preguntarle de buenas a primeras quién fue.

—¿Quién fue quién?

—El criminal.

En ese momento volvía el mozo, que puso las copas sobre la mesa. Mientras limpiaba cuidadosamente con una servilleta el mármol miró una y otra vez a Gabrielle. Ya había estado observándola en el momento en que se presentó para preguntarles qué deseaban tomar. Visiblemente, Gabrielle le gustaba. La joven miró a Fonseca con una expresión como si quisiera arrojarle algo a la cara.

Por último, el mozo se marchó.

—¿Cómo puede abrigar usted semejantes ideas? —preguntó a Fonseca.

—¿Que usted sabe quién es? Pues, evidentemente, usted fue la última persona que habló con Engelshausen. No digo que tenga que saberlo; pero, ¿quién si no usted podría saberlo?

Y diciendo esto, le ofreció un cigarrillo. Pero como Gabrielle no le prestó la menor atención, Fonseca encendió uno para él.

—¿Y cuáles eran exactamente sus relaciones con Engelshausen? —prosiguió Fonseca—. ¿No podían esas relaciones (si hemos de hablar francamente) haber dado motivo al asesinato que se cometió inmediatamente después de haber abandonado usted la habitación en la que se encontró muerto a Engelshausen? ¿Qué habló usted con él en ese cuarto? ¿Qué hizo allí? ¿Quién pudo haberlos observado? ¿No entraría alguien en la sala sin que usted lo advirtiera? Usted declaró que charlaron, fumaron cigarrillos y bebieron
chartreuse...

—¿Qué otra cosa podía haber hecho?

—Pero, dígame, ¿no la besó, por lo menos?

Gabrielle no respondió.

—Está bien —dijo Fonseca—. ¿Quién, además de él, tenía, o tiene aún, interés por usted?

Gabrielle lo rozó con una mirada.

—Piense usted lo que quiera —murmuró.

—No es que yo quiera saber, porque sí, lo que ocurrió en aquella sala. No existe cosa más aburrida que las cuestiones amorosas de los demás, y en modo alguno tengo el propósito de pretender conocer sus secretos. Me es indiferente lo que pudo haber ocurrido en aquel momento. Perdóneme el que le hable tan brutalmente, pero reflexione: si la policía consigue aprehender al asesino, toda esta historia, que tomará un giro bien desagradable para usted, se discutirá públicamente...

—Y bien, ¿es que la policía ya apresó al criminal?

—No, hasta ahora no. Pero no tengo la menor duda de que lo hará.

—¿Sí? ¿Y por qué?

—Porque si ese hombre cometió el crimen gracias a usted, será apresado. Porque si usted fue la causa de tal asesinato, el criminal no querrá renunciar, sin más, a usted. Porque, fatalmente, intentará volver a ver a la mujer que ama, a menos que adopte la decisión de marchar al extranjero para ponerse a buen recaudo. En suma, porque la policía, a decir verdad, no necesita hacer nada más que ponerse a esperar hasta que el hombre caiga en la red. No hay nada que les guste más a los hombres que hacer tonterías; claro está que las tonterías que se cometen por amor son las más excusables.

La muchacha no respondió enseguida. Al cabo de un rato dijo:

—De manera que cree usted que yo conozco al asesino y que aún me encuentro con él; que lo ayudaría a ocultarse y, es más, que hasta lo podría convencer de que huyera. ¿No es precisamente eso lo que usted desea? Pues de otra manera, ¿por qué me cuenta usted todas estas cosas? Cosas por completo inadecuadas ya que no tengo la menor idea de quién pueda ser el hombre que ha cometido el asesinato y ya que, probablemente, nunca lo he visto...

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