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Authors: Alexander Lernet Holenia

Las Dos Sicilias (7 page)

BOOK: Las Dos Sicilias
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Slatin había sido uno de sus hombres. No sabía que viviera en Viena hasta que Silverstolpe lo encontró una vez por casualidad. Mientras sirvió en el regimiento Slatin no llamó la atención de Silverstolpe como un suboficial excepcionalmente bueno. Y bien, ahora, aunque tuviera un aspecto modesto, parecía un hombre próspero.

—La desgracia... —dijo Lukavski, quien se complacía en meditar en ciertas cosas—, no se nos envía la desgracia para que la superemos, sino que su único objeto es el de que sepamos sobrellevarla con honor.

Pero Silverstolpe dudaba de que Slatin considerara los cambios sobrevenidos en su vida como una gran desgracia.

El cabo se había casado al terminar la guerra y ahora dirigía el negocio que los padres de su mujer le habían dejado. Tenía una hijita, una niña muy bonita que Silverstolpe había visto una vez.

—Tal vez también nosotros deberíamos habernos casado —dijo Silverstolpe. Lukavski estaba casado, pero los demás continuaban aún llevando vida de solteros.

Pensaron en tomar un coche, pero como el coronel, sin pronunciar palabra, se dirigió hacia un tranvía, todos subieron al vehículo con él. Fonseca sostenía que el coronel viajaba siempre en tranvía por principio y con cierta dignidad. Viajaron sentados, apretando los paraguas mojados contra sus cuerpos, pues el vehículo estaba lleno de gente e incluso en el pasillo viajaban algunas personas de pie. Fonseca conversaba con Silverstolpe, pero como el coronel permanecía callado, Lukavski tampoco habló.

Cuando llegaron al Ring se apearon todos y luego el coronel se despidió enseguida, como si no quisiera reanudar la conversación que él mismo había interrumpido en el cementerio. Los tres hombres se inclinaron respetuosamente.

—Espero que cuando nos veamos otra vez sea en una ocasión distinta de ésta, tan penosa —dijo el coronel.

Y después de decir esto, se alejó en dirección al parque de la ciudad.

Lukavski lo siguió con la mirada. Por fin se volvió hacia sus dos camaradas y les dijo:

—Quisiera hablar con ustedes unas palabras en mi casa.

—¿En tu casa? —preguntó Silverstolpe.

—Sí. Quisiera conversar sobre distintas cosas que no quería mencionar en presencia del coronel.

—Como quieras —dijo Silverstolpe después de un momento.

Durante el camino que hicieron a pie, charlaron de cosas sin importancia. Lukavski vivía en la Marokkanergasse, donde había alquilado un modesto apartamento. Su mujer salió a abrirles. Después de haber intercambiado algunas palabras con ellos mientras todos se quitaban los abrigos, la dueña de la casa hizo servir té. Permaneció con los oficiales alrededor de media hora y luego los dejó solos, alegando una excusa cualquiera.

—Lamento —dijo Lukavski cuando su mujer se marchó— que no haya venido Marschall. También me habría gustado hablar con él.

—Ayer me hizo saber —explicó Silverstolpe— que le era absolutamente imposible acudir a la ceremonia.

—Y bien —dijo Lukavski—, en primer lugar, quisiera exponerles otra vez todo este asunto y lo haré de manera minuciosa. De acuerdo con las declaraciones de mucha gente y el examen cuidadoso de todas las circunstancias, podría representarse cómo ocurrieron las cosas en casa de los Flesse aproximadamente del siguiente modo. Mientras se hallaban en aquella habitación, Engelshausen y Gabrielle Rochonville parecen haber sido encontrados y hasta sorprendidos en una situación capaz de haber provocado una reacción viva e inmediata de una tercera persona (esto es, la del asesino), reacción tan violenta que llevó a las trágicas consecuencias que conocemos. En efecto, no me parece que el crimen pueda explicarse de otra manera. Ambos pueden haber sido observados a través de una puerta (en tal caso, pues, el asesino sería uno de los invitados) o por alguien que no tenía por qué encontrarse necesariamente entre los invitados, alguien que, estando en una de las casas vecinas, pudo haber observado a Gabrielle y a Engelshausen a través de la ventana que estaba abierta cuando ambos entraron en la habitación. Cierto es que Gabrielle Rochonville declaró que Engelshausen cerró la ventana apenas entraron en el cuarto, pero bien pudiera ser que lo hubiera hecho un poco más tarde. En todo caso, lo cierto es que se la encontró simplemente entornada. Pero, ¿cuáles fueron los motivos que llevaron a correr también las cortinas? ¿O fue la misma Gabrielle quien las corrió? Cuando se encontró el cadáver de Engelshausen, la puerta estaba cerrada. De manera que la misma Gabrielle Rochonville tiene que haberla cerrado cuando salió de la habitación para buscar a su padre. ¿O fue el asesino quien, habiéndola abierto, volvió luego a cerrarla? No olvidemos que hay además otra puerta en esa habitación, la que comunica con el dormitorio de la señora von Flesse. También por esa puerta pudo entrar el asesino en la habitación y después salir de ella. Vemos, pues, tres posibilidades: el criminal entró por la puerta principal, por la puerta del dormitorio, o por la ventana. En los dos últimos casos lo más probable es que haya entrado de sorpresa. El asesinato mismo pudo cometerse mientras Gabrielle Rochonville se hallaba aún en la sala roja o bien después de que ella la hubiera abandonado. Lo cierto es que el criminal pudo haber entrado mientras Gabrielle permanecía todavía en la habitación. En tal caso, Gabrielle se quedó allí hasta que se cometió el crimen, o bien salió del cuarto antes de que se cometiera. El asesinato pudo llevarse a cabo mientras los visitantes se disponían a marcharse o bien inmediatamente antes. Entre el momento en que se despidieron los invitados y el momento en que se encontró el cadáver de Engelshausen transcurrieron aproximadamente veinte minutos, o tal vez una media hora. Ahora bien, por mi parte no creo que la Rochonville haya sido testigo del crimen, porque de lo contrario no hubiera insistido tanto en que Engelshausen la llevara a su casa. Claro está que también es posible que haya insistido en eso precisamente porque ya sabía que era irrealizable. Como ya dije, podemos aún suponer que no salió de la habitación sino después de que el asesino hubo entrado en ella; es más, que saliera de allí precisamente porque él entraba, y que dejara a los dos, a él y a Engelshausen, para que discutieran a solas, ya que no podía prever el fin trágico de esa discusión. Y también pudiera ser que, sin haber visto al asesino, supiera, o por lo menos sospechara, quién es. Y, por fin, es asimismo posible que Gabrielle ni haya visto al asesino ni sepa quién es. En cuanto a los motivos que le impidieron nombrar al asesino, podemos imaginar varios. Tal vez no quiera hacerlo porque ama a ese hombre y, con sus declaraciones, lo perdería; o bien no se atreve a nombrarlo porque teme que el hombre se vengue de ella antes de que la policía lo arreste. También pudiera ser que no supiera con seguridad quién es el asesino. O tal vez cree poder permanecer ajena a este asunto al no dar ningún género de indicaciones. Y, por fin, no puede dar ninguna indicación, sencillamente porque no conoce al asesino. En efecto, no queda excluida la posibilidad de que el asesinato se haya cometido por motivos distintos de los que pensamos, y no a causa de Gabrielle. Por más que me repugne ver mezclada a la hija de Rochonville en esta historia, ya ven ustedes que enumero todas las posibilidades del modo más desapasionado y objetivo. Sin embargo, permanece en pie la sospecha de que Gabrielle Rochonville tiene verdaderamente una relación con el crimen, si no directa, por lo menos indirecta. Desde luego que tampoco queda excluida la posibilidad de que no tenga la menor relación con el asesinato. No obstante, eso esto es muy improbable. Ahora bien, por el momento, la opinión pública se interesa menos por estas relaciones que por saber quién fue el asesino, pues cuanto menos capaz es el hombre de pensar objetivamente mayor y más funesta inclinación tiene por resolver enigmas policiales. Por eso se les escapa el crimen mismo. A la gente le parece infinitamente más interesante saber quién cometió el asesinato. Pero una vez que lo sabe, ya no va más lejos y la tensión general se resuelve en un vacío enorme; porque, en efecto, un nombre no dice nada y el común de las gentes no sabe cómo interpretar una acción que sólo en cierta medida es excepcional. De manera que me parece que, en lo que a nosotros respecta, lo que importa no es tanto conocer los antecedentes del crimen, por interesantes que sean, ni establecer quién lo cometió, pues el pobre Engelshausen ya está muerto y la justicia hará con el criminal lo que le parezca justo, sino el hecho de que el asesino, quienquiera que sea, hará declaraciones, que la policía le obligará a hacerlas en el caso de que logre apresarlo. Entonces no sólo se discutirán los motivos del crimen, sino también todas las circunstancias particulares del caso. Se establecerán las relaciones que ese hombre mantenía con otras personas y se sacarán los trapitos al sol... Considero que ya habrán meditado ustedes suficientemente sobre todo esto para hacerse cargo del atroz escándalo que podría provocar.

Silverstolpe miraba fijamente frente a sí y Fonseca clavó sus ojos en Lukavski.

—¿O no lo creen así? —preguntó Lukavski.

Fonseca levantó los hombros y luego los dejó caer.

—No —dijo por último—. No creo que sea necesariamente así. Es verdad que ahora se dan más escándalos que antes, pero cuantos más escándalos hay, menos sensación producen. Ahora hay tantos que no creo que alguien pueda conceder importancia a uno más. Antes el mundo se aburría por la falta de escándalos. Ahora se aburre por la abundancia de ellos. Los hombres nunca encuentran la justa medida. A fin de cuentas, lo que pudo pasar acontece todos los días...

—Cierto —asintió Lukavski—; pero en los otros casos, no es un asesinato lo que despierta la curiosidad del público. Este caso, empero, suscitará un gran interés público por lo que el asesino tenga que confesar.

—No lo creo —dijo Silverstolpe—, o, por lo menos, no creo que vaya a confesar nada extraordinario.

—¿Por qué no lo crees?

—Por lo menos no me parece seguro, pues evidentemente no querrá comprometer a una mujer que le importa tanto como para matar a un hombre por ella.

—En su situación, no podrá guardar grandes consideraciones por la llamada «reputación» de una mujer.

—Pero, por lo menos, hará todo cuanto pueda para evitar que, por sus declaraciones, la mujer se vea envuelta en la causa. Y, si le es posible, ni siquiera mencionará su nombre, de manera que las revelaciones del asesino no la perjudicarán.

—Tal vez —declaró Lukavski—, pero aun cuando guarde silencio, eso no impedirá que la gente saque sus conclusiones. Y, sobre todo, nunca terminarán las habladurías. Me parece, por lo demás, imposible que el asesino pueda señalar un motivo cualquiera del crimen sin revelar al mismo tiempo las verdaderas causas. En efecto, esas causas son el verdadero motivo.

—Eso es cierto —dijo Silverstolpe—. Sólo que me parece problemático que tus suposiciones sean correctas.

—¿Y no has hecho tú las mismas suposiciones?

—No tanto por convicción como porque no quería alimentar otra opinión.

—¿Qué quieres decir con eso? Pero, ¿qué movimiento es ése que haces continuamente con tu mano?

—Tengo algo aquí, en el dedo —explicó Silverstolpe—. Nada importante, pero, ¿qué decías?

—¡Déjame ver! —pidió Lukavski.

—No es nada. Es una pequeñez en el pulgar.

Los dos oficiales se inclinaron sobre la mano, que mostraba una especie de granito.

—¿Desde cuándo tienes esto? —preguntó Lukavski.

—Desde hoy. O por lo menos esta mañana lo advertí. De modo que, ¿cuál era tu opinión?

—He manifestado —dijo Lukavski— que, en el fondo, todo es posible. En suma, que todo razonamiento, por más que las consecuencias a que pueda conducir sean inverosímiles, debe mantenerse, siempre que sea lógico. La mayor parte de los hombres nunca descubre la verdad porque les parece ya demasiado pesado ir a buscarla, o porque los resultados de sus reflexiones les parecen imposibles. Pero lo que hoy es imposible, mañana será obvio. Sí, hasta es concebible que la mayoría de las cosas que ocurren sólo sean posibles porque la gente no es capaz de preverlas.

—Y bien —dijo Fonseca después de un momento de silencio—, ¿qué te dijo en realidad Gordon?

—Lo que ya les conté.

—¿Nada más?

—No.

—Pensé que, en presencia del coronel, no quisiste decirlo todo.

—No, al contrario, me habría gustado saber lo que el coronel pensaba al respecto.

—¿Y tienes la impresión de que ya sospechan de alguien?

—De todas maneras, todavía no se ha llevado a cabo ningún arresto. Y en el caso de hacerlo ahora ya sería demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para qué?

—Para que emprendamos algo.

—¿Y qué crees que podemos emprender?

—Tendríamos que impedir a toda costa que este asunto, que no deseamos que se discuta, se ventile públicamente.

—Lo más probable es que se trate a puerta cerrada.

—Pues entonces tendríamos que impedir que la cosa llegara al público.

—Y ¿cómo harías en este caso para impedirlo?

—Todavía no lo sé —replicó Lukavski—; eso depende enteramente de la situación. Pero, por el momento, lo más importante es establecer de quién se trata.

—De manera que lo importante, en primer lugar, es establecer la identidad del asesino.

—Para nosotros, desde luego.

Fonseca encendió un cigarrillo.

—¿Y te parece que la policía tampoco sabe aún quién es?

—Aunque ya lo conociera, Gordon no me lo diría.

—Y bien —dijo Fonseca—, si no puedes sacar nada de él, tal vez logres saber algo por otra persona.

—No sé por quién.

—Tal vez por Gabrielle Rochonville.

Lukavski no respondió; sobrevino un momento de silencio. Por fin, Silverstolpe dijo:

—Pero, aun admitiendo que ustedes tengan razón y que sepan lo que tenemos que emprender, ¿quién nos autoriza a mezclarnos en los asuntos de los Rochonville? ¿Quién les dice que ya el coronel, o la misma Gabrielle...?

—El coronel —dijo Lukavski— no puede, desde luego, ignorar la opinión general de que Gabrielle está implicada en el asunto (eso es cosa que se le advierte en la cara), pero probablemente pierde su tiempo limitándose a esperar que en última instancia su hija nada tenga que hacer con toda esta historia. Y todavía creo menos que Gabrielle haga lo necesario para sustraerse a este asunto, sobre todo si realmente mantenía relaciones con el asesino. Ya ves, pues, que hasta los Rochonville o, por lo menos, el coronel podrían suponer que precisamente nosotros somos los que debemos hacer algo para evitar lo peor.

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