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Authors: Paul Kearney

Tags: #Fantástico

Las guerras de hierro

 

Su nombre es Corfe, único superviviente de la guarnición de Aekir, arrasada por los invasores merduk. Su vergüenza es haber sobrevivido cuando sus compañeros murieron, pero ahora tiene la oportunidad de enderezar su destino.

Tras destacar en la defensa del dique de Ormann, último baluarte del reino de Torunna, Corfe es destinado a la capital, un nido de intrigas donde el recién llegado, que comienza a estar rodeado de una aureola de heroísmo, es recibido con envidia.

El apoyo de la reina madre asegura a Corfe un mando, pero el resentimiento del rey lo reduce a un puñado de salvajes convictos sin pertrechos ni monturas. Sin embargo, Corfe convierte a sus reos montañeses en una fuerza temible y prueba su valía. Ahora deberá enfrentarse al poderoso enemigo merduk, detenido pero no derrotado, dispuesto a jugarse el todo por el todo y culminar su conquista de Occidente.

Mientras, en el extremo opuesto de Normannia, el rey Abeleyn de Hebrion ha recuperado el trono, pero yace víctima de sus heridas. Los rumores lo dan ya por muerto, y la frágil paz obtenida a un alto precio amenaza con quebrarse.

Y al otro lado del océano, en el Nuevo Mundo, una fuerza antigua se estremece, aúlla su furia y aguarda su momento para revelarse.

Paul Kearney

Las guerras de hierro

Las Monarquías de Dios - 3

ePUB v1.1

libra_861010
14.08.12

Título original:
The Iron Wars

Paul Kearney, 1999.

Traducción: Nuria Gres

Ilustraciones: Alejandro Colucci

Diseño/retoque portada: Alejandro Terán

Editor original: libra_861010 (v1.0 a v1.1)

Erratas reportadas por Lenny

En los libros anteriores…

Hace cinco siglos surgieron dos grandes fes religiosas que llegarían a dominar todo el mundo conocido. Se basaban en las enseñanzas de dos hombres. En Occidente, San Ramusio; en Oriente, el profeta Ahrimuz.

La fe ramusiana surgió en la misma época en que el gran imperio continental de los fimbrios empezaba a resquebrajarse. Los fimbrios, los mejores soldados que el mundo había visto, se vieron inmersos en una cruel guerra civil que permitió a las provincias conquistadas escindirse una por una y convertirse en los Siete Reinos. Fimbria quedó reducida a una sombra de sí misma, con unas tropas todavía formidables pero con la atención vuelta exclusivamente a los problemas del interior del país. Y los Siete Reinos fueron aumentando su poder… esto es, hasta que las primeras huestes de merduk empezaron a derramarse sobre las montañas de Jafrar, reduciendo rápidamente su número a cinco.

Así empezó la gran batalla entre los ramusianos de Occidente y los merduk de Oriente, una guerra esporádica y brutal que abarcó varias generaciones y que, en el siglo VI de la era ramusiana, estaba finalmente llegando a su clímax.

Porque Aekir, la mayor ciudad de Occidente y sede del pontífice ramusiano, acabó cayendo en manos de los invasores orientales en el año 551. De su saqueo escaparon dos hombres cuya supervivencia tendría grandes consecuencias para la historia futura. Uno de ellos era el propio pontífice, Macrobius, considerado muerto en los demás reinos ramusianos y por el resto de la jerarquía eclesiástica. El otro era Corfe Cear-Inaf, un simple alférez de caballería, que había desertado de su puesto, desesperado tras la pérdida de su esposa en el tumulto de la caída de la ciudad.

Pero la Iglesia ramusiana ya había elegido a otro pontífice, Himerius, que estaba decidido a purgar los Cinco Reinos de practicantes de dweomer, o magia. La purga provocó que el joven rey de Hebrion, Abeleyn, aceptara financiar una expedición desesperada al lejano oeste para buscar el legendario Continente Occidental, una expedición dirigida por su ambicioso y despiadado primo, lord Murad de Galiapeno. Murad chantajeó a un capitán mercante, Richard Hawkwood, para que comandara la expedición, y como pasajeros y futuros colonos se llevaron a algunos practicantes de dweomer de Hebrion, incluyendo a un cierto Bardolin de Carreirida. Pero cuando finalmente llegaron al legendario oeste, descubrieron que una colonia de magos y licántropos ya llevaba varios siglos residiendo allí, bajo la égida de un archimago inmortal, Aruan. Su grupo de exploración fue aniquilado; sólo sobrevivieron Murad, Hawkwood y Bardolin.

De nuevo en Normannia, la Iglesia ramusiana se escindió por la mitad cuando tres de los Cinco Reinos reconocieron a Macrobius como auténtico pontífice, mientras que el resto prefirió al recién elegido Himerius. La guerra religiosa estalló cuando los tres llamados Reyes Heréticos (Abeleyn de Hebrion, Mark de Astarac y Lofantyr de Torunna) decidieron luchar por conservar sus tronos. Todos lo consiguieron, pero Abeleyn tuvo que librar la batalla más dura. Se vio obligado a tomar por asalto su propia capital, Abrusio, por tierra y mar, provocando una gran destrucción en el empeño.

Más al este, la fortaleza toruniana del dique de Ormann se convirtió en el foco del asalto merduk, y allí Corfe se distinguió en su defensa. Fue ascendido, y tras llamar la atención de la reina madre de Torunna, Odelia, se le encomendó la misión de reprimir a los nobles rebeldes del sur del reino. Tuvo que empezar con una banda de ex esclavos de galeras, un grupo variopinto y mal pertrechado, los únicos hombres que el rey le autorizó a llevarse. Torturado por el recuerdo de su esposa perdida, ignoraba que en realidad ella había sobrevivido a la caída de Aekir para convertirse en la concubina favorita del mismísimo sultán Aurungzeb.

El trascendental año 551 se acercaba a su fin. En Almark, el moribundo rey Haukir legó su reino a la Iglesia de Himerius, transformándola así en un gran poder temporal. Y, en Charibon, dos humildes monjes, Albrec y Avila, encontraron por casualidad un antiguo documento, una biografía de San Ramusio, en la que se afirmaba que el santo era el mismo hombre que el profeta merduk Ahrimuz. Los monjes huyeron de Charibon, pero no antes de sufrir un macabro encuentro con el bibliotecario jefe de la ciudad monasterio, que resultó ser un hombre lobo. En su huida se vieron envueltos por una tormenta invernal, y cayeron desfallecidos sobre la nieve.

Y ahora los ejércitos marchan de nuevo por toda Normannia.

Este libro está respetuosamente dedicado

a la memoria de Richard Evans

«En tus breves ensoñaciones he velado junto a ti,

y te he oído murmurar historias de guerras de

hierro…»

Enrique IV, Parte I

Prólogo

En la sudorosa y febril pesadilla de la oscuridad sintió que la bestia entraba en su habitación y se acercaba a él. Pero eso era imposible. No desde tan lejos, por lo menos…

«Oh, dulce Dios del cielo, señor de la tierra, acompáñame en este momento…»

Plegarias, plegarias, plegarias. La terrible burla de rezar a Dios, él, cuya alma vendida era negra como la pez, perdida y condenada a los fuegos eternos.

«Dulce Ramusio, acompáñame. Permanece junto a mí en esta hora de perdición.»

Se echó a llorar. Estaba allí, por supuesto que estaba. Lo observaba, paciente como una piedra. Le pertenecía. Estaba condenado.

Empapado en sudor, abrió sus párpados pegajosos a la omnipresente oscuridad de su habitación a medianoche. Las lágrimas le habían mojado los lados del cuello mientras dormía, y las pesadas pieles que cubrían su cama estaban revueltas. Se sobresaltó al ver su forma abultada y velluda. Pero no era nada. Estaba solo después de todo, gracias a Dios. No había nada más que la silenciosa noche de invierno rodando en su gélida inmensidad más allá de la habitación.

Rascó la piedra y el pedernal de su mesita de noche, y cuando la yesca prendió trasladó la lluvia de chispas a la vela. Una luz, un punto de referencia entre las amenazadoras tinieblas.

Totalmente solo. Se encontraba incluso sin el Dios al que una vez había adorado y al que había entregado los mejores años de su vida. Los clérigos y teólogos afirmaban que el Creador estaba en todas partes, en cada nicho y recoveco del mundo. Pero no estaba allí, aquella noche. No en aquella habitación.

Sin embargo, algo se estaba acercando. Podía sentirlo moviéndose por la oscuridad hacia él, tan imposible de detener como el movimiento del sol, con los pies tocando apenas el mundo dormido. Era capaz de recorrer continentes y océanos en un abrir y cerrar de ojos.

Las pieles de su cama se estremecieron, y el hombre soltó un grito.

Retrocedió hacia la cabecera, con los ojos desorbitados y el corazón martilleándole en las costillas.

Las pieles se convirtieron en un bulto, una enorme masa de vello. Y empezaron a crecer, aumentando de tamaño en las tinieblas y a la luz de la vela. La habitación se convirtió en un repentino parque de juegos para las sombras móviles mientras la luz parpadeaba y oscilaba.

Las pieles ascendieron y ascendieron sobre la cama, cada vez más arriba. Y cuando se cernieron sobre él, altas como un megalito deforme, dos ojos amarillos parpadearon en su interior, de brillo ansioso como la llama de un pirómano.

Estaba allí. Había venido.

Cayó de bruces entre las húmedas sábanas de lino, en actitud de adoración. Estaba allí realmente; podía oler el almizcle de su presencia, sentir el calor de la enorme silueta.

Una gota de saliva le cayó de la mandíbula, y al chocar contra su cuello siseó, quemándolo.

Saludos, Himerius
, dijo la bestia.

—Amo —susurró el clérigo postrado, retorciéndose sobre la manchada cama.

No temas
, dijo la voz, sin un solo sonido. La réplica de Himerius fue inarticulada, un gorgoteo de terror.

El momento ha llegado, amigo mío
, dijo la bestia.
Mírame. Incorpórate y observa
.

Una enorme zarpa, con dedos y garras como en una mezcla burlesca de hombre y bestia, lo levantó y le hizo arrodillarse. Su tacto le chamuscó la piel a través de la lana de su camisón de invierno.

Un rostro de lobo invernal, con orejas como cuernos sobre un enorme cráneo cubierto de vello negro, en el que los ojos relucían como lámparas de color azafrán, con dos hendiduras negras. Un hocico de un pie de longitud provisto de colmillos, de los que goteaba saliva en cordeles plateados, con los labios negros tensos y temblorosos. Y atrapado entre sus dientes, un trozo de carne reluciente y escarlata.

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