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Authors: Horacio Quiroga

Tags: #Clásico, Ensayo, Relato

Textos fronterizos

BOOK: Textos fronterizos
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Al final de su vida, Horacio Quiroga, desencantado por el desdén de los jóvenes vanguardistas porteños, se retira de la vida pública y se muda con su familia a San Ignacio, provincia de Misiones.

Desde allí, escribe una serie de artículos (“Croquis del monte”) con amplias incursiones en el terreno de la ficción. Verdaderos «textos fronterizos» por partida doble: por tener como escenario la frontera argentino-paraguaya, y por estar también en el límite entre divulgación y ficción, entre el documental y el relato.

En los nueve textos escogidos, encontrará el lector hallazgos literarios tan sutiles que le será muy difícil definir en qué consiste el arte de su autor. El último de ellos, “La tragedia de los ananás”, tiene además un valor biográfico especial, pues apareció en
La Prensa
el primer día del año 1937, mes y medio antes de su partida definitiva.

Horacio Quiroga

Textos fronterizos

ePUB v1.0

jugaor
21.09.12

Horacio Quiroga, 1930-1937.

Diseño de portada: Shammael

Editor original: jugaor

ePub base v2.0

El regreso a la selva

Después de quince años de vida urbana, bien o mal soportada, el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y obrar, lo ligan indisolublemente a ella. Un día dejó el monte con la misma violencia que lo reintegra hoy a él. Ha cumplido su deuda con sus sentimientos de padre y su arte: nada debe. Vuelve, pues, a buscar en la vida sin trabas de la naturaleza el libre juego de su libertad constitucional.

Regresa a la selva. Pero ese hombre no lleva consigo el ánimo que debiera. ¡Ha pasado tanto tiempo desde que colgó tras una puerta su machete de monte! Sus pasajeros retornos al bosque apenas cuentan en la pesada carga de ficciones que no ha podido eludir. Quince años de civilización forzada concluyen por desgastar las aristas más cortantes de un temperamento.

¿Sobrevive, agudo como en otro tiempo, su amor a la soledad, al trabajo sin tregua, a las dificultades extenuantes, a todo aquello que impone como necesidad y triunfo la vida integral?

Cree que sí. Pero no está seguro.

Tras largos, muy largos días de viaje estival, surgen por fin a su vista tras el perfil del acantilado que resguarda el gran golfo, surgen a su vista, allá a la distancia y en lo alto, los eucaliptos y palmeras de su casa. ¡Su casa de piedra, su meseta, sus bambúes!

En cuanto a sus inquietudes de otro orden, el tiempo dirá.

Al ser cogidos de improviso por el ambiente, la soledad y la luz de un país nuevo, los sentimientos del viajero sufren un profundo desconcierto. Las ideas y emociones del sujeto se hallan sometidas a breves y constantes sacudidas que cohíben su arraigo. Pasa aquél los primeros días atontado, como si viviera haciendo apenas pie sobre un existir falaz: ni lo que ve es lo que parece ser, ni sus impresiones son ciertas, ni él mismo es ya más lo que ha sido. Flotan él y cuanto le rodea en una atmósfera de vaga alucinación que por fin se disipa, dejando de nuevo al viajero en tierra firme con su equilibrio recobrado.

Esta crisis de adaptación dura apenas breves días, salvo en aquellos casos graves en que el viajero, el novato, cae desde los primeros instantes en un asiento, donde permanece las horas volviendo pesadamente los ojos a uno y otro lado, como si el banco que oprime fuera la única realidad en la irrealidad mareante del crudo paisaje que no quiere dejarse asir.

Nosotros —o casi todos nosotros— estábamos desde largo tiempo atrás iniciados en el ambiente tropical. Ninguna novedad podíamos esperar del cambio de vida, harto conocida nuestra. Mas mi joven mujer y su tiernísima hija abrían por primera vez los ojos al sol de Misiones. Todo podía esperarse en tan pobres condiciones para la lucha menos el perfecto equilibrio demostrado por una y otra ante las constantes del nuevo país. Madre e hija parecían gozar de una larga y prolija inmunización, que acaso los lazos de la sangre y del afecto expliquen en gran parte.

Todo podía esperarse, en efecto, menos la niebla de alucinación en que me hallé envuelto las primeras semanas. Viví y obré sin lograr hacer pie en un suelo casi natal. Como el novato, me hallé en Misiones sin conciencia de la flamante realidad. Sentí como aquél la fuga de todas las cosas ante mi mirar extraño, y vi interpuesto entre mi percepción y el paisaje ese velo infranqueable con que la naturaleza virgen resguarda su lastimante desnudez.

¿Qué explicación podía tener este fenómeno, de no hallarla en la obra lenta y corrosiva de tres lustros de vida urbana, infiltrada a pesar de mí mismo hasta las más hondas raíces de la individualidad? ¿Podía ese lapso haber transmutado mi albedrío selvático en el malestar y la inconformidad de un recién venido?

No era posible. Algo, fuera también de mi percepción, debía dar razón de este vaho maléfico.

Hallela por fin cuando la sequía, que comenzara cuando llegáramos allá, cobró —¡como tantas otras veces!— caracteres de desastre. Decíase que desde la gran sequía de 1905 no había visto la región tan profundamente agotadas y resecas sus fuentes de agua. La tierra, roja y calcinada, en efecto, no guardaba hasta donde se la sondara rastro alguno de humedad. No se veía en el suelo más que una red de filamentos lacios y resecos, y en el aire un constante y lento vagar de briznas quemadas. Sentíase la sequía en el humo en suspensión de los rozados, en la ansiedad general, en el ambiente de desolación de que parecían infiltrarse hasta el confín los mismos postes del alambrado. Y esto acentuándose día tras día con una perseverancia y una severidad que arrebataba toda esperanza de resurrección. Ella me salvó, sin embargo, al exigirme todas las fuerzas para una lucha que ya más de una vez había librado.

Tuvimos que corretear en busca de agua para el consumo de la casa —nuestros pozos estaban agotados— y librar esa agua de las avispas que la asaltaban. Tuvimos que acudir a bañarnos en la casa de un vecino. Bebíamos agua caliente que traíamos en coche en un tamborcito de nafta, y que escatimábamos hasta la sordidez. Perdimos la mitad de los postes por el fuego, vimos enfermarse uno tras otro los cedros, vaciarse en goma los naranjos y samuhús. Y cuando esta lucha y esta sequedad que persistían a través de la noche asfixiante habían ya obrado sobre mí como un tónico, llegó un acontecimiento nimio y trascendente a la vez a afianzar con su nota peculiarísima mi creciente bienestar.

Un mediodía de fuego llegó el muchachito de casa a decirnos que a la linde del monte, a 80 metros de casa, había una enorme víbora dormida. Tan grande, según él, que no se había atrevido a matarla.

Debo advertir que mi mujer no había visto aún una víbora. Para ella, como para todas las gentes urbanizadas, aquel animalito era el símbolo del peligro tropical. Interesábame, pues, asistir a la reacción que dicha víbora, pequeña o monstruosa, iba a despertar en mi mujer.

Fuimos todos allá. Mi hijo levantó en el camino un trozo de bambú, considerando con justicia que mi reciente lesión en la mano cohibiríame la libertad de movimientos. No quise, sin embargo, privarme del singular gusto de ultimar a la yarará, y enorme, como pudimos comprobar enseguida al hallarla en la penumbra muy densa del monte donde en efecto parecía dormir.

El golpe que le di tras la cabeza fue suficiente para dejarla fuera de combate, a pesar del ligero aspecto de mi bambú. Pero, como observamos juiciosamente, una cosa es el leve peso de una caña cuando se juguetea con ella distraído, y otra cuando se toma por puntería el cuello de una sólida yarará.

Como desde el primer instante nos hubiera llamado la atención el grueso del animal y las ondulaciones que corrían a lo largo de su vientre, procedimos a su disección.

Allí, envueltas aún en una tenue tela que era cuanto quedaba del huevo original, revolvíanse en el seno materno 23 yararás ya a punto de nacer. Algunas de ellas abrían la boca al ser solicitadas, prontas a morder, y a matar. Eran veintitrés, todas iguales, pues las medidas tomadas acordaron de 29 a 30 centímetros para cada una. Todas tenían en la cabeza el dibujo característico de la especie a que pertenecía la familia. Sólo en dos o tres de aquéllos pudimos observar algo parecido a una cruz.

Hoy la extensa prole descansa en un gran frasco de alcohol, a cuya concavidad sus lacios cuerpos se han ajustado dócilmente.

Regresamos satisfechos a casa, pues un retardo de breves horas en sorprender a la yarará madre nos hubiera infestado con veinticuatro víboras esa ala de monte que nos sirve de parque.

Mi mujer mostrábase también satisfecha por la tranquilidad con que había resistido el primer embate de la selva, no obstante ser aquel reptil, según creo, el primero que veía en su vida.

Por mi parte, regresaba con el alma en plena paz. La sequía y la víbora habían puesto por fin su sello definitivo a mi recobrada salud.

Confusa historia de una mordedura de víbora

Desde hace ya tiempo nuestras serpientes venenosas se hallan perfectamente determinadas. La tarea no ha sido difícil, pues si bien es cierto que una especie se halla difundida en gran parte de la república, las demás tienen un hábitat bastante restringido. Constituye aquella especie la yarará típica del norte y centro del país: la víbora de la cruz. Otra yarará, pequeña de tamaño y de nariz levantada, puebla el sur de nuestro territorio. Todas las demás serpientes venenosas —y son cinco o seis— se hallan limitadas en el extremo norte del país.

Resumiendo: Contamos en todo con cinco yararás (
lachesis alternatus
,
neuwiedi
,
atroz
,
lanceolatus
y
amoditoides
); dos pequeñas serpientes de coral (
coralinus
y
frontalis
), y una serpiente de cascabel (
crotalus terrificus
). Ocho especies ponzoñosas en total, entre la innumerable legión de culebras y serpientes inofensivas y útiles que pueblan nuestro suelo.

Estos tres grupos venenosos, constituidos por las yararás, las de coral y la de cascabel, son tan diferentes entre sí a simple vista, cual distinto es el efecto de sus respectivas ponzoñas. Del aspecto de una víbora de la cruz (
lachesis alternatus
) a una serpiente de cascabel va el mismo mundo de diferencia que de ésta a una radiante víbora de coral. Del mismo modo, la acción del veneno es característica para cada uno de estos grupos, sin que pueda ser confundido con el de ningún otro. Así, mientras el veneno de las yararás (honor a ellas por su fama) obra casi exclusivamente sobre la sangre, el de la serpiente de cascabel actúa con marcadísima preferencia sobre el sistema nervioso. Apenas merecen ser tenidas en cuenta a este respecto las víboras de coral, en razón de la exigua cantidad de veneno de que disponen, y al hecho de ser rarísimas las víctimas que ocasionan. Cumple decir, sin embargo, que su veneno actúa también preferentemente sobre el sistema nervioso, al igual que el de su prima hermana, la cobra capelo de la India.

He aquí las características de la manifestación de estos dos venenos: Tumefacción enorme, dolor en proporción a ella, gangrena, coagulación en masa de la sangre, en los casos muy graves, para la mordedura de las yararás.

Falta de dolor y tumefacción, estado de angustia, convulsiones, asfixia progresiva, parálisis progresiva de los centros nerviosos, para la mordedura de una serpiente de cascabel.

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