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Authors: Gary Jennings

Tags: #Histórico

Azteca (8 page)

Mientras tanto, nuestra comunidad era próspera, confortable y tranquila. Nosotros, que teníamos la buena fortuna de vivir allí, no nos veíamos obligados a afanar nuestras energías y espíritus sólo para poder subsistir. Podíamos contemplar horizontes más allá de nuestra isla y aspirar a alturas mayores de las que habíamos nacido. Podíamos soñar, como lo hacían mis amigos Tlatli y Chimali. Sus padres eran escultores en la cantera y ellos, los dos, a diferencia mía, aspiraban seguir sus pasos, dentro de ese arte, aunque más ambiciosamente que ellos.

«Quiero llegar a ser el
mejor
escultor», dijo Tlatli, raspando un fragmento de piedra blanda que empezaba realmente a parecerse a un halcón, animal del cual había recibido su nombre.

Él siguió: «Las estatuas y los frisos esculpidos aquí en Xaltocan se van sin firma, en las grandes canoas de carga, y sus artistas no son reconocidos. Nuestros padres no reciben mayor crédito que el que podría recibir una esclava que teje el
pétlatl
, tapete, con las cañas del lago. ¿Y por qué? Porque las estatuas y ornamentos que hacemos aquí se distinguen tan poco como el
petlame
de caña-tejida. Cada Tláloc, por ejemplo, se ve exactamente igual que cada Tlálpc que ha sido esculpido en Xaltocan desde que los padres de los padres de nuestros padres, los esculpían».

Yo dije: «Entonces es que ellos deben ser como los sacerdotes de Tláloc quieren que sean».

«
Ninotlancuícui in tlamázque
—gruñó Tlatli—. Limpio mis dientes en los sacerdotes. —Él podía ser tan impasible e inmóvil como cualquier figura de piedra—. Yo intento hacer esculturas diferentes a todas las que se han hecho antes. Y ni siquiera dos, hechas por mí, parecerán iguales. Pero mis obras serán tan fáciles de reconocer que la gente exclamará: “¡
Ayyo
, una estatua hecha por Tlatli!” Ni siquiera tendré que firmarlas con mi glifo de halcón».

«Tú quieres hacer un trabajo tan fino como el de la Piedra del Sol», le sugerí.

«Más fino todavía que el de la Piedra del Sol —dijo obstinadamente—. Limpio mis dientes en la Piedra del Sol». Y pensé que eso era realmente tener audacia, porque yo había visto la Piedra del Sol.

Sin embargo, nuestro mutuo amigo Chimali tenía una meta todavía más alta que a la que aspiraba Tlatli. Quería refinar el arte de la pintura, de tal manera que fuera independiente de cualquier escultura. Él sería pintor de cuadros en paneles y de murales en las paredes.

«Oh, yo daré color a las toscas estatuas de Tlatli, si él quiere —dijo Chimali—. Pero la escultura requiere sólo colores uniformes, ya que por su forma y modelado da luz y sombra a los colores. También estoy harto de cómo son invariablemente usados por otros pintores y muralistas. Trato de mezclar nuevas variedades: colores que puedan mudar en cuanto a matiz y tono, de tal manera que los colores por sí mismos den una ilusión de profundidad. —Y hacía vehementes gestos modelando al aire—. Cuando veáis mis cuadros, pensaréis que tienen forma y substancia, aun cuando no lo tengan, cuando no tengan más que la dimensión del panel mismo».

«Pero, ¿con qué objeto?», pregunté.

«¿Qué objeto tiene la trémula belleza y la forma del colibrí? —preguntó—. Mira. Imagínate que eres un sacerdote de Tláloc. En lugar de arrastrar una gran estatua del dios de la lluvia dentro de la pequeña habitación de un templo, restringiendo aún más el espacio, los sacerdotes de Tláloc simplemente me podrían encargar pintar sobre el muro un retrato del dios, como yo lo imagine, y con un paisaje sin límite extendiéndose atrás de él, bañado de lluvia. La habitación parecerá mucho más grande de lo que en realidad es. —Y triunfalmente concluyó—.
Ésa
es la ventaja de las pinturas planas y delgadas sobre las esculturas voluminosas y macizas».

«Bueno —dije a Chimali—, un escudo normalmente
es
bastante delgado y plano». Yo le estaba haciendo una broma; Chimali significa escudo y el mismo Chimali era flaco y larguirucho. Yo sonreía indulgentemente ante las grandiosas jactancias y ante los ambiciosos planes de mis amigos; o quizás con un poco de envidia porque ellos sabían lo que querían llegar a ser, mientras que yo no. Mi mente todavía no había concebido alguna noción propia y ningún dios había tenido a bien mandarme alguna señal. Solamente estaba seguro de dos cosas. Una era que
no
quería labrar y arrastrar piedra en una cantera ruidosa, polvorosa y amenazada por los dioses. La otra, que cualquier carrera que escogiera,
no
intentaría ejecutarla en Xaltocan ni en ningún otro lugar atrasado de la provincia.

Si los dioses me lo permitían, yo correría el riesgo en el lugar más desafiante, pero también el más potencialmente remunerador del Único Mundo, en la ciudad-capital del UeyTlatoani, en donde la competencia entre los hombres ambiciosos era la más despiadada y en donde solamente los más dignos podían sobresalir con distinción, en la espléndida, maravillosa y pasmosa ciudad de Tenochtitlan.

Si todavía no sabía cuál sería el oficio de mi vida, por lo menos sí sabía
dónde
iba a practicarlo. Esto lo supe desde mi primer viaje allí, la visita que había sido un regalo de mi padre en mi cumpleaños número siete, el día en que me dieron mi nuevo nombre. Antes de eso, mis padres, a quienes yo seguía, habían ido a consultar al
tonálpoqui
residente de la isla —o conocedor del
tonáltamatl
, el libro tradicional de nombres—. Después de desdoblar las capas de páginas hasta lograr la completa longitud del libro, usando la mayor parte del piso de su cuarto, el viejo vidente dio un escrutinio prolongado, moviendo los labios cada vez que hacía mención a los símbolos de las estrellas y a las actividades más relevantes de los dioses en el día Siete Flor, en el mes del Dios Ascendiente del año Trece Conejo. Luego inclinó la cabeza, volvió a doblar el libro con reverencia, aceptó sus honorarios consistentes en un rollo de tela fina, me roció con agua especial para las celebraciones y proclamó que mi nombre sería Chicome-Xóchitl-Tliléctic-Mixtli, para conmemorar la tormenta que había asistido a mi nacimiento. Desde entonces y en adelante yo sería conocido formalmente como Siete Flor Oscura Nube y llamado informalmente Mixtli.

Estaba muy complacido con mi nombre, un nombre varonil, pero no quedé muy impresionado con el ritual para seleccionarlo. Incluso a la edad de siete años, yo. Nube Oscura, tenía algunas opiniones propias. Dije en voz alta que cualquiera lo hubiera podido hacer,
yo
lo hubiera podido hacer más rápido y más barato, por lo que me callaron severamente.

En la mañana temprano de mi importante cumpleaños, me llevaron al palacio del
tecutli
y el Señor Garza Roja nos recibió personalmente con amabilidad y ceremonia. Me palmeó ligeramente la cabeza y dijo paternalmente con buen humor: «Otro
hombre
ha crecido para la gloria de Xaltocan, ¿verdad?».

Con su propia mano dibujó los símbolos de mi nombre: siete puntos, el símbolo de los tres pétalos de flor, la burbuja gris que significa la nube oscura, en el
íocayámatl
, el registro oficial de todos los habitantes de la isla. Mi página quedaría allí por todo el tiempo que viviera en Xaltocan, para ser quitada únicamente si moría, si era expulsado por algún crimen monstruoso o si me iba a vivir permanentemente a otro lugar. Me pregunto: ¿cuánto tiempo hace que la página de Siete Flor Nube Oscura no está en aquel libro?

Hubiera habido una gran celebración del día-de-nombre, como lo había habido en el de mi hermana. Todos los vecinos y nuestros familiares llegando con regalos, mi madre cocinando y sirviendo un gran festín con platillos especiales, los hombres fumando
pocíetl
en tubos de caña, los viejos emborrachándose con
octli
. Pero no me importó perder todo eso, porque mi padre me había dicho: «Un cargamento de frisos para templos sale hoy para Tenochtitlan y hay espacio en el bote para ti y para mí. También he oído que una gran ceremonia se celebrará en la capital, la de una nueva conquista o algo por el estilo, y éste será el festejo de tu día-de-nombre, Mixtli». (Nunca más me volvió a llamar Chapulín). Así es que, después un beso de felicitación en la mejilla, por parte de mi madre y de mi hermana, seguí a mi padre hacia abajo, hasta el muelle de cargamento de las canteras.

Todos nuestros lagos tenían un tráfico constante de canoas, yendo y viniendo en todas direcciones, como hordas de insectos tejedores. La mayoría de ellas eran los
acaltin
pequeños, para uno o dos hombres, de los pescadores y cazadores de aves, hechos de un solo tronco de árbol vaciado por dentro y con la forma de una vaina de ejote. Sin embargo había otros que alcanzaban hasta el tamaño de las gigantescas canoas de guerra para sesenta hombres y nuestro
acali
de carga consistía en ocho botes casi de ese tamaño, unidos por las regalas. Nuestro cargamento de paneles de piedra tallados había sido apilado cuidadosamente dentro del lanchón, cada piedra envuelta en pesadas esterillas de fibra para su protección. Con tal carga a bordo en una nave tan difícil de gobernar, era lógico que avanzáramos muy despacio, a pesar de los veinte hombres, entre ellos mi padre, que estaban remando o empujando con varas gruesas en donde el agua no era profunda. Debido a que la ruta no era recta —al sudoeste por el lago de Xaltocan, al sur dentro del lago de Texcoco y desde ahí al sudoeste otra vez hasta la ciudad— teníamos que cubrir algo así como siete distancias que llamábamos a cada una «una carrera larga», una de las cuales vendría a ser aproximadamente el equivalente a lo que ustedes los españoles llaman «una legua». Como quien dice, siete leguas de camino y nuestro gran lanchón casi nunca avanzaba más rápido de lo que un hombre podría caminar. Dejamos la isla de Xaltocan mucho antes del mediodía, pero estaba bien entrada la noche cuando llegamos al muelle de Tenochtitlan.

Por un tiempo, el paisaje no era nada fuera de lo común, el mismo lago rojizo que yo conocía tan bien. Luego, conforme nos deslizábamos sobre el estrecho del sur, la tierra nos encerró por los dos lados y el agua fue perdiendo color gradualmente hasta adquirir un tono parduzco cuando emergimos al vasto lago de Texcoco. Éste se extendía tan lejos hacia el este y hacia el sur que la tierra de más allá no era más que una mancha oscura y dentada en el horizonte.

Nos movimos hacia el suroeste durante un tiempo, pero Tonatíu, el sol, se cubría lentamente en el resplandor de su vestido de dormir en el momento en que nuestros remeros retrocedían en el agua para poder llevar nuestro desmañado lanchón hacia el Gran Dique y detenerse. Esta barrera es una doble palizada de troncos de árboles clavados dentro del fondo del lago, el espacio entre las hileras paralelas de leños está sólidamente relleno con tierra y roca. Tiene como propósito el evitar que las ondas del lago, agitadas por el viento del oriente, inunden la isla-ciudad. El Gran Dique tiene pesados portalones insertados en intervalos con objeto de permitir el paso a los barcos y los hombres que trabajan en El Dique dejan esos portalones abiertos casi todo el tiempo. Por supuesto que el tráfico del lago que se dirigía hacia la capital era considerable y por ese motivo nuestro lanchón tuvo que esperar en línea, por un tiempo antes de poder pasar los portones.

Al mismo tiempo, Tonatíu tiró los oscuros cobertores de la noche sobre su cama y el cielo se tornó púrpura. Las montañas al oeste, directamente enfrente de nosotros, se vieron de pronto como si sus perfiles hubieran sido cortados en papel negro, perdiéndose sus dimensiones. Sobre ellas, hubo un centelleo tímido y luego una chispa valiente de luz: Flor del Atardecer, la estrella vespertina, llegó una vez más, asegurándonos que ésta era solamente una de tantas noches, no la última y eterna.

«¡Abre bien los ojos ahora, hijo Mixtli!», gritó mi padre desde su lugar en los remos. Como si Flor del Atardecer hubiera dado una señal, una segunda luz apareció, ésta a un nivel muy por debajo de la línea dentada de las negras montañas. Entonces llegó otro punto de luz, y otro y otros veinte de veinte más. Así vi Tenochtitlan por primera vez en mi vida: no como una ciudad de torres de piedra, de ricos enmaderados y pinturas brillantes, sino como una ciudad de luz. Según se iban encendiendo las lámparas, linternas, velas y antorchas, por las aberturas de las ventanas, en las calles, a lo largo de los canales, en las terrazas, cornisas y tejados de los edificios, los puntitos separados de luz se hicieron grupos, los grupos se mezclaron para formar líneas de luz y las líneas de luz dibujaron los contornos de la ciudad. Los edificios en sí, desde esa distancia, estaban oscuros y sus contornos borrosos, pero las luces, ¡
ayyo, las luces
! Amarillas, blancas, rojas,
jácinth
, en todos los colores variados del fuego y aquí y allá una verde o azul, en donde el fuego del altar de algún templo había sido rociado con sal o con filigranas de cobre. Cada uno de esos grupitos y bandas de luz como cuentas relucientes, brillaban dos veces pues cada una tenía su reflejo brillante en el lago. Aun las calzadas elevadas y empedradas que saltan entre la isla y tierra firme, aun éstas, portaban linternas en palos a intervalos en toda su extensión, a través del agua. Desde nuestro
acali
podía ver solamente las dos calzadas que salían de la ciudad hacia el norte y hacia el sur, pero cada una parecía ser una brillante y delgada cadena de joyas a través del cuello de la noche, un espléndido pendiente de brillante joyería en el seno de la noche.

«Mexico-Tenochtitlan, Cem-Anáhuac Tlali Yoloco —murmuró mi padre—. Es realmente El Corazón y el Centro del Único Mundo». Yo había estado tan transportado por el encanto, que no me había dado cuenta de que él estaba a mi lado. «Mira todo lo que puedas, hijo Mixtli. Tú puedes ver esta maravilla y muchas otras más de una vez, pero siempre y por siempre habrá sólo una primera vez».

Sin parpadear o mover los ojos del esplendor al que nos acercábamos con demasiada lentitud, me recosté sobre una esterilla de fibra y miré y miré hasta que, me avergüenza decirlo, mis párpados se cerraron por sí solos y me quedé dormido. No tengo ni una noción en mi memoria del ruido considerable, de la conmoción y del bullicio que debió de producirse cuando desembarcamos, ni recuerdo cuando mi padre me cargó hasta una cercana posada para barqueros, donde pasamos la noche.

Desperté en un jergón en el piso de un cuarto común, donde mi padre y otros pocos hombres más, estaban todavía acostados roncando en sus jergones. Al darme cuenta de que estábamos en una posada y de dónde estaba la posada, brinqué para asomarme por la abertura de la ventana, y por un momento me sentí mareado al ver la altura sobre el empedrado. Era la primera vez que estaba dentro de un edificio que estaba encima de otro. Yo pensé que era así hasta que mi padre me enseñó más tarde, desde afuera, que nuestro cuarto estaba en el piso superior de la posada.

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