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Authors: Antonio Muñoz Molina

Tags: #Drama, Relato

CARLOTA FAINBERG (3 page)

BOOK: CARLOTA FAINBERG
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—Yo soy el buscador de los tesoros escondidos, como si dijéramos.

En la última década, me explicó, no sin una fatigosa abundancia de vacuos tecnicismos empresariales, la compañía había llevado a cabo una expansión sólida y gradual fuera de España, «a nivel de los dos lados del océano», seleccionando hoteles más o menos en crisis, anticuados o mal gestionados, adquiriéndolos con toda clase de precauciones financieras y aplicándoles inmediatamente planes rigurosos de rehabilitación y viabilidad, de downsizing y uplifting, para usar el vocabulario, en ocasiones sorprendente, del propio Abengoa. En todo esto, su strategical advisory consistía en una tarea a medias de espionaje y de análisis financiero, de exploración aventurera y contabilidad. Era él quien viajaba por las capitales del mundo buscando hoteles que se ajustaran a los intereses de Worldwide Resorts, o estudiando otros cuyos propietarios los hubieran puesto ya en venta, pero que no habrían aceptado con facilidad la inspección exhaustiva de un posible comprador demasiado reticente.

—Y así me paso la vida, Claudio —me dijo, poniéndome embarazosamente, aunque por un solo instante, una mano en la rodilla, en un ademán de confianza o camaradería propiciado tal vez por la tormenta de nieve, certificado por nuestra condición de españoles —, de hotel en hotel, como si dijéramos, de ciudad en ciudad. Cansa, no te creas. Más de una vez me da la tentación de arrepentirme por no haberme quedado de asesor fiscal, que es lo que yo era antes, haciéndole a la gente las declaraciones de la renta y viéndoles la mala cara que ponen cuando se les dice lo que tienen que pagar. Aunque también te digo la verdad, a mí lo que más me gusta es ver mundo y conocer gente nueva.

Me había llamado la atención, entre tantas desvaídas figuras como pululaban por el aeropuerto, incoloras bajo la luz artificial, agriamente flacas o de una blanda e ilimitada gordura, la solidez física de Abengoa, la rotundidad española de su figura. No era alto, sino más bien stocky, y su cuello parecía más corto debido a un jersey de lana con dos botones en el hombro derecho y una hechura que le subrayaba la curva de una barriga notoria pero también fornida, la barriga de un hombre a la vez activo y familiar, tentado por el fitness pero también por la paella, y más aficionado a las cañas de cerveza y a los berberechos que a los complejos vitamínicos o al providencial Prozac. Tenía el pelo entreverado de gris y se peinaba con una raya anticuada. Lucía, en la claridad neutra y lívida del aeropuerto, un bronceado de pura salud casi rural, sin la menor sospecha de artificio. (No como Morini, dicho sea de paso, que se aplica en la cara un tanning torrefacto no indigno de Julio Iglesias, o de un magnate panameño del narcotráfico, y que tiene el pelo tan sospechosamente negro y abundante que unas veces da la impresión de que se lo tiñe y otras de que lleva peluquín, incluso de que se tiñe el peluquín.)

A mí cualquier viaje me deja desguazado, y no soy capaz de encarar sin desaliento las complicaciones más comunes de la vida práctica, tan llevaderas, sin embargo, en los Estados Unidos. No habría necesitado escuchar lo que Abengoa me estaba contando para darme cuenta de que tenía una constitución inmune a la fatiga, un frame of mind tan robusto que ni los compromisos incesantes ni el jet —lag de los viajes transatlánticos lo aturdían. Pertenecía a ese tipo de personas enérgicas y prácticas que a mí me han amedrentado a lo largo de toda mi vida, desde que en la infancia conocí a la primera de ellas, mi tío Guillermo, que hablaba muy alto y lo hacía todo muy rápido, que regentaba un negocio de ferretería, fumaba y conducía coches con la misma acelerada brusquedad, dándome siempre la sensación de que yo era muy torpe y muy lento, y además nada listo. Cada vez que encuentro una persona así noto el mismo principio como de encogimiento que cuando mi tío Guillermo llegaba a casa hablando muy alto y empujando la puerta como para ganar tiempo antes de que yo se la abriera. Siempre me acerco con miedo a los empleados de las ferreterías y de los talleres de automóviles. Me bastan unos segundos para reconocer ese modelo siempre idéntico de hombre hábil, decidido, veloz, y cuando uno de ellos me habla muy alto o se agita amenazadoramente cerca de mí con la energía de sus tareas y de sus destrezas pienso, igual que al ver a Marcelo M. Abengoa: «Otra vez el tío Guillermo».

—Lo que es la vida moderna, Claudio, la revolución del transporte, como yo digo —hablaba sin darse cuenta de que por unos instantes yo no lo había escuchado —. Ayer estuve comiendo con unos clientes en Francfort. Y pasado mañana, desde Miami, tengo que volar a Santiago de Chile. Gran país, tremendo dinamismo. ¿Sabes cómo les gusta llamarse a los chilenos? Los jaguares del Pacífico...

Tan sólo de oírlo me mareaba un poco, casi me rozaba el golpe de viento de la agitación de sus viajes, como el trajín de los artefactos incomprensibles de la ferretería de mi tío Guillermo. Llegaba a una ciudad, me dijo, y desde el instante en que el taxi se detenía ante la puerta del hotel él ya estaba observándolo todo, especialmente aquello que un viajero no adiestrado, no profesional, nunca percibiría, los signos, en definitiva, los onion layers del significado, término este que a mí me da un poco de reparo traducir por «las capas de cebolla», los más obvios y los menos perceptibles, el grado de conservación del edificio y la limpieza de los puños del botones uniformado que le llevaba la maleta a la habitación, la calidad de los desayunos, la topografía de los alrededores, todo, hasta el olor y el ruido del aire un poco antes de que saliera el agua de los grifos.

Aquel hombre tan basto, tan franco, tan adicto a la carcajada y al apretón de manos, podía también volverse, me dijo, no sin cierto orgullo, un consumado espía. Con cualquier pretexto o sin ser visto se colaba en todas las dependencias, aun en las de acceso más restringido, probaba todos los servicios, todos los platos del menú, se instalaba durante horas en un sillón del vestíbulo con un periódico abierto y estudiaba el tipo de clientes que recibía el hotel y el grado de corrección o de kindness con que eran tratados. «Me gusta cómo se les llama aquí, Claudio, en América, no clientes ni huéspedes, sino guests, ¿se pronuncia así? Invitados. Estos tíos sí que saben.» Se fijaba en todo, lo escuchaba, lo olía todo. Tardaba un par de semanas en considerar que poseía toda la información necesaria para un dictamen certero, si bien esa nada española afición por la accuracy que descubrí en él se equilibraba, me explicó, con un olfato profesional instantáneo, comparable al del enólogo que sólo a través del aroma o del color de un vino ya predice sin vacilación su calidad, o al crítico impresionista de la vieja escuela que determinaba la «belleza» —entre comillas, desde luego — de un texto, o incluso su «valor» —¡comillas urgentes otra vez! — literario nada más que leyendo al azar unas pocas frases.

Desde que le vi y empecé a escucharlo yo había creído dilucidar en Abengoa todos los síntomas del autodidacta, del self —made —man. No sin sorpresa, y sin que él le diera a esa información demasiada importancia, me enteré de que poseía una licenciatura en Económicas y diversos másters en hostelería y gestión. Era capaz de leer balances e informes financieros sobre el input y el output y el cashflow que para mí habrían sido sin duda tan incomprensibles como los escritos teóricos de José Lezama Lima, por poner un ejemplo que espero no sea interpretado como antilatinoamericano. Pero para saber si un hotel estaba hundido para siempre o si tenía algún porvenir, me dijo, le bastaba entrar en el vestíbulo y oler el aire los primeros segundos, o mirar el color y el grado de desgaste de la moqueta, o el estado de las uñas o de los lacrimales de un recepcionista.

—Así que cuando empujé la puerta del Town Hall de Buenos Aires y respiré en el vestíbulo comprendí que aquel sitio estaba completamente acabado, Claudio, hundido, en el fondo, encallado, igual que un transatlántico, como si dijéramos, tipo Titanic. Hasta me entraron ganas de dar media vuelta y largarme de allí en el mismo taxi en el que había llegado, porque también me di cuenta, por el olor y por los uniformes grises de los empleados, de que aquella ruina no había ya modo de ponerla a flote, aunque ocupaba una manzana entera en el mismo centro de Buenos Aires, a tres pasos de la plaza de Mayo. Imagínate lo que valdría el solar, incluso en esos tiempos, te hablo del 89, cuando la hiperinflación, que parecía cada mañana que el país entero iba a irse al carajo. Los dependientes de las tiendas no daban abasto a cambiar las etiquetas con los precios. Se iba la luz porque no había dinero para comprar repuestos y arreglar las averías de las centrales eléctricas, las aceras parecía que las hubieran bombardeado, todas con socavones enormes, tapados de cualquier manera con tablas, parabas un taxi y si abrías la puerta con demasiada fuerza podías quedarte con ella en la mano, de lo viejos que estaban todos. Para los extranjeros, claro, aquello era la gloria. En tres días un dólar podía valer el doble. Por cuatro dólares podía uno comer como un príncipe en el mejor restaurante de la ciudad o llevarse al hotel a una periquita de lujo... Los aviones de vuelta volaban a Madrid con todas las turistas forradas en abrigos de pieles. Por cierto, que Mariluz todavía tiene el que le compré entonces, por ver si se ablandaba y me perdonaba. Había informes de que en medio de aquel desastre el propietario del Town Hall estaba ahogado financieramente y lo pondría en venta muy pronto. De manera que tomé un avión y me planté en Buenos Aires, yo las cosas las hago como las pienso, ya te digo, me bajé del taxi, le pagué al taxista con un puñado de esos billetes que tenían entonces, los australes, que valían menos que un puñado de pipas, entré en el hall, o en el lobby, como le dicen en inglés, y pensé, nada más llenarme los pulmones de aquel aire que olía a viejo: «Marcelo, este sitio es una ruina y lo seguirá siendo para quien lo compre, por muy barato que le salga».

Mientras hablaba, Abengoa permanecía atento a todo, a la gente que pasaba, a los que se sentaban cerca de nosotros, a la nieve en los ventanales, a las mujeres especialmente, pude observar, y al mismo tiempo tenía un aire de concentración meditabunda, que daba de pronto a su cara una expresión fugaz de severidad, sobre todo cuando se refería a asuntos de su negocio: he meant business, como dicen aquí, y en cuanto llegaba ese momento comprendí que podía fácilmente intimidar, no ya a mí, que al fin y al cabo me asusto de cualquiera que me haga un gesto hostil o autoritario, sino a individuos curtidos en las guerras sin cuartel del mundo financiero, aún más temible, me imagino, que nuestras pequeñas intrigas y zancadillas académicas.

Con una vigorosa gesticulación a la que ya no estoy acostumbrado, Abengoa extendió los dos brazos hacia arriba como para abarcar algo inmenso, explicándome la enormidad del hotel Town Hall de Buenos Aires: tenía quince pisos en su cuerpo central, pero lo flanqueaban torreones y terrazas de diversas alturas, como en los rascacielos antiguos de Nueva York, a los que se parecía mucho en su arquitectura y en su colosalismo. Había sido muy moderno cincuenta o sesenta años atrás, en la edad de oro del Waldorf Astoria y del Rockefeller Center, en un Buenos Aires que parecía destinado a una pujanza tan sin límites como la de las grandes metrópolis de Norteamérica. Cuando Abengoa entró en él, el Town Hall era ya como un museo arqueológico de la hostelería del siglo XX, con vigilantes de uniforme gris que, por falta de personal, hacían de recepcionistas, de camareros y de botones, incluso de ascensoristas, porque aquél era uno de los pocos hoteles del mundo que aún no había abolido los ascensores manuales. Un muchacho mustio, con granos en el cuello, dotado de un gorro cilíndrico con barbuquejo y de una paciencia o una resignación de otro siglo, atendía a los timbrazos que sonaban en cada piso y manejaba con la mirada vacía palancas con mangos de cobre y de latón dorado y puertas metálicas plegables que daban una extraordinaria sensación de precariedad al viajero acostumbrado a la solvencia de los ascensores automáticos.

Su mujer iba a reunirse con él unos días más tarde: Abengoa pensó que a ella el hotel le gustaría. A las mujeres, me dijo, les gusta ir a sitios que parezcan de época, les hacen sentirse distinguidas y románticas:

—Si de algo entiendo yo, Claudio, es de hoteles y de mujeres. Pero desengáñate, la experiencia me dice que no hay hotel como la casa de uno, y en lo que respecta a las mujeres, después de haber probado algunas (no tantas como camas de hotel, no vayas a creerte), me quedo con la mía. Seguro que me comprendes, tú tienes mucha cara de casado. Ojo, no digo que lo estés: digo que tienes cara de casado, eso es también como un sello, como el que llevamos los españoles en el extranjero.

III

Lo recuerdo viniendo hacia mí con un refresco en cada mano, sonriendo mucho, como si propusiera un doble brindis, con su jersey marrón que le estaba un poco demasiado justo y que seguramente le habría tejido su mujer y un opulento abrigo echado sobre los hombros, de una manera que me pareció más bien old fashioned, como se lo ponía mi padre cuando yo era pequeño, al arreglarse cada tarde para ir al café. El abrigo sobre los hombros me parecía entonces tan distinguido, tan masculino, como la brillantina en el pelo echado hacia atrás y el cigarrillo que mi padre se ponía en los labios nada más salir a la calle, con inconsciencia suicida, ajeno a la sombra negra del cáncer que ya habría empezado a oscurecerle los pulmones.

Abengoa estaría, calculé, en sus late forties, y su corpulencia ágil, su estatura chata, su pelo peinado con raya, contrastaban con la apariencia de las personas que iban y venían por el aeropuerto tan llamativamente como la lana de su jersey, el paño y el corte europeo de su abrigo y el cuero de sus zapatos se distinguían de las t —shirts y de las desaliñadas prendas y zapatillas deportivas que llevaba todo el mundo. Me tendió mi Diet Pepsi y al sentarse a mi lado señaló con la suya, todavía sin abrir, en dirección al ventanal donde ya casi empezaba a anochecer, sin que nuestros vuelos fueran anunciados ni cancelados, sin que hubiera el menor síntoma de que en un tiempo aceptable se terminase aquella espera eterna en la irrealidad creciente del aeropuerto de Pittsburgh: empujada por el viento, la nieve, en la luz cada vez más escasa, cobraba una fosforescencia sucia.

—Hay que ver —me dijo, entornando los ojos, no sé si adormecida o soñadoramente (una irritante deficiencia del español es que usa la palabra sueño para dos cosas tan distintas como sleep y dream) —. Parece mentira, si te paras a pensarlo. Nosotros aquí perdidos en una tormenta de nieve, y en Miami, ahora mismo, todas esas chiquitas rubias bañándose en topless...

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