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Authors: Antonio Muñoz Molina

Tags: #Drama, Relato

CARLOTA FAINBERG (2 page)

BOOK: CARLOTA FAINBERG
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Aún no había aceptado la posibilidad de que el mal tiempo me obligara a cancelar un viaje tan deseado, y de tanta relevancia profesional para mí, en aquellos momentos decisivos, pero tortuosos, de mi carrera académica. Pero esa madrugada, antes de llegar al aeropuerto, los weather forecast de la radio ya se mostraban, como de costumbre en este país, infalibles. Empezó a nevar, tal como estaba anunciado, a las siete en punto de la mañana. En los primeros tiempos de mi vida en América yo desdeñaba la exactitud de esas predicciones con la típica incredulidad española, lo cual más de una vez estuvo a punto de costarme un disgusto, porque con un temporal de nieve a escala americana no caben frívolas improvisaciones españolas. El asombro y el pavor ante la escala del espacio y el poderío temible de la naturaleza son la primera lección que aprende el europeo recién llegado a un continente tan descomunal.

Ahora estaba seguro de que el blizzard iba a ser de los que hacen época. En el momento del check in me palpitaba ligeramente el corazón. Me daba cuenta de que no podría soportar que me anularan el viaje, que mi imaginación no aceptaba la expectativa del regreso a la estación acogedora, pero depresiva, de Humbert, al estacionamiento (qué horror que en España se haya generalizado la palabra «parking»), al olor de la calefacción de mi coche, a los patios vacíos y cubiertos de nieve del Humbert College, a mi casita de Humbert Lane, en la que algunas veces me encierro, el viernes a mediodía, terminada la última clase de la semana, con la certeza absoluta de que no hablaré con nadie hasta el lunes siguiente. Qué ancho se vuelve el tiempo entonces, acogedor y a la vez abismal, tan ligeramente opresivo como la calefacción, como el perfecto aislamiento de las casas contra el frío exterior, contra la oscuridad de esas noches en las que no se ve a nadie en toda la longitud de Humbert Lane. Las únicas huellas de presencia humana son los faros de algún coche que pasa, ni siquiera el ruido del motor, porque el hermetismo de los cristales y los ajustes de las ventanas lo borra.

La amable chica del desk, sin embargo, me ofreció una sólida esperanza: según las últimas observaciones la tormenta cedería en algún momento de las próximas horas, antes de arreciar de verdad, lo cual iba a permitir el despegue de un cierto número de aviones, entre los cuales, me aseguró la chica con una sonrisa no por profesional menos alentadora, se encontraba sin la menor duda el mío.

Me constaba que en la conferencia de Buenos Aires mi paper sobre el soneto
Blind Pew
, uno, para mi gusto, de los más excelsos de Borges, era esperado no sin cierto suspense. A una indudable satisfacción profesional, mi instinto latino superponía la avidez, sólo a medias reconocida, por encontrarme en una ciudad con calles y aceras en las que la gente caminara, por bares y cafés llenos de ruido de vasos y de conversaciones (aunque también, infortunadamente, de humo de tabaco). Ya imaginaba un tibio otoño austral que resarciera o al menos me consolara del despiadado invierno de Pensilvania, que no sólo había batido todos los récords del siglo en cuanto a su crudeza, sino que también amenazaba con sobrepasarlos en su duración. No soy hombre al que le venga grande la soledad ni que se deje abatir por la monotonía invernal del Humbert College, que otros han encontrado insoportable. Pero aquel spring semester (aunque aquí la palabra spring es sobre todo un involuntario sarcasmo) se me hizo el más largo de mi ya prolongada experiencia en América, así que cuando recibí la carta, con membrete de la Universidad Nacional San Martín, en la que se me confirmaba la invitación a la Conference sobre Borges, no exagero si digo, con oportuno casticismo, que vi el cielo abierto. Rápidamente puse bajo asedio benévolo, aunque insistente, a Morini, el chairman del departamento, hasta conseguir un go ahead, no por oficioso menos significativo para mí: en fechas cercanas se dirimía mi ascenso a la condición soñada de full professor, y cualquier mérito que pudiera añadir a mi currículum cobraba una importancia, nunca mejor dicho, decisiva.

Morini, que tiene la ventaja de ser latinoamericano, logró con su inveterada destreza administrativa que el departamento me costeara el fare del viaje (del hotel y la estancia se ocupaba la parte bonaerense). Me despidió calurosamente en su despacho, con un afecto que auguraba las mejores perspectivas para mí, pero no se privó de lanzarme una de sus pullas, que a lo largo de los años yo ya me he acostumbrado a no tomarle en consideración:

—Espero que al llegar al Cono Sur no se despierte tu sangre de conquistador español, y te entren ganas de ultimar a algunos indios.

Cosas de Morini. Otro descubrimiento del español en América es que ha de cargar resignadamente sobre sus hombros con todo el peso intacto de la Leyenda Negra. Pero lo importante para mí era que iba a leer mi paper en Buenos Aires, y que el apretón de manos, inusualmente warm, con que Morini se despidió de mí podía ser interpretado como un buen augurio para mi porvenir. En Buenos Aires, además, estaría en las fechas de mi visita, por una feliz casualidad, mi amigo y colega Mario Said, al que llevaba sin ver ya varios años, desde que por falta de paciencia o exceso de nostalgia volvió a la Argentina abandonando en Estados Unidos una carrera académica tal vez menos brillante de lo que su talento habría podido augurar.

En la vida los grandes cataclismos de felicidad o de desgracia son mucho menos frecuentes de lo que sugieren las novelas y el cine. Según mi experiencia (tampoco demasiado amplia, me apresuro a matizar), cuentan mucho más en la biografía de cualquiera esos pequeños disappointments que malogran las ocasiones de satisfacción no demasiado espectaculares, pero sí muy modestas, y por lo tanto muy sólidas, que suelen presentársenos a casi todos nosotros. En el aeropuerto de Pittsburgh, cuando me vi más o menos arrastrado por un compatriota inoportuno a tomar un café, «o algo más», según él dijo, en un sospechoso oak bar donde ya estaban instalados, o apalancados, como se dice ahora en España, dos gordos tristes y ostensiblemente redneck bebiendo cerveza, me di cuenta de todo lo que había esperado disfrutar de la lectura y de la simple expectativa del viaje en las horas que faltaban para que saliera mi vuelo, y de la desconsideración con que aquel hombre me había arrebatado una parte del tiempo que me pertenecía, y que ya no iba nunca a serme devuelto.

Furioso en secreto, expoliado de unas horas irrepetibles de mi vida, acepté que me invitara a algo, no a una cerveza, desde luego, sino a un prudente milk shake. Moví la cabeza afirmativamente mientras él me hablaba y sonreí mirándolo sin fijeza y sin atenderlo, aunque inclinándome hacia él, de esa manera en que todos sonreímos y decimos que sí con la cabeza en los parties. Así que, aunque acepté su tarjeta y la leí antes de guardarla y oí su nombre cuando me apretó con tanta fuerza la mano, no llegué a enterarme de cómo se llamaba, o me enteré y se me olvidó, o ni siquiera eso, las sílabas del nombre que sonaron en mi oído no llegaron a alcanzar esa zona de la corteza cerebral donde se interpretan (descodifican más bien) las percepciones auditivas. Yo creo que sólo empecé a hacerle algo de caso o me lo tomé más en serio un poco después, cuando se quedó callado frente al ventanal donde arreciaba la ventisca y dijo algo que sin él saberlo sugería una curiosa intertextuality con mi soneto de Borges:

—Pero da igual que yo no vuelva a Buenos Aires, es como si hubiera un tesoro esperándome siempre.

II

Frente a aquel ventanal contra el que golpeaba con violencia silenciosa la nieve agitada por el viento, la palabra Buenos Aires parecía nombrar desoladoramente una ciudad imposible, un lugar lejano del invierno adonde yo no llegaría nunca. Mientras mi compatriota inoportuno seguía hablándome yo dejaba de escucharlo para mirar de soslayo el monitor donde tal vez de un momento a otro se anunciaría la cancelación de mi vuelo. Indiferente a mi absentmindedness, terminó su Diet Pepsi, se tapó la boca para ocultar un eructo discreto, aunque no imperceptible, y se ofreció a traer dos nuevas bebidas. (Del ficticio oak bar nos habían desalojado una hora antes, en virtud de una de esas normativas minuciosas y del todo arbitrarias que aplica el Estado de Pensilvania a la venta y consumo de alcohol.) Yo quise darle los dos quarters correspondientes a mi Pepsi, pero él, con un españolismo que visto a distancia ya me parece algo disgusting, se empeñó en invitarme por tercera vez. He perdido la costumbre de las invitaciones tan efusivas como desordenadas que suelen hacerse en España, y me pone nervioso, casi me desconcierta tanto como a un americano, no estar seguro de cuándo o en qué medida debo corresponder. ¿No es mejor el práctico hábito anglosajón de dividir una cuenta a partes iguales, suprimiendo así el peligro de quedar en deuda, o de pagar en exceso? Pero para aquel hombre tales incertidumbres serían cuando menos exóticas: él lo hacía todo con una desenvoltura asombrosa, se movía por el aeropuerto y se acomodaba en los asientos de plástico como si fuera el dueño absoluto del espacio, y no tenía reparo alguno en chocarse o en rozarse con alguien, murmurando perdón o excuse me en un inglés imposible, sin darse cuenta de la mirada de recelo o de hostilidad que le dirigía la otra persona, como si estuviera en la barra de uno de esos bares de tapas y raciones que según creo hay todavía en Madrid, y en los que la gente choca y suda y se atropella con una promiscuidad física tan desenvuelta como los gritos que dan para charlar entre sí o reclamar la atención de los camareros.

Mientras se alejaba hacia la máquina expendedora de soft drinks yo aproveché para mirar furtivamente su nombre en la tarjeta que me había dado:

Marcelo M. Abengoa

Strategical Advisor

Worldwide Resorts

Llega a extremos enternecedores la fascinación de los empresarios y ejecutivos españoles por el idioma inglés, habida cuenta además de que la mayor parte de ellos manifiestan una incapacidad congénita para hablarlo con un mínimo decoro, con un acento que no resulte bochornoso escuchar.

El del señor Abengoa era, desde luego, decididamente helpless, pero él compensaba esa deficiencia con su desenvoltura envidiable, de la que yo aún carezco, después de todos estos años de vida en América y práctica cotidiana del inglés. Todavía me da miedo cuando he de usar una palabra de pronunciación difícil, y tengo observado que el desánimo o la melancolía afectan severamente a mi dominio del idioma. Contra todo pronóstico, Abengoa se hacía entender, y no sólo en un bar o en un counter de venta de billetes, sino incluso, según me contaba con toda naturalidad, y con una falta notable de vanagloria, en difíciles reuniones de negocios, lo mismo en Europa que en Estados Unidos, y últimamente también en algunos países asiáticos, Tailandia o Indonesia, por donde la firma en la que trabajaba había empezado a expandirse.

—Los españoles estamos comiéndonos el mundo, Claudio, y no nos damos cuenta, siempre con nuestro complejo de inferioridad, pidiendo perdón por donde vamos, en vez de tirar para adelante y cerrar con doble llave el sepulcro de don Quijote.

Tuve la tentación profesoral de corregirlo, explicándole que el sepulcro que había que cerrar con doble llave, según el rancio dictamen de Joaquín Costa, no era el de don Quijote, sino el del Cid, pero casi me conmovió aquel nuevo ejercicio de intertextualidad involuntaria, aquella mezcla, si se me disculpa la pedantería, de recio noventayochismo y de freudian slip, ejemplo magnífico tal vez de lo que Umberto Eco, durante la lecture memorable que nos dio en el Humbert Hall, llamó
la fertilitá dell' errore
. A partir de entonces, by the way, y usando quizás las prerrogativas de su cargo, Morini, al hablar del ilustre profesor italiano, se refería siempre a él como «Umberto»: Umberto le había mandado un e —mail muy afectuoso, Umberto le iba a escribir el prólogo a la traducción italiana de su último libro, el deán le había pedido a él, Morini, que en su calidad de amigo de Umberto le pidiera que aceptase un puesto de visiting professor. Qué duda cabe de que los latinoamericanos, aun siendo tan celosos de su identidad y sus raíces indígenas, nos llevan mucha ventaja en la soltura de su cosmopolitismo. Morini, en el party que hubo después de la charla multitudinaria del insigne semiólogo y (en mi opinión) dudoso novelista, le hablaba de tú a tú diciéndole, con la copa en la mano, «Caro Umberto». Yo apenas me atreví a acercarme y a murmurar con voz áspera, «Congratulations, Mr. Eco», huyendo enseguida hacia otra esquina del party entre otras cosas porque Morini, sin duda por su nerviosismo inevitable de anfitrión, no se acordó de presentarme, y casi abarcaba él solo con su propia presencia todo el espacio disponible en torno al maestro.

—Tu Pepsi —Cola, Claudio —dijo Abengoa, tendiéndome la lata helada y rechazando de nuevo, con un ademán muy español de ofensa, las monedas que yo había vuelto a ofrecerle. Se sentó a mi lado, frente al muro de cristal, y chasqueó la lengua con un sonido de disgusto después del primer trago —. Hay que ver, lo que daría yo ahora mismo por una buena caña de Mahou, con mucha espuma, en la cervecería Santa Bárbara de Madrid, por ejemplo, con unas almendras fritas bien saladas, con un plato de berberechos... Eso, y una tía, las dos cosas mejores de la vida, el paraíso terrenal.

Mi locuaz compatriota había empezado poco a poco a interesarme, pero no por sus devaneos sexuales, sino por los textuales, y por el modo en que yo, como un lector, podía deconstruir su discurso, no desde la autoridad que él le imprimía (¿se ha reparado lo suficiente en los paralelismos y las equivalencias entre authorship y authority?) sino desde mis propias estrategias interpretativas, determinadas a su vez por el
hic et nunc
de nuestro encuentro, y —para decirlo descaradamente, descarnadamente — por mis
intereses
. No existe narración inocente, ni lectura inocente, así que el texto es a la vez la batalla y el botín, o, para usar la equivalencia valientemente sugerida por Daniella Marshall Norris, todo semantic field es en realidad un battlefield, incluso, se me ocurre a mí (tendría que apuntar esta idea para un posible desarrollo), un oilfield en el que la prospección petrolífera sólo tiene éxito verdadero cuando llega a las capas más profundas.

Aun careciendo del menor atisbo de formación lingüística, Abengoa se daba cuenta de que toda lectura es, como mínimo, una segunda o tercera lectura, y que el signo verbal no es menos arbitrario o simbólico que una incisión paleolítica en el colmillo de un mamut. Me explicó que Worldwide Resorts, la empresa para la que trabajaba, era, en realidad, una compañía española, cuyas oficinas centrales están en Alicante (o en Alacant, según me he informado que es más correcto decir), lo cual no es obstáculo para que posea una nutrida y competitiva red de hoteles «de alto standing» en varios continentes. En cuanto a la denominación enigmática de su cargo dentro de la compañía, Strategical Advisor, Abengoa me la aclaró apelando con el mayor desparpajo a una nueva encrucijada textual:

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