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Authors: Eduardo Punset

El viaje al amor

¿Qué te parecería una fórmula para medir el amor?... O una fórmula para medir la capacidad de enamorarse... O, sencillamente, una fórmula para medir la necesidad de ser amados Eduardo Punset ha preparado para ti un recorrido fascinante con las últimas claves científicas.

Los secretos del amor se habían interpretado siempre desde los campos de la moral o la literatura. "El amor es ciego", se decía, pero hoy empezamos a saber que se mueve por razones evolutivas y biológicas extremadamente precisas. La revolución tecnológica está permitiendo, por primera vez en la historia de la evolución, que la ciencia aborde los secretos del amor. Ahora resulta que los ciegos éramos nosotros.

¿Cómo pudieron nuestros antepasados sobrevivir amando o despreciando, sin saber lo que ocurría en su interior? ¿Es posible hablar de una existencia feliz sin considerar lo que significa el amor? Paso a paso, en un estilo al alcance de todos los lectores, El viaje al amor descubre revelaciones fundamentales sobre esta emoción.

Con su habitual maestría y saber, que lo han convertido en un fenómeno de la divulgación científica, Eduardo Punset desgrana las claves para comprender el amor: el más primordial de los instintos para sobrevivir; sus canales de expresión en la belleza, la química y la imaginación; por qué tiene sexo el cerebro; las razones evolutivas de la vida en pareja; la indefensión frente a los estragos idénticos del desamparo infantil y el desamor de los adultos... El capítulo final propone la fórmula del amor y brinda, por vez primera, un cuestionario para descubrir nuestra capacidad de amar herramienta indispensable en una vida plena y feliz.

Eduardo Punset

El viaje al amor

Viaje a las emociones

ePUB v1.0

Percas
10.06.11

A las bacterias, gusanos, ratones y primates que nos han descubierto los secretos del amor de los humanos.

Introducción

Mi primer libro, La salida de la crisis (publicado hace más de treinta años), sugirió, por primera vez en España, la tecnología del compromiso entre la ideología socialdemócrata y la liberal. Mi segundo libro se titulaba La España impertinente, y en él quise airear, desde el ángulo de la biografía histórica, la visión que teníamos de nuestra sociedad, entonces cerrada, los que no pertenecemos a ninguna cuna ilustre, poder establecido o corriente configurada del pensamiento; aquellos que, literalmente, no pertenecemos a nadie. Después decidí no andarme más por las ramas y siguieron veinticinco años de silencio.

Dediqué este exilio voluntario casi en su totalidad a explorar nuevas fuentes del conocimiento, primordialmente científico, a recorrer países tan olvidados como Kalmukia o Galicia y, sobre todo, a escuchar a la gente en los aeropuertos.

Gradualmente, llegué a la conclusión de que cuando volviera a escribir lo haría sólo sobre cuestiones que atenazan a la gran mayoría. Las minorías están saturadamente servidas y sobrerrepresentadas, mientras que la gran mayoría vive en el desamparo o, lo que es peor, traficando con las recetas que les administran desde el interés supremo y el dogma.

El primer libro de esta trilogía versó sobre la felicidad (El viaje a la felicidad, Destino, 2005). En los aeropuertos que he transitado a lo largo de los años, entre laboratorio y laboratorio, descubrí que la felicidad es la ausencia de miedo y que uno de los reductos más seguros donde encontrarla está en la sala de espera de la felicidad.

De nuevo quiero desmenuzar para mis lectores lo que la ciencia ha descubierto sobre otro sentimiento que les ha conmovido desde la cuna y que no cesará de hacerlo mientras vivan: el amor. En las páginas siguientes iremos desgranando la increíble paradoja de una emoción que, evolutivamente, arraigó en los circuitos cerebrales, entre otros, de la recompensa y el placer, con el fin de generar el esplendor necesario para garantizar la perpetuación de la especie, aunque continúa siendo fuente de sufrimientos impensables, de dolores indecibles y hasta de la locura.

Tal vez al lector, a medida que se adentre en El viaje al amor, le sorprendan determinadas conclusiones, como que el amor sigue siendo lo "que era hace dos mil millones de años (un instinto de supervivencia) o que, al margen del comportamiento de determinados átomos o individuos, se impusiera la monogamia desde tiempo inmemorial. Que el desenlace del amor adulto se fragua en el entorno maternal de la infancia, o que la mente regula la libido femenina en mayor medida que en el hombre. E incluso que podamos evaluar nuestra propia capacidad de amar recurriendo a promedios, estadísticas y encuestas, como se hace en el último capítulo, ayudando así al lector a atisbar su propio futuro.

Siempre será difícil pronosticar lo que hará una persona en una multitud. Lo que quizá podamos saber son los resultados estadísticos del comportamiento promedio. Y ahí hay mucha información valiosa, muchos patrones que nos dejan claro que somos esclavos de leyes físicas que deberíamos conocer.

Coincido con mi amigo el joven filósofo Alain de Botton (nacido en 1969 en Suiza y afincado en Londres) en que deberíamos escribir sobre lo que interesa a todo el mundo; es decir, a la gente de la calle. El impulso biológico de la fusión entre dos organismos ha derivado también en las bases del ejercicio del poder, desde luego sobre la persona amada, pero también del poder destructivo sobre los demás. Al análisis de la radiografía del poder de una persona sobre otra pienso dedicar -si mis lectores tienen a bien acompañarme- el último libro de esta trilogía sobre la felicidad, el amor y el poder. Tres temas que estructuran y conmueven a todo el mundo, se quiera o no. ¿Quién no convendrá conmigo en que, seguramente, ya iba siendo hora de que se recurriera a la ciencia para desentrañar aquello que realmente conmueve a la gente de la calle?

Nueva York, mayo de 2007

Capítulo 1
La lotería genética

Me muero por un segundo a tu lado. Se me caen encima todas las horas cuando te echo de menos. ¿Me he enamorado o me he vuelto loca?

(Mensaje transcrito del buzón del teléfono móvil de X, una mujer de 37 años fallecida en un accidente de tráfico)

Suele ocurrir siempre en torno a los dos años, pero lo cierto es que unos niños empiezan a hablar antes que otros. A algunos se les entiende mejor que al resto, otros tienden a gritar, otros hablan, definitivamente, de forma más pausada. Lejos de establecerse un nexo claro entre su lenguaje y su comportamiento, lo que salta a la vista es que algo mucho más decisivo y previo determina cuándo empiezan a hablar y la manera en que lo hacen: son los genes. Es la lotería genética.

Por primera vez empieza a imponerse una explicación fundamentalmente biológica del comportamiento social y emocional. Falta hacía, sobre todo, en lo referente al amor, emoción que, por fin, se está arrancando del dominio de la moral para asentarla en el de la ciencia.

El equipo de neurólogos encabezado por José Antonio Armario ha demostrado que existen rasgos genéticos o biológicos que diferencian las conductas de unas ratas de otras. Las hay curiosas de nacimiento que se arriesgan a explorar caminos al descubierto, mientras que otras temen a los depredadores y se resisten a salir de los recintos cerrados y protegidos. Los genes determinan la conducta potencial y el entorno puede modelar la práctica del comportamiento.

El amor: es un sentimiento universal que acompaña a todo el mundo de forma constante. Como explicó William James (1842-1910), el fundador de la psicología moderna, nos pasamos la vida buscando el amor del resto del mundo. Y siendo una constante vital, sin embargo, creemos descubrirlo por sorpresa en otros confines, de noche, en escondrijos, en los caminos más insospechados, ocultos y atrabiliarios.

El primer beso

En Vilella Baixa, en la comarca del Priorato, provincia de Tarragona, después de la guerra civil no había mujeres rubias, ni siquiera «rubias de un susto», como tildarían años más tarde a las pocas que se atreviesen a teñirse el pelo. La única excepción era Soledad. Un desamor de juventud la había preservado del huracán del matrimonio en la aldea.

El matrimonio. Un paleontólogo amigo me explicó una vez el origen remoto de la ceremonia nupcial. La continencia sexual, la impaciencia acumulada, sumadas a la prolijidad de los preparativos y la proximidad del desenlace, activaban descargas hormonales tan furiosas que los familiares se veían en la obligación de sosegar los ímpetus irrefrenables del novio y el pánico de la novia mediante la celebración del ritual de la unión. «¡Tranquilos! ¡No pasa nada!»: ése era el motivo y el mensaje de la boda tribal.

Soledad había eludido los peligros del enlace. Treinta años después, con cincuenta años a cuestas, se casó por conveniencia con un anciano emigrante que sólo de vez en cuando regresaba de Estados Unidos a Vilella Baixa. Según la psicología evolutiva -como se verá después-, a los hombres corresponde la función de pregonar sus excelentes características genéticas y a las mujeres la decisión de elegir buenos genes o buenos recursos. Soledad eligió los recursos, en forma de una casa de pueblo que le dio cobijo cuando concluyó su larga y densa etapa laboral.

El pueblo de Vilella Baixa desde la lejanía.

Era la única casa del pueblo con una pequeña torre, de difícil acceso, que se había construido exclusivamente para disfrutar de las vistas. ¡Qué extraño que a alguien se le ocurriera, en un pueblo pegado a la ladera de una montaña, adornado de olivos y almendros, reservar un espacio privilegiado a un intangible como la vista! Años más tarde aprendí en Manhattan que el precio de los apartamentos dependía de la vista. Tal vez el anciano emigrante quiso aplicar el mismo criterio de Manhattan a un pueblo al que, si le sobraba algo, eran vistas bellísimas, con o sin torre, sobre el río y la sierra.

Durante treinta años, Soledad domeñó sus emociones. Después de la guerra civil, en muchos pueblos las personas eran contadas, en el sentido literal de que se contaban -se vigilaban y se referían las vidas-, los unos a los otros. Nadie sintió jamás que la ansiedad acelerara los latidos del corazón de Soledad, ni pudo ver que entornara los ojos ante la inminencia de un beso, o que yaciera inmóvil en la cama, con los ojos cerrados del todo, mientras alguien apretujaba sus senos debajo de la bata de andar por casa.

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