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Authors: Eduardo Punset

El viaje al amor (30 page)

El primer escenario imborrable se grabó en mi memoria a los tres años. Vivíamos en una casa, justo antes de la salida del pueblo de Vilella Babea, en dirección hacia Falset, en plenas montañas del Priorato. Recuerdo las escaleras interminables por cuya barandilla se agarraba mi hermano pequeño Alberto mientras gritaba «teee-té, teté»; era su manera de anunciar a su hermano mayor que estaba a punto de llegar a la puerta del piso, gateando. Todavía hoy me da vértigo la imagen de aquellas escaleras por las que habríamos podido resbalar hasta caer al infierno. Pero nadie nos vigilaba; nuestra familia estaba encerrada en el piso de arriba.

Del piso sólo recuerdo la cocina y unas buhardillas contiguas, medio cubiertas, donde guardaba mis jaulas de tela metálica con gorriones, jilgueros, perdices, palomas y, en un rellano superior y solitario, una lechuza. En el río, bajando por el terraplén, estaban los peces debajo de las piedras. Si alguna vez tuve una negociación para el establecimiento de vínculos de amor, un refugio seguro de apego, una base de partida desde la que efectuar las primeras excursiones a la escuela y al mundo exterior, fue con ellos; quiero decir, con mis pájaros y pajarracos en aquella buhardilla y aquel rellano.

No recuerdo ningún beso humano en aquellos años tiernos. Yo creo que en aquellos tiempos y páramos no se daban tantos besos como ahora. Era normal que, de vez en cuando, mi padre sacara la correa y dejara impresas en nuestras pantorrillas las huellas de las instrucciones que no entraban en nuestras cabezas. Fue un refugio seguro, pero al aire libre y habitado por personajes fantásticos.

El premio Nobel de literatura Albert Camus no había tenido tanta suerte. Ni su madre ni su abuela le entendieron jamás. Dicen que madre no hay más que una, pero la suerte de Camus fue que en la escuela hubiera varios maestros y que, con uno de ellos, pudiera anticipar allí -en lugar de replicar el refugio maternal que no tuvo- el éxito de su excursión al viaje por el mundo exterior.

Mi caso individual prueba que el vínculo de apego, en lugar de protagonizarlo con caricias los seres queridos, puede asentarse, simplemente, concediendo la libertad suficiente y la protección mínima en un entorno natural y más amplio. Mi hogar, mi refugio seguro fueron el pueblo -podíamos entrar en cualquier casa a pedir merienda- y la naturaleza. El ejemplo de Camus sugiere que una mala base de partida no entraña necesariamente un desastre en la primera excursión.

En mi caso particular, los primeros años de escolarización se desarrollaron en el piso de arriba del calabozo del pueblo de doscientos habitantes, al que conducían, muy de vez en cuando, a un gitano errante. Eran los primeros años después de la guerra civil, orlados por el sufrimiento de maquis y guardias civiles.

Recuerdo el mapa del mundo en la pared y poco más. El cuarto, donde daba clase el maestro Quim, debía de estar medio vacío, porque no conservo la sensación de haber estado acompañado por nadie. A mis amigos Jordi, Mariano y Carlos los sitúo en el campo con las cabras o atrapando «perdiganas». Con el maestro Quim el tiempo pasaba sin darte cuenta, pero no debieron de interesarle las digresiones en torno a los sentimientos o las emociones. Lo que importaba era contemplar el mundo exterior -perfectamente congruente con la vocación de transformarlo que infundía, años más tarde, a fines de los cincuenta, el partido comunista a su escasa militancia-; lo de menos era meditar sobre lo que ocurría dentro de uno mismo.

En el internado de la escuela de los hermanos de La Salle de Tarragona nadie me dijo nada sobre el amor -salvo mis padres, que cada semana traían media docena de huevos crudos para que los cuatro hermanos tomáramos uno por la mañana-. En el tiempo libre, se podía elegir entre clases de música o de escribir a máquina. No lo dudé ni un instante y elegí la última. En el internado se trataba de aprender las cosas prácticas que te ayudarían a sobrevivir. Y así fue.

Aprendí a convivir con alguno de mis semejantes, muy pocos; una nave grande con un centenar de camas una al lado de la otra no era, paradójicamente, el mejor sitio para entablar amistades, sobre todo porque cualquier diálogo o efusión habrían sido interrumpidos por la oración de la noche y los gritos de «¡Ave María Purísima, sin pecado concebida!» con que se nos despertaba por la mañana. Aprendí a escribir. Era muy bueno en redacción, decían los hermanos Luis y otro apodado Ceba ('cebolla' en catalán); lo sabía todo, era muy inteligente. ¿De dónde le vendría el apodo? Probablemente por su carácter amargo y taciturno.

En aquellos años prácticamente no había solución de continuidad entre la enseñanza secundaria y la búsqueda del amor del resto del mundo. La vida que acababa de conocer era la única vida que parecía existir.

En cuanto a la etapa de la inversión parental, consistía sólo en dos compromisos: no defraudar las esperanzas y el esfuerzo que habían prodigado los padres y un sentimiento de lealtad imborrable hacia la nueva familia surgida al azar. En las circunstancias difíciles del momento histórico, los dos compromisos se confundían en el trabajo, del que dependía todo, asumiendo un valor absorbente y hasta estrafalario. Del sexo sabíamos lo mismo que dictaban los genes a la mosca del vinagre y, todo el resto -con la excepción singular de la literatura-, como el amor romántico, la comida, la bebida, la música, el arte y la ciencia, no llegaría hasta mucho más tarde. Los compromisos nuevos que pueden competir con los compromisos heredados, y aun desbancarlos, pertenecen a la historia muy reciente de España. Igual que el viaje a la felicidad y el viaje al amor.

Agradecimientos

En las sugerencias bibliográficas figuran algunos científicos y amigos que, desde la lejanía, no dudaron en apoyar mi búsqueda de las razones evolutivas y biológicas del amor. Quiero citar, muy especialmente, a Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias y director del Brain and Creativity Institute de la University of Southern California; al psiquiatra Elkhonon Goldberg, catedrático de neurología de la Universidad de Nueva York; y a Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard. Este libro ha sido pensado y escrito con la intención de contribuir desde los postulados de la ciencia a correr parte del velo que ha cubierto hasta ahora la vida sentimental de la gente.

En Atlanta, Estados Unidos, me ayudó sobremanera la investigación de Javier Sánchez Lamelas, responsable global de marcas en la multinacional Coca-Cola, así como Jesús Gallardo, director de Planificación e Investigación de Mercados para la empresa Coca-Cola en España, en el esclarecimiento de los vínculos del amor con la búsqueda de la felicidad en el marco de la teoría y la práctica del márketing.

En un espacio más cercano e íntimo, este libro habría sido distinto -tan diferente como una cueva primitiva y un rascacielos de la Quinta Avenida- sin el cuestionamiento constante, la dedicación y la inteligencia de mi hija, la escritora y editora Elsa Punset.

En el comienzo primordial, antes de que nada cuajara, estaban de nuevo los bioquímicos e investigadores Gustavo Bodelón y Celina Costas, que allanaron el camino abriendo las vías acertadas para la documentación básica sobre el amor. El camino recorrido por la ciencia en este campo es más corto y disperso que en el caso de emociones positivas como la felicidad. Por ello su esfuerzo y clarividencia tuvieron que ser mayores.

Al final del trayecto estaba, como en otras ocasiones, Mercè Piqueras, miembro del grupo de ecogenética microbiana que dirige el profesor Ricardo Guerrero, del departamento de microbiología de la Universidad de Barcelona, que no sólo se hizo cargo de la revisión fiel de todo el texto y de cuestionar determinados contenidos, sino de mi cuestionamiento de sus propios cuestionamientos.

En el mundo editorial, Destino, del Grupo Planeta, Jesús Badenes y Emili Rosales apostaron por la convicción revolucionaria de que el ensayo científico puede invadir públicos no menos amplios que los reservados hasta hace bien poco a los libros de ficción y conectar, sobre todo, con el corazón de los jóvenes. En este ámbito quiero agradecer, por último pero muy especialmente, a mi editor Gonzalo Pontón Gijón los desvelos y la sabiduría que ha derrochado con mi obra. Gonzalo ha superado, incluso, la reconocida profesionalidad de los editores de Estados Unidos, como acabo de descubrir con el lanzamiento allí de la versión americana de mi libro anterior sobre la felicidad, The Happiness Trip. A Scientific Journey (Chelsea Green Publishing).

Por último, no quiero pasar por alto la ayuda eficiente y cariñosa de Miriam Peláez, bióloga de Smart Planet, del productor de TVE Fernando González Tejedor y de Palmira Febeas, de Destino, en la identificación y el procesamiento de las ilustraciones del libro.

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