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Authors: John Locke

Gente Letal

John Locke

Gente Letal

ePUB v1.1

Dukoman
25.02.12

 

Donovan Creed se ve inmerso en un hilarante choque de intereses con un conocido mafioso, y en el camino acaba convocando a un peculiar elenco de personajes, incluidos un gigante y unos enanos que pretenden conquistar el mundo.

Título original: Lethal People

© 2009 by John Locke

Traducción de Carlos Mayor

Prólogo

El incendio se declaró en el sótano de Greg y Melanie poco después de la medianoche y fue ascendiendo sigilosamente por la escalera, como un depredador tras el rastro de su presa.

En caso de haber leído las estadísticas, Greg habría sabido que los incendios domésticos pueden resultar mortales en apenas dos minutos y que tenía escasas posibilidades de despertarse.

Una contra tres.

Sin embargo, tanto Melanie como él lo habían conseguido. ¿Había sido porque ella había chillado? No estaba seguro. Lo que sí tenía claro era que en aquel momento la oía gritar. Aturdido y desorientado, Greg fue hasta la puerta tosiendo y a trompicones. Como millones de personas, había visto la película Llamaradas y era consciente del fenómeno denominado combustión súbita generalizada. Recordaba lo suficiente como para colocar el dorso de la mano en el dintel de la puerta, en el pomo y la rendija entre la puerta y el marco antes de lanzarse a abrirla.

Mientras, Melanie se había situado en el extremo de la cama y había cogido el teléfono móvil, que estaba en el soporte de carga, encima de la mesita de noche. Marcó el número de emergencias y se lo llevó al oído protegiéndolo con las manos. Sabiendo que Greg había tomado plena conciencia de la situación se sentía mejor, como si formara parte de un equipo y no fuera ya el único miembro de un ejército unipersonal. Apenas unos momentos antes el pánico la había llevado a enzarzarse con el cuerpo comatoso de Greg, al que había despertado a base de patadas, puñetazos y gritos. Cuando él por fin había empezado a reaccionar, ella le había dado un par de bofetadas contundentes.

Acto seguido habían empezado a colaborar. Tras evaluar la situación sin pronunciar palabra, se habían asignado funciones concretas dentro de un plan sobreentendido: él iría a buscar a las niñas y ella llamaría a los bomberos.

Melanie no oía nada por el teléfono y dudó si había marcado bien. Colgó y volvió a empezar. Una repentina oleada de calor le indicó que Greg había abierto la puerta. Se volvió hacia él y sus miradas se cruzaron. Se concentró en sus ojos por un instante y fue como si el tiempo se detuviera mientras se transmitían algo muy especial. Fue apenas una décima de segundo, pero bastó para condensar ocho años de matrimonio.

Greg apretó las mandíbulas y asintió para tranquilizarla, como si quisiera decirle que había visto lo que había al otro lado de la puerta y que todo saldría bien.

Ella no se lo tragó. Conocía a aquel hombre desde la primera semana de la universidad, sabía el significado de cada uno de sus gestos. Lo que veía en sus ojos era impotencia. Y miedo.

Greg volvió la cara, se la protegió y se abalanzó sobre las llamas voraces. Melanie no oía a la telefonista del 911 debido al estruendo, pero sí oyó que su marido subía disparado por la escalera, gritando a las niñas.

—¡Te quiero! —exclamó, pero las llamaradas ahogaron sus palabras.

El calor abrasador le quemó la garganta. Cerró la boca con fuerza y volvió a concentrarse en el teléfono. ¿Había alguien al otro lado? Se puso a cuatro patas, cubrió el micrófono del móvil con la mano y gritó lo que tenía que decir con toda la claridad de la que fue capaz, esperanzada en que alguien la escuchara.

Entonces oyó un estrépito, como columnas derrumbándose en el vestíbulo, y se dijo que a continuación caería la escalera.

La habitación de las niñas estaba justo encima de la suya. Instintivamente, Melanie levantó la vista para rezar y vio que una espesa capa de humo avanzaba como una ola pegada al techo. Soltó un aullido desgarrador. Una idea aterradora intentó penetrar en su mente, pero logró atajarla.

Chilló otra vez: por sus hijas, por Greg, incluso cuando el aire caliente le llenó la boca y los pulmones.

No tenía intención de morir. Al menos en aquella habitación y sin la compañía de su familia. Tosiendo, asfixiándose, se dirigió a gatas y con decisión hacia la puerta.

Al parecer la teoría de que el aire conservaba más oxígeno cerca del suelo no se cumplía en los incendios iniciados en un sótano, porque a sus pies, entre los tablones, se colaban densas columnas de humo grisáceo ascendentes. Melanie notó que le dolían los pulmones, que protestaban porque el calor y las llamas le arrebataban cada vez más oxígeno. Sintió en el cuello las palpitaciones del corazón. El pasillo, a apenas tres metros y medio de distancia, había quedado prácticamente impenetrable en los segundos transcurridos desde la salida de Greg. En ese breve lapso las llamas habían duplicado con creces su altura e intensidad, y el calor, que lo devoraba todo, arrebataba tanto oxígeno al aire que costaba mantenerse consciente.

Cuando ya estaba cerca del umbral una ventana del dormitorio implosionó con un tremendo estrépito. Los añicos de cristal ardiente se le incrustaron en la espalda como si le hubieran disparado con una escopeta de perdigones y en la cara, el cuello y los hombros le llovieron agujas de metralla fundida. El impacto la derribó de costado. Soltó un grito de dolor e instintivamente se acurrucó para protegerse. La piel de su delicado rostro había desaparecido, y la carne subyacente se achicharraba debido al insoportable calor.

Aquello habría bastado para acabar con Melanie si únicamente hubiera estado en juego su vida, pero también luchaba por salvar a Greg y las gemelas, y se negó a abandonarlos. Emitió otro chillido, esta vez de rabia. Logró ponerse a cuatro patas, salir al pasillo, gatear hasta el pie de la escalera y levantar la vista.

Se encontró con un fuego abrasador que prácticamente había consumido los primeros peldaños. Fue presa de la desesperación. Llamó a gritos a su familia y aguzó el oído a la espera de una respuesta que no llegó.

Y entonces, como si se lo hubiera susurrado un ángel, Melanie tuvo una idea. Se levantó y logró llegar al aseo. Abrió los dos grifos y empapó las toallas. Regresó tambaleándose al punto donde habían estado los escalones y, haciendo acopio de los últimos restos de fuerzas, bramó:

—¡¡Greg!!

Lanzó las toallas lo más lejos que pudo, hacia las llamas que crecían en lo alto, en dirección al cuarto de las niñas.

¿La había oído su marido? ¿Había contestado? No llegó a saberlo.

Los servicios de emergencias llegaron apenas cuatro minutos después de registrada la llamada al 911. Al oír las sirenas, los vecinos se congregaron en la calle y contemplaron la escena horrorizados.

Más adelante, al reconstruir los hechos entre los restos de la casa, los bomberos concluyeron que Greg había llegado a la habitación de las niñas, había abierto la ventana y colgado una sábana para avisar de su ubicación al equipo de rescate. Luego, antes de morir, había tenido el aplomo necesario para abrazar a las dos niñas en el suelo y cubrirlas con su cuerpo.

Al entrar en el cuarto por la ventana, los bomberos descubrieron con admiración toallas húmedas sobre las caras de las gemelas. Gracias a eso sobrevivieron aquella noche, aseguraron, si bien una de las dos falleció posteriormente en el hospital.

—¡Qué cabrón! ¡Eres un maldito hueso duro de roer, ¿eh?! —exclamó Augustus Quinn. No se caracterizaba por la finura de lenguaje, pero también era cierto que a esas alturas Creed debería haber estado muerto y no lo estaba—. Vamos a dejarlo por hoy.

Se encontraban cada uno a un lado de los barrotes de una celda, a veinte metros bajo tierra. Le costó lo suyo, pero Donovan Creed logró levantarse, tambaleándose, y sonrió de oreja a oreja al horrendo gigante que manejaba el aparato de tortura.

—¿Cuánto me has metido? —preguntó—. ¿Ocho segundos?

El feo hombretón asintió.

—Pues ahora que sean diez.

—El rayo te matará —respondió Quinn.

Aunque llevaban años trabajando juntos, pronunció aquellas palabras inexpresivamente, sin el menor indicio de afecto o preocupación.

Creed se dijo que para Quinn aquello debía de ser un simple cometido profesional. Le había pagado para que lo torturase y su amigo expresaba su opinión sobre las consecuencias de una posible prolongación del martirio. ¿Le importaría a Quinn que no sobreviviera? Se quedó pensándolo un momento.

El sistema activo de rechazo, conocido por las siglas inglesas ADS, se creó para emplearse en los casos en que los terroristas utilizaban a civiles como escudos humanos en la guerra de Irak. Con un alcance de cuatrocientos metros, el ADS proyecta un rayo invisible que penetra la piel y cuece los fluidos corporales. La idea es sencilla: uno, se dirige el aparato hacia un grupo de gente, se acciona el interruptor y todo el mundo se desploma presa de un dolor atroz; dos, se apaga el aparato, se recogen las armas y se esposa a los terroristas. Al cabo de unos instantes todo el mundo vuelve a la normalidad. Por desgracia, durante la fase de pruebas corrió la voz de que algunos soldados habían sufrido lesiones cardíacas irreversibles y rotura del bazo. Cuando las organizaciones de derechos humanos decidieron intervenir se produjo una enorme indignación y el arma tuvo que desecharse.

En su día, Donovan Creed había sido uno de los primero en probar el ADS sin presentar lesiones permanentes en órganos o tejidos. Desde la primera exposición se había convencido de que el arma tenía grandes posibilidades como instrumento de tortura en el campo de batalla, siempre que pudiera modificarse para convertirla en un dispositivo de mano. Por ello, había convencido a las autoridades militares de que permitieran el extravío de uno de los prototipos originales durante el tiempo necesario para que su equipo de técnicos pudiese montar una especie de taller experimental.

El arma que apuntaba a Creed en aquellos instantes entre los barrotes era una de las tres que se habían fabricado hasta el momento. Las otras dos estaban guardadas bajo llave en un armario oculto a seis metros. Se trataba de aparatos de segunda generación; es decir, eran mucho más pequeños que el original, pero aún no todo lo necesario para los fines de Creed. Mientras, en todas las fases debían hacerse pruebas con seres humanos.

—Eso de que me matará no lo dices en serio —afirmó Creed—. Lo que pasa es que tienes hambre.

—Doscientos soldados fueron sometidos a esta máquina —le recordó Quinn, haciendo caso omiso del comentario—. Cuarenta y seis de ellos con experiencia en el campo de batalla...

Creed agitó la mano en un gesto de desprecio y contestó:

—Dime algo que no sepa.

—Quiero que quede constancia de que te aconsejo dejarlo aquí —señaló Quinn, volviéndose hacia la cámara de vídeo.

—No digas tonterías —replicó Creed—. Si te vas, me buscaré una forma de hacerlo yo solito.

—Pues eso. Si me voy y te desmayas, ¿quién va a desconectar el rayo?

Creed escrutó los ojos oscuros y apagados del gigantón en busca de una pizca de humanidad.

—¿Qué? ¿Te me vuelves blando? —lo pinchó.

Quinn no respondió y Creed sabía que en caso de que hubiera respuesta no la encontraría en sus ojos, que no eran la vía de acceso a su alma sino el cementerio de toda alegría.

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