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Authors: Juan José Millás

Lo que sé de los hombrecillos (4 page)

BOOK: Lo que sé de los hombrecillos
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La colonia de hombrecillos alcanzó enseguida un orgasmo colectivo que hizo temblar los cimientos de la plaza pública, como si hubieran copulado dos naciones, o dos ideas obsesivas, en vez de dos individuos. Yo eyaculé dos veces (una como hombre y otra como hombrecillo), las dos al mismo tiempo. El placer fue tan esusado, me agité de tal manera y grité tanto que desperté a mi mujer, con quien apenas había mantenido relaciones venéreas, pues el sexo —quizá porque nos casamos mayores— no había formado parte de nuestro proyecto conyugal.

—¿Qué haces? —dijo.

—Ya ves —respondí yo completamente empapado, pues la producción había sido muy abundante.

Los dos sentimos un poco de pudor (yo más que ella, claro), y fingimos que volvíamos a dormirnos como si no hubiera sucedido nada. Yo, de hecho, volví a dormirme en mi extensión de hombre, agotado por aquella ejecución amorosa que no recordaba ni de mis tiempos más jóvenes. En mi extensión de hombrecillo, sin embargo, continué despierto.

8

Volví a soñar. Tras la cópula, el hombrecillo se retiró del cuerpo de la reina, que permaneció en reposo durante un tiempo indeterminado tras el cual se incorporó y comenzó a recorrer ágilmente todas y cada una de las celdas del panal depositando en ellas unos huevecillos que salían del interior de su cuerpo. Ahora me pareció que había en ella también algo de insecto. Si hubiera tenido alas, quizá la hubiera tomado por una libélula con formas humanas, o por un hada, tal vez por un ángel diminuto. En cualquier caso, el espectáculo me hacía temblar en sueños, dentro de la cama, pues tuve la impresión de que se me estaba revelando uno de los secretos de la existencia, un secreto de orden biológico —pero también sutilmente económico— que me era dado sentir, y que recordaría el resto de mi vida, pero cuya esencia jamás podría expresar, como lo demuestra esta torpe acumulación de palabras, más torpes cuanto más precisas pretenden resultar.

Siempre en aquella ropa interior orgánica, cuya trama oscilaba entre lo vegetal y lo animal, la mujercilla iba de una celda a otra, se bajaba ligeramente las bragas (o bien se retiraba delicadamente con los dedos la zona que cubría su sexo), se agachaba y su vagina rosada (de un atractivo metafísico) se dilataba para dejar caer el huevo. Los huevos brillaban como si en su interior, en vez de un embrión, hubiera una luz encendida.

Jamás había asistido a un suceso tan hermoso ni tan turbador como el de aquel desove, pues se trataba al mismo tiempo de una acción meramente biológica y puramente metafórica. No soy capaz, por el momento, de explicarlo mejor, pues nunca hasta entonces me había sido dado asistir a un suceso que parecía real e imaginario de forma simultánea. O psicológico y físico a la vez. O moral y orgánico al tiempo. O económico y biológico de golpe.

Recuerdo que dentro del sueño tuve en algún momento la certidumbre de que aquello era real, de que estaba sucediendo como un acontecimiento extra mental (aunque en una dimensión diferente a la mía), porque poseía la textura y el sabor de los hechos que ocurren con independencia de que los imagines o los dejes de imaginar. Tal vez tendría que aceptar la evidencia de que mientras en mi versión de hombre grande dormía, en mi versión de hombre pequeño llevaba a cabo aquella aventura sentimental y biológica extraordinaria cuyos lances se filtraban en mi conciencia adoptando las formas de un material onírico.

Al poco de la puesta, los huevecillos se empezaron a agitar, como si algo, dentro de ellos, se desplazara de sitio. Luego vi cómo se quebraban por uno de sus extremos y cómo del interior de cada uno salía un hombrecillo perfectamente conformado, adulto, con su traje gris, su camisa blanca, su corbata oscura, su sombrero de ala, su delgadez característica. Todos ellos se dirigían ordenadamente a la celda en la que reposaba la reina, cuyos pechos, entre tanto, se habían hinchado sin perder un ápice de su belleza. Entonces se retiraba con cuidado el sujetador biológico, para dejar los pezones al aire, y les daba de mamar al tiempo que acariciaba sus sombreros o les colocaba la corbata, pronunciando, con sus labios perfectos, ultrasonidos que alimentaban tanto como la leche. O más. Ningún hombrecillo se quedaba sin su ración, tampoco los que miraban, pues los órganos del gusto de todos estaban conectados de tal modo que el placer llegaba a toda la colonia (y también a mi versión de hombre grande por lo tanto). El recuerdo de aquel elixir, de aquella leche, quizá de aquella droga, podía llenar una vida entera.

Superada la sorpresa de que los hombrecillos fueran ovíparos y mamíferos al cincuenta por ciento (tal vez un poco menos si tenemos en cuenta que en la lencería de la mujercilla había también un no sé qué de vegetal), me pregunté —siempre dentro del sueño y desde mi perspectiva de hombre grande— si entre aquella colonia de hombrecillos habría alguno más —aparte del mío— que hubiera sido alumbrado por medios artificiales. Dado que no había diferencia apreciable entre unos y otros — al menos fuimos incapaces de advertirla— imaginé que quizá la colonia estaba infestada de hombrecillos procedentes, como mi réplica, de la suma de las distintas partes de otros hombres grandes. ¿Con qué objeto? Tal vez con el de evitar las consecuencias degenerativas de la endogamia. Tal vez también por una suerte de rechazo moral al incesto, pues si los hombrecillos que salían de los huevos copularan con la mujercilla, lo estarían haciendo en realidad con su propia madre. La existencia de hombrecillos provenientes de otro origen, como el mío, aportaba a la colonia material genético fresco, extranjero, diferente, lo que evitaba la decadencia de la especie. Pero también introducía un código moral o una norma cultural que ponía alguna distancia entre los hijos y la madre. Podríamos decir que muchos de aquellos hombrecillos (los pertenecientes al menos a la camada última) eran transgénicos, pues estaban modificados genéticamente por la inyección de un ADN que en última instancia provenía de mí. Resultaba irónico que no hubiera tenido hijos en la dimensión que me era propia (¿de verdad me era propia?) y los tuviera a centenares en esta otra a la que acababa de acceder.

Me pareció inquietante en cualquier caso la idea de una brigada de hombrecillos falsos o artificiales (de replicantes, en fin) incrustados en aquella sociedad, sobre todo si pensamos que cumplían una función, la reproductiva, esencial para la supervivencia del grupo. ¿Qué pasaría si los hombrecillos de verdad los descubrieran?

La idea me desasosegó porque yo mismo, en mi versión de hombre grande, me he sentido a veces un intruso en el mundo de los seres humanos, como si alguna extraña potencia me hubiera colocado en él para espiarlos (no, desde luego para contribuir a su reproducción, ya que no he sido padre). Bien pensado, yo no había hecho en mi vida otra cosa que observar a los hombres y tomar nota de su comportamiento (su comportamiento económico sobre todo) para tratar de imitarlos al objeto de disimular mi diferencia.  Podría escribir informes muy detallados sobre sus ostumbres, sus hábitos, sus debilidades, pero no sabría a quién enviárselos, pues ignoraba quién me había puesto aquí o para quién trabajaba. Todavía dentro del sueño, pensé que debía darle vueltas a la idea del dinero transgénico, quizá también a la del dinero ecológico, si esta expresión última no constituyera una contradicción en los términos.

9

Desperté completamente trastornado en mi extensión de hombre y comprobé que permanecía perplejo en mi ramificación de hombrecillo. Los dos comprendimos oscuramente que nuestra vida carecería en adelante de otro objeto que no fuera el de volver a probar aquel elixir, aquella leche, aquella droga que habían mamado los recién nacidos de la colonia de hombrecillos y cuyos efectos se habían manifestado en nosotros con la misma intensidad que en ellos.

Sentado en el borde de la cama, mientras me calzaba las zapatillas, exploré con los ojos de mi versión diminuta el interior de la mesilla de noche, adonde había regresado tras aquella aventura extenuante, y sentí envidia de ese territorio de mí mismo. Ser grande tenía sus limitaciones, era una mierda. Recuerdo que lo expresé dentro de mi cabeza con esta palabra, «mierda», pese a que no soy dado a la utilización de términos malsonantes. Tal era la nostalgia de lo sucedido mientras dormía.

Tras el desayuno, y después de despedir a mi mujer con un beso a la puerta de casa, me puse a recoger la cocina con la esperanza de que apareciera algún hombrecillo. Necesitaba hablar con ellos, pedirles explicaciones. Pero no ocurrió nada. Quizá una vez cumplido el objetivo de fabricar un doble con mis órganos, habían perdido todo el interés en mí. Me pregunté qué tenía yo para haber sido elegido por aquella curiosa especie y si me habían vigilado desde niño al objeto de comprobar que no perdía las cualidades necesarias para desdoblarme en hombrecillo. Me pregunté también si habría más personas como yo en el mundo y si sería útil encontrarme con ellas, conocerlas.

Por un lado, en lo que tenía de hombre grande, estuve un par de horas preparando unas clases, pues tras pensarlo mucho no me pareció correcto abandonar la facultad a mitad de curso. Por otro, en lo que tenía de hombre pequeño, estuve deambulando por la casa para apreciar cómo eran las habitaciones y los muebles desde esa altura.

Me llamó la atención lo sucio que se encontraba todo. Me ocupaba personalmente de las tareas domésticas, teniéndome por un hombre limpio y ordenado hasta la exageración. De hecho, tras jubilarme había despedido a una asistenta cuya presencia me robaba intimidad. No me molestaba barrer ni fregar ni hacer la cama ni ocuparme de la ropa, tampoco cocinar. Eran, por el contrario, actividades que me relajaban, me ayudaban a pensar y a entrar en contacto conmigo mismo. Cada quince días venía una mujer que se ocupaba de los cristales y ejecutaba una limpieza más minuciosa que la diaria en la cocina y en los cuartos de baño.

Pues bien, desde la perspectiva del hombrecillo, la casa se encontraba sucia, incluso muy sucia. Tenía que evitar, por ejemplo, los bordes de las patas del sofá y de los muebles grandes en general, pues estaban llenos de un polvo antiguo que dificultaba su respiración (y la mía) y en el que se pegaban sus zapatos (que eran los míos). En algunos rincones apartados (detrás de un gran aparador que teníamos en el salón, por ejemplo) descubrimos una telaraña no lo suficientemente grande como para constituir un peligro mortal, pero indeseable desde el punto de vista de la higiene. Tomaba nota de todo esto con una versión de mí mientras preparaba las clases con la otra, y no tenía dificultad alguna para simultanear ambas actividades.

Mi mujer, que ese día regresó antes de la facultad, se extrañó al encontrar toda la casa patas arriba y a mí con la aspiradora. Le dije que estaba haciendo una limpieza general, por higiene, y aunque puso cara de no entender se retiró enseguida a su despacho, pues le urgía escribir un informe o algo semejante. Seguí a lo nuestro con la versión pequeña de mí metida en el bolsillo de la bata, donde había puesto unos mendrugos de pan. Era muy dado, de toda la vida, a hablar conmigo mismo. Cuando iba solo por la calle tenía que llevar cuidado con no mover los labios ni gesticular, pues me abstraía de tal modo que olvidaba cuanto me rodeaba. Desde la aparición del hombrecillo, aquellas conversaciones no cesaban. El desdoblamiento físico potenciaba el desdoblamiento mental. Dije al hombrecillo —siempre telepáticamente — que no resultaría fácil conciliar la existencia de la versión grande de nosotros con la pequeña, pues lo que para la versión grande estaba limpio, para la pequeña estaba sucio; lo que para una era cómodo, para la otra era incómodo; lo que para una estaba alto, para la otra estaba bajo...

—Claro —dijo él sumándose a ese desdoblamiento retórico—, lo macro y lo micro no siempre son compatibles.

—¿En dónde no? —pregunté.

—En economía, por ejemplo, donde las cifras grandes no siempre explican las pequeñas.

Percibí que no era igual hablar con uno mismo cuando se estaba formado por un solo territorio que cuando se estaba formado por dos. No recuerdo qué le respondí, pero sí que había en mi modo de dirigirme a él un tono de superioridad, como cuando se habla desde la metrópoli a quienes viven en la colonia. El pensamiento no pasó inadvertido a esa provincia de mí formada por el hombrecillo. La unidad de la que nos habían hablado los responsables del desdoblamiento no era, en fin, tan sólida, tan perfecta, como habíamos creído al principio. Había una pequeña fisura en la que evitábamos profundizar, pero que resultaba imposible ignorar.

El descubrimiento de esa grieta apenas perceptible, aunque real, nos condujo durante los días siguientes a permanecer juntos todo el tiempo, para evitar que se agrandara. Cenaba con el hombrecillo dentro del bolsillo de la bata, dialogando telepáticamente con él al tiempo que conversaba con mi mujer acerca de los problemas de la universidad, o de su hija. En algún momento me pregunté si la solución a aquel conflicto, que apenas comenzaba a manifestarse, no pasaría por tragarme al hombrecillo, incorporándolo de este modo a mi propio cuerpo, a mi torrente sanguíneo. Me retuvo el rechazo cultural al canibalismo y la percepción de que el hombrecillo no era partidario de esa solución, pues le estaba cogiendo gusto a ser un territorio, si no del todo independiente, separado.

10

Pasado un tiempo, el hombrecillo me dijo que necesitaba experiencias. —¿Qué clase de experiencias? —pregunté. —Sexo —dijo él.

Ya he dicho que no mantenía relaciones de ese tipo con mi mujer, con ninguna mujer en realidad. El sexo no formaba parte de mi vida. Me había ido alejando de él, o él de mí, de manera insensible y no lo echaba de menos. Para justificar su solicitud, el hombrecillo añadió que él ya me había dado de su sexo.

—¿Entonces la experiencia con la reina de los hombrecillos fue real? —pregunté (hasta entonces no me había atrevido a hablar de ello en parte por pudor, en parte por miedo a confirmar que sólo hubiera sido un sueño).

—¿Qué quieres decir? —preguntó él a su vez.

—Pensé que puesto que yo estaba dormido quizá lo había soñado.

—De soñado, nada —apuntó el hombrecillo un poco molesto—. Fue todo tal como lo viste, tal como lo sentiste, así que me lo debes. Si tú me das de tu sexo, yo volveré a darte del mío.

En ese instante sentí que éramos dos seres, extrañamente comunicados, sí, pero dos, no uno, al contrario que en los primeros días de su aparición. La grieta entre ambos se ensanchaba como la de una pared sin cimientos. Pero si la experiencia con la mujercilla no había sido un sueño, necesitaba repetirla.

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