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Authors: Dominique Lapierre

Tags: #Drama, Histórico

Más grandes que el amor

BOOK: Más grandes que el amor
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Un día, hallándose de paso en Nueva York, Dominique Lapierre lee en un periódico una noticia sorprendente: «
La Madre Teresa de Calcuta ha abierto, en pleno corazón de las calles más calientes de Manhattan, un hogar para acoger a las víctimas del sida sin recursos
». Se precipita a la dirección indicada, y encuentra allí a seis hermanitas indias vestidas con sari blanco orlado de azul, como las que ha visto atarearse en las leproserías, los orfelinatos y los «morideros» de Calcuta.
Sus huéspedes son presidiarios de Sing Sing, toxicómanos negros de Harlem, visitantes asiduos de lupanares «gay» cercanos
. Una de las hermanas se llama Ananda —hermana Alegría—. Es una intocable originaria de Benarés cuyo padre es dueño de las piras funerarias que hay a orillas del Ganges. Uno de los enfermos es un joven arqueólogo judío con barba de profeta. El médico del hogar es un joven especialista obsesionado por la voluntad de curar.

El choque de estos tres encuentros le catapulta al centro de una aventura humana, médica y científica como quizá no se ha visto otra en el mundo. Ésta será la encuesta de su vida.

Durante tres años forzará la puerta de los laboratorios de investigación, reconstruirá la caza de virus más formidable de la reciente historia médica, compartirá la embriaguez de los descubridores de los invisibles agentes mortales, revivirá la jadeante carrera en pos del primer medicamento eficaz contra el mal y será testigo del prodigioso impulso de generosidad y de compasión de los que cuidan a los enfermos, del valor y de la esperanza de éstos.

MÁS GRANDES QUE EL AMOR
relata el incesante combate de todos aquellos —médicos, investigadores, sanitarios, víctimas— que se muestran cada día aún más grandes que el amor en la realización de su vocación o en la aceptación de sus sufrimientos.

MÁS GRANDES QUE EL AMOR
es la historia de docenas de héroes de nuestro tiempo, conocidos o anónimos. Es la historia de la hermana Ananda,
la pequeña india de las piras de Benarés
convertida en la enfermera preferida de los toxicómanos neoyorquinos; es la historia de un inmunólogo de Los Ángeles que descubre, en la primavera de 1980,
los cinco casos más desconcertantes de la medicina moderna
; es la historia de los
médicos-detectives
que se encierran durante semanas en hoteles de Nueva York y San Francisco con centenares de homosexuales, a los que hicieron las preguntas más embarazosas, con el propósito de acorralar al misterioso virus; es la historia de un
monje libanés
a quien la Madre Teresa «casa» espiritualmente con una de sus Misioneras de la Caridad; es la historia de un científico norteamericano que descubrió
una familia de virus humanos
tan diabólicos, que una oleada de pánico hizo huir de los laboratorios a los investigadores; es la historia de un equipo de
biólogos parisienses que son los primeros en identificar el agente responsable del sida
en el ganglio de un estilista de moda; es la historia de
una enfermera negra
y de
un médico neoyorquino
que consiguen mantener a raya de la enfermedad; es la historia de un fotógrafo extraordinario que logra
la hazaña de inmortalizar sobre su película el virus buscado por todos los laboratorios del mundo
. Es también la historia de una viróloga de Carolina del Norte, que descubre
en el esperma del arenque el primer agente activo contra la enfermedad
; es la historia de la
Madre Teresa, que obliga al alcalde de Nueva York a confiarle los presos afectados por el sida
; es la historia de los pasajeros de un vuelo de Air France que cruzan el Atlántico
con mil millones de virus mortales debajo de sus asientos
; es la historia de
religiosas indias
salidas de los barrios miserables de Calcuta, enfrentadas de pronto al choque con los Estados Unidos; es la historia del hijo de unos emigrantes polacos que se convierte en el artesano de las primeras victorias sobre la epidemia…

MÁS GRANDES QUE EL AMOR
es el relato, a través de cien personajes, del fantástico desafío lanzado a los médicos y a los investigadores de este final de milenio.

Dominique Lapierre

Más grandes que el amor

ePUB v1.0

natg
29.09.12

Título original:
Plus grands que l´amour

Dominique Lapierre, 1990.

Traducción: Enrique Sordo

Editor original: natg (v1.0)

ePub base v2.0

Solamente la virtud da un buen «karma»

y la mayor de las virtudes es la compasión

B
UDA

A Alvin, Ananda, Annie, Bandona, Barbara, Burt, Charles, Christine, Claude, Daniel, Danielle, David, Ellen, Flossie, Françoise, Frédéric, Gloria, Harold, Isabelle, Jack, Jacques, Jacqueline, Jean-Claude, James, Joël, Josef, Joseph, Luc, Marcus, Marie-Noëlle, Martha, Marty, Mathilde, Michael, Mikulas, Pascal, Paul, Peng, Philippe, Pierre, Poumette, Prem, Richard, Robert, Ron, Samuel, Sonia, Sugar, Teresa, Terry, Willy… y a todos los investigadores, enfermos y personas que los cuidan, conocidos o anónimos, que afrontan cada día la enfermedad y el sufrimiento y demuestran ser
aún más grandes que el amor

ADVERTENCIA AL LECTOR

Aunque este libro es el fruto de una larga y minuciosa encuesta, no pretende reflejar
todos
los acontecimientos de la prodigiosa epopeya humana y científica que se desarrolló, entre 1980 y 1986, con motivo del descubrimiento del virus responsable del sida y del hallazgo del primer medicamento eficaz contra el mal.

Algunos enfermos y las hermanas de Teresa de Calcuta, de quienes hablo en este relato, me han pedido que respete su anonimato, por lo que he cambiado su identidad y algunos detalles significativos.

No me es posible hablar de todos los que han desempeñado un papel en el curso de estos años dramáticos. Pero deseo que este libro les rinda también homenaje, así como a todos los que trabajan cada día para encontrar el medio de proteger a los hombres de este azote.

PRIMERA PARTE
Lo llamaron
«la cólera de Dios»
1

Benarés, India — Otoño de 1980
Una frágil silueta en las orillas de la inmortalidad

Era allí. En aquel decorado de fuego, de humo, de muerte. En aquel hedor de carne quemada, en medio del
ballet
de las parihuelas de bambú que llevan a los difuntos, en la estridente crepitación de las llamas que devoran los cuerpos. Sí, era allí, en el agua pútrida, a algunas brazas de la orilla infernal, entre los cadáveres flotantes de perros y ratas, y a veces de hombres demasiado pobres o demasiado santos para ser quemados, donde aparecía, sumergida a medias, su frágil silueta. Con sus grandes ojos orlados de
khol
, su anillo centelleante en la aleta de la nariz, sus trenzas anudadas con cintas, su camisita de un amarillo vivo que el Ganges pegaba a su piel, la india Ananda, de trece años, parecía un ramillete de flores ofrecido a los dioses del río sagrado. Su nombre significaba «la Alegría», pero el sobrenombre que le habían puesto no sugería ninguna idea de felicidad. La llamaban «la pequeña carroñera del Ganges». Su territorio de caza era el fango del gran canal purificador en cuya orilla los hindúes esperan, a su muerte, escaparse con las llamas del ciclo de renacimientos y hallar así la liberación eterna. Ayudada por sus dos jóvenes hermanos, Ananda se pasaba los días hurgando en el cieno pestilente en busca de algún tesoro mezclado con las cenizas de los difuntos, una sortija, un colgante medio fundido, un diente de oro o, simplemente, algunos trozos de madera calcinada.

Desde lo alto de la veranda del templo que dominaba la ribera, el padre de la muchacha vigilaba la pesca milagrosa. Ranjit Chowdhury, cuarenta y un años, era un hombrecito con un aire triste y los cabellos brillantes de aceite de mostaza. Generaciones de Chowdhury se habían acuclillado antes que él sobre el cojín de seda bordada con hilos de oro que le servía de trono. Delante de él se levantaba el símbolo de su rango y de su poder en la ciudad: un pequeño altar en forma de pilón donde rojeaban las brasas del fuego sacrificial que él custodiaba. Más abajo de este hogar y de los pilares del templo esculpidos con divinidades se extendían las piras funerarias de la ciudad santa de Benarés. El padre de Ananda era el ejecutor de las pompas que preparaban a los hindúes para la inmortalidad, el gran ordenador de la cremación de los cadáveres. Debido a este comercio él y los suyos pertenecían a la casta de los
dom
, la más baja, la más impura de la jerarquía hindú. Su nacimiento es considerado tan infame que, a su muerte, no tienen el derecho de ser reducidos a cenizas en una de sus piras. Son llevados muy lejos, fuera de la ciudad, al lugar en donde son quemados los intocables.

Día y noche, unas parihuelas de bambú traían difuntos envueltos en paños blancos o rojos para su cremación en las hogueras que preparaban los criados quemadores de cadáveres al servicio del padre de Ananda. Aparentemente insensibles al macabro espectáculo y al olor de la carne quemada, algunas personas iban y venían de brasero en brasero. En las escaleras, unos barberos afeitaban cuidadosamente las cabezas de los parientes de los muertos, las familias cantaban los
mantras
y unos brahmanes barrigudos discutían el precio de sus servicios sacerdotales. Las vacas, las cabras y los asnos ramoneaban en las guirnaldas de flores de las literas mortuorias; unos perros de color ceniza exhumaban las osamentas salvadas de las incineraciones, y unos milanos negros se lanzaban en picado desde el cielo para atrapar al paso algún resto humano.

Ananda y su familia habitaban en una vasta vivienda contigua al palacio del maharajá de Jaipur. Estaba suspendida sobre el Ganges. Los dos tigres de piedra, pintados de amarillo y negro, que ornamentaban la balaustrada de su terraza parecían provocar a los dos leones de mármol que decoraban la del palacio medianero. Se contaba que el maharajá, exasperado por aquel desafío, quiso un día hacer que expulsasen a sus impuros vecinos. Ante el tribunal, el abuelo de Ananda replicó: «Alteza, ¿no somos reyes los dos? ¡Vos sois el rey de la Vida, y yo el rey de la Muerte!» La demanda del maharajá de Jaipur fue desestimada. El quemador de cadáveres había ganado. En lo sucesivo tendría derecho al título de «Dom Rajá».

Siguiendo la tradición india, la casa de Ananda albergaba también a sus abuelos, a sus tíos y sus familias, en total una treintena de personas que vivían de los ingresos de las cremaciones. Para llegar a las numerosas habitaciones había que caminar por una maraña de escaleras y de patios interiores. Un antepasado lejano había hecho edificar en el centro de la terraza un templo familiar, tapizado de baldosas blancas y azules, dedicado al dios Rama. Su verja no se abría nunca. La familia del Dom Rajá sólo podía orar desde el exterior del santuario; en la India, los intocables tienen prohibido acercarse a los dioses. Solamente pueden hacer sonar la campana para advertirles de su presencia.

En uno de los patios vivía un chivo. Una vez al año, por la fiesta de Sayr Devi, una de las diosas de los intocables, el padre de Ananda le obligaba a luchar sin piedad con otros chivos. Si el animal salía vencedor, lo ofrecía en sacrificio a la divinidad. Los demás patios estaban atestados de trozos de bambú, que servían para la confección de literas mortuorias, y de leños de sándalo destinados a las cremaciones de los ricos. Porque el padre de Ananda debía proveer a todas las necesidades que exigían sus funciones. La venta del sándalo constituía un ingreso apreciable. Según la talla del difunto, había que contar entre siete y once
mound
de combustible, o sea, entre doscientos cincuenta y cuatrocientos kilos de madera, lo que representaba un gasto de unas cuatrocientas rupias, el equivalente de doscientos francos. Pocas personas disponían de tal suma. Las demás se entendían con el
dom
para una cremación reducida, y se esparcían en el Ganges los restos del cuerpo que no habían podido ser consumidos por falta de fuego suficiente.

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