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Authors: Dominique Lapierre

Tags: #Drama, Histórico

Más grandes que el amor (4 page)

BOOK: Más grandes que el amor
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El origen de los miembros de la pequeña comunidad reflejaba perfectamente esa turbulenta herencia. Al lado del padre abad, un hombre de apacible cara redonda, un francés llegado de su Borgoña natal hacía más de medio siglo, se encontraban un italiano, un irakí de estirpe griega, un maltés, un egipcio copto convertido al rito romano, el hijo de un personaje palestino de Jerusalén y varios maronitas libaneses. El monje más joven, el más recientemente llegado, era una especie de arcángel de veinticinco años, alto, fino, delgado como la hoja de una espada.

Hijo mayor de un rico comerciante maronita que representaba a la Ford en Beirut, el hermano Philippe Malouf había conocido todos los lujos de una adolescencia dorada. Después de fáciles estudios de economía en una universidad norteamericana, se había prometido con una muchacha de la gran burguesía de los negocios. Las hadas se habían mostrado más bien generosas con aquel muchacho mimado, que vivía en un país apacible y sin sobresaltos. Pero el azar quiso que cayese en sus manos una biografía de Charles de Foucauld, aquel libertino de la alta sociedad provinciana francesa súbitamente tocado por la gracia y convertido en un asceta en las arenas del Sahara. Más que una revelación, aquella obra fue para Philippe Malouf el despertar de una vocación religiosa hasta entonces adormecida. El muchacho dejó la mansión familiar en las alturas de Beirut para cambiarla por el austero dormitorio del seminario de Bkerké, cerca de Notre-Dame-du-Liban. Pero la guerra civil no tardó mucho en arrancar a los piadosos seminaristas del estudio de los misterios teológicos y de los dogmas de la fe. Como centenares de sus compatriotas, se encontraron movilizados en las filas de los Kataiebs, las Falanges Cristianas. Después de algunas semanas de entrenamiento en un campamento, Philippe Malouf y sus compañeros fueron enviados en ayuda de las aldeas cristianas de la montaña de Chouf amenazadas de exterminio por sus vecinos drusos. El valor de aquellos falangistas imberbes no pudo compensar su inexperiencia militar. Pueblos enteros fueron aniquilados, sus poblaciones degolladas y los supervivientes acosados en la montaña. La pesadilla duró semanas. Para el bando cristiano, la lección había sido tan terrible que sus jefes no dudaron en aceptar una oferta insólita del ejército de Israel.

Fue así como Philippe Malouf se encontró navegando por la costa de Beirut, una noche sin luna, a bordo del yate de un millonario libanés, con todas las luces apagadas, hacia la lancha israelí que venía a buscarle, a él y a sus camaradas. Tres horas después, los marinos judíos desembarcaban en Haifa a sus «invitados» árabes. Unos autocares les condujeron a su destino: un campo de entrenamiento.

Instalado al pie de las colinas de Judea, en un vasto pinar oculto a las miradas, el centro de Beit Mahsir podía acoger a unos cincuenta reclutas. Sus equipamientos, aunque rudimentarios, permitían una formación militar completa, especialmente para las operaciones de la lucha antiterrorista. Técnicos de la guerrilla que hablaban árabe tenían a sus órdenes a los suboficiales israelíes encargados de la instrucción. La acción psicológica también formaba parte del programa. Preocupados por transformar a sus visitantes en admiradores de Israel, los organizadores habían amenizado el cursillo con la proyección de películas sobre la acción humanitaria del Estado judío con los territorios árabes ocupados y en diferentes países del Tercer Mundo. Conferencias políticas y culturales pronunciadas por eminentes profesores de la universidad hebraica de Jerusalén, completaban el programa. Pero ningún desplazamiento, ninguna excursión fuera del campo les era permitida a los jóvenes libaneses, salvo para asistir al culto dominical en la iglesia cristiana más próxima.

Philippe Malouf recordará durante mucho tiempo su primera visita a la abadía de los Siete Dolores de Latroun. «Qué impresión, qué maravilla, penetrar en ese lugar de fe y de paz a menos de cinco kilómetros de los barracones en donde nos enseñaban a matar y a destruir. En estos muros sólo parecía haber alegría y beatitud. Los cánticos de los monjes, monocordes y repetitivos, parecían ascender hacia las bóvedas de la iglesia como una interminable ofrenda. Había en sus aleluyas tanta plenitud, tanta felicidad, que me sentí como hipnotizado. Comprendí que era allí adonde me llamaba Cristo, al centro de esa Palestina que, hace casi dos mil años, fue el escenario de Su vida, de Su muerte y de Su resurrección. Sí, era allí donde mi vocación debía realizarse».

Philippe Malouf necesitó varios meses de gestiones y de espera para obtener el derecho de regresar a Israel y de franquear para siempre la verja del monasterio. Hoy hacía casi un año que el joven novicio, con su sayal y su cráneo afeitado, vivía la austera regla de humildad, de pobreza, de castidad y de obediencia promulgada por san Benito en el siglo VI. Un año de duro aprendizaje, de una lenta y a veces dolorosa metamorfosis para hacer del ex guerrillero de las Falanges libanesas un hombre de silencio y de oración, únicamente vuelto hacia Dios, «en la búsqueda de las cosas de lo alto».

«Lo más difícil fue acostumbrarme a la manera de rezar de los monjes —dice—. Para mí, rezar siempre había sido un acto solitario y silencioso. En la Trapa, es un acto practicado en común y en voz alta. Al oír a mis hermanos salmodiar sin fin los mismos himnos, llegué a formularme una pregunta sacrílega: esta machaconería, ¿no acabará transformando mis devociones en un insípido ritornelo? ¿Algo así como los molinillos de oración de los templos budistas?»

Philippe Malouf decidió confiarse a su superior. Después de haberle escuchado detenidamente, el padre abad le respondió con una sonrisa cómplice: «Voy a decirte un truco que me reveló un viejo monje cuando yo llegué a la Trapa como joven novicio. En cada oficio, durante el canto de los salmos, apodérate de un versículo. No importa cuál. Por ejemplo: “Escucha, Señor, la llamada de los desgraciados”. “O bien: "Oh, Dios, da a Tus hijos la alegría y la esperanza”. Mientras continúas recitando la oración común, aferra tu pensamiento a esas palabras. Repítelas en todos los sentidos, proyéctalas en la mitología bíblica, imagina a Jesús diciendo las mismas frases, y después a los profetas y a millones de hombres antes que tú. Busca a qué realidades de hoy corresponden. Ya verás, entonces, cómo tu oración se convierte en meditación».

Otros muchos interrogantes iban a agitar el espíritu del aprendiz de monje en su lento camino hacia la serenidad suprema. Así, por ejemplo, la respuesta del Señor a la incansable oración de su monasterio por la salvación de la humanidad. «Todos nosotros habíamos consagrado nuestras vidas a la oración. Todos aspirábamos a conocer lo que nuestro empeño permitía a Dios realizar en la tierra, a poder recoger de vez en cuando algunos pequeños signos de Su bondad. Pero nunca teníamos la satisfacción de verificar la eficacia de nuestros esfuerzos. Era decepcionante».

El deseo de Philippe Malouf quedó parcialmente satisfecho el día en que el padre abad le confió la responsabilidad de la venta del vino y de los licores producidos por los viñedos del convento. «Fue una ocasión maravillosa de recuperar contacto con el mundo exterior, de reanudar un diálogo y de escuchar a los demás. Decenas de familias, de autocares de turistas paraban cada día en el monasterio. Los fines de semana y los días de fiesta había una gran afluencia en el pórtico de la abadía. Nuestros productos tenían fama en todo Israel y fuera de él. La tienda no se vaciaba nunca. Muchos visitantes pedían permiso para pasearse por el naranjal para mirar, a lo largo de los senderos, los sarcófagos, los trozos de columnas romanas y los vestigios hallados por los monjes al roturar o al labrar las tierras».

Philippe Malouf recibió un día a dos jóvenes americanos que deseaban examinar el conjunto de sílex y de piedras talladas conservadas en un cuarto trastero acondicionado para pequeño museo. Uno de ellos se llamaba Josef Stein, y el otro, Sam Blum. Con su oscura barba de collar que se unía a su espesa cabellera rizada, Josef Stein, veintiocho años, parecía un profeta de la Biblia. Oriundo de una ciudad industrial de Pennsylvania, donde sus padres tenían una tintorería, este descendiente de inmigrantes polacos se había instalado en 1972 en San Francisco. Trabajaba de noche como aduanero en el famoso puente Golden Gate, y durante el día asistía a las clases del City College, y después, a la del departamento de arqueología de la Universidad de San Francisco. Con su diploma ya en el bolsillo, había obtenido una beca para ir a excavar, con un equipo de la Escuela Americana de Jerusalén, el yacimiento de la ciudad cananea de Gezer, situada a unos diez kilómetros de la abadía de Latroun. En las zanjas de las últimas excavaciones había conocido a Sam Blum, un especialista en antigüedades bíblicas de la universidad neoyorquina de Columbia. Sam Blum, de treinta y dos años, era hijo de un rabino de Brooklyn. Con sus gafas redondas de montura metálica y su rostro huesudo y alargado, más parecía un anarquista lanzador de bombas que un salvador de civilizaciones desaparecidas.

Los dos americanos habían vuelto varias veces a la abadía para fotografiar y hacer croquis de las piezas más notables del pequeño museo, en especial unas hachas, unos cuchillos y unos raspadores que tenían alrededor de cien mil años. Como su curiosidad no se limitaba a los objetos prehistóricos, Philippe Malouf les enseñó el conmovedor cementerio rodeado de cipreses y de asfodelos donde reposaban, directamente en la tierra, los hombres que habían acabado allí su vida de oración.

Más adelante, cuando la enfermedad le inmovilizaría en la cama de un hospital neoyorquino, Josef Stein evocaría con una alegría intensa el recuerdo de aquella visita. «Ningún objeto de excavación, ningún vestigio arqueológico, ninguna piedra me han emocionado nunca tanto como el espectáculo de aquella sucesión de nombres grabados en humildes cruces de madera —recordaría—. Aquel día comprendí lo que se llama la inmortalidad».

4

Benarés, India — Otoño de 1980
«Hija, el dios te ha maldecido»

Un maremoto del Ganges no habría causado más conmoción en el universo del quemador de cadáveres de Benarés que el anuncio de la lepra en la carne de su hija. A la abyección del más bajo de los orígenes se añadía ahora una nueva inhabilitación que hacía a los Chowdhury unos seres humanos dos veces impuros. Desde los tiempos más remotos, la India ha lanzado su anatema contra los que se pudren con el innoble mal. Siglos antes de que Moisés lo asociase al pecado, la Antigüedad a un castigo del cielo y la Edad Media a una muerte civil, Asia, que probablemente la vio nacer, condenaba la lepra a la maldición de los sanos. Lo mismo que en la Europa de antaño se obligaba a los leprosos a desplazarse haciendo sonar una carraca, a quemar sus ropas, o a emparedarse en unos morideros, la India de hoy seguía tratándolos como parias. Ningún indio sano de cuerpo se atrevía a penetrar en los sórdidos campamentos donde los leprosos se mantenían alejados de las ciudades y de los pueblos. Ningún leproso entraba en las casas de los que no lo eran. Sin embargo, eran cinco millones los que paseaban sus llagas y sus muñones a través de la inmensidad de ese país.

De todas las poblaciones, la ciudad santa de Benarés era probablemente la que reunía el mayor número de ellos. Para los cientos de millares de peregrinos que acudían a la orilla del Ganges liberador, dar limosna a los que consideraban como los más malditos de los hombres era una ocasión suplementaria de mejorar su
karma
, es decir, su saldo acreedor por las buenas acciones realizadas en la vida presente y en las existencias anteriores. Los leprosos lo sabían y tendían sus escudillas a lo largo de las escaleras que descendían al río, delante de las plataformas de oración y en la entrada de los santuarios. Por la noche, se arrastraban hasta el río sagrado para lavar en él sus heridas e implorar a los dioses. El contacto prolongado con esas aguas contaminadas fue sin duda lo que quebrantó la resistencia a los microbios de «la pequeña carroñera».

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