Read Napoleón en Chamartín Online

Authors: Benito Pérez Galdós

Tags: #Clásico, #Histórico

Napoleón en Chamartín (12 page)

BOOK: Napoleón en Chamartín
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—Querida Zaina —le dijo amorosamente don Diego—, anoche soñé contigo.

—Y yo con las monas del Retiro —contestó ella.

—Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media hora al ver que todo era sueño.

—¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que
hace yo
, estoy toda muerta y tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle.

—¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere traspasarle con los acerados dardos de su carcaj.

—¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor conde? —exclamó la Zaina riendo a carcajada tendida—. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los carcajales y de los diamantes duros?

—Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa-Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la tiernísima carta que te escribí el otro día?

—¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he de contestar si no sé escrebir? Allí leyeron el papé los amigos, y tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me tiene un amor edial y pantásmico.

—¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te quiero con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano apetito.

—¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que no entiendo.

—¿Y qué te han parecido los corales?

—¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Sólo que ya podía usía haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi condito del alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un savillé. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice en su cartapacio, no le he de querer.

—Todo eso tendrás y aún mucho más —dijo D. Diego tomándole un brazo.

—En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne fofa como la mía. Pero venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche me contó del señor de Mañara?

—Punto por punto, Zainilla de mis entrañas.

—No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla —añadió la verdulera—, sino que una amiga mía quiere saberlo.

—Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque está enamorado de una cierta duquesa y de la Pelumbres, entrambas a dos.

—¡Duquesitas a mí! —exclamó Ignacia haciendo un gesto aterrador con su derecha mano—. Si es la señora que usía nombró anoche… ya, ya la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra amiguita suya, condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla González, comicastra del treato del Príncipe. ¡Pues no armaban mal jaleo entre las tres!… ¿Y también está con la Pelumbres?

—No: con su hermana Mariquilla; me equivoqué. Eso todo el barrio lo sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho?

—¡Pues no le he de querer, niño —respondió la Zaina sin mirar a D. Diego—, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan alfileres!… ¿Vendrá D. Juan esta noche?

—¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa?

Diciendo esto, D. Diego volvió a extender los alevosos dedos para pellizcarla el brazo; pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero, diciendo:

—¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un caballero muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. Nacia, no seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor conde; que si su grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas engordando, y no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a consentir otra cosa en esta casa de la mesma honradez. Pero, ¿dónde están, señor conde, las espuelas de plata que me prometió?

—Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero—, dijo D. Diego acercándose al grupo.

—¿No sabe usía las noticias que corren?

—Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros.

—Y parece que también anda mal el ejércitode Castaños, y que ya Napoleón va sobre Burgos.

—Todo eso es misa rezada —dijo Pujitos—, porque ya tenemos en Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el tío
Mor
.

—Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano —dijo Majoma—. Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses por el lado de allá, la fardería corre que es un primor.

—Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado de ángeles, y los comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas. Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que viva mi señora la guerra mil años, y abajo Napoleón.

—Como venga a Madrid el infame
córcego
—dijo Pujitos—, se va a quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un ráscate ahí. ¿Han dido Vds. al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos, echando a correr por todo el campo de Guardias palante.

—Pues yo no me he querido enganchar —dijo Majoma—, porque una peseta es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy allí que en Flandes, y dejémonos de coger las armas, que por haberlas tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a la Puntilla
[5]
y a los Farallones
[6]
, con una cuenta de rosario en los pies, que si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los cínifes otros diez.

—Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla —dijo Mano de Mortero—; que es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, y testigo soy yo, que aunque no fui allá por el aquel de ninguna sangría mal dada, como tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en compañía de cuarenta quintales de hilo de patente, con su
London
y todo, que metí allá por los Alcañices. Pero hijo, acá estamos todos y Dios y la Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos aquellas telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas que he calzado en mi vida.

Tocaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de grana y sombrero apuntado.

—Gracias a Dios que parece su eminencia por acá —dijo el padre de la Zaina acercándole una silla a Mañara.

—Ya sabrán Vds. que le tenemos de regidor de Madrid —gritó Santorcaz.

—¡Regidor el Sr. de Mañara!

—¡Que viva mil años! —exclamaron todos.

—Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado —respondió D. Juan—, y es probable que acepte.

—¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? preguntó con mucho interés Majoma.

—Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la plaza a todos los emperadores del mundo.

—¡Viva el regidor!

—Y dígame usía, angelito de mi alma —preguntó el tío Mano de Mortero con visible enternecimiento—, esos probrecitos que hace dos meses están en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos de vino por sobre las tapias de Gilimón; esos probrecitos corderos, que son más buenos que el buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no merecerán de su generosidad que les quite del mal recaudo en que se hallan? ¡Ay, mis queridos niños! ¡y cómo se me aguan los ojos y se me arruga el corazón al verlos entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor, si les he criado a mis pechos y enstruido con mis liciones y enderezado con mis palos? No parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el que los vio tan listos de piernas como de ojos por Peña de Francia y ahora les ve con los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y toda esa canalla que debería estar frita en aceite para que todo el mundo anduviera en regla.

—Sosiéguese el buen Mortero —dijo Mañara—, que si de algo vale mi influjo, abrazará pronto a sus amigos.

—¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de corregidor desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje.

—¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? —preguntó Mañara—. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas boleras para hacer boca.

—¡Yo, yo, boleras! —repuso la Zaina con tono desapacible y malhumorado—. No me pide el cuerpo boleras.

—Echalas por amor de Dios.

Digo que no me da la gana. ¿Soy figurilla de tutilimundi?

—Nacia —dijo gravemente el padre de la consabida—, no se contesta de esa manera, y pues el señor regidor de mi alma lo manda, cantarás, aunque te pudras.

—Un par de seguidillas al menos.

La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó:

Todas las duquesitas
de los madriles,
no sirven pa calzarme
los escarpines.
Dale que dale
y póngame esa liga
que se me cae.

—¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta Maldita Zaina toda la gracia del mundo.

La Zaina continuó:

Señora principesa
de panza en trote,
las sobras que yo dejo
usted las coge.
Viva quien vive,
le regalo ese peine
que no me sirve.

Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza, que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una silla, lanzó un quejido lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo sentose junto a D. Diego. Poco después entraron metiendo mucho ruido la Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser sólo tres, no parecía sino que entraban por las puertas todos los demonios del infierno.

—Tarde venís, ninflas —dijo Mano.

—Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde no lo pudimos hacer por ir al rosario… —contestó una de ellas.

—Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro —dijo otra—, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos de herradura de los clavos de puerta.

—¡Ay qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla?

—¡Qué había de ver, si me entretuve en el puente de Toledo, esperando un cinco de copas que no quería salir, y gancheado a dos payos de Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero lo rezaré mañana, que para el bien nunca es tarde.

—Ende que lo supimos —dijo la Narcisa—, nos plantamos allá. Yo le mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la congregación de María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en rogativa de las presentes calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué devoción! Allí iban todos, desde el señor más estirado hasta el último comiquín, y todos con su vela. ¿No ha estado Vd., Mano de Mortero?

—¿Qué había de ir, mujer —respondió—, si estoy aquí con el corazón traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario? Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que da la cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley por los malos pasos de que me ha sacado en bien, intercediendo con su divino hijo. Creo que predica mi grande amigote el padre Salmón.

—Esa función —añadió Pujitos—, es en el convento de padres dominicos, y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de nuestro amado Monarca.

—Justo y cabal —prosiguió Mano de Mortero—; y pues hay procesión, pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos llenos de pecados, y aun yo que no hago mal a nadie, allá me voy con los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos desear; ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese señor D. Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si dijéramos acabarse la guerra, por allá me lo tenga un par de añitos más.

—Mal patriota es el Sr. Mano —dijo enfáticamente Pujitos—, pues ni coge el fusil, ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca.

—Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos agujeros, raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que podrán dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio a mi querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día que entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo para tocar el pandero, pero los probres somos probres, y yo pondría a mi Fernando en siete tronos… Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo el otro, el abad de lo que canta yanta.

—Hoy no vi al señor de Pujitos en la formación —dijo Santorcaz acercándose al grupo.

—Cómo había de ir, compañero —respondió el maestro de obra prima, que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que si le regalaran tres tronos europeos—. Cómo había de ir si todo el día he estado en el parque apartando fusiles, contando piedras de chispa y repasando cartuchos, tan atareado, jeñores, que tengo en los lomos una puntada que no me deja respirar.

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