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Authors: Lincoln Child

Tags: #Aventuras, Intriga

Tormenta (6 page)

BOOK: Tormenta
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—Entonces empezaron los síntomas físicos —dijo Bishop—. Estreñimiento, nauseas, neurastenia…

—¿Hay gente que haga turno doble? —preguntó Crane—. Por que no me sorprendería que estuvieran cansados…

—Otros se quejaban de tics y espasmos musculares.

—¿Solo tics? —preguntó Crane—. ¿Sin dolor asociado?

Bishop lo miró con cierta expresión de reproche, como diciendo: ≪Si hubiera dolor ya se lo habría comentado, no≫.

—Pues entonces no es síndrome de descompresión —dijo Crane—. Al menos ninguna de las variantes que conozco. La verdad es que no entiendo que estén tan preocupados. Problemas de concentración, estreñimiento, nauseas… Es todo muy vago. Podría ser simplemente estrés laboral. Teniendo en cuenta que el entorno es tan particular, y el trabajo también…

—Aun no he terminado —dijo Bishop—. La situación ha empeorado durante esta última semana. Tres casos de arritmia en pacientes sin historial de problemas cardiacos, una mujer con debilidad bilateral en las manos y la cara, y dos pacientes que parecían sufrir ataques isquémicos transitorios.

—¿AIT? ¿De que alcance?

—Parálisis parcial y problemas de habla; en ambos casos de duración inferior a dos horas.

—¿Que edad tenían?

—Un poco menos y un poco más de treinta años.

—¿De verdad? —Crane frunció el entrecejo—. Parecen muy jóvenes para un ataque. Y encima son dos casos… Les han realizado exámenes neurológicos?

—Doctor Crane, por favor… Naturalmente que se los hemos hecho. TAC de cráneo sin contraste, electrocardiogramas para descartar riesgo cardioembolico… Todo lo que pueda imaginar. En la estación no hay electroencefalógrafo (ya sabe que para lo que más se usan es para la epilepsia o el coma), pero tampoco hacia falta. Todo salió absolutamente normal, excepto por los síntomas del ataque.

El tono de la doctora volvía a ser seco. ≪Esta defendiendo su territorio —pensó Crane—. Son sus dominios, y no le gusta que me meta≫.

—De todos modos —dijo el—, es el primer indicio de disbarismo que oigo en todo el día.

—¿Disbarismo? —preguntó Corbett, pestañeando al otro lado de sus gafas redondas.

—Síndrome de descompresión.

Bishop suspiró.

—Sinceramente, para mi lo único que podemos descartar con certeza es el síndrome de descompresión.

—¿Por qué? Pensaba que…

Crane se quedó callado. En realidad Asher no le había expuesto claramente el problema en ningún momento. Si el había partido de la premisa del síndrome de descompresión era por las características de la estación Deep Storm.

—Disculpe —dijo más despacio—, pero supongo que no acabo de entender por que me han llamado.

—Le ha llamado Howard Asher —dijo Bishop.

Fue la primera vez que sonrió. La sala de reuniones quedó un rato en silencio.

—Han conseguido identificar algo en común? —preguntó Crane—. ¿Los pacientes trabajan todos en la misma planta, o más o menos en la misma zona del Complejo?

Bishop negó con la cabeza.

—Han venido pacientes de casi todas las plantas y casi todas las ocupaciones.

—O sea, que no hay un origen determinado, ni síntomas comunes. Me suena a coincidencia. ¿Cuantos pacientes han recibido en total?

—Roger y yo lo hemos estado calculando mientras le esperábamos. —Bishop saco una hoja del bolsillo de su bata de laboratorio y la consultó—. El Complejo lleva casi cinco meses en funcionamiento. Sumando el consultorio de salud mental y la parte medica, debemos de tener un promedio de quince pacientes por semana. Hasta hace poco lo peor era un dolor de garganta, pero desde que ha empezado todo esto hemos visitado a ciento tres.

Crane se quedó de piedra.

—¿Ciento tres? Dios mío, pero si eso es…

—Una cuarta parte de la población, doctor Crane, muy por encima de cualquier coincidencia.

Se guardo la hoja en el bolsillo con gesto casi triunfal.

7

En el silencio de su habitación de la decima planta, Crane se acariciaba la barbilla, pensativo. Era un dormitorio pequeño y con una iluminación muy suave, como todos los del Complejo. Estaba amueblado con una cama estrecha, dos sillas y una mesa con un ordenador conectado a la red central del Complejo. También disponía de un vestidor. Al lado de la mesa había un intercomunicador empotrado, para llamar al centro médico, reservar plaza en la bolera o incluso pedir una pizza a Times Square. En las paredes, de color azul claro, no había cuadros ni decoración, solo un gran televisor de pantalla plana.

También había dos puertas, del mismo metal color platino que le había sorprendido en otras partes del Complejo, pero con un elegante marco de madera clara. Por una de ellas se salía al pasillo, y por la otra se entraba en el cuarto de baño compartido con Roger Corbett. El psiquiatra le había propuesto que fueran a comer al Alto (prosaico nombre del comedor de la planta once), y a instancias de Crane, que quería quedarse unos momentos a solas, habían quedado directamente en el restaurante.

Sobre la mesa había una carpeta sellada, con su nombre y un código de barras en el borde. La cogió, rompió el sello con una regla y esparció su contenido. Salió una identificación bastante grande, con una banda magnética y un clip, otro ejemplar del código de la Marina para misiones secretas, dos páginas de bibliografía sobre la Atlántida (con libros disponibles en la biblioteca o que podían descargarse en el ordenador) y un sobre con una lista de contraseñas temporales para la red general y la red medica.

Se prendió la identificación en el bolsillo. Después se sentó y se quedó mirando la pantalla negra; finalmente suspiró, encendió el ordenador e introdujo su contraseña temporal. Mientras se abrían los programas, se hizo un masaje en la parte superior del brazo, donde le habían insertado el chip hacia unos minutos. Empezó a escribir en el procesador de textos.

Sintomatología no especifica:

problemas fisiológicos (.y neurológicos?)

y psicológicos - desapego / disociación

Consultar cuadros clínicos

¿Buscar primer caso?

¿Ambiental?

Intoxicación. ¿Sistémica o general?

¿Problema(s) previo(s)?

Se apartó de la mesa, mirando la pantalla. ≪.Síndrome de descompresión? Narcosis por nitrógeno?≫, le había preguntado a Asher en la plataforma petrolífera
Storm King.
Respuesta: ≪Mas lo primero que lo segundo≫. Empezaba a entender cuanto tenia de evasiva esa respuesta. En realidad, por muy afable y abierto que aparentara ser el doctor Asher, no le había dicho prácticamente nada.

Era una situación enojosa, tal vez incluso algo alarmante, pero en cierto modo daba igual, por que al fin Crane empezaba a entender la razón de que Asher le hubiera buscado específicamente a el y…

—Que, ¿empieza a verlo claro? —preguntó una voz a sus espaldas.

Estuvo a punto de caerse del susto. Al volverse, con el pulso acelerado, descubrió una imagen bastante singular. Era un hombre mayor, con un mono de peto. Tenía los ojos de un azul muy penetrante, y el pelo blanco y revuelto, a lo Einstein. Era muy bajo (apenas metro y medio) y delgado. Al principio, Crane pensó que venia a reparar alguna cosa. La habitación estaba cerrada. No había oído que llamaran a la puerta, ni ruido de pasos. Era como si el viejo hubiese aparecido por arte de magia.

—Perdón?

El desconocido miró la pantalla por encima del hombro de Crane.

—Caray! !Que pocas palabras y cuantos signos de interrogación!

Crane cambió de pantalla con una tecla.

—Creo que no nos conocemos —dijo secamente.

El viejo se rio. Era una risa aguda, como de pájaro.

—Ya, ya lo se. He venido a presentarme. Estaba intrigado por que me habían dicho que había un tal doctor Crane a bordo. —Tendió la mano—. Me llamo Flyte, doctor Flyte.

—Mucho gusto.

Se hizo un silencio incomodo. Crane buscó una pregunta neutra y educada.

—¿En que trabaja, doctor Flyte?

—Sistemas mecánicos autónomos.

—¿Y eso que es?

—Se nota que es nuevo. El Complejo es como un pueblo del Oeste. Si es tan aficionado como yo a las películas de vaqueros, sabrá que en los pueblos del Oeste hay dos preguntas que no se hacen, ¿de donde viene? y ¿por que esta aquí? —Flyte hizo una pausa—. Me limitare a decir que soy indispensable, por desgracia. Mi trabajo es de altísimo secreto.

—Ah, que bien —dijo Crane. Sabía que era una respuesta pobre, pero era la única que se le había ocurrido.

—¿Le parece bien? Pues a mi no. No es un trabajo agradable, doctor Crane, estar tan abajo en viue eogocupco.

Crane parpadeo.

—¿Como dice?

— Válgame Dios! Otro? —Flyte puso los ojos en blanco—. Que pasa, que ya no habla nadie la lengua madre? En otros tiempos el griego antiguo estaba en todos los labios civilizados. —Regaño a Crane con el dedo—. ≪Océano, que es de hecho el origen de todo.≫ Homero era compatriota mío, para que lo sepa. Haría bien en leerlo.

Crane reprimió las ganas de mirar el reloj. Roger Corbett le esperaba en el Alto.

—Ha sido un placer conocer…

—Lo mismo digo —le interrumpió Flyte—. Soy un gran admirador de cualquier practicante del noble arte.

Crane empezaba a molestarse. Le extrañaba que alguien como Flyte hubiera conseguido superar la criba obligatoria para cualquier candidato a trabajar en el Complejo. Llego a la conclusión de que la mejor actitud era frustrar cualquier acercamiento amistoso por parte del viejo.

—Doctor Flyte, seguro que tiene por delante un día tan ajetreado como yo…

—En absoluto! Tengo todo el tiempo del mundo… de momento. Mientras no empiecen otra vez a perforar, no me necesitaran ni a mí ni a mi arte.

Alzo unas manos pequeñas, moviendo los dedos como un concertista de piano. Sus brillantes ojos no se quedaban quietos ni un segundo. Volvieron a mirar el petate abierto.

—Que hay aquí dentro? —preguntó, cogiendo un par de libros que sobresalían.

Levantó uno de los dos,
Antología
poética
del siglo XX.

—¿Que quiere decir esto? —preguntó de malos modos.

—¿A usted que le parece? —dijo Crane, exasperado—. Es un libro de poesía.

—A mi la poesía moderna no me interesa, y a usted tampoco debería interesarle. Ya le he dicho que lea a Homero.

Dejó caer el libro en la bolsa y miró el otro.
Pi: su historia y
su misterio.

—Aja! ¿Y esto?

—Es un libro sobre los números irracionales.

Flyte se rio, asintiendo con la cabeza.

— No me diga! !Que oportuno!

—¿Oportuno? ¿Por que?

Miró a Crane con cara de sorpresa.

— Los números irracionales! ¿No se da cuenta?

—No, no me doy cuenta.

— Pues es evidente! .Acaso no somos irracionales numerosas personas aquí? Y si no, me temo que pronto lo seremos. — Desplego un índice nudoso y dio un golpecito en el pecho de Crane—. Por eso usted esta aquí abajo, por que se ha roto.

—¿Roto? ¿El que?

—Se ha roto todo —susurro Flyte con énfasis—. O al menos pronto se romperá.

Crane frunció el entrecejo.

—Doctor Flyte, si no le importa…

Flyte alzo una mano. Parecía haber abandonado el tono enfático.

—Aunque todavía no se haya dado cuenta, tenemos algo en común.

Hizo una pausa cómplice.

Crane trago saliva. No pensaba preguntar. Por desgracia Flyte tampoco parecía necesitarlo.

El viejo se inclino con ademan confidencial.

—Nuestros apellidos, Crane y Flyte, ¿entiende?
[2]

Crane suspiró.

—No se ofenda, pero tengo que pedirle que se vaya. He quedado para comer y ya llego tarde.

El viejecito ladeo la cabeza y asió con fuerza la mano de Crane.

—Encantado de conocerle, doctor Crane. Repito que tenemos algo en común. Haríamos bien en unir nuestras fuerzas.

Flyte se fue guiñando un ojo, y dejó abierta la puerta del pasillo. Poco después, cuando se levantó a cerrarla, Crane miró con curiosidad hacia ambos lados. El pasillo, que era largo, estaba vacio, sin rastro del extraño viejo. Era como si no hubiera entrado.

8

Sentado en su despacho de la octava planta, donde casi no cabía un alfiler, Howard Asher miraba atentamente el monitor. El brillo de la pantalla plana tenía su pelo gris de una tonalidad azul etérea, extraña.

La estantería a su espalda estaba llena de manuales técnicos, libros de oceanografía y biología marina y algunas antologías poéticas muy gastadas. La presidian varias reproducciones enmarcadas de la serie de grabados de Piranesi
Vedute di Roma.
Otra estantería más pequeña, con puerta de cristal, contenía curiosidades marinas: un fósil de celacanto, una palanca de cañón de un antiguo velero y un diente de tiburón Blue Grotto, una especie muy difícil de encontrar. Ni lo diminuto del despacho ni lo heterogéneo de sus colecciones permitían adivinar que su ocupante fuera el director científico del National Ocean Service.

Un ruido de pasos se filtro a través de la puerta. Poco después apareció un rostro en el cristal. Al mirar hacia arriba, Asher reconoció el pelo rojo y las pecas de Paul Easton, uno de los muchos geólogos marinos que trabajaban en el proyecto de extracción. Hizo girar la silla y se inclino para abrir la puerta.

—Me alegro de verte, Paul.

Easton entro y la cerró.

—Espero no molestarle.

—Cuantas veces tengo que decírtelo, Paul? Me llamo Howard. Aquí en el Complejo la gente se llama por el nombre de pila. Pero no se lo digas al almirante Apartan.

Asher se rio de la broma. Easton no.

Asher lo observo. Era un hombre de una picardía natural, aficionado a las bromas y a los chistes verdes, pero en aquel momento fruncía el entrecejo, y sus facciones juveniles estaban muy serias; más que serias, preocupadas.

Señaló la única silla vacía con un gesto de la mano.

—Siéntate, Paul, y cuéntame que te preocupa.

Easton se sentó rápidamente, pero en vez de hablar empezó a frotarse con ahincó el antebrazo.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Asher.

—No lo se —dijo Easton—. Es posible.

Seguía frotándose el brazo. Asher sabía que en algunos casos el proceso de implantación del chip RFID provocaba pequeñas erupciones.

—Es el vulcanismo —dijo Easton de sopetón.

—El vulcanismo…

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