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Authors: Marvin Harris

Tags: #Ciencia

Caníbales y reyes

 

¿Por qué tantas culturas han permitido el asesinato… de las niñas recién nacidas? ¿Por qué los hombres se creen superiores a las mujeres? Marvin Harris responde a estas y muchas otras preguntas demostrando que Caníbales y reyes, esclavos y ciudadanos, madres e hijas, padres e hijos —las culturas a que todos ellos pertenecen— han de asumir en cada caso sus pautas culturales dentro de un proceso global de adaptación de las sociedades a su entorno.

Caníbales y reyes, brillante y profundo estudio antropológico, explica cómo pueden interpretarse las infinitas variaciones de conducta cultural adaptadas a condiciones ecológicas específicas.

Marvin Harris

Caníbales y reyes

Los orígenes de las culturas

ePUB v1.0

hermes 10
16.09.12

Título original:
Cannibals and kings. The origins of cultures

Marvin Harris, 1977.

Traducción: Horacio González Trejo.

Editor original:hermes 10 (v1.0)

ePub base v2.0

Introducción

Durante siglos, el mundo occidental se ha sentido reconfortado por la creencia de que el progreso material nunca concluirá. Como prueba de que vivir es hoy mucho más fácil para nosotros de lo que lo fue para nuestros abuelos, ofrecemos nuestros coches, nuestros teléfonos y nuestra calefacción central. Aunque reconocemos que el progreso puede ser lento y desigual —con contratiempos poco duraderos—, sentimos que, pensándolo bien, será mucho más fácil vivir en el futuro que en el presente.

Las teorías científicas, en su mayoría formuladas hace cien años, alimentan esta creencia. Desde la superioridad del punto de vista de los científicos victorianos, la evolución de la cultura pareció ser un peregrinaje por una escarpada montaña desde cuya cima los pueblos civilizados podían mirar hacia abajo a los diversos niveles de salvajismo y barbarismo que aún debían superar las culturas «inferiores». Los victorianos exageraron la pobreza material de los así llamados salvajes y, al mismo tiempo, inflaron los beneficios de la «civilización» industrial. Representaron la antigua Edad de Piedra como una época de grandes temores e inseguridades, en que la gente pasaba los días en una incesante busca de alimentos y las noches amontonada alrededor del fuego, en cuevas incómodas, acosados por tigres de dientes como sables. Sólo cuando se descubrió el secreto de la siembra de cosechas, nuestros antepasados «salvajes» tuvieron suficiente tiempo libre para establecerse en aldeas y construir viviendas confortables. Sólo entonces pudieron almacenar excedentes alimenticios y contar con tiempo para pensar y experimentar nuevas ideas. Esto, a su vez, se supone que condujo a la invención de la escritura, a las ciudades, a los gobiernos organizados y al florecimiento del arte y la ciencia. Luego llegó la máquina a vapor, que inició una nueva y más rápida etapa de progreso, la revolución industrial, con su milagrosa abundancia de máquinas producidas en serie, que ahorran trabajo, y de tecnología, que realza la vida.

No es fácil superar este tipo de adoctrinamiento. No obstante, un creciente número de personas no puede evitar la sensación de que la sociedad industrial tiene un núcleo falso y que, a pesar de las imágenes de los medios de comunicación referentes a las placenteras horas de ocio, nuestros descendientes tendrán que trabajar cada vez más duramente para conservar los lujos de que hoy gozamos. El gran auge industrial no sólo ha estado contaminando la tierra con desperdicios y venenos; también ha vomitado bienes y servicios cada vez de peor calidad, más caros y defectuosos.

En esta obra, mi propósito consiste en reemplazar el antiguo punto de vista victoriano del progreso, la categoría de «adelante y arriba», por una explicación más realista de la evolución cultural. Lo que ocurre con el nivel de vida de nuestros días ya ha ocurrido en el pasado. Nuestra cultura no es la primera tecnología que ha fracasado. Tampoco es la primera que ha alcanzado sus límites de crecimiento. Las tecnologías de culturas anteriores fracasaron repetidas veces y fueron reemplazadas por nuevas tecnologías. Los límites de crecimiento fueron alcanzados y trascendidos sólo para ser alcanzados y trascendidos una vez más. Una gran parte de lo que consideramos progreso contemporáneo es, en realidad, una recuperación de niveles que se gozaron plenamente durante épocas prehistóricas.

Las poblaciones de la Edad de Piedra vivían vidas más sanas que los pueblos que les sucedieron inmediatamente: en tiempos de los romanos había en el mundo más enfermedades que en cualquier época precedente, e incluso en la Inglaterra de principios del siglo diecinueve, la expectativa de vida para los niños no era, con toda probabilidad, muy diferente a la de veinte mil años atrás. Más aún, los cazadores de la Edad de Piedra trabajaban para su sustento menos horas de las que trabajan los campesinos chinos y egipcios típicos… y, a pesar de sus sindicatos, los obreros fabriles de nuestro tiempo. En cuanto a esparcimientos tales como buena comida, entretenimientos y placeres estéticos, los antiguos cazadores y recolectores disfrutaban de lujos que sólo los norteamericanos más ricos de nuestros días pueden permitirse. En la actualidad, familias enteras trabajan y ahorran durante treinta años para obtener el privilegio de ver unos pocos metros cuadrados de hierba a través de sus ventanas. Y esos son unos pocos privilegiados. Los norteamericanos dicen que «la carne hace a la comida» y su dieta es rica (algunos dicen que demasiado rica) en proteínas animales, pero dos tercios de la población viven hoy como vegetarianos involuntarios. En la Edad de Piedra, todos mantenían una dieta rica en proteínas y pobre en féculas. Y la carne no se congelaba ni se saturaba de antibióticos y de color artificial.

Pero no he escrito este libro para desvalorizar los niveles de vida norteamericanos y europeos modernos. Nadie puede negar que hoy vivimos mejor de lo que vivieron nuestros bisabuelos en el siglo pasado. Nadie puede negar, incluso, que la ciencia y la tecnología han contribuido a mejorar la dieta, la salud, la longevidad y las comodidades de centenares de millones de personas. En cuestiones tales como la contracepción, la seguridad contra las calamidades naturales y la facilidad del transporte y las comunicaciones hemos superado, obviamente, incluso a las más opulentas de las sociedades precedentes. La cuestión que ocupa el primer lugar en mi pensamiento no se refiere a la determinación de si los beneficios de los últimos ciento cincuenta años son reales, sino a si son permanentes. ¿El reciente auge industrial puede considerarse como el extremo de una única línea gráfica, siempre ascendente, de elevación material y espiritual, o es la última y voluble protuberancia de una curva que desciende con tanta frecuencia como asciende? Creo que la segunda perspectiva está más de acuerdo con la evidencia y los principios esclarecedores de la antropología moderna.

Mi objetivo consiste en demostrar la relación entre el bienestar material y espiritual y los costos y beneficios de diversos sistemas para incrementar la producción y controlar el crecimiento de la población. En el pasado, irresistibles presiones reproductoras surgidas de la falta de medios eficaces y seguros de contracepción, condujeron reiteradamente a la intensificación de la producción. Dicha intensificación ha conducido, siempre, al agotamiento ambiental, lo que en general da por resultado nuevos sistemas de producción… cada uno de ellos con una forma característica de violencia, trabajos penosos, explotación o crueldad institucionalizados. Así, la presión reproductora, la intensificación y el agotamiento ambiental parecerían contener la clave de la comprensión de la evolución de la organización familiar, las relaciones de propiedad, la economía política y las creencias religiosas, incluyendo las preferencias dietéticas y los tabúes alimentarios. Las modernas técnicas contraceptivas y abortivas introducen en este cuadro nuevos elementos potencialmente decisivos, dado que eliminan los atroces castigos relacionados con todas las técnicas preexistentes para hacer frente directamente a las presiones reproductoras a través del control de la natalidad. Pero la nueva tecnología de contracepción y aborto puede haber llegado demasiado tarde. Las sociedades estatales contemporáneas se encuentran entregadas a la intensificación del modo de producción industrial. Apenas hemos empezado a pagar el castigo por los agotamientos ambientales relacionados con esta nueva ronda de intensificación y nadie puede predecir qué nuevos tormentos serán necesarios para trascender loe límites de crecimiento del orden industrial.

Soy consciente de que es probable que mis teorías de determinismo histórico provoquen una reacción desfavorable. Algunos lectores se sentirán ofendidos por los vínculos causales que establezco entre canibalismo, religiones de amor y misericordia, vegetarianismo, infanticidio, costos y beneficios de producción. Como resultado de ello, se me puede acusar de intentar encarcelar al espíritu humano dentro de un sistema cerrado de relaciones mecánicas. Pero mi intención es exactamente la contraria. El hecho de que una forma ciega de determinismo haya gobernado el pasado no significa que deba gobernar el futuro.

Antes de seguir adelante, deseo aclarar el significado de la palabra «determinismo». En el contexto de la ciencia del siglo veinte, ya no se habla de causa y efecto en el sentido de una relación mecánica en proporción de uno a uno entre variables dependientes e independientes. En la física subatómica hace tiempo que impera el «principio de indeterminación» de Heisenberg, que suple las certezas causa-y-efecto por las probabilidades causa-y-efecto con respecto a las micropartículas. Desde que el paradigma «una excepción refuta la regla» ha perdido su dominio en la física, yo, por lo menos, no tengo la intención de imponerlo en los fenómenos culturales. Cuando me refiero a relaciones deterministas entre fenómenos culturales quiero decir, meramente, que variables similares, bajo condiciones semejantes, tienden a producir consecuencias similares.

Puesto que creo que la relación entre procesos materiales y preferencias morales corresponde a probabilidades y a similitudes más que a certezas e identidades, no tengo ninguna dificultad en creer que la historia está determinada y que los seres humanos tienen la capacidad de ejercer la elección moral y la libre voluntad. De hecho, insisto en la posibilidad de que pueden ocurrir improbables acontecimientos históricos que impliquen la imprevisible inversión de las relaciones normales causa-y-efecto entre procesos y valores materiales y, en consecuencia, en que todos somos responsables de nuestra contribución a la historia. Pero asegurar que los seres humanos tienen la capacidad de hacer que la cultura y la historia se conformen a las pautas de nuestra libre elección no es lo mismo que decir que la historia es, en realidad, la expresión de esa capacidad. Nada de eso. Como demostraré, las culturas en general se han desarrollado a lo largo de sendas paralelas y convergentes que son sumamente previsibles a partir de un conocimiento de los procesos de producción, reproducción, intensificación y agotamiento. Aquí incluyo los rituales y creencias aborrecidos y amados en todo el inundo.

En mi opinión, la libre voluntad y la elección moral no han tenido, prácticamente, ningún efecto significativo en la dirección seguida hasta ahora por los sistemas desarrollados de vida social. Si estoy acertado, importa que quienes se interesan por proteger a la dignidad humana de la amenaza del determinismo mecánico se me alíen para reflexionar en la siguiente cuestión: ¿por qué hasta el presente la vida social estuvo compuesta, de manera terminante, de medidas previsibles más que imprevisibles? Estoy convencido de que uno de los más grandes obstáculos existentes para el ejercicio de la libre elección en nombre del logro de improbables metas de paz, igualdad y opulencia es el fracaso en reconocer los procesos evolutivos materiales que explican el predominio de las guerras, la desigualdad y la pobreza. Como consecuencia del deliberado descuido de la ciencia de la cultura, el mundo está plagado de moralistas que insisten en que han deseado libremente aquello que se vieron obligados a desear involuntariamente, mientras al no comprender las probabilidades contrarias a la libre elección, millones de seres que serían libres se han entregado a nuevas formas de esclavitud. Con el fin de cambiar la vida social para mejorarla, es necesario comenzar por conocer la razón por la que generalmente cambia para empeorar. Por tal motivo, considero que la ignorancia de los factores causales en la evolución cultural y la indiferencia por las probabilidades contrarias a un resultado deseado, son formas de duplicidad moral.

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