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Authors: Henri J. M. Nouwen

Tags: #Religión

Con el corazón en ascuas

 

El ya consagrado autor espiritual contemporáneo HENRI J. M. NOUWEN nos ofrece una profunda y hermosa reflexión sobre el significado de la Eucaristía para nosotros y nuestras comunidades. Mientras que las fuentes originales relatan una dimensión de la experiencia cristiana, Nouwen descubre que el conocimiento derivado de reflexiones posteriores ya no basta en un mundo como el nuestro, que cambia tan rápidamente. Lo que necesitamos es establecer la conexión entre celebrar la Eucaristía y vivir una «vida eucarística».

Con el corazón en ascuas
trata de conseguir una comprensión más amplia de la Eucaristía a través de la historia de los discípulos que iban a Emaús desde Jerusalén tras la crucifixión (Lc 24,13-35). No sabían que viajaban con Cristo resucitado hasta que lo reconocieron en la fracción del pan. Maravillados, se dijeron unos a otros: «¿No ardían nuestros corazones mientras nos hablaba…?» Esta historia refleja el orden de la celebración eucarística: acudir juntos con nuestros quebrantos ante Dios, escuchar la Palabra, profesar nuestra fe, ofrecer el alimento e ir a renovar la faz de la Tierra como Jesús les ordenó.

Henri J. M. Nouwen nos muestra cómo el acontecimiento de la Eucaristía es intensamente humano y revela lo más profundo de la experiencia humana: la pérdida y la tristeza, la atención y la invitación, la intimidad y el compromiso.

Henri J. M. Nouwen

Con el corazón en ascuas

Meditación sobre la vida eucarística

ePUB v1.2

jlmarte
12.08.12

Título original:
With Burning Hearts. A Meditation on the Eucharistic Life

Henry J. M. Nouwen, 1994.

Traducción: Mariano Sacristán Martín

Editor original: jlmarte (v1.0 a v1.2)

Corrección de erratas: Momo

ePub base v2.0

Para Michael Harank y para todos cuantos viven

y trabajan en la
Bethany House of Hospitality
,

un hogar de la «Catholic Worker» en Oakland,

California, para personas sin hogar enfermas de sida.

Agradecimientos

Este libro fue escrito en Chobham, Inglaterra, y en Sacramento, California.
Bart y Patricia Gavigan
me ofrecieron su preciosa casa de campo, próxima al centro de conferencias de Brookplace, y
Frank Hamilton
me permitió usar su acogedora casa en la Base de las Fuerzas Aéreas en Beale. Les estoy profundamente agradecido, no sólo por comprender mi necesidad de un lugar tranquilo, sino también, y sobre todo, por su amistad y su apoyo.

Mi agradecimiento especial a
Kathy Christie
y
Conrad Wieczorek
por su competente ayuda en la realización material de esta obra; a
Sue Mosteller
y
Douglas Wiebe
por sus acertados comentarios sobre el primer borrador; y a mi editor,
Robert Ellsberg
, por su apoyo personal, sus muchas e interesantes sugerencias y su entusiasmo, que me ayudaron a llevar a término este pequeño libro.

Lo he escrito, simplemente, porque quería hacerlo. Aunque nadie me lo había pedido, sentía desde hacía mucho tiempo la necesidad de trasladar al papel pensamientos y sentimientos sobre la Eucaristía y la vida eucarística que bullían en mi mente y en mi corazón. Al ir dando a conocer tales pensamientos y sentimientos en charlas y conferencias, sentí el creciente deseo de plasmarlos por escrito para ofrecérselos a todos cuantos buscan una espiritualidad arraigada en la Eucaristía.

Espero que quienes lean estas páginas encuentren en ellas un nuevo refrigerio en su camino hacia Dios.

Introducción

Todos los días celebro la Eucaristía. Unas veces en mi parroquia, ante cientos de personas; otras en la capilla del Amanecer, con los miembros de mi comunidad; ocasionalmente, en una habitación de hotel con unos cuantos amigos; y otras veces en el salón de la casa de mi padre, solos él y yo. Muy pocos días pasan sin que yo diga: «Señor, ten piedad»; sin mis lecturas diarias y las correspondientes reflexiones; sin pronunciar la profesión de fe; sin compartir el cuerpo y la sangre de Cristo; sin una oración para que el día sea fructífero y propicio…

Sin embargo, no dejo de preguntarme: ¿Sé lo que estoy haciendo? ¿Saben en qué están participando los que se encuentran conmigo alrededor de la mesa? ¿Sucede realmente algo que influya en nuestra vida diaria, aunque nos resulte tan familiar? ¿Y qué decir de los que no están allí con nosotros? ¿Saben lo que es la Eucaristía, la desean o, al menos, piensan alguna vez en ella? ¿Qué relación guarda esta celebración diaria con la vida cotidiana de los hombres y mujeres normales y corrientes, estén presentes o no? ¿Es algo más que una hermosa ceremonia, un rito consolador o una cómoda rutina? Y, finalmente, ¿proporciona la Eucaristía esa vida que tiene el poder de vencer a la muerte?

Todas estas preguntas son muy reales para mí, y siento una constante necesidad de responderlas. Y naturalmente que lo he hecho, aunque las respuestas no parecen tener demasiada consistencia en este mundo en constante cambio. La Eucaristía da sentido a mi existencia en el mundo; pero, a medida que el mundo cambia, ¿sigue la Eucaristía dándole sentido? He leído sobre la Eucaristía muchos libros escritos hace diez, veinte, treinta y hasta cuarenta años. Y, aunque todos ellos contienen ideas muy profundas, ya no me ayudan a experimentar la Eucaristía como el centro de mi vida. Las preguntas de siempre vuelven una y otra vez: ¿cómo puede ser eucarística toda mi vida y cómo puede la celebración diaria de la Eucaristía ayudarme a conseguirlo? Tengo que dar con mi propia respuesta, sin la cual la Eucaristía puede no ser más que una bella tradición.

Estas páginas intentan hablarme a mí mismo y a mis amigos de la Eucaristía y urdir una red de conexiones entre la celebración diaria de la Eucaristía y nuestra experiencia diaria como seres humanos. Comenzamos cada celebración con el corazón contrito y rezando el
Kyrie Eleison
. Escuchamos la Palabra —las lecturas bíblicas y la homilía—, profesamos nuestra fe, ofrecemos a Dios los frutos de la tierra y del trabajo de los hombres y recibimos de Dios el cuerpo y la sangre de Jesús, y finalmente somos enviados al mundo con la tarea de renovar la faz de la tierra. El acontecimiento eucarístico revela las más profundas experiencias humanas, como la tristeza, la atención a los demás, la invitación, la intimidad y el compromiso. Resume la vida que estamos llamados a vivir en el Nombre de Dios. Sólo cuando reconocemos la riquísima red de conexiones entre la Eucaristía y nuestra vida en el mundo, puede aquélla ser «mundana», y nuestra vida «eucarística».

Como base de mis reflexiones sobre la Eucaristía y la vida eucarística utilizaré la historia de los dos discípulos que iban camino de Emaús y regresaron a Jerusalén. Al ser una historia que habla de pérdida, de presencia, de invitación, de comunión y de misión, contiene los cinco principales aspectos de la celebración eucarística.

Los cinco aspectos mencionados constituyen en su conjunto una dinámica: la que consiste en pasar del resentimiento a la gratitud, es decir, de un corazón endurecido a un corazón agradecido. Mientras que la Eucaristía expresa esta dinámica espiritual de un modo muy sucinto, la vida eucarística nos invita a experimentarla y afirmarla en cada instante de nuestra existencia diaria. En estas páginas espero desarrollar los cinco pasos que van del resentimiento a la gratitud, de tal manera que quede claro que lo que celebramos y lo que estamos llamados a vivir son, en esencia, una misma cosa.

El camino de Emaús

AQUEL mismo día, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba unos once kilómetros de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras ellos conversaban y discutían, Jesús los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero estaban incapacitados para reconocerlo. Jesús les preguntó: «¿De qué vais conversando por el camino?»

Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no se ha enterado de lo acaecido allí estos días?» Él les preguntó: «¿De qué?» Y le contestaron: «De lo de Jesús Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; de cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y de cómo lo crucificaron. ¡Y nosotros que esperábamos que iba a ser él el liberador de Israel…! Pero, encima, hoy es el tercer día desde que sucedió. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado, porque, yendo de madrugada al sepulcro, y al no encontrar su cadáver, volvieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les habían dicho que él estaba vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó todo lo que se refería a él en la Escritura.

Cerca ya de la aldea adonde se dirigían, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va ya de caída». Y él entró para quedarse.

Y mientras estaba a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y ellos comentaron: «¿No estaba nuestro corazón en ascuas mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras…?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con los demás compañeros, que decían: «¡Era verdad: el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

(Lucas 24,13-35)

1. Lamentar la pérdida

«Señor, ten piedad»

Dos personas caminan juntas. Por su manera de andar, se puede ver que no son felices: la cabeza gacha, los hombros hundidos, el paso cansino… Ni siquiera se miran el uno al otro. De vez en cuando, uno de ellos dice algo, pero sus palabras no van dirigidas a nadie y se desvanecen en el aire como sonidos inútiles. Aunque siguen un camino ya trazado, no parecen tener ninguna meta. Regresan a su hogar; pero el hogar ya no es tal hogar. Sencillamente, no tienen otro sitio adonde ir. El hogar se ha convertido en vacío, desilusión, desesperación…

Apenas pueden imaginar que sólo unos años atrás habían conocido a alguien que había cambiado sus vidas; alguien que había interrumpido radicalmente su rutina diaria y había dado una nueva vitalidad a cada parcela de su existencia. Ellos habían abandonado su aldea para seguir a aquel extraño y a sus amigos, y habían descubierto toda una nueva realidad oculta tras el velo de sus actividades cotidianas; una realidad en la que el perdón, la reconciliación y el amor ya no eran meras palabras, sino fuerzas que tocaban el centro mismo de su humanidad. El extraño de Nazaret lo había hecho todo nuevo: les había convertido en personas para las que el mundo ya no era una carga, sino un desafío; ya no era un campo de minas, sino un lugar de infinitas posibilidades. Había traído paz y alegría a su experiencia cotidiana. ¡Había convertido su vida en una danza!

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