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Authors: David Bravo

Copia este libro (10 page)

BOOK: Copia este libro
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La música está muy viva, decía Farré. Sin embargo, el 21 de Junio de 2004, cuando Teddy Bautista junto con autores y músicos, se reunieron con Zapatero para trasladarle sus quejas, el eslogan que se usó fue: «La música se muere, ayúdanos». Pero si la música está muy viva ¿cómo es que se muere?

Un modelo de negocio anticuado y obsoleto se empeña en hacerle el boca a boca a una cultura en plena forma. Mientras tanto, y sin querer darse cuenta de que él es el moribundo, su tiempo se le agota.

Coautores empresariales

En ocasiones, las grandes corporaciones minoristas deberían aparecer como coautoras de las obras que venden. Las grandes tiendas, exaltados defensores de la cultura, son muchas veces las que más hacen para encarcelarla, censurarla y condicionarla. El hecho de que una gran cadena de tiendas se niegue a vender tu disco puede ser la línea que separa el éxito de la bancarrota. Conocedoras de ese poder, ejercen una censura que consiste en el expeditivo acto de hacerte desaparecer retirando tu disco de los estantes.

La cadena Wal Mart se negó a vender el disco de Nirvana
In Utero
porque en su portada aparecía un feto y porque incluía una canción titulada
Rape Me (Viólame)
.

En términos financieros, que el gigante Wal Mart se empeñe en no vender tu disco, significa que éste tendrá un 10% menos de ventas. Ese fue suficiente argumento para que Nirvana y Warner se decidieran a hacer una edición especial para Wal Mart donde se suavizaba la portada y donde la canción
Viólame
pasaba a llamarse
Chico abandonado
.

Ahora, sustituyendo fetos y violaciones por chicos abandonados, el disco seguiría su curso comercial con normalidad.

Este caso que se hizo famoso no es una excepción sino que constituye la regla de ciertas corporaciones. Teresa Stanton, gerente de la tienda Wal Mart de Cheraw, nos explica el procedimiento a seguir con los productos que no encajan con su cliente tipo: «cada dos semanas quito de las estanterías algo que no creo que tenga una calidad adecuada para Wal Mart».

El problema no es el específico disco de Nirvana ni el hecho de que algunas personas accedieron a una versión descafeinada y censurada del disco, sino que el hacer dos discos diferentes, uno para el censor y otro para el resto del planeta, es algo que muy pocos se pueden permitir. A la mayoría de músicos se les da un presupuesto que a duras penas sirve para grabar un solo disco, así que la posibilidad de hacer dos versiones para contentar al tipo de las tijeras es, simplemente, un sueño imposible.

Ante esa tesitura, muchos optan por grabar con la autocensura ya integrada. La amenaza de las tiendas «para toda la familia» que no venden música que pudiera atentar contra el gusto más mojigato sirve como filtro a la hora de componer. Y si eso no es suficiente para que reprimas tus opiniones o maneras más escandalosas, ya estará ahí tu discográfica para recordarte a quién no debes enfadar. Los grupos, por lo general, solo tendrán recursos para sacar una versión del disco, y, la mayor de las veces, esta versión será la censurada por el miedo de su discográfica a que el disco desaparezca de los estantes.

El principio de la música se repite en el cine. La censura de las grandes corporaciones condiciona el modo en que se crea la cultura. La cadena BlockBuster, que controla el 25% del mercado del vídeo en EEUU, no distribuye las películas calificadas NC-17 que son las que prohíben su visionado a menores de 17 años, estén o no acompañados de un adulto. Esta vigilancia que pretende que el pequeño Tommy no se traumatice con la última película violenta de Hollywood y termine a balazos con sus compañeros de pupitre, está considerada para los productores como una etapa más del proceso de creación. Todo aquello que pueda significar la calificación maldita es, en la mayoría de las ocasiones, cortado y tirado a la papelera, dejando una versión edulcorada que será la que tú recibas. El director David Cronenberg, asegura que las presiones para hacer una película para adultos son enormes porque «ahora se parte de que todas las películas deben ser adecuadas para los niños».

Los estudios de cine saben que el negocio está en los productos para todos los públicos y que el sello NC-17 puede ser el epitafio de una película que todavía ni tan siquiera ha nacido. Muchas películas son suavizadas en la sala de montaje para escapar de esa calificación. Los personajes promiscuos se recatan, los drogadictos se desenganchan un poco y los violentos relajan sus metralletas. Esta censura de mercado que hace el trabajo que ayer ejercía la censura del dictador, alcanza su máximo éxito cuando consigue que sean los propios autores y productores los que adquieran un sentido de la contención perfectamente integrado.

Las calificaciones PG-13 son las que no están recomendadas, aunque tampoco prohibidas, para menores de 13 años, mientras que las R no lo están para menores de 17. La huida de la R al PG-13 es uno de los principales objetivos del productor. Es cierto que eso supone muchas veces remontar una película hasta hacerla irreconocible para su director, pero el fin de las multinacionales cinematográficas, como el de cualquier empresa, es la maximización del beneficio. Tal y como informa el dirigente de un gran estudio desde la revista
Imágenes
, si se estrena una película R en lugar de PG-13 «uno se arriesga a perder millones de dólares. ¿Y cuál sería la razón? ¿Integridad artística? ¡Por favor! Seamos realistas».

Los superventas

No me meto en política, no me meto ni despotrico contra ningún gobierno o raza. Intento hacer algo fácil, divertido, alguna canción en que la gente se sienta partícipe, que la chica que está bailando le excite bailar esa canción, que forme la historia de esa chica, ese chico o ese grupo que esté bailando. ¿Poesía? Cada uno llama poesía a lo que quiere. Yo lo que trato de hacer es algo divertido, algo que rime.

King África

Una de las características más relevantes de los superventas es que son ideológicamente estériles. Esta virtud es la que les hace imprescindibles en un sistema que basa su supervivencia en la desinformación, la pasividad y la distracción.

El hecho de que la mayoría de los cantantes muchimillonarios no tomen partido por nada, tiene, como casi todo, razones de mercado. Es bien sabido que el objetivo de un superventas no es otro que el de supervender. Decantarse por una ideología, cualquiera que sea, puede suponer la extirpación inmediata de un sector comercial. Las discográficas son conscientes de que los temas polémicos polarizan el mercado, y esa es la razón por la que el 95% de la música está copada por movimientos sexis, cachetes con cachetes y pechitos con pechitos.

El hecho de que la cultura que es comercialmente rentable sea la que resulta aséptica, tiene un efecto importante en la sociedad. La cultura es fundamental en el desarrollo personal y puede ser la línea que marca la diferencia entre que tu hijo se preocupe porque no tiene Nikes con muelles o por el precio de la vivienda. Son los grandes poderes económicos los que fabrican la ideología y te la transmiten en forma de publicidad, de noticia o de canción del verano. La aparición de las redes P2P pone en jaque el pensamiento cero que promocionan estos ídolos de cartón piedra desde todos los medios de comunicación.

Esta realidad, que multiplica neuronas y melómanos, es el enemigo público número uno de las discográficas y de los gobiernos, que se han lanzado a una campaña propagandística para advertirte de que tu interés por acceder a la cultura es inmoral, ilegal y peligroso.

Como sería intragable que un magnate discográfico apareciera en televisión con su corbata y su gomina para exigir a la sociedad que dejen de descargar música, la estrategia a seguir ha sido la de enfrentar a músicos con los que deberían ser sus aliados.

Que los músicos morirán de hambre es el principal argumento que esgrimen estos guiñoles y el gobierno, utilizados como señuelos por las grandes corporaciones. Según EFE la Ministra de cultura dijo que era importante hacer una nueva Ley de la Propiedad Intelectual para luchar contra la piratería porque, de lo contrario, «nadie querrá trabajar y dedicarse a este campo tan importante y con el que muchos comen a final de mes».

Lo cierto es que ese es literalmente el problema: con el actual sistema muchos comen a final de mes, pero el resto de los días no prueban bocado. Sería bueno que tiraran la casa por la ventana con esta reforma e intentaran que los autores al menos pudieran picar algo durante el mes entero.

La ministra, cuando da estas declaraciones, pretende referirse al proletariado de la música pero para preparar esos discursos se reúne con la élite. ¿De verdad Bisbal, Alejandro Sanz y Caco Senante son buenos ejemplos de cantantes que comen solo a final de mes? ¿Tiene pinta Caco Senante de llevar esa dieta?

Los superventas con los que habitualmente se reúne la Ministra no solo no son representativos sino que los efectos que las descargas tienen sobre ellos son muy distintos a los que tienen en la gran mayoría de músicos.

La razón por la que los que venden discos por millones se quejan por el intercambio de Internet es porque éste da a los músicos lo que los superventas ya tienen: publicidad.

Los conciertos de Alejandro Sanz no aumentan por mucho que se distribuya su música por las redes P2P. Si este cantante va a tu ciudad, tú ya sabes si su concierto te va a gustar o no, o si merece o no la pena ir, aunque no hayas escuchado un disco suyo en toda tu vida. Los superventas, en otras palabras, no necesitan de las redes de intercambio para que se les conozca, porque de eso ya se encargan los medios masivos de comunicación.

Y no solo no les da, sino que les quita. Tú mismo recordarás que dejaste de ser fan de los Backstreet Boys el día que aquel tipo del pelo largo que se sentaba a tu lado en clase de Ética, te enseñó un mundo de música independiente que ni siquiera sabías que existía. Los Backstreet Boys ya podían olvidarse de ti.

Ese alumno que te sacó del mundo de la música prefabricada y que es el enemigo número uno de las multinacionales, está ahora multiplicado por millones en las redes de intercambio de archivos en Internet. Más de cien millones de personas que comparten música y que se descubren cada día mutuamente que hay vida más allá de Bustamante. Los conciertos de muchos superventas no solo no suben, sino que corren el riesgo de bajar si sus fans descubren que hay otros mundos.

De hecho, según el anuario de la SGAE de 2004, los «grandes conciertos» (aquellos que tienen más de 2.500 espectadores) han bajado de 1.104, en el año 2002, a 865 en 2003, mientras que los «conciertos normales» han subido drásticamente de 71.469, en 2002, a 100.458, en 2003.

El mercado de la música está basado en los superventas: seis o siete grupos o cantantes que venden por millones porque los medios de comunicación le recuerdan que los debes oír si te consideras una persona normal. El mayor peligro de las redes P2P es que diversifica los gustos que antes estaban concentrados. El intercambio descubre la música a mucha gente, y música es precisamente lo que las grandes multinacionales no venden.

La reseña publicitaria de El Corte Inglés al disco del Santa Justa Klan dice que los personajes de la serie Los Serrano que forman ese grupo «apenas saben tocar una nota». Eso no ha impedido que se coloquen en el primer puesto de la lista AFYVE. La publicidad explica el éxito. Sin contar la mucha que ya les da la serie de televisión, estos cuatro pitufos makineros del siglo XXI recorrieron los platos y tuvieron toda la promoción que los grupos que se creen lo que hacen querrían. Y la que no querrían también la tuvieron: les abrió sus puertas la Gala de Mister España y el Programa de Ana Rosa Quintana donde los presentadores se pusieron a saltar «a toda mecha» sobre los sofás lanzando cojines como si tuvieran un ligero retraso mental. Ante este jolgorio, lo menos que hará tu hijo es exigirte el disco, y de ahí al número uno hay un paso. El negocio de las multinacionales es el de la venta de productos músicales que solo exigen dos requisitos a los consumidores: que tengan 20 euros a mano y que no sepan demasiado de música.

El hecho de que las multinacionales buscan un mercado predecible no es una suposición, sino que es un pecado confesado por ellas mismas. Cuando las estaciones de radio más minoritarias preguntaron a la RIAA por qué establecía un precio tan alto para la comunicación pública de sus obras expulsando así a cientos de emisoras, la RIAA contestó: «La verdad es que no queremos que el modelo sea el de una industria con miles de emisoras, creemos que debería ser una industria con cinco o siete grandes actores que puedan pagar una tarifa alta y que sea un mercado estable, predecible».

El que los superventas sean los únicos que aparecen por televisión, hace pensar a muchos que el negocio de la música reporta a los cantantes piscinas olímpicas y mansiones en Miami y que por tanto la opinión de esos magnates sobre la piratería es secundada por la gran mayoría de un sector que muchos suponen millonario por definición. La realidad es muy distinta a esa, según el presidente de la SGAE, solo el 4% de los 70.000 socios de su entidad cobran más del salario mínimo interprofesional. A pesar de ello, son éstos, una minoría dentro de una minoría, los que salen en televisión representando a todos los demás. Mientras tanto, las encuestas dicen que la mayoría de los músicos cree que desde que existe Internet gana más dinero que nunca.

Del estudio
Ingresos de los artistas y «copyright»
; una revisión de datos de las industrias musicales alemana y británica en el contexto de las nuevas tecnologías se deduce que la base económica que sustenta al 90% de los músicos de los que nunca se habla, son las fuentes indirectas como la docencia, las conferencias y los conciertos. Si eso es así, para ese 90% es un buen negocio el descenso de la venta de discos a cambio de la popularidad que consiguen a través de los intercambios en Internet que hacen que aumenten todos los demás conceptos, que conforman su verdadero sustento.

Los músicos que más venden no solo son los únicos con voz sino también los únicos con voto. Nunca sabremos si la posición de SGAE tiene algo que ver con la de los socios que la componen porque solo pueden votar los que alcanzan una cantidad de ingresos anuales lo suficientemente elevados como para excluir a casi todos. Además, dentro de esos pocos elegidos, la cantidad de los votos se reparte dependiendo de si eres de los que ganan mucho o de los que ganan muchísimo. En las últimas elecciones, celebradas en el año 2001, fueron 6.461 socios los que tenían derecho a voto según este sistema que mide la idoneidad de tus decisiones a través de tu bolsillo. Ese número de votantes no significa ni el 10% de los autores integrados en SGAE. Teddy Bautista, presidente del Consejo de Dirección de SGAE, dice que él representa «al albañil de todo esto, al que está en el andamio constantemente», sin embargo no son precisamente los albañiles de la música los que pueden votar para elegir quién y cómo debe representarles.

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