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Authors: Jamie Ford

Tags: #Novela

El sabor prohibido del jengibre

BOOK: El sabor prohibido del jengibre
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El recuerdo de un amor prohibido que pervive como el sabor del jengibre.

En el Panamá, un hotel del antiguo barrio japonés de Seattle que ha estado cerrado durante años, Henry Lee descubre algo increíble: el sótano está lleno de objetos que las familias japonesas, antes de ser enviadas a los campos de internamiento americanos durante la Segunda Guerra Mundial, dejaron allí, abandonados.

El hecho, lejos de sorprenderlo, le hará emprender un viaje a través del tiempo y recordar, más de cuarenta años después, su infancia como un niño de origen chino, enamorado de Keiko Okabe, una niña americana de origen japonés. Henry Lee buscará al gran amor de su vida del que fue separado en tiempos de guerra, durante el ataque a Pearl Harbor, y cuyo recuerdo pervive como un sabor prohibido.

Jamie Ford

El SABOR PROHIBIDO del JENGIBRE

ePUB v1.0

Mística
11.06.11

Mi pobre corazón es sentimental, no es de madera

Está mal y eso no es bueno.

DUKE ELLINGTON, 1 9 4 1

Para Leesha, mi final feliz

El Hotel Panamá (1986)

El viejo Henry Lee estaba trastornado por la conmoción del Hotel Panamá. Lo que había comenzado como un grupo de curiosos, que miraba el quehacer de un equipo de noticias de la televisión, ahora se había convertido en una amable muchedumbre de compradores, turistas y unos cuantos adolescentes callejeros con pinta de punks, preguntándose todos de qué iba aquello. En mitad de la muchedumbre se encontraba Henry, con las bolsas de la compra pegadas a sus muslos y la sensación de estar despertando de un largo sueño olvidado. Un sueño que había tenido cuando era niño.

El viejo y mítico edificio de Seattle era un lugar que había visitado dos veces en toda su vida. La primera cuando sólo tenía doce años, en 1942; «los años de la guerra» como le gustaba llamarlos. Incluso entonces el viejo hotel para solteros era como un portal entre el Barrio Chino de Seattle y el
Nihonmachi
, el Barrio Japonés. Dos puestos de avanzada de un conflicto viejo como el mundo, donde los inmigrantes chinos y japoneses casi nunca se hablaban los unos a los otros, mientras que sus hijos nacidos en Estados Unidos a menudo jugaban juntos en la calle. El hotel siempre había sido un punto de referencia perfecto. Un punto de encuentro ideal, donde una vez conoció al amor de su vida.

La segunda vez era hoy. En 1986, ¿cuánto? ¿Cuarenta y tantos años? Había dejado de contar los años a medida que se perdían en el recuerdo. Después de todo, había pasado toda una vida entre esas dos visitas. Un matrimonio. El nacimiento de un hijo desagradecido. El cáncer, y un entierro. Echaba de menos a su esposa Ethel. Llevaba muerta seis meses. Pero no la echaba tanto de menos como se podría pensar, por mal que pueda parecer. Era, en realidad, como un discreto alivio. Su salud había sido mala; no, peor que mala. Su cáncer de huesos había sido totalmente devastador, para los dos, pensaba Henry.

Durante los últimos siete años él le había dado de comer, la había bañado, ayudado a ir al baño cuando lo necesitaba, y salir cuando había acabado. La había cuidado día y noche, veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, como decían ahora. Marty, su hijo, creía que su madre debía estar en una residencia, pero Henry no quería ni oír hablar del tema. «No mientras yo viva», se había resistido Henry. Y no sólo porque fuera chino (aunque eso formaba parte de su resistencia). El ideal confuciano de la piedad filial, el respeto y la reverencia a los padres, era una reliquia cultural que a la generación de Henry le costaba abandonar. Había sido criado en la idea de cuidar a los seres queridos en persona y meter a alguien en una residencia era inaceptable. Lo que su hijo Marty nunca había entendido del todo era que muy adentro había un hueco con forma de Ethel en la vida de Henry, y, sin ella, lo único que sentía era una corriente de soledad, fría e intensa. Los años habían escapado como la sangre de una herida que nunca cicatriza.

Ahora ella se había ido. Henry creía que debía ser enterrada a la manera china tradicional, con ofrendas de comida, mantas y rezos que duraban varios días, a pesar de la insistencia de Marty en la cremación. Marty era tan moderno. Había buscado la ayuda de un consejero profesional y entrado a formar parte de un grupo de apoyo online, fuese lo que fuese eso, para elaborar el duelo de la muerte de su madre. Hacerlo online sonaba como a no hablar con nadie, algo en lo que Henry tenía una experiencia de primera mano, en la vida real. Era solitario. Casi tan solitario como el cementerio de Lake View donde había enterrado a Ethel. Ahora ella tenía una preciosa vista del lago Washington, y estaba sepultada con otros notables chinos de Seattle, como Bruce Lee y su hijo Brandon. Pero al final, cada uno ocupaba una tumba solitaria. Solo para siempre. No importaba quiénes fueran tus veri nos. No te respondían.

Cuando caía la noche, Henry hablaba con su esposa, le preguntaba qué tal había sido su día. Por supuesto, ella nunca le respondía. «No estoy loco ni nada por el estilo», decía Henry sin dirigirse a nadie, «sólo tengo una mente abierta. Nunca sabes quién puede estar escuchando.» Después se ocupaba de quitar las hojas secas de su palmera china y de las demás plantas, cuyas hojas marrones denunciaban sus meses de descuido. Pero ahora tenía tiempo de nuevo. Tiempo para cuidar de algo que para variar crecería fuerte.

Sin embargo, de vez en cuando, se preguntaba por las estadísticas. No por los índices de mortalidad del cáncer que habían alcanzado a la querida Ethel. Sino que pensaba en sí mismo, y en su tiempo medido en la tabla de promedio de vida de alguna compañía de seguros. Sólo tenía cincuenta y seis años, un hombre joven de acuerdo con sus propias normas. Pero había leído en
Newsweek
sobre el inevitable declive en la salud del cónyuge superviviente de su edad. ¿Quizá corría el reloj? No estaba seguro, porque tan pronto como había muerto Ethel, el tiempo había comenzado a arrastrarse, con independencia del reloj.

Había aceptado la jubilación anticipada en Boeing Field y ahora tenía todo el tiempo del mundo, y nadie con quien compartir las horas. Nadie con quien ir hasta la panadería Moon Hei para comprar
ping pei
, pasteles de zanahoria en forma de luna, en las frescas tardes de otoño.

En cambio aquí estaba, solo entre una multitud de extraños. Un hombre entre dos vidas, una vez más delante del Hotel Panamá. Subió los rajados escalones de mármol blanco que daban al hotel el aspecto de un centro de rehabilitación art déco. El establecimiento, como Henry, parecía estar atrapado entre dos mundos. Así y todo, cada vez que pasaba por delante, Henry se sentía nervioso y excitado, como lo había estado siendo un niño. Había oído un rumor en el mercado y había venido desde el videoclub en South Jackson. Al principio creyó que había ocurrido un accidente, a la vista de cómo aumentaba el número de curiosos. Pero no oyó nada. No aullaban las sirenas. No centelleaban las luces de emergencia. Sólo personas que iban hacia el hotel, como la marea que se retira, que tira de tus pies, y los empuja hacia adelante, un paso cada vez.

Al acercarse, vio que llegaba el equipo de noticias de la tele y lo siguió al interior. La multitud se separó, a medida que las personas con vergüenza de las cámaras se apartaban educadamente para dejarles paso. Henry les seguía de cerca, arrastrando los pies para no pisar a nadie, y a su vez evitar que le pisasen, consciente de la multitud que se cerraba a su espalda. En lo alto de las escalinatas, en la entrada del vestíbulo, la nueva propietaria del hotel anunció: «Hemos encontrado algo en el sótano».

¿Encontrado qué? ¿Quizás un cadáver? ¿Un laboratorio de los narcos? No, habría agentes de policía acordonando el lugar si el hotel fuese el escenario de un crimen.

Antes de la nueva propietaria, el hotel había estado tapiado desde 1950, y en los años transcurridos desde entonces, el Barrio Chino se había convertido en un gueto de los
tongs
, las bandas de Hong Kong y Macao. Las manzanas al sur de King Street tenían una encantadora sordidez durante el día; los desperdicios y los rastros de las babosas en las aceras por lo general pasaban desapercibidos para los turistas, que miraban la arquitectura decorada con ovas y dardos correspondiente a otra era. Los niños de excursión, vestidos con abrigos de colores y gorras, cogidos de la mano, seguían a sus narices hacia la deliciosa visión del pato asado de los escaparates que les hacía la boca agua, con los colgantes de cera roja derritiéndose al sol. Pero, por la noche, los traficantes de drogas y las flacas y maduras prostitutas que trabajaban por unas monedas recorrían las calles y callejones. Pensar en este icono de su niñez convertido en un improvisado laboratorio de crack le llenaba de una dolorosa melancolía que no había sentido desde que sujetó la mano de Ethel y la vio exhalar, larga y lentamente, por última vez.

Las cosas preciosas sólo parecían alejarse, para no ser poseídas nunca más.

Mientras se quitaba el sombrero y comenzaba a abanicarse con el ala raída, la multitud avanzó, empujada por los de atrás. Disparos de flashes. De puntillas, espió por encima del hombro del alto periodista que tenía delante.

La nueva propietaria del hotel, una delgada mujer blanca, un poco más joven que Henry, subió los escalones sujetando… ¿un paraguas? Cuando lo abrió, a Henry el corazón le latió más rápido al comprender lo que era. Una sombrilla japonesa, hecha de bambú, de un rojo brillante y blanco, con un
koi
naranja pintado en la tela, una carpa que parecía un pececillo dorado gigante. Desprendió una nube de polvo que flotó, suspendida momentáneamente en el aire, cuando la propietaria hizo girar el delicado artefacto delante de las cámaras. Dos hombres subieron un baúl con las pegatinas de puertos extranjeros: Admiral Oriental Lines, con salidas de Seattle y Yokohama, Tokio. En un costado del baúl estaba el nombre
Shimizu
, escrito a mano en grandes letras blancas. Lo abrieron para mostrarlo a la multitud. En el interior había prendas, álbumes de fotos y una vieja olla eléctrica para el arroz.

La nueva propietaria explicó que en el sótano había descubierto las pertenencias de treinta y siete familias japonesas que, presuntamente, habían sido detenidas y trasladadas. Sus pertenencias habían quedado escondidas y nunca habían sido recuperadas; una cápsula del tiempo de los años de la guerra.

Henry miró en silencio el desfile de cajones y maletas de cuero que subían a la superficie, la multitud estaba maravillada ante los una vez preciosos artículos que contenían: un vestido de comunión, candelabros de plata manchados, una cesta de excursión; objetos que habían acumulado polvo, que nadie había tocado durante cuarenta y tantos años. Guardados para unos tiempos más felices que nunca llegaron.

Cuanto más pensaba Henry en los viejos objetos, tesoros olvidados, más se preguntaba si su propio corazón roto podía estar allí, oculto entre las posesiones no reclamadas de otro tiempo. Tapiado en el sótano de un hotel condenado. Perdido, pero nunca olvidado.

Marty Lee (1986)

Henry dejó atrás a la muchedumbre en el Hotel Panamá y volvió caminando a su casa en lo alto de Beacon Hill. No estaba tan alto como para tener una vista panorámica de Rainier Avenue, pero sí en una zona buena, un poco más arriba del Barrio Chino. Una casa modesta de tres dormitorios con un sótano, todavía sin acabar después de todos estos años. Había tenido la intención de terminarlo cuando su hijo Marty se marchó al colegio universitario, pero la salud de Ethel había empeorado y el dinero que habían ahorrado para una urgencia lo habían gastado en un aluvión de facturas médicas, un torrente que había durado casi una década. La ayuda de Medicaid había llegado casi al final, justo a tiempo, e incluso hubiese pagado una residencia, pero Henry se había mantenido leal a su juramento: cuidar de su esposa en la salud y la enfermedad. Además, ¿quién quería pasar sus últimos días en una residencia del gobierno que tenía el aspecto de una cárcel y con todos viviendo en el corredor de la muerte?

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